Tras los muros de Alejandría (II)

Continúo con este relato fantástico ambientado en la mitología griega, en la que la diosa Atenea ha contemplado un peligro para la humanidad, que debe detener de la única forma posible: encontrando, en el siglo XXI, a la heredera del divino Odiseo y su esposa, Penélope, a través de su hijo, Telémaco.

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La primera parte de este relato puede encontrarse en este enlace.

Atlantia, la Isla Perdida, conforma el área superior de lo que los mortales llamaron, en su momento, el mítico continente de la Atlántida, el Reino Perdido de la humanidad, donde el ser humano era inmortal, y convivía en paz con los Titanes. A aquellos tiempos de gloria y paz la llamaron la Edad de Oro, y fue fructífera en logros y en héroes.

Pero las guerras entre Titanes y sus descendientes, los Doce Dioses del Olimpo, dieron lugar a una disputa por la misma existencia de la humanidad, que perdió su inmortalidad, y tuvieron que arrastrarse desde entonces para trabajar la tierra y cosechar los frutos de esta, además de sufrir enfermedades, dolores infinitos, y miles de males.

La isla de Atlantia se halla sumergida en el mar todo el año, en mitad del océano Atlántico, menos un día: aquel que precede a la Cuarta Luna llena. Entonces, el suelo del mar tiembla, y Atlantia resurge de entre las aguas, solo visible para dioses y mortales elegidos. En Atlantia, su único habitante, el gigante Polifemo, estimado hijo de Poseidón, ofrece libaciones de su propia sangre, para que su padre le conserve la vista del ojo que el mortal Odiseo le hizo perder de forma traidora y alevosa, y que Poseidón le devolvió. Pero solo si, una vez al año, le rendía pleitesía en la isla.

Allá fue entonces la divina Atenea, la de los ojos claros, pues buscaba a la heredera de Odiseo y Penélope, que portaba la sangre de su hijo Telémaco. Pues son muchos los que hablan de la gran sabiduría y clarividencia de los Cíclopes. Su capacidad adivinatoria es legendaria, y su conocimiento de la naturaleza inagotable.

Mas ¿cómo obtener el favor del poderoso Polifemo, incluso por parte de la misma Atenea, para que le revele el paradero de la heredera perdida en algún lugar de la Tierra? Atenea, cuyo protegido, Odiseo, fue el causante de la ceguera de Polifemo.

Habría de averiguarlo. Porque el mismo Poseidón y otros dioses, y también los Titanes, confabulaban ya contra la humanidad, y puede que contra los mismos dioses celestiales del Eterno Olimpo.

La isla.

Atenea llegó a Atlantia, durante la primera hora del amanecer. Allí encontró un templo, y, en el exterior, un altar, donde se encontraba el cíclope Polifemo. Este la vio, y, de forma rápida, y precisa, tomó una gran roca, y se la lanzó a la diosa.

La roca se desplazó rápidamente por el aire, y, a media distancia de Atenea, explotó en mil pedazos. Atenea se mantuvo en silencio unos instantes, mientras las minúsculas partículas caían al suelo. Luego dijo al fin:

—Te has confundido, gran Polifemo. Yo no soy el barco de Odiseo y sus hombres.

Atenea se acercó a Polifemo. Su historia era triste, realmente. Ella no quería el mal para el hijo de Poseidón. Nunca aceptó el daño que se le hizo; pero entendió el gesto del mortal Odiseo, y por ello le protegió en aquel viaje de vuelta desde la ciudad de Troya. Así que le propuso algo a Polifemo.

—Estoy aquí porque necesito tu ayuda, Polifemo.
—Tienes a tu padre para ello.
—Mi padre es el dios de los dioses, pero no tiene tu habilidad adivinatoria y de presagio. No pudo predecir este mal que nos acecha ahora.
—¿Y qué mal es ese?
—¿Acaso no lo sabes? ¿No te lo ha dicho tu padre? —Polifemo negó levemente.
—Mi padre ha reusado hablar conmigo. Se avergonzó de mí y de haber caído ante un simple mortal como Odiseo. Sí, es cierto: buscó venganza por lo que me hizo el mortal Odiseo. Buscó destruir a Odiseo por mi causa. Pero mi deshonra es completa. Debo acudir a él una vez al año, en esta isla que solo ve la luz de Helios un día completo. Y debo rendirle pleitesía.

