Tras los muros de Alejandría (y V)

Quinta y última parte de este relato fantástico ambientado en la mitología griega, en la que la diosa Atenea ha contemplado un peligro para la humanidad. Un peligro que debe detener de la única forma posible: encontrando, en el siglo XXI, a la heredera del divino Odiseo y su esposa, Penélope, a través de su hijo, Telémaco.

Este relato está ya disponible en Lektu, con el resto de los relatos y libros.

Primera parte en este enlace.

Dioses y Titanes.

Polifemo le hizo un gesto a Atenea. Era evidente que alguien se acercaba a la gruta. Y era evidente que no era una entidad amiga. Pero en aquel lugar mágico y protegido, tras los muros de Alejandría, no podría pasar nada. Aún así, Atenea estaba dispuesta a combatir cualquier imprevisto que pudiese suceder. Elina, mientras tanto, permanecía en silencio, en un lado de la gran sala.

Tras oírse cómo se aproximaban unos pasos, apareció. Era una figura imponente, pura, fría, y con una mirada que contenía la misma historia del universo. Fue Atenea la que habló:

Bienvenida, Rea, Reina de los Titanes, y poderosa Señora del Universo. —Rea asintió levemente.
—Ese será mi trono en poco tiempo, diosa de los ojos claros. —Rea miró a Polifemo.
—Veo que quien fue responsable de traer aquí a la mortal fuiste tú. —Este contestó:
—Cronos nos encerró a los Cíclopes en el Tártaro, en lo más profundo del Hades. Ahora he comprendido cuál es mi lugar. —Rea negó con la cabeza, y contestó:
—Tu lugar es el Hades, como el de todos los que se me opongan. Incluida la divina Atenea, y todos los dioses que se me han enfrentado.
—¿Qué fue de Fidias? —Preguntó Atenea—. Porque solo él te pudo dar este destino. Y no por propia voluntad.
—Cuánta razón tienes. Fidias confesó tu localización, por supuesto, y como no podía ser de otro modo. Fue preciso en su información, antes de terminar en el fuego del Hades para siempre, que es el lugar que le corresponde. —Atenea sintió un gran dolor. Pero buscaría justicia ante su desaparición. Rea añadió:
—De momento he venido a verla a ella. A la mortal portadora de la Llama.

Rea dio unos pasos decididos hacia Elina, que instintivamente se echó hacia atrás, hasta quedar pegada a la pared. Rea le puso las manos en el rostro, y lo movió de un lado al otro, acercando la vista, y observándola atentamente. Luego la soltó diciendo:

—Así que tú eres la heredera de Odiseo, y portadora de la Llama de la Luz Universal. Una gran carga para una simple mortal tan joven. Ese peso no te corresponde a ti, sino a quien lleva luchando por el equilibrio del universo durante los últimos trece mil millones de años.
—Jamás te la daré, ni en sueños —aseguró Elina. Rea sonrió, y contestó:
—En sueños me darás el poder, porque será en el Hades donde acabes, torturada para toda la eternidad, pequeña niña.

Rea se volvió hacia Atenea, y le dijo:

—Estáis atrapados en este lugar, que incluso yo desconocía, hasta que se ha descubierto su existencia. Pero este refugio tras los muros de Alejandría no podrán daros protección para siempre. Puedo esperar una eternidad. Pero, ¿puede la mortal esperar una eternidad, antes de morir, y dejar que la Llama desaparezca, creando el caos en el universo? —Atenea contestó:
—No permitiré que la heredera de Odiseo sufra daño, ni que envejezca en este lugar. Presentaré batalla, Rea. Y conseguiré mi propósito.
—Y yo estaré con ella —añadió Polifemo. —Rea rio, por primera vez.
—Una diosa, y un simple Cíclope, presentando batalla a los Titanes. Sed consecuentes los dos: vuestra guerra está perdida. Entregadme a la mortal, y os perdonaré el sufrimiento a ambos. No iréis al Hades, ni tendréis un lugar en el Olimpo. Tendréis que vagar por toda la eternidad, exiliados para siempre. Es lo único que os puedo prometer.

Atenea iba a hablar, pero, sorprendentemente, la que habló fue Elina. Se acercó, y se dirigió a Rea con estas palabras:

—Te han dicho que Atenea y Polifemo presentarán batalla. Pero no están solos; me tienen a mí. Yo también lucharé contra ti. Hasta el final.

