Tras los muros de Alejandría (IV)

Cuarta parte de este relato fantástico ambientado en la mitología griega, en la que la diosa Atenea ha contemplado un peligro para la humanidad. Un peligro que debe detener de la única forma posible: encontrando, en el siglo XXI, a la heredera del divino Odiseo y su esposa, Penélope, a través de su hijo, Telémaco.

Este es el penúltimo fragmento del relato.

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Primera parte en este enlace.

Gigante de Piedra.

Atenea pasó unas horas meditando en su prisión. Escapar de ese lugar se tornaba difícil; cualquier intento de romper la cerradura desde dentro generaba de inmediato una nueva cerradura, de forma infinita. Por muy rápido que se intentase destruir la misma, otra se generaba antes de que pudiese abrirse el portón. Así que tendría que pensar en algo más elaborado para escapar.

Una figura apareció frente al portón, con una sonrisa leve, y un gesto de satisfacción. Atenea asintió levemente antes de decir:

—No has tardado mucho en venir a verme, Ares. Tu obsesión por mí sigue intacta, como puede demostrarse por tu presencia.
—Tenemos pendiente algo, diosa de los ojos claros —aclaró Ares—. Pero, ahora, aquí sola, sumida en esta oscuridad de estas catacumbas, no parece que tengas muchas opciones.
—Entra, y trata de terminar lo que empezaste. Si puedes.
—No será necesario. Cederás. Sin resistencia. —Atenea sonrió.
—¿Acaso tu traición con los Titanes te ha vuelto aún más loco, Ares, dios de la guerra y del infortunio?
—No será necesario —repitió Ares—. Porque yo intercederé por ti ante la Titánide Rea. La convenceré para que te libere. Cuando tengamos a la joven mortal, la heredera de Telémaco, y nos haya cedido el poder del universo.
—Intercederás por mí. A cambio de yacer contigo —susurró Atenea.
—Eso es lo único que tienes que hacer. Te doy mi palabra de que intercederé por ti. Serás libre. Podrás partir sin temor a que los Titanes te destruyan.

Atenea alzó los brazos, y Ares salió despedido hacia atrás, hasta golpearse violentamente contra una pared. Luego Atenea se acercó al portón, y gritó:

—¡Trata solo de rozarme, dios de la guerra, y el Hades no será nada comparado con el dolor que te haré sentir durante toda la eternidad! ¿Me has entendido? ¿Me has entendido? ¡Ahora, vete! ¡Vete con tus nuevos amos, y sigue arrastrándote ante ellos! ¡Fuera! ¡Fuera!

Ares se levantó furioso. Iba a decir algo, pero desapareció rápidamente en la oscuridad.

Horas más tarde, estaba Atenea de nuevo sumida en sus pensamientos mientras meditaba, cuando oyó un ruido. Los finos oídos de la hija de Zeus se dieron en cuenta enseguida de que algo, o alguien, se desplazaba de forma oculta, acercándose lentamente. ¿Sería Ares de nuevo? ¿Sería uno de los guardias titanes? ¿Querrían interrogarla por el paradero de Elina? Si intentaban forzarla para hablar, tendría una oportunidad de escapar.

Los pasos se oyeron cada vez más cerca. De pronto, una sombra cruzó el umbral frente al portón. Atenea exclamó:

—¿Quién anda ahí? ¿Eres tú, Ares? ¿Rea? ¿O uno de sus titanes?

Tras unos instantes, apareció un rostro. Atenea no pudo creer lo que vio.

—¡Fidias! ¿Cómo es posible? ¿Qué haces aquí?
—Mi señora, ¿estáis bien?
—Estoy bien, Fidias. No me dañarán mientras crean que puedo saber el paradero de la mortal heredera de Telémaco y Circe. Pero, ¿y tú? ¿Cómo es que no has acabado encerrado con los dioses del Olimpo? —Fidias sonrió, y contestó:
—Rea detuvo a los Dioses Olímpicos que se abstuvieron de unirse a ella, mi señora. Entre ellos la bella Afrodita, y el poderoso Apolo, entre otros. Pero la Titánide Rea no sabía que yo estaba en el Olimpo. Cuando retuvo a los dioses, dio por cerrada la búsqueda. Yo me había escondido en una de las Salas de Lectura, y no me encontraron. No pudieron echarme en falta, porque desconocen mi presencia aquí. Gracias a mi señora.
—Afortunadas son las circunstancias, mi buen Fidias —señaló Atenea.
—Sí, mi señora. Me librasteis del Hades. Hora es que yo os libre de la prisión en la que estáis.

Fidias abrió el portón. Por fuera no había llave; no era necesaria, porque nadie esperaba que fuera a abrirla nadie en aquellas circunstancias, o en ninguna otra.

Atenea salió de inmediato, y abrazó a Fidias, un gesto que conmovió a este. Luego Atenea le miró sonriente, y dijo:

—Mi buen Fidias, el destino ha jugado a nuestro favor. Pero ahora deberé escapar del Olimpo, no sé cómo. Tú debes esconderte, pero yo intentaré salir, escapando de los Titanes, que guardan el camino al mundo de los mortales. No sé si podré huir, pero he de intentarlo. Hay demasiado en juego.
—Mi señora podrá huir, yo me encargo de que sea posible. —Atenea se vio sorprendida ante tal afirmación.
—¿Tú? ¿Mi buen Fidias? ¿Cómo? —Fidias ignoró la pregunta, e insistió:
—Partid ya. Pero antes, quiero que sepáis que me llegó un mensaje a través de Hermes.
—¿Qué mensaje es ese?
—Solo dice:

“Mi señora Atenea, la de los ojos claros: debeis trasladaros a un punto perdido de Egipto, tras los muros de la antigua ciudad de Alejandría. Bajo el mar, en la zona donde se ubicó el Gran Faro, se esconde una gruta. Caminarás por la gruta, y accederás por una grieta tapada por una gran piedra. Allí encontrarás respuestas”.

—¿Quién le dio ese mensaje a Hermes?
—Las Grayas, mi señora. Pero no directamente. Se la dieron a un mortal, o inmortal quizás, que se la dio a Hermes. —Atenea se sorprendió.
—Las Grayas no dieron más información a nadie desde que se vieron engañadas por Perseo. Y menos información, aún, le darán a un dios, o a un mortal.
—Eso me dijo Hermes, señora. Pero parece que, quien fuese el que visitase a las Grayas, obtuvo la información que necesitaba.
—Está bien. Ya habrá tiempo de eso. Ahora huiré. Pero sigo sin ver claro tu plan, mi estimado Fidias.
—Yo me encargo de todo, no tema, mi señora. Zeus me dio el poder de crear estatuas maravillosas. Pero, además, me dio el poder de darles vida.
—Pero son solo estatuas.
—Lo son, señora. No se demore; el destino no espera ni siquiera a los dioses.

Atenea tomó la mano de Fidias y sonrió. Luego, salió corriendo hacia la salida.

Fuera, vio el Palacio del Olimpo. Los Titanes se encontraban escoltando el sendero a la tierra de los mortales. Sería casi imposible salir sin enfrentarse a ellos, incluida Rea. Pero debía hacerlo.

Sin embargo, la situación cambió, de un instante al siguiente; aparecieron en el horizonte un grupo de seres de enormes dimensiones: eran varios dioses: Zeus, Apolo, Afrodita, y Artemisa, además de algunos semidioses, y hasta el mismísimo Aquiles, e incluso Odiseo, con varios de sus hombres. Eran seres de quince metros de altura, dotados de lanzas, espadas y escudos, con equipamiento hoplita. Caminaban lentamente, haciendo que el suelo temblara a su paso.

Rea observó la escena, y dio órdenes de enfrentar a los dioses gigantes que, de algún modo, se habrían liberado para combatir contra los Titanes, y los tres dioses renegados. Era inminente una gran lucha en el Olimpo.

Los Titanes, junto a Rea y los tres dioses olímpicos, salieron a hacer frente a los gigantes. Atenea, en ese momento, aprovechó para dejar el Olimpo, y desaparecer, camino del mundo de los mortales. Solo dos Titanes rezagados se enfrentaron a ella, cayendo de inmediato por la acción de la lanza y el escudo de la diosa, que surgieron de sus manos para combatirlos.

Los demás Titanes atacaron a los dioses gigantes que se aproximaban. Rea lanzó un poderoso rayo contra Zeus. El resultado fue inmediato: Zeus se rompió en varios pedazos, cayendo estos al suelo con gran estruendo. Otros rayos provocaron el mismo efecto en el resto de gigantes.

Rea se acercó, y observó los pedazos de Zeus en el suelo. Exclamó:

—¡Gigantes de piedra! ¡Son gigantes de piedra, sin vida real! ¡Estos no son dioses! ¡Son una trampa, urdida para engañarnos! ¡Ares! —Ares se acercó rápidamente.
—Decidme, mi señora.
—¡Comprueba si Atenea y el resto de los dioses continúan prisioneros!

Ares partió, y volvió al cabo de unos minutos.

—Poderosa Rea: los dioses siguen prisioneros. Excepto Atenea. Su portón estaba abierto. Y la diosa, huida.

Rea se mantuvo en silencio unos instantes. Luego, dijo:

—Alguien la ha ayudado. Alguien más se encuentra en el Olimpo.
—Eso no es posible, mi señora —aclaró Ares—. Doce dioses, todos ellos prisioneros, excepto Poseidón, Hefesto, y yo mismo. Y la misma Atenea.
—¡Registrad el Olimpo! —Insistió Rea—. ¡Hay alguien más en el Palacio!

La condena.

Los Titanes registraron el Olimpo, hasta encontrar a Fidias. Lo llevaron frente a Rea. Lo lanzaron frente a la Titánide, y le hicieron arrodillarse. Rea dijo:

—Así que tenemos a un nuevo dios en el Olimpo. Y es capaz de crear grandes estatuas, que además parecen estar vivas. Un buen engaño.
—Así es, Rea —confirmó Fidias. —Ella asintió.
—¿Dónde ha ido Atenea?
—No lo sé. He liberado a mi señora. He cumplido con mi deber. Ahora ella es libre. Y devolverá a los Titanes al Hades. Ella parte en busca de la mortal que posee la llave del universo.

Rea observó a Fidias un momento. Luego dijo:

Así sea. Atenea será libre. Y tú, nos llevarás a donde sea que haya ido Atenea. Esto incluso va a beneficiarnos. Porque seguir a Atenea es seguir a la joven mortal. Solo podremos triunfar del todo si esa joven mortal nos concede el poder de controlar el universo. Y lo hará. Y tú sabes dónde ha ido. ¿No es así?
—No hablaré, Rea —aseguró Fidias. Rea asintió levemente, y repuso:
—Eres un pequeño dios, antes mortal. Te enfrentas a los Titanes, y a Rea, madre de Zeus, esposa de Cronos, y reina del universo durante más de trece mil millones de años. Hablarás, Fidias. Te lo aseguro. Hablarás. Y lo harás con entusiasmo, además. Puedes estar completamente seguro de ello.

Camino de Alejandría.

Atenea siguió la información que le diera Fidias a través del dios Hermes, en el que confiaba plenamente, a pesar sus diferencias. Llegó a Alejandría, donde en el pasado había departido algunas conversaciones sobre filosofía con Hipatia, haciéndose pasar por una alumna del grupo de estudiantes.

Atenea bajó al mar, y siguió la gruta, hasta entrar en una gran sala subterránea escondida bajo el mar. Varios fuegos de poder iluminaban la estancia. Algunos viejos muebles decoraban el lugar.

Fue entonces cuando, de una sala anexa, surgió una voz conocida.

—¡Atenea!

Del fondo de aquella sala surgió una figura ligera. Era Elina, que corrió a abrazarse a Atenea. Esta dijo:

—¿Me reconoces? Ahora no soy esa joven de algo menos de dieciocho años que estaba contigo en el colegio.
—¡Lo sé! ¡Me lo dijo él! Primero me asusté. Luego, bueno, me contó… todo. Y casi no puedo creerlo.
—¿Él? ¿Quién es él?

De la sala contigua surgió otra figura. Esta era gigantesca, poderosa, y algo curvada. Y con un solo ojo en su frente.

—¡Polifemo! —Exclamó sorprendida Atenea—. ¡Pero habías sido condenado al Hades, por tu propio padre Poseidón! —Polifemo asintió ligeramente.
—Ciertamente, hubiese ido al Hades. Pero soy un Cíclope, y muchas veces, por nuestro aspecto, se nos menosprecia y minusvalora.
—Eso es muy cierto —aseveró Atenea—. De todos formas, es sorprendente verte aquí.
—Iba camino del Hades, condenado para toda la eternidad, cuando Caronte, el barquero, me pidió la moneda de plata. Yo no la llevaba. Y él me dijo que mi condena sería vagar entre el mundo de los muertos y los vivos. Entonces yo le propuse un acertijo. Si perdía, accedería a errar para siempre por el inframundo entre el Hades y el mundo de los mortales. Si ganaba, me dejaría volver, y seguir con mi vida.

—¿Y qué acertijo fue ese? —Preguntó Atenea curiosa.
—Uno que ni Caronte podría adivinar, solo un Cíclope. Pero ya habrá tiempo de eso, divina Atenea. Cuando volví al mundo de los mortales, sabía por ti que esta joven mortal era clave. Mi padre me había condenado durante siglos, y luego mandado al Hades. Nunca permitiría que él y los Titanes tomasen el poder. Fui a la ciudad y el hogar de la joven Elina. No la rapté, pero quise que lo pareciera, porque crearía confusión entre los Titanes, e incluso entre la divina Atenea. Y confusión era lo que se requería en ese momento, porque la vida de la joven mortal estaba por encima de cualquier otro precepto.
—Tú hablaste con las Grayas —adivinó Atenea.
—Sí, divina Atenea. Lo que necesitaba saber solo ellas podrían decírmelo. Y luego hablé yo con Hermes, antes de que fuera apresado.
—Muy astuto, Polifemo.
—Mi astucia será vengarme de quienes me usaron en el pasado, mi señora. Solo con eso me sentiré satisfecho de haber vuelto al mundo de los vivos.

la Llama de la Luz Universal.

Atenea escuchó atentamente las palabras de Polifemo. Asintió finalmente, y contestó:

—Así que Elina siempre estuvo a salvo. Es algo que siempre he de agradecerte, divino Polifemo.
—Como yo he de agradecer que me permitieras ver con el ojo de la razón, diosa de los ojos claros. Pero ahora el tiempo apremia; los Titanes vendrán aquí, antes o después. Solo detrás de estos muros de Alejandría se encuentra la mortal a salvo. Aquí ni dioses ni Titanes pueden entrar si es con voluntad destructora o dañina, pues un manto de poder cubre estas estancias. Pero tampoco puede aquí la joven entregar su poder al inmortal que tenga la capacidad de solicitar tal petición a la joven. Solo dos pueden hacerlo: Rea, y Zeus. Zeus está atrapado en el río Estigia. Y Rea llegará aquí, y nos nos dejará salir hasta que la joven le conceda el poder del universo.
—Liberar a mi padre Zeus es prioritario —aseveró Atenea—. Pero primero tendremos que tratar con Rea, como bien dices.

Elina habló entonces:
—Atenea, ¿qué es exactamente lo que tengo en… mi interior?

Atenea se acercó a Elina con una sonrisa dulce. Le tomó la mano, y le respondió:

—La heredera del divino Odiseo porta la Llama de la Luz Universal. Solo las mujeres pueden portar la Llama, porque solo las mujeres pueden dar vida a nuevos seres puros. Tú eres la que porta ahora esa Llama Eterna. Entregarla es posible, y dota al que la recibe del poder de controlar el universo en su totalidad.
—Pero… yo nunca supe…
—Pero lo presentiste —sugirió Atenea.

Elina se mantuvo en silencio unos instantes.

—Sí, es cierto. Algo presentía. Desde pequeña. Podía sentir que entendía a los pájaros. Que escuchaba palabras en el viento. Que podía leer en las nubes. Que era capaz de escudriñar en el corazón de seres humanos y animales. Alguna vez lo hablé con mi padre. Me dijo que era mi imaginación. Pero yo… yo supe que era algo más.

Polifemo se acercó, e intervino:

—Elina, ese poder lo tenemos los Cíclopes. Pero solo en una pequeña fracción del que tú posees. En ti el poder es total.
—¿Y qué he de hacer? —Atenea intervino:
—Zeus es mi padre, y puedo no ser objetiva. Además, he tenido importantes diferencias con él a veces. Pero es mi padre, y es sabio. Sí, ha cometido errores, porque ni siquiera el mayor de los dioses es perfecto. Pero ha mantenido el universo en equilibrio desde que tomó el poder. Ahora debe constituirse una nueva Era de Paz y Equilibrio. Y solo podrá ser posible con la Llama de la Luz Universal. ¿Comprendes?

Elina alzó las cejas levemente. Sonrió, y dijo:

—Si mi padre supiese todo esto, se muere del susto —y rio. Atenea sonrió, y contestó:
—Tu risa delata tu poder, incluso en estas circunstancias, Elina. Y tu padre es un gran hombre. No le dirás nada cuando esto acabe, no debe saber nada. Pero le prometí que le devolvería a su hija. Y así será. Es mi palabra.

De pronto, el rostro de Elina cambió. Una sombra apareció en sus ojos.

—Yo quisiera… no haber tenido este don, o lo que sea que sea esto que hay en mí. —Atenea se acercó. Le acarició el cabello suavemente, y le contestó:
—Los grandes entre los grandes nunca quisieron otorgarse su poder y su destino, Elina. Los ambiciosos, los avariciosos, los deseosos del poder, esos se pasan la vida queriendo obtener el control de su entorno. Pero los grandes elegidos, como tú, nunca quisisteis ese cargo para ser portado en vuestros hombros.
—Tengo miedo —aseguró Elina.
—El miedo nos ata al mundo, y a la realidad de la vida. Un poco de miedo es el seguro para sobrevivir.
—¿Y si Rea tomase el poder? —Atenea suspiró. Entonces habló Polifemo. Dirigiéndose a Elina, le dijo:
—Volveríamos a la Era de los Titanes. Seres que solo se preocupan de su bienestar y de su poder. Zeus ignora a los mortales, por lo general. Los Titanes esclavizarían a la humanidad, por haberse puesto del lado de los Doce Dioses durante las batallas que dieron la victoria a Zeus. Aunque yo odiaba a Atenea, ella me ha enseñado que el amor y la amistad pueden curar heridas que parecían imposibles de sanar. Si Rea y los Titanes toman el poder, el mundo se sumirá en una oscuridad eterna. Como Odiseo resistió los cánticos de las sirenas, nosotros resistiremos el poder de los Titanes.

Elina asintió. Al cabo de unos instantes, su rostro cambió de nuevo. Más seguro. Más poderoso. Miró a Atenea, y dijo:

—Estoy dispuesta. Soy solo una mortal. Pero haré frente a cualquier adversidad. No sé cómo. Pero lo haré.
—Ese es el espíritu que has de tener, mi dulce Elina —aseguró Atenea—. Superaremos a los Titanes. Y venceremos.

Se hizo el silencio. Hasta que Polifemo dijo:

—Ya vienen. Ya se acercan…

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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