Atenea se acercó más. El propio Polifemo se asombró del poder y la fuerza que emanaba de la diosa. Esta dijo:

—¿Y si yo te hiciese una propuesta? ¿Y si pudieses ofrecerme una ayuda, a cambio de tu deshonra?
—¿Qué tienes tú que ofrecerme que yo no tenga?
—Tu vista, por supuesto —aseguró Atenea—. No tener que depender de tu padre para mantenerla año tras año. El propio Zeus te daría la visión eterna de nuevo.
—¿Yo? ¿Solicitar un favor del hermano maldito de mi padre? ¿Ese que llevó a los Titanes al Inframundo de Hades?
—A ese me refiero —confirmó Atenea—. Tu padre, Poseidón, también luchó junto a Zeus contra los Titanes. Sin embargo, ahora ansía el poder, junto a otros dioses. Y ha pactado con los Titanes repartirse el universo.
—Lo sé. Es algo que no podré llegar a entender.
—Zeus te daría de nuevo la vista eterna. Si accedes a darme la información que requiero. ¿O vas a seguir teniendo que someterte a la pleitesía de tu caprichoso padre, que a su propio hijo le somete a tamaña deshonra?

Polifemo pareció dudar. Pero llevaba siglos en aquel infierno. En aquella isla hundida en el mar, que solo una vez al año veía la luz del Sol. Así que, tras unos segundos, se volvió a Atenea, y contestó:

—¿Qué quieres saber, diosa de los ojos claros?
—El paradero de una mortal. Solo eso.
—¿Una mortal? ¿Tan importante es?
—Más que el tiempo y el espacio. Pues, sin ella, no habrán de haber existido nunca.
—¿Y qué mortal es esa?
—La heredera de Odiseo y Penélope, y de Telémaco, su hijo, que fue padre junto a Circe, que fue la madre.
—¿Circe fue la madre de los hijos de Telémaco? Nunca se supo de esa unión —Comentó Polifemo asombrado.
—El propio Zeus lo ocultó a los dioses, por temor a represalias. Hay quienes creen que Circe tuvo hijos de Odiseo, pero no fue así. Odiseo mantenía su corazón fijo en su amada esposa, Penélope. Algunos mortales creen que yo induje a Telémaco a casarse con Circe. Pero esta, al no poder tomar como esposo a Odiseo, eligió a su hijo. De ahí nace la descendencia. Hasta la actualidad. Ahora necesito encontrar a la heredera actual de Telémaco y Circe. Pues el mundo depende de ello.

Polifemo se mantuvo pensativo unos instantes. Luego elevó la mano, y la figura de una joven, apareció en su mano. Era una joven de unos diecisiete años, de mediana estatura, morena, de cabellos suaves, que caían hasta sus hombros, con ojos oscuros. Su mirada parecía perdida en la inmensidad de un sueño. Su rostro parecía delatar un gran peso portado en su alma.

Polifemo contempló a la joven, y dijo:

Elina Stavrou —susurró Polifemo —. Ese es su nombre. Se encuentra en lo que los mortales llaman la polis de San Francisco. Es la hija del cónsul de Grecia. —Atenea asintió levemente.
—Muy joven para llevar esa carga y el destino de la humanidad —aseguró Atenea—. Incluso para una mortal.

De pronto, se notó un temblor, que fue creciendo durante unos segundos. El cielo se oscureció de pronto, y el viento sopló con fuerza. Varios rayos cayeron sobre el templo, que quedó destruido al instante. Atenea y Polifemo escucharon entonces una voz profunda y poderosa, que llegó a ambos desde la oscuridad de una tormenta gigantesca que había surgido de la nada. La voz dijo:

—¡Mi antaño hijo predilecto! ¿Qué has hecho? ¡Pues has vendido tu alma por la cura de tu ojo a quien me traicionó y me insultó! ¡Ahora perderás el ojo y la vida en el eterno fuego del Hades!

El suelo se abrió, y apareció un manto de lava, que atrapó a Polifemo por los pies, arrastrándolo hacia el interior. Atenea tomó de la mano a Polifemo.

—¡Sujétate! ¡Te sacaré de aquí! —Gritó Atenea.
—¡No puedo! ¡Me arrastra!
—Atenea intentó recuperar a Polifemo y sacarlo del abismo, pero su mano sudorosa se resbaló. Cayó hacia el fondo con un grito que se fue perdiendo en la lejanía.

