Extracto de “Pecado capital”

Este es un extracto de “Pecado capital II”, dentro del libro XII “Sandra: relatos perdidos” de la saga Aesir-Vanir. Sandra se ha infiltrado en el campo de concentración donde probablemente se encuentra su amiga Lorine, a la que conoce del club de jazz de Lyon. Está investigando su detención, debida a haberse descubierto que Lorine mantenía relaciones sentimentales con otra mujer, un delito castigado con treinta años de prisión a trabajos forzados. Pero lo que encuentra es todavía más preocupante…

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Sandra se acercó a un hombre que estaba cerca. Tenía un aspecto demacrado, y la ropa que le habían dado estaba raída y sucia. Él mismo tenía una barba que evidentemente no había sido cortada en varias semanas. Tendría unos cuarenta años, pero su aspecto le hacía parecer veinte años más viejo.
—Disculpe, ¿dónde estamos? —El hombre se volvió, y respondió:
—En el infierno, supongo.
—¿No puede ser un poco más específico?
—No. Llegué aquí hace dos meses. Desde entonces, he visto entrar y salir a varias personas. Nunca nos dicen nada. No tenemos constancia de los días, ni de las semanas. Nos alimentan como a animales, echándonos la comida en cubos. Las fuentes funcionan solo en ciertos momentos, y debemos pelear para conseguir algo de agua antes de que se agoten. Los más fuertes beben. Los otros, mueren.
—¿Sabe si estamos separados por algún tipo de cargo?
—No lo parece —aseguró aquel hombre—. Aquí hay acusados de todo tipo de cosas. No parece importarles los que han robado un trozo de pan, o los que son asesinos en serie. Todos sufrimos la misma condena aquí, al parecer. Pero lo peor no es eso.
—¿Hay algo peor?
—Sí. La gente aparece de repente. Como usted. Pero desaparece también. Se los llevan, no se sabe a dónde. Y ya no los volvemos a ver. A algunos se los llevan en días, puede que en horas. Otros permanecemos aquí semanas, o meses.
—Voy a dar una vuelta —comentó Sandra.
—No se aleje mucho de este barracón. No permiten las excursiones más que a unos metros. Drones lanzadores de cargas eléctricas se ocupan de recordarlo constantemente.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.

Sandra caminó por el barracón. El fuerte olor mareaba a las personas recién llegadas, que luego terminaban, a veces, acostumbrándose al mismo. Las enfermedades eran evidentemente habituales, y las infecciones recurrentes, como pudo verificar ella misma. Había gentes de todo tipo y edades, sucios, harapientos, y con una constante: sus rostros eran de desesperación, y agotamiento. Era evidente que aquello era un nuevo gulag, y era evidente que Richard era el responsable. Pero ¿a dónde los llevaban? ¿Qué criterio se seguía? ¿Qué se pretendía? ¿Experimentación? Incluso eso no encajaba con Richard. Era brutal, pero sistemático al asesinar. No se entretenía en actividades intermedias.

Llegó la comida, y los soldados vinieron con los cubos. En cada ocasión los dejaban fuera, en lugares distintos, de tal forma que colocarse en el mejor sitio en una ocasión, era el peor en otra ocasión. La gente se levantó como pudo, y corrieron, empujándose, mordiéndose, para conseguir llegar a los cubos. Sandra fue arrastrada por la muchedumbre, y llegaron a tirarla al suelo, pasando por encima de ella. Luego llegaron los gritos, las peleas, y las órdenes de aquellos más fuertes, tomando el control de los cubos, y ordenando a los demás que el reparto se haría según sus criterios. Incluso en esas circunstancias, o, especialmente debido a esas circunstancias, la fuerza era el elemento principal de control de los recursos para sobrevivir. Controlar los cubos era disponer de un poder absoluto.

Una vez la comida se agotó, quedaron en el suelo algunos cuerpos, que habían fallecido por desfallecimiento, aplastados, o golpeados por otros. Los soldados se afanaron en recoger los cadáveres, para llevarlos en un carro lejos de allí.

Sandra salió del barracón, y observó los drones de vigilancia. Entró en su sistema mediante un haz de radioondas, y verificó que, como sospechaba, eran modelos anticuados. Los reprogramó para que no detectaran movimiento alguno durante una hora, y fue caminando hacia el barracón siguiente. Algunos la observaron, pero no se molestaron en preguntarse cómo había aparecido allí. El barracón era igual que aquel en el que había estado, sin ningún elemento distintivo. Volvió a su barracón, y esperó a que llegara la noche…


 

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Autor: Fenrir

Escritor aficionado, me gusta la aviación, el cine, la cerveza, y una buena charla sobre cualquier cosa que ataña al ser humano.

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