Dos caminos para la Inmortalidad Literaria

El universo nos hizo mortales. Pero la literatura nos enseñó un camino para la inmortalidad. Y ese camino es el que emprenden algunos escritores, consagrados para convertir sus obras en un legado milenario, que ofrece a cada nueva generación las mismas palabras, los mismos hechos narrados, pero que son interpretados de distinta forma por cada nueva generación. Esa es la magia de un libro: puede escribirse una vez, pero tiene tantos significados como lectores y siglos transcurran por sus páginas.

No es extraño, por lo tanto, que nosotros, pobres mortales, queramos ascender al cielo de los eternos con nuestras letras, con nuestras obras. Pero muchos serán los publicados, y pocos los que volverán del río Estigia al mundo de los dioses para ser recordados para siempre.

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Hay dos razones para ello. La primera: solo uno de cada mil escritores será recordado tras cien años de su muerte. Las razones son obvias: escritores que hoy en día parecen famosos son en realidad productos mercantiles que buscan hacer un dinero rápido, y cuya extensión literaria es un elemento menor. Son estas obras de tipo best seller, muchas de ellas de calidad ínfima. pero en las que se invierten ingentes cantidades de dinero. Si está pensando en 50 sombras de Grey, estará pensando en un buen ejemplo.

Los buenos escritores son como el buen vino; permanecen ocultos durante años, décadas, para aparecer luego, con literatura de calidad, que tarde o temprano es reconocida. Hemos visto muchos ejemplos de escritores y novelas que se han ido revalorizando con el tiempo. Son novelas que no tienen apoyos ni soporte de grandes editoriales, pero que el público hace crecer simplemente porque trascienden al tiempo y al espacio.

Una segunda razón es más pueril, más técnica, y más cotidiana. ¿Son los escritores de la antigua Grecia y Roma de una calidad pésima, y por eso nos han llegado tan pocas obras? Claro que no. Hubo grandes escritores, pero tenemos una ínfima parte de sus obras. Grandes escritores de entonces son hoy en día completamente ignorados, porque su obra no nos ha llegado. Se perdió con el devenir del tiempo. El tiempo, ese depredador que lo devora todo, incluido el arte y el conocimiento.

Entonces, nosotros, como escritores amantes de las letras, ¿qué podemos hacer para preservar nuestras obras de ese depredador? En realidad, es una cuestión de tiempo. Si hablamos de dos mil años, de tres mil años, podemos hacer muy poco. Dentro de dos o tres mil años, ¿cuántos escritores de hoy seguirán sobreviviendo en forma de lectores que los lean? Evidentemente, una parte muy ínfima.

Pero, de todas formas, no está todo perdido. Queremos preservar nuestra obra, nuestros libros, para que las generaciones de dentro de varias décadas puedan juzgar nuestro material. ¿Por qué no? Si no fuimos inmortales en vida, quizás podamos serlo en la muerte. Es ahí, precisamente, donde una estrategia correcta puede darnos una oportunidad de ser juzgados por los lectores del futuro.

Como estoy escribiendo esto en 2018, no recomendaré un método que, dentro de unos años, estará disponible como método muy seguro para preservar nuestros libros. Pero sí lo comentaré aquí porque, dentro de unos años, será un método muy bueno para preservar material literario y de cualquier tipo. Y quién sabe quién puede estar leyendo esto dentro de unos años, si se ha preservado de alguna manera este texto.

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Me refiero a los cristales de almacenamiento de datos. Fue desarrollado el año pasado en forma experimental, y permite almacenar enormes cantidades de información en un material cristalino que durará incluso millones de años. Cualquier información almacenada en esos cristales no se corromperá durante enormes cantidades de tiempo. Si guardamos nuestras obras en uno de esos cristales, y el mismo cristal lo guardamos en un lugar seguro, puede que, algún día, alguien encuentre ese cristal, y nuestras obras vuelvan a ser leídas, y juzgadas, dentro de enormes cantidades de tiempo. Nuestra semilla literaria perdurará durante milenios en cualquier agujero, dispuesta a ser redescubierta y valorada. Habremos superado la barrera del tiempo. Todo un logro.

Un segundo método, más convencional y adaptado a este año de 2018 es almacenar nuestro material en soportes informáticos convencionales. Usted seguramente ha pensado en guardar su material en DVDs, o Blu-Rays, o un lápiz USB, para que su obra perdure en el tiempo. Sin duda.

Pues no lo haga. O hágalo, pero no espere que el método funcione. Estos soportes tienen una vida de unos veinticinco años. Los lápiz USB pueden durar algo más quizás, pero si usted lo quiere, ponga cien años. En cien años nadie va a tener lectores USBs en su casa, y aunque los tuviera, o aunque se usaran técnicas de ingeniería forense de datos para extraer sus libros de estos soportes, el material se habría degradado tanto que sería imposible reconstruirlo. Por lo tanto, toda esa cantidad enorme de material que hoy en día se guarda en dispositivos informáticos se habrá perdido dentro de unas décadas. A no ser que se vaya copiando de un dispositivo a otro, pero ni usted ni yo estaremos ahí para hacerlo. Solo los grandes libros se copiarán. Los mortales seremos olvidados y barridos de la historia literaria para siempre.

¿Queda alguna alternativa? Sin duda. ¿Cómo han llegado los antiguos autores a ser redescubiertos? No me refiero a esos cuyas obras han ido siendo copiadas, sino aquellos que han sido leídos de sus originales. Es muy sencillo: papel. El papel, el de calidad claro, y el pergamino, es un material que puede, en las condiciones adecuadas, durar milenios. Ahí tiene los manuscritos del Mar Muerto, que han durado dos mil años antes de ser redescubiertos.

Por lo tanto, si usted quiere ser inmortal, o al menos intentarlo, huya de la tecnología actual. Huya de los ordenadores, de los lápiz USB, huya de toda la electrónica. Imprima sus libros en papel de muy buena calidad, almacene esos libros en una caja de metal de acero inoxidable, metido en otra caja de titanio, y si es posible en otra caja de plomo. Cada caja, y cada capa, ayuda a preservar el material más tiempo. Guárdelo ahí, y guarde la caja en algún lugar seco, y a una temperatura media de unos veinte grados. Sus libros durarán cientos de años, puede que miles, y podrán ser descubiertos de nuevo quién sabe cuándo, quién sabe por quién. Será inmortal. O, al menos, lo habrá intentado.

El camino de los cristales de datos se abre ahora. Pero el camino del papel y el pergamino, ese ha existido siempre, y sigue siendo el método más seguro para preservar nuestra memoria, y nuestra obra.

Quién sabe. A lo mejor este texto se ha preservado así, y está leyendo esto alguien en un traje de plata en su nave espacial camino de Alfa Centauri, mientras hace una reserva para un restaurante en su planeta favorito.

Todo es soñar. E imaginar. De eso trata la literatura. Y la vida. Felices sueños literarios.


 

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2 comentarios en “Dos caminos para la Inmortalidad Literaria”

  1. Que las obras sean leídas en 2000 años depende de la calidad y profundidad de las mismas, pero almacenarlas en material que no se degrada con el paso del tiempo suena como una muy buena segunda opción. Que trasciendan los que hagan el esfuerzo necesario que siempre habremos personas dispuestos a leer y a aceptar su sabiduría y conocimiento. Primera vez que paso por tu blog, está excelente, enhorabuena.

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