Tras los muros de Alejandría (III)

Tercera parte de este relato fantástico ambientado en la mitología griega, en la que la diosa Atenea ha contemplado un peligro para la humanidad. Un peligro que debe detener de la única forma posible: encontrando, en el siglo XXI, a la heredera del divino Odiseo y su esposa, Penélope, a través de su hijo, Telémaco.

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Agradecer el interés que ha creado este relato, que ha tenido el record absoluto de “me gustas” y compartidos en Bloguers.net.

Primera parte en este enlace.

El rapto de Elina.

A la mañana siguiente, Atenea se dirigió al consulado griego, con el fin de buscar a Elina, y acompañarla hasta el colegio. Cuando llegó, no pudo por menos que comprender que algo muy grave había ocurrido.

En un lateral de la casa se podía ver una gran abertura en una pared, que evidentemente se había producido esa noche, justo en la habitación de Elina. Atenea se dirigió al cónsul rápidamente, el cual se encontraba hablando con la policía en un evidente estado de shock. La policía quiso cerrarle el paso, pero Theodoros les dijo que la dejaran pasar. Atenea se dirigió al cónsul, y preguntó:

—¿Qué ha ocurrido? —El padre, tras unos instantes, y con la respiración agitada, respondió:
—Estaba hablando anoche con mi esposa, que está en Atenas, a eso de las dos de la mañana. Yo había terminado de preparar unos documentos urgentes. De pronto, escuché un ruido enorme, y unos gritos que provenían de la habitación de Elina. Subí a toda velocidad. La pared había sido literalmente arrancada, y los pedazos habían caído sobre el jardín. Y entonces…
—¿Qué vio?
—No… no lo sé. Era como una sombra gigante. Un ser extraño, no pude verlo bien. Se llevaba.. se llevaba a mi hija… ¡bajo el brazo! Sé que puede sonar increíble… Pero es lo que vi.
—Yo le creo. —Theorodos la miró un momento con extrañeza.
—¿Me crees? ¿Estás segura? Me dirán que esto es fruto de la conmoción por lo que ha ocurrido… que vi lo que imaginé ver… y puede que tengan razón.
—La pared destrozada no es fruto de su imaginación. Vio lo que vio.

El padre se mantuvo un instante en silencio. Luego miró a Atenea.

—Tú apareciste ayer, y preguntaste por ese… ese acosador. Ahora la pared se cae, y raptan a mi hija… Tú sabes algo, ¿no es así? ¡Contesta! ¿Sabes algo?

Atenea miró un momento al padre de Elina. Finalmente, contestó:

—Sé que ella nunca hubiese accedido a irse con ese acosador. Parece evidente que la han raptado porque no han podido llevársela de otra forma. Pero, incluso así, no podrán tocarla. Sí podrán someterla a ciertos rituales para que su voluntad ceda. Pero yo la encontraré, no tema, y la traeré de vuelta.

Theodoros se llevó las manos a la cabeza, en un acto de desesperación. Luego se volvió a Atenea diciendo:

—¿Tú? ¿Tú vas a traerla de vuelta? ¿Una niña de, qué, dieciséis, diecisiete años? ¿Tú vas a liderar la investigación de la policía? ¿Eres una agente secreta? ¡Este es un tema serio, Atenea! ¡Si sabes algo, deberás colaborar inmediatamente con la policía, y contarles todo lo que sepas!
—Esos policías, esos agentes de seguridad que velan por usted y su familia, no podrán hacer nada. Lo siento.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan segura de lo que dices?
—Porque no pueden. Tendrá que confiar en mí.
—¿Confiar en ti? ¡Qué locura! Eres una joven muy extraña, Atenea. Primero, tus capacidades mostradas en el colegio. Luego, tu forma de aparecer en la vida de Elina. ¿Tienes algo que ver con el rapto? Dímelo ahora, si estás implicada. Porque la policía lo descubrirá tarde o temprano si es así. Esto es además de un secuestro, un conflicto diplomático. Y la repercusión será internacional. Si sabes algo, si estás implicada, dilo ahora, y te prometo que abogaré por ti.

—Yo estoy implicada en la salvaguarda de su hija. En su bienestar. Y en su futuro. La buscaré, y la traeré de vuelta. Le doy mi palabra.
—¡No me tomes el pelo, niña! ¡Basta ya de jugar a la heroína salvadora de mi hija! Si tienes datos de los raptores, dáselos a la policía. De inmediato.
—Confíe en mí, Theodoros. Voy a hablar con mi padre. Él sabrá qué hacer.
—¿Tu padre? ¿No estabas sola?
—Aquí, sí. Pero voy a verle, y con su ayuda solucionaremos esto.
—¿Quién es tu padre? ¿Está implicado en el secuestro?
—Baste decir que mi padre puede ayudar en este caso.

Theodoros iba a responder, pero Atenea le puso una mano en la mejilla derecha. Entonces, vio que los ojos de la diosa se iluminaban con una sonrisa dulce, y con una luz blanca especial. De pronto, Theodoros se sintió en paz consigo mismo, como nunca se había sentido. Una paz que le envolvió por completo.

