Esos recuerdos que viven en el corazón

Ayer vendí mi viejo ordenador portátil. El pobre ya había superado todas las pruebas de resistencia y uso posibles en mis manos, no en vano no solo uso el ordenador para escribir. También lo necesito para mi actividad profesional, como tanta gente hoy día. Además, necesito que sea relativamente potente, precisamente porque mi trabajo requiere de equipos que estén equipados con procesadores potentes y buenas tarjetas gráficas, además de bastante memoria.

Todo eso se había quedado anticuado ya para mis requerimientos. El ordenador en realidad podría haber durado un par o tres de años más, pero no da la respuesta que necesito en mi trabajo. Así que, lamentándolo mucho, ayer lo perdí de vista. ¿Me da pena? Sí. ¿Por qué? Porque el 90% de los libros que he escrito de la saga Aesir-Vanir los he creado con ese portátil. ¿Una tontería? Puede, pero se le toma cariño a las cosas.

typewriter

No soy yo mucho de encariñarme de objetos, ni de personas. En el primer caso, porque terminan rompiéndose. En el segundo, porque terminan rompiéndome. Claro que, en ambos casos, es muy probable que yo tenga una responsabilidad importante en ello.

Todos tenemos objetos que tienen un valor sentimental y especial. Una joya, un libro, un reloj, o, por qué no, un viejo ordenador. Hace años tenía una calculadora electromecánica que pesaba varios kilos, muy antigua, que para hacer una multiplicación hacía temblar la habitación. Y algunos discos. Y otras cosas. Todo eso desapareció debido al paso del tiempo, las personas, y la vida.

Al final, solo quedamos nosotros. Nosotros, nuestra piel, y los recuerdos. Solo quedan aquellas memorias de personas que fueron, y de los objetos que obstinadamente se mantienen en nuestra mente, cuando hace años que han desaparecido de la vida.

Dos objetos conservo, que milagrosamente han resistido el paso de los años y las mudanzas. Son un reloj de mesa de cerámica, comprado en Atenas en 1988, y una estatua de la diosa Atenea también de mármol, comprada también en la misma ciudad, en la misma fecha. De momento, Atenea me mira desde su repisa mientras escribo, recordándome que los mortales debemos temer a la muerte, pero que ellos, los dioses, lo que temen es a la vida. Así que dioses y mortales estamos, en muchos aspectos, empatados.

Escribo esto desde mi flamante y todopoderoso ordenador nuevo. Una tarea que tardaba unas diez horas en procesarse, este nuevo ordenador la procesa en dos. Una barbaridad sin duda, un ahorro de tiempo importante, no tanto de dinero. Pero bueno, mientras sea para bien y para el trabajo, merece la pena. Pero este nuevo ordenador, tan brillante y tan poderoso, no tiene las marcas de dolor y llanto de tantos momentos frente al teclado. No tiene un pedazo de mi alma en sus entrañas. Será cuestión de tiempo que ambos compartamos momentos, sueños y quimeras, y podamos establecer una amistad nueva.

Luego uno de los dos se irá para siempre. Y no volveremos a encontrarnos de nuevo. Esa es la vida. Y esa es la clave de la condición humana. No somos lo que hemos sido, sino lo que hemos dejado en el camino.


 

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Autor: Fenrir

Escritor aficionado, me gusta la aviación, el cine, la cerveza, y una buena charla sobre cualquier cosa que ataña al ser humano.

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