Rea miró con sorpresa a la joven, y no pudo reprimir un sentimiento de admiración. La joven mortal eran tan imprudente como valiente. Sus palabras eran sinceras. Dijo finalmente:

—Sin duda tu alma es poderosa, joven mortal. La sangre del divino Odiseo corre claramente por tus venas. Pero a tu antepasado le pudo la fortuna, la suerte, y la ayuda de Atenea. Tú no tendrás ninguna oportunidad. Así que entrégate a mí, dame la Llama, y te perdonaré la vida a ti también.
—¡Ni en mil años! —Exclamó Elina. —Rea negó de nuevo, y respondió:
—Mil años… Con qué facilidad habláis los mortales de siglos y milenios, cuando vuestra existencia se mide en décadas. Tu entusiasmo es asombroso, pero, ¿estás segura de haber elegido el bando correcto?
—Totalmente —aseguró Elina.
—¿Sí? ¿No te han contado toda la historia?
—¿Qué historia? ¿Que queréis someter al universo, y a la misma humanidad?

Se hizo un silencio, hasta que Rea lo rompió:

—Vanas y vacías palabras, simple mortal. ¿No te han contado que nosotros, los Titanes, vivíamos en armonía con los seres humanos? ¿Que la Edad de Oro estuvo marcada por un tiempo de paz, donde la humanidad era inmortal? ¿No te han contado que fueron los Doce Dioses del Olimpo los que rompieron esa paz, y, en su rebeldía, sometieron a la humanidad al dolor de la mortalidad? Pues ese fue el castigo que recibió la humanidad por haber desobedecido a los Titanes. Mi hijo Zeus tomó el poder, pero nos negó nuestro derecho, y nuestro lugar en el universo. Ahora hemos venido a reclamar, no lo que queremos quitar a otros, sino lo que era nuestro, y nos fue injustamente arrebatado.

Atenea intervino entonces:

—Es solo una niña mortal, Rea. Intentar complicarla con tus versiones de los hechos no la hará cambiar. Si pretendes confundirla, no lo conseguirás.

—No me preocupa la mortal —aseguró Rea—. Me preocupa que se tergiverse la verdad. Y la verdad es que reclamamos lo que es nuestro. Pero sea; aguardaré fuera, hasta que comprendáis la verdad. Y esa verdad es que estáis derrotados ya.

Rea se fue sin decir ni una palabra más. Elina se acercó a Atenea.

—¿Es cierto lo que dice?
—Es cierto que la lucha por el poder nunca tiene verdades absolutas, ni mentiras absolutas, mi pequeña Elina. La verdad se forja por aquellos que quieren dar su versión de los hechos porque es de su interés, porque creen en esa versión, o por ambos motivos. Baste decir ahora que la ira de Rea es real, y su odio casi se puede tocar. Si toma el poder del universo, no habrá un mañana para la humanidad. Pues se siente traicionada por unos seres que considera inferiores, simplemente por el mero hecho de ser mortales. —Elina susurró:
—Yo estaré a tu lado. Siempre.

Polifemo se acercó, y añadió:

—La batalla entre dioses y titanes fue dura y terrible, Elina. Pero aquellos hechos no pueden compararse a estos. La venganza es mala consejera. Y es venganza lo que busca Rea. Si va a haber una nueva guerra, no me preocupa el destino de la humanidad, sino el del universo tal como lo conocemos. Una guerra total puede destruir incluso la galaxia, y hasta la última estrella del último confín.

Elina se mantuvo en silencio unos instantes, pensativa. Luego se dirigió a Atenea:

—Tú eres la protectora de Atenas. Mi pueblo te veneró en el pasado. Algunos vuelven a venerarte ahora. Mi padre dice que son solo unos locos. Pero yo creo que saben más de lo que dicen; saben la verdad de tu existencia. —Atenea sonrió, y contestó:
—No es loco aquel que siente una espiritualidad que le conecta con el universo. Lo importante no es a quien se venera, mi dulce Elina; lo importante es que esa veneración sea sincera, y esté llena de amor puro. Si ese amor se dirige a mí, yo me sentiré muy honrada. Lo que es cierto es que, en su momento, juré defender la Polis de Atenas. Y luego juré defender este mundo. Ese juramento no te lo dará Rea. Puedes estar segura. Ella usará a la humanidad para sus intereses propios. Y no tendrá ninguna duda en hacerlo del modo que más le convenga. Por eso debemos restablecer el statu quo en el Olimpo, y en el universo. Por eso, se hará justicia, que será la que prevalecerá, y no venganza, que es lo que busca Rea.

—Así sea —susurró Elina.

La Batalla de los Mortales.

Pasaron dos horas. Polifemo se acercó a Atenea, mientras Elina dormía en un viejo camastro.