—Volveré pronto con respuestas. Y con una promesa: la de traer de vuelta a su hija.

Atenea dijo esto, y se fue con pasos ligeros. Theodoros quiso explicarse lo que le acababa de ocurrir. Finalmente, lo achacó a los nervios y a la enorme tensión de aquella noche. Aquella niña no podía ser la responsable de esa paz inmediata que había sentido. Sería, probablemente, el medicamento que una enfermera le había dado para combatir el estrés del momento. Sí; tenía que ser eso.

Buscaría a su hija. E iría hasta donde fuese necesario para encontrarla.

La caída del Olimpo.

Atenea llegó al Olimpo, para consultar con su padre cómo proceder ante la osadía de los Titanes y de Poseidón por haber raptado a la heredera de Circe y Telémaco. Porque solo ellos podrían haberse atrevido a pisar de nuevo la tierra de los mortales, con el fin de arrastrar a la joven mortal en contra de su voluntad. Algo que ya le había advertido el mismo Ares. Un atrevimiento que el propio Zeus rechazaría, por cuanto intervenir en el mundo de los mortales solo estaba permitido en situaciones muy justificadas.

Atenea se desplazó por el camino polvoriento, cuando notó una presencia. Y luego otra. Y otra. Se volvió, y lo que vio la dejó asombrada: varios Titanes la rodeaban, y la propia Titánide Rea la observaba en silencio. Tras unos instantes, Rea dijo:

—La hija predilecta de Zeus, mi hijo. Te esperaba.
—¿Qué haces aquí, Rea? —Preguntó extrañada Atenea.

—Amamanté a Zeus, y le protegí contra todo mal desde su nacimiento. El Gran Zeus, dios entre dioses. Lo hice para que contemplara y cuidara el universo, porque pensé que era justo frente a las desidias de su padre Crono. Pero he aquí que Zeus se volvió vanidoso, caprichoso, y obsesionado con los placeres de la carne y los propios mortales. Crono no contemplará una nueva Era. Pero yo he venido para reclamar de nuevo mi puesto en el universo. Con la ayuda de Poseidón, Ares, y Hefesto, hemos tomado el control del Olimpo. El resto de los Doce Dioses están prisioneros en el Hades, donde los Titanes fuimos condenados. Y hemos encadenado a tu padre a las rocas de la isla superior del río Estigia, donde permanecerá para siempre, contemplando el paso de las almas de los mortales en su camino al Hades.
—¿Y piensas que lo permitiré? —Preguntó Atenea desafiante.
—Sé que intentarás oponerte. Pero el mismo Olimpo ha caído. Ahora puedes hacer tres cosas: unirte a nosotros, ofrecer batalla, y caer para siempre con honor, o dejar que se te encierre para toda la eternidad en lo más profundo de la más profunda de las mazmorras del Olimpo. Por cuanto ningún dios vendrá a socorrerte. Todos han tomado la opción de no luchar, pues son cobardes en sus corazones. Han sido, como tú lo vas a ser, encarcelados. Poseidón, Ares y Hefesto han sido sabios, y se han unido a nosotros. Ahora te daré una sola oportunidad. Decide pues: únete a nosotros; lucha contra los Titanes tú sola, o perece para siempre en un lodazal de polvo y barro, en lo más profundo del Olimpo.

Atenea observó unos instantes a Rea, y contestó con frialdad:

—Sea así. Encerrada para siempre, si ese ha de ser mi destino. Porque sé que sabes, que sé, que la mortal heredera de Circe y Telémaco debe hallarse aquí. Atrapada en alguna de las cavernas, escaparé de la prisión, y la encontraré.
No intentes engañarme, hija de Zeus —respondió Rea—. El propio Ares me ha dicho que proteges a esa joven mortal, la heredera de Circe y Telémaco, y también de Odiseo y Penélope, de nombre Elina, que tiene la llave del universo. La estamos buscando. Y daremos con ella.
—Mientes —aseguró Atenea—. La tenéis aquí retenida, y temes que la encuentre. Pero ella es fuerte. Resistirá hasta que yo pueda ayudarla.
—Cree lo que quieras —sentenció Rea—. En una mazmorra pasarás siglos y siglos, donde podrás pensar mejor tus palabras.

Cuatro Titanes se acercaron a Atenea. Esta fue acompañada hasta una mazmorra, donde quedó atrapada. Escapar se tornaba imposible incluso para ella. Pero debería hallar el modo de salir, buscar a Elina, y cumplir el destino de la joven mortal.

Pero la situación se tornaba insostenible; sin dioses amigos, sin la ayuda de su padre, en un Olimpo controlado por Titanes, una cosa era cierta: escapar sería difícil. Por otro lado, ¿por qué mentiría Rea con respecto a Elina? Si la tenían en su poder, y si ella no podía ayudarla, Elina terminaría cediendo, y entregando el poder del universo a los Titanes, y a la propia Rea.

Debería evitarlo. Pero, ¿cómo? En la meditación y en la paz de aquel silencio, buscaría respuestas para tan oscuras preguntas…

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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