Boston Dynamics y la llegada de Terminator

El antropomorfismo es el hábito del ser humano de dotar de capacidades humanas, sean físicas o psicológicas, a entidades que no son humanas, y que disponen de sus propias pautas de comportamiento y desarrollo. El ejemplo más habitual se da con las mascotas. Por ejemplo, la tendencia de los veganos a dar solo vegetales a los animales es algo que se podría considerar maltrato animal, ya que los perros, y los gatos, son carnívoros, y pretender que sean veganos es como pretender que un tigre haga amistad con una cebra y se vayan de fin de semana al campo.

La naturaleza es como es, pero el ser humano pretende cambiarla y adaptarla a sus creencias, y además dice que eso es estar en comunión con la naturaleza. Eso es evidentemente falso. La naturaleza es brutal y no contempla ningún tipo de moral humana, y convertir a los animales en meras réplicas del comportamiento humano es una muestra de las muchas limitaciones de la moral y el comportamiento humanos, que se considera un ser avanzado, cuando no es más que un conjunto de reglas morales y éticas que cambian con los años y los siglos, y que nada tienen que ver con el universo y su naturaleza.

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La relatividad de la realidad y manipulación de la información

Esta semana leía la noticia de que no estar casado aumenta en un 55% el riesgo de morir por un ictus, según un estudio científico. Claro que también podríamos decir que estar casado aumenta en un 200% el riesgo de morir de un ataque de nervios o de ansiedad. Eso parece que no lo han tenido en cuenta en el estudio científico.

Otra afirmación dice, en tono jocoso, que el año pasado murieron en España dos mil personas realizando actividades deportivas, y ochenta en la barra del bar. Es evidente qué actividad es la más peligrosa.

Recordemos también que, según un estudio científico reciente, todos los artículos que empiezan con la frase “según un estudio científico reciente” tienden a ser creídos con mayor probabilidad por el lector.

“Según un estudio científico reciente, los hombres que miden más de un metro ochenta tienden a ser más altos que los que miden un metro setenta”.

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Las Tres Leyes no funcionan, y nunca lo harán

He hablado recientemente de la falacia de la robótica, y de la inteligencia artificial, como argumentos que se pretende usar para un futuro de máquinas inteligentes y autosuficientes, capaces de tomar decisiones, y, por lo tanto, moralmente responsables de sus actos. Un argumento que, como ya expliqué en esos dos textos, carece de valor.

Pero sigo encontrándome textos fantásticos y llenos de argumentos, explicando las presuntas responsabilidades que los robots tendrán cuando sean autónomos. Que, de hecho, ya lo son, en muchos sentidos, no en el principal: el de disponer de conciencia, y de una moral y ética que les permita poder responsabilizarse de sus propios actos.

Mientras ese momento no llegue, tendremos que entender que los robots, por muy sofisticados que sean, seguirán siendo máquinas, instrumentos, y responsabilidad de la humanidad.

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Isaac Asimov, creador de las Tres Leyes de la Robótica

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La gran mentira de los robots asesinos

Hace unos días publiqué un artículo titulado “La gran mentira de la Inteligencia artificial“. En el mismo comentaba cómo se está empleando este término para aplicarlo a absolutamente todo lo que pueda ser vendido como tal. Una falacia, una mentira, que solo pretende bautizar con un título fastuoso a tecnologías y sistemas que, de ningún modo, disponen de inteligencia artificial, sino que solo consisten en sistemas avanzados de tomas de decisiones, y nada más.

Hoy vengo con otro artículo, muy relacionado con el primero. Me baso en este artículo del diario El Mundo, dentro de una corriente que se ha puesto de moda, y que consiste en hablar del futuro de los robots en una faceta agresiva y bélica. Me refiero, se refieren a los “robots asesinos”. Robots que, de forma autónoma, deciden a quién matar, cómo, y cuándo. Por supuesto, nunca por qué. Porque no pueden. Vamos a verlo.

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Algunos parecen haber abusado de la ciencia ficción y se han creído sus historias

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La gran mentira de la inteligencia artificial

En pleno siglo XXI, la información es poder. Este principio, que ha sido válido siempre, ahora es un aspecto fundamental de la vida de cada ser humano. Paradójicamente, el conocimiento se obtiene mediante la transferencia de datos a eso que hoy en día se llama “big data”, concepto que, en realidad, es muy antiguo, aunque este nuevo nombre le da un carácter de novedoso. Porque, no lo olvidemos: si queremos presentar una idea como nueva, nada como inventar un nombre sonoro y espectacular. Uno de esos nombres que hoy en día visten todo es el de la “inteligencia artificial” (IA). Si no tiene IA, no es útil.

Cada vez más, empresas y organizaciones de todo tipo se visten con el anagrama “Yo trabajo en inteligencia artificial” o “mis productos incorporan inteligencia artificial”. Los periodistas nos hablan de que la inteligencia artificial está aquí para quedarse, y si algo no incorpora ese argumento se entenderá desfasado e inútil.

Bien, pues hoy traigo una mala noticia. La mala noticia es:

Frase corta: la inteligencia artificial no existe.

Frase larga: la inteligencia artificial es un conjunto de técnicas, basadas en hardware y software, que emplean algoritmos basados en lo que se conoce como redes neuronales, y que pretenden simular el funcionamiento del cerebro humano. Claro que nadie sabe cómo funciona realmente la conciencia en el ser humano, y nadie se pone de acuerdo en qué es exactamente inteligencia. Hace un tiempo se hablaba de inteligencia emocional, antes se hablaba del coeficiente intelectual, y mañana se hablará de cualquier otro invento que permita vender ideas y productos. Vamos pues a ver por qué no podemos hablar de inteligencia artificial, en el actual estado de las cosas.

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Cuando la IA se hizo la tonta

Ya he comentado, en alguna ocasion, que soy un gran fan de Isaac Asimov. Sus libros de ciencia ficción, pero también los de divulgación científica, fueron de gran ayuda para mí. Los primeros, para descubrirme un universo casi infinito de posibilidades literarias. los segundos, para que descubriese que incluso yo soy capaz de entender conceptos generales de ciencia, si estos se explican con el suficiente entusiasmo y claridad.

Pero hay una cosa en la que discrepo, y que me disculpe el lector por poner en duda a un genio que lo fue durante gran parte del siglo XX. Esa discrepancia está relacionada con la inteligencia artificial, conocida popularmente como IA (o AI en inglés). Asimov creía que no veía factible poder crear una inteligencia artificial como la humana, o que, en todo caso, no era necesario. La razón era muy sencilla: ya tenemos la inteligencia humana. ¿Para qué queremos otra? Mejor sería crear otro tipo de inteligencia, que complemente a la humana, para así unir ambas en el desarrollo y búsqueda de nuevos conceptos de conocimiento compartido.

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Disfrutar amargando la vida a los demás

¿Cómo se programa la inteligencia artificial de un ser cuya única finalidad es estresarte y amargarte la vida? En un experimento reciente, pude probar que el sistema funciona, si sabes tocar los puntos adecuados del individuo.

Mr. A, el personaje de Mathness 3D encargado de ello, va a proporcionar verdaderos disgustos a quien se tope con él. Y programar su IA está siendo estresante, pero muy, muy divertido.

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Mr. A, capaz de desesperar al más templado, personaje de Mathness 3D