—Mi diosa, tenemos un problema. —Atenea asintió levemente.
—Lo sé. Nosotros podemos esperar a que cambie nuestra fortuna en este lugar. Pero no es el caso de Elina.
—Tengo alimentos y agua para ella para tres días, aproximadamente —confirmó Polifemo. Puedo intentar salir, pero fuera estarán los Titanes esperando. Acabarían conmigo en un instante.
—Yo tampoco puedo salir y enfrentarme sola a los Titanes. No me importa terminar mi tiempo en el universo luchando. Pero prometí devolver sana y salva a Elina, y juré proteger este mundo de cualquier mal. Pero siempre, siempre, existe una alternativa.
—¿De qué alternativa habláis, mi señora?

Atenea sonrió. Elevó las manos, y su amigo y compañero el mochuelo, Athene Noctua, apareció, y se posó en sus dedos. Pronto se elevó, y salió volando por la gruta.
—He liberado a mi pequeño compañero —afirmó Atenea—. Él no tiene que sufrir este encierro.
—Un noble acto de bondad —aseguró Polifemo.

Pasaron dos días más. Las esperanzas comenzaron a diluirse en la gruta tras el muro de Alejandría. Elina había estado estudiando griego clásico con ayuda de Atenea, empleando algunos viejos documentos almacenados en el lugar.

La mañana del tercer día amaneció con un poderoso silencio. El sonido de los Titanes había desaparecido. Solo se escuchaban los golpes del mar a lo lejos. Atenea se dirigió a Polifemo, mientras Elina dormía, y le dirigió estas palabras:

—Algo sucede fuera. Es como si el ejército de Titanes se hubiese retirado.
—Es una treta, divina Atenea.
—Puede ser. Pero voy a ver qué ocurre.
—Atacarán en cuanto la detecten, mi señora —aseguró Polifemo.
—Sí. Atacarán. Pero sabré defenderme. Al menos, un tiempo. Y no nací para esconderme. No es mi naturaleza mantenerme a salvo, mientras el mundo aguarda una era de oscuridad.

Atenea salió de la gruta. Atravesó los muros de la antigua Alejandría, y llegó a la ciudad. Solo que no había ciudad. Solo un yermo de arena infinito y sin vida. Era de noche, aunque unos tímidos rayos apuntaban al alba.

Atenea caminó durante unos minutos, y encontró a un hombre echado, en el único árbol que pudo encontrar. Se acercó, y preguntó:

—¿Quién sois?

El hombre miró a Atenea. Su cara estaba cortada, y ensangrentada. El pecho le bullía sangre del corazón. Su ropa, hecha jirones. Su casco, su lanza y su escudo, rotos en el suelo. Al cabo de unos instantes, acertó a decir:

—Soy el futuro. Herido en la batalla por la verdad. ¿Tienes agua?
—No tengo —confesó Atenea—. En este yermo no crece nada, ni mana agua, ni se puede encontrar nada, excepto muerte y dolor. —El hombre asintió.
—Cierto es. Porque cuando el futuro es vilipendiado y maltratado, el resultado es un mundo sin alma, sin pasión, sin vida, sin agua, sin amor. Un mundo muerto. Ahora, mi amada Atenea, tendréis que luchar, de nuevo. Luchar por un mundo que pueda prosperar. En paz y armonía.
—Es a lo que dedico mi vida. Pero quisiera saber quién sois.
—Soy el futuro, ya os lo dije. Y el presente está ahí. Frente a vos.

Atenea se volvió hacia el oeste. Y vio algo espeluznante: todo un ejército de los Titanes, capitaneados por Rea. Las espadas, los escudos y las lanzas brillaban a la luz de aquel amanecer de fuego, con un Sol que manaba llamas de muerte. Atenea miró atrás, pero el árbol y aquel hombre habían desaparecido.

Entonces se acercó Rea, montada en un caballo negro impresionante, y frente a la diosa de los ojos claros dijo estas palabras:

—Atenea. Por fin has salido de tu agujero. Porque sabía que no tardarías en hacerlo. Tu orgullo, y tu necedad, son demasiado grandes como para esconderte en esa gruta, tras los muros de Alejandría, protegida por ese manto único de poder.
—Es mi destino combatir el mal allá donde se halle, Rea. Incluso en este mundo, que es el futuro yermo de la humanidad, a la que tú quieres condenar.
—Se condenaron ellos —aseguró Rea—. Al negar a los dioses, y al negarse el uso de la razón. Al esconder la verdad por falsedades. Al manipular la historia para su propio provecho. Al prostituir el conocimiento para sus guerras infinitas. Ellos se condenaron. Yo no hice nada; solo tomé los pedazos de su destino. Y los usé para mi propio beneficio. Como ellos hicieron con sus vidas.