Atenea se volvió, y vio a Poseidón, con su tridente ardiente, que dijo:

—La infame protectora de Odiseo, y origen de todos mis males. Esta vez no ganarás con manipulaciones lo que por derecho era mío: la ciudad de Atenas, y la gloria del poder. Es hora de que mi venganza sobre ti caiga con todo mi poder y mi ira. Esa niña, esa joven que buscas, nunca cumplirá su misión. Y tú también serás pasto del Hades. ¡Se hará justicia! —Atenea replicó:
—Tú, que habías sometido a tu propio hijo a un infierno en vida. Y ahora lo condenas al Hades. ¿Y tú te atreves a hablarme de justicia? Antes te quisiste imponer a mí con tácticas malignas, Poseidón. Y fallaste. ¿Qué te hace pensar que ahora será distinto?

Poseidón no contestó. Desapareció. Y la isla quedó sola y vacía.

Atenea observó el caos dejado por Poseidón. Tendría que partir rápidamente. Pues el nombre y la identidad de aquella que debía ser la esperanza de la humanidad se había revelado por fin. Y, tal como protegió a su antepasado Odiseo, debería ahora protegerla a ella. Aunque eso supusiese enfrentarse sola a Poseidón y sus aliados.

Incluidos los mismos Titanes.

Elina.

San Francisco, California. En algún momento de la tercera década del siglo XXI.

El colegio hizo sonar las campanas. En aquella mañana fresca, la clase de último curso estaba lista y preparada para el inicio de la hora de matemáticas. La profesora entró, y los alumnos se sentaron. Al lado de la profesora, una joven sonriente observaba la escena. La profesora dijo entonces:

—Buenos días. ¿Alguna duda con los ejercicios de la semana pasada? —Los alumnos pusieron caras de circunstancias.
—Ya veo. De todas formas lo veremos mucho mejor en un próximo ejercicio de control. —Se escucharon algunas quejas y susurros.
—Pero hoy vamos a empezar a hablar de algo llamado integrales, que, como ya os comenté, son un logro matemático importantísimo, y aplicable a muchas facetas de la ciencia y la tecnología. Las integrales tienen mala fama, y, ciertamente, requieren de un trabajo y estudio. Pero, con un poco de esfuerzo, enseguida empezaréis a ver que, como muchos aspectos de las matemáticas, necesitan método y disciplina. Una vez se obtienen estas, el resto es más fácil.

La profesora hizo una espera. Alguien tosió levemente. Luego cambió el tono para decir:

—Como veis, tenemos una alumna nueva. Llegó a San Francisco la semana pasada. Viene de Grecia, y no tiene familia aquí, pero es muy resuelta, de eso no cabe duda. El Estado se hace cargo de ella hasta que sea mayor de edad. —La profesora se volvió a la joven, y preguntó:

—Muy bien: ¿nos podrías decir tu nombre? —La joven respondió:
—Atenea.
—Muy bien, Atenea, es un nombre muy bonito, y denota claramente tu origen griego.
—Así es —afirmó sonriente la joven.
—Estupendo. Tenemos un sitio para ti. Casualmente al lado de otra joven griega, que viene directamente desde el consulado griego de San Francisco. Se llama Elina. ¿Tú hablas griego? —Atenea preguntó:
—¿Se refiere al Griego antiguo, al clásico, o al moderno? —La profesora dudó.
—Pues… al moderno, supongo.
—Sí.
—¿Y… los otros?
—También. Pero estaré encantada de hablar con Elina en griego moderno, que es el que conoce.
—¡Claro! —confirmó la profesora con cierta sorpresa—. Muy bien, vamos a empezar la clase. Puedes sentarte.

Atenea fue caminando a su sitio. Todos la miraron con asombro, porque sin duda era una joven especial. Algunos chicos se miraron con cara de complicidad, porque su figura era poderosa y portentosa.

La clase comenzó, y la profesora comenzó a hablar del tema del día. Fue haciendo algunas preguntas, que Atenea contestaba de inmediato. Finalmente, la profesora se extrañó por aquel comportamiento. Escribió una integral, e hizo un experimento.

—Atenea, ¿podrías animarte a resolver esta integral?

Atenea asintió. Se levantó, y escribió la solución en la pizarra. Se oyeron algunos rumores. La profesora escribió entonces una integral compleja. Atenea la resolvió al instante. Finalmente, la profesora le dijo:

—¿Quién te ha enseñado a resolver integrales?
—Nací con el conocimiento adquirido —respondió Atenea tranquilamente. Se escucharon algunas risas. La profesora repuso:
—Quieres decir que es innato en ti, ¿es así?
—Así es —respondió Atenea sonriente.
—Está bien… Vuelve a tu sitio. O vete a dar un paseo, tienes el trimestre aprobado. Y, probablemente, el curso.
—Prefiero quedarme en clase. Con Elina.
—Muy bien…

La clase terminó, y los alumnos salieron a tomar el aire quince minutos. Elina se dirigió en griego a Atenea.

—Eso que has hecho es… sorprendente. Yo no me entero de nada.
—No tiene importancia —aclaró Atenea.
—Para ti no, pero yo… ¿De qué parte de Grecia eres?
—De Atenas —afirmó Atenea.
—Yo nací en Vathí, en la isla de Ítaca. —Atenea asintió.
—Lo conozco. Un lugar muy bello. —Elina asintió sonriente.
—Así lo creo yo. Luego fui a vivir a Atenas, pero pasé allí mis primeros diez años. Me gustaría volver a Ítaca algún día, pero, cuando observo mi vida, parece que la vuelta se va a convertir en una odisea.

Atenea la tomó del hombro, y respondió:

—Volverás. Porque es tu hogar. Y la sangre llama a la tierra, especialmente en ti.

Elina no entendió muy bien qué quería decir, el griego de Atenea era moderno, pero con giros ya anticuados. Sonrió levemente mientras alzaba los hombros.

El resto de clases continuó, mientras Atenea comenzaba a ser el punto central de la sala de profesores. El de historia antigua probó con preguntas cada vez más complejas, hasta llegar a datos de recientes investigaciones sobre restos arqueológicos. Atenea dio una información precisa, que luego incluso fue útil para encontrar los restos de una antigua batalla de las guerras médicas.

Pero, aquella mañana, las clases terminaron, y Elina le hizo una proposición a Atenea.

—¿Quieres venir a casa? Bueno, mi casa es el consulado… te presentaré a mi padre. Es el cónsul.
—Claro —respondió Atenea con una sonrisa.

Ambas fueron caminando hasta el consulado, que se encontraba a algo menos de media hora de camino. Llegaron, y Elina se dirigió al despacho donde su padre había llevado a cabo una pequeña recepción minutos antes.

—Papá, quiero presentarte a alguien: una nueva compañera de clase. Es de Grecia. De Atenas. Se llama Atenea. —El padre alzó la vista levemente. Era un hombre de unos cincuenta años, algo canoso, no muy alto, de aspecto ligero. Alzó la vista.
—Vaya, vaya, así que tenemos a una compatriota con nosotros —comentó sonriente el padre, mientras se levantaba y acercaba —. Yo soy Theodoros. Por aquí me llaman Theo. Estos americanos disfrutan recortando los nombres, y americarizándolos. ¿Y qué te trae a la lejana ciudad de San Francisco?
—Es un asunto importante —recalcó Atenea.
—Ya veo. —Elina intervino:
—Papa, Atenea es una máquina con las matemáticas. Y con la historia. Y con la literatura… —El padre preguntó divertido:
—Ah, ¿sí? ¿Una máquina?
—Sí, papá. Ha dejado asombrado a todo el mundo esta mañana en cada clase. Quizás pueda ayudarme con las matemáticas. —El padre asintió, y dirigiéndose a Atenea, le preguntó:
—¿Lo harías? ¿Ayudarías a mi hija, ya que parece que dominas las matemáticas? Elina, como tantos jóvenes, no es torpe con las ciencias. Al revés, de hecho, es muy capaz. Pero necesita tomar soltura y confianza en sí misma. —Atenea contestó:
—Lo haré encantada.
—Pues te lo agradezco. ¿Quieres quedarte a comer? Si a tus padres les parece bien.
—Mis padres estarían encantados, si estuviesen aquí. Pero no, gracias. —Entonces Elina dijo:
—No te he visto comer nada esta mañana. Ni beber. De hecho, no te he visto ir al baño.
—No lo necesito —respondió Atenea. El padre rio.
—¡Claro! ¡Eres una androide! ¡Funcionas con baterías!
—No, no soy una androide —aseguró Atenea. El cónsul rio de nuevo.
—Vaya, menos mal. Muy bien, muy bien, estos jóvenes de hoy en día… ¿Seguro que no quieres quedarte? Creo que tenemos alguna receta griega hoy para comer.
—No. Pero tengo algo que preguntarle, si no le molesta.
—Ah, muy bien, pregunta, pregunta, jovencita.
—¿Ha habido algún problema con Elina?
—¿A qué te refieres?
—Alguien intentando molestarla últimamente. —Elina pareció ponerse nerviosa. Intervino de nuevo.
—¿Cómo sabes eso, Atenea? —Atenea repuso:
—Es importante, Elina.
—Pues… sí… Es… ese chico nuevo… —El padre la interrumpió:
—¿Te ha vuelto a molestar? ¡Elina, te dije que me informaras de inmediato!
—No quería preocuparte, papá… Él… me pide que le acompañe. Dice que quiere invitarme a un sitio que me encantará conocer.
—Ya, ya me imagino —comentó el padre con voz grave—. Lo que me preocupa es que no me hayas dicho nada. Es un acosador. Y quizás algo peor. Debe ser denunciado. Esto debe terminar ya. ¿Me comprendes, Elina?
—Sí, papá…

Se hizo un silencio, que rompió Atenea.

Yo me ocuparé. Mañana, en clase, en cuanto lo veas, debes informarme de quién es. No te preocupes; él no te puede hacer nada de daño, si no accedes a ir con él voluntariamente. Esa es su debilidad. No puede forzarte. Has de ir con él de forma libre.
—¿Cómo es eso posible? —Preguntó el padre preocupado.
—Porque así es el orden de las cosas. Ahora me voy. Nos vemos mañana.
—¿El orden de las cosas? —Repitió el padre—. Realmente, eres una joven muy rara, Atenea. Pero bueno, pareces perfecta para amiga de mi hija, y eso me tranquiliza. ¿Quieres que te llevemos Elina y yo a tu casa? O a donde sea que vivas. Si ese acosador la amenaza a ella, podría amenazarte a ti también, y no me gustaría que os cruzarais con él por la calle. —Atenea sonrió.
—No se preocupe. A mí puede amenazarme. Pero sé tratar con él. Sé defenderme, no ha de preocuparse. —Elina preguntó:
—¿Acaso sabes artes marciales?
—Digamos que sé tratar estas situaciones. Cuídate, Elina. Y usted, gracias por su ofrecimiento, y su amabilidad. Nos vemos mañana.
—Tú también. Cuídate —rogó Elina.

Atenea marchó. Theodoros se dirigió a su hija.

—Una joven muy extraña. De eso no cabe ninguna duda.
—Sí, papá. En el colegio ya lo han notado.
—Debe ser alguien con un coeficiente intelectual muy alto. Esa gente suele tener sus manías, sus rarezas. Pero parece una joven encantadora, y me gustará que os hagáis amigas.
—Sí, papá.
—Y en cuanto al acosador…
—Te avisaré si vuelvo a verlo papá. Te lo prometo.
—Así me gusta. Y ahora ve a comer. Estoy preocupado, Elina. Muy preocupado por ti.
—Lo sé, papá. Lo siento.
—No lo sientas, y cuéntame estas cosas. Es importante.
—Lo haré, papá.
—Muy bien. ¡A comer!

Mientras tanto, Atenea caminó por la calle durante unos minutos. De pronto, un joven se acercó a ella. Sonreía, mientras le decía:

—Así que has encontrado a la heredera de Odiseo. Y Polifemo ha pagado su osadía, dicen.
—Sí. Y yo he encontrado al acosador de Elina.
—¿Acosador? —Rio el joven—. En cuanto a la joven, Elina, la heredera de Odiseo, en el momento en que acceda a venir conmigo, será nuestra para siempre. Y, si no accede, buscaremos la forma de evitar que cumpla su destino. Y habremos ganado. Te lo prometo. La humanidad caerá. Poseidón será el nuevo dios de los dioses. Y yo ocuparé el lugar que por derecho me corresponde en el universo.
—No lo permitiré. Puedes estar seguro.

El joven sonrió. De pronto, se transformó a su aspecto real. Y desapareció. Atenea susurró:

—No cumpliste tu promesa en el pasado, Ares. Y, tenlo por seguro: ni los dioses unidos, junto a todos los Titanes, podréis cumplir vuestros planes ahora…


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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