Atenea contempló un momento a Rea, y a los Titanes tras ella, hasta decir:

—He aquí, Rea, que yo lucharé. Lucharé hasta el final.

Rea sonrió, y asintió levemente.

—Así sea. No esperaba menos de ti. Al menos, tendrás el honor de morir en combate. Y no escondida en un agujero bajo el mar.

Rea volvió con su caballo al grupo. Cabalgó de un lado al otro de la fila de Titanes, y luego volvió al centro de la formación. Sacó su espada, y la alzó unos instantes…

Rea iba a bajar la espada, para dar inicio a la carga contra la diosa Atenea. Pero algo la detuvo. Hacia el este, en el horizonte, justo donde el Sol mostraba sus primeros rayos, vio algo que se movía. Primero, una mancha. Luego, una formación. Luego, un ejército. Un poderoso ejército brillante, majestuoso, a caballo, que se acercaba al trote, con un estandarte bien conocido por Rea y los Titanes, y por los propios mortales.

El líder de aquel ejército se acercó a Atenea. Portaba un caballo alado, y a su lado le acompañaba su segundo en la batalla, con un caballo de luz blanca imponente. Fue el líder el que se acercó a Atenea, y bajó del caballo diciendo:

—Mi señora Atenea, hija de Zeus, protectora de Atenas y del pueblo de Grecia: yo te saludo. Mi espada, mi escudo, y mi lanza, están a tu servicio. —Dijo estas palabras, y se arrodilló. De inmediato, el lugarteniente, y todos los hombres a caballo que les acompañaban, bajaron. también de sus caballos, y se arrodillaron.

Atenea no supo qué decir durante un instante. Su emoción era tal que, por primera vez en muchos siglos, había perdido el habla. Se acercó al líder, y le dijo:

—Levanta, Odiseo, hijo de Laertes y Anticlea, rey de Ítaca, y genio de la estrategia. Y levanta tú también, Aquiles, hijo de Peleo y Tetis, y decidme ambos cómo es posible, bajo qué poder extraño e increíble, habéis partido del Hades, para formar tal ejército.

Los dos héroes de Troya se levantaron. También lo hicieron sus hombres. Odiseo habló entonces con estas divinas palabras:

—Llegó a nuestros oídos, a través de vuestra ave amiga y compañera, que nuestra Señora Atenea se encontraba en el mayor de los peligros, enfrentada sola con el Cíclope Polifemo a los Titanes, y a la propia Titánide Rea. Partimos entonces hacia las puertas del Hades, donde aguardaba Cerbero, dispuestos a no dejarnos salir con sus tres cabezas. Entonces apareció Caronte, frustrado y dolido por no haber sabido resolver un acertijo que Polifemo le había propuesto. Yo le propuse un trato: si le ayudaba a resolver el acertijo, nos dejaría partir a los héroes de Troya para una nueva batalla, con el fin de defender a aquella que lo dio todo por nosotros. Él nos dijo el acertijo, y yo fui capaz de resolverlo. La apuesta fue ganada, y Caronte nos permitió la salida, ordenando a Cerbero que no se interpusiera, y dándonos otra vez nuestros cuerpos mortales. Ahora podré recompensar a mi señora Atenea todo lo que hizo por mí, y por los héroes de Troya.

Atenea se sintió rendida de emoción ante aquellas palabras. Fue entonces cuando habló Aquiles:

—La guerra de Troya la comandé yo. Ahora es el propio Odiseo el que comanda esta batalla. Él fue el artífice del Caballo de Troya. Y de resolver el acertijo del Cíclope Polifemo. Suya ha de ser la gloria.

Atenea dio dos pasos atrás, y subió a un caballo que le ofreciese Aquiles. luego, dirigiéndose a todos los hombres que formaban el ejército de Odiseo y Aquiles, habló con estas palabras:

—¡Héroes de Troya! ¡Un mal se cierne sobre el universo! ¡Los Titanes han vuelto para apoderarse de todo cuanto existe! ¡La propia Rea quiere esclavizar a los mortales, y a las almas perdidas del Hades! ¿Vais a luchar para evitarlo? —Se oyeron gritos de aprobación. Atenea añadió:
—¿Quién destruye el mal donde acecha? ¿Quién nos guía siempre de forma tenaz a la victoria?—Todos gritaron el nombre de Odiseo.
—¿Quién es el héroe de Troya, que ha de devolver la paz al universo? —Todos gritaron el nombre de Aquiles. —Atenea levantó los brazos, y gritó de nuevo:

—¡Hombres que luchasteis junto a Aquiles y Odiseo en Troya, es hora de ganar una nueva batalla! ¡Esta vez no por una ciudad, ni por un reino! ¡Esta vez, el destino es el mismo universo! ¿Estáis conmigo? —Todos gritaron. Atenea repitió, más fuerte:
—¿Estáis conmigo? —El grito fue aún mayor. Atenea sonrió, y exclamó:

—¡Adelante! ¡Por el Olimpo! ¡Por Zeus! ¡Y por el futuro del universo! ¡Adelante!

Un grito gigantesco se escuchó en aquel desierto. Atenea dio la vuelta, extrajo su escudo y su lanza, y cargó directa contra los Titanes. Odiseo y Aquiles la siguieron con gritos de júbilo, mientras el ejército de Troya marchaba detrás, gritando y cantando una canción de guerra.

El ejército de Odiseo y Aquiles llegó a la línea de los Titanes, que no imaginaron el poder oculto de aquel ejército, por cuanto el propio Apolo lo había dotado en el pasado de una magia de combate casi inexpugnable. Aquiles en sí era un ejército de un solo hombre, mientras que el astuto Odiseo mandaba a las tropas a atacar a los flancos más débiles de los Titanes.

La lucha fue encarnizada, y muchos hombres cayeron, sabedores de que esta muerte no les llevaría ya al Hades, sino al Tártaro, el mundo más oscuro y siniestro. Pero los Titanes, al verse frente al poder del propio Aquiles, y frente al conocimiento de Odiseo, y sabedores de su poder y su fuerza, huyeron. También por el poder y el coraje de Atenea, que era una fuerza imparable y destructora, como nunca se habría visto antes en dioses o titanes.

La Segunda Caída.

Finalmente, el ejército rodeó a la escolta que guardaba a Rea. Varios Titanes intentaron enfrentarse, y cayeron frente a los embates de la propia Atenea y Aquiles.

Atenea bajó del caballo. Los pocos titanes que guardaban a Rea salieron corriendo presurosos, solo para caer bajo el poder de los hombres de Odiseo. Luego Atenea se dirigió a Rea con estas divinas palabras.

—Rea, hija de Urano y Gea, y símbolo de la ambición que no tiene límites. Has luchado con valentía, y han caído muchos hombres por tu poder y tu fuerza. Pero estos hombres mortales, bendecidos por los dioses, han demostrado una cosa: que la humanidad, cuando quiere luchar por una victoria justa y clara, puede hacerlo, enfrentándose, incluso, a las mayores de las adversidades. Ahora tu ejército ha sido destruido, o ha huido de nuevo al Tártaro. Pero solo tú tienes la potestad de declarar terminada esta batalla, bendecir nuestra victoria, y dar fin a las tribulaciones que hemos vivido. Tuya es la decisión. Y solo tuya.

Rea miró a Atenea unos instantes. Luego a Odiseo, y a Aquiles. Finalmente, dijo:

—Llegará mi oportunidad, Atenea. Llegará el día en que tome el poder del universo. —Atenea iba a contestar, pero Aquiles repuso:
—Llegará ese día. Pero no será hoy. Escucha a nuestra Señora, la divina Atenea, por cuanto su prudencia, una vez más, ha mostrado misericordia. No desaproveches esta oportunidad.

Rea no dijo nada. Dio órdenes a sus tropas restantes, y volvió al Tártaro, de donde había partido.

Un silencio profundo se hizo en aquel paraje desolado. Todos los hombres de la antigua batalla de Troya desaparecieron. Volvieron al Hades, de donde habían partido.

Todos, menos Odiseo. Que se retiró, junto a Atenea, al mundo de los mortales, en lo que ellos llamaban el siglo XXI.

Epílogo: un encuentro.

Atenea llegó a la gruta del poder. Allí le esperaba Polifemo, que ya sabía de la victoria. Detrás de ella entró Odiseo. Polifemo lo miró, y dijo:

—El que manipula a los Cíclopes ha vuelto. —Odiseo contestó:
—El que quiere la destrucción de mis hombres vuelve a tener ojo. Pero no es tiempo de rencores. —Polifemo asintió:
—Quedaron en el pasado. Gracias a la divina Atenea.

Entonces apareció Elina. Se acercó a Atenea, mirando de reojo a Odiseo. Y dijo:

—¿Ha acabado todo? ¿Podremos regresar a casa? —Atenea asintió, y respondió:
—Todo ha acabado, mi pequeña y dulce Elina. A casa podrás regresar. Como prometí a tu padre.

Entonces Elina se dirigió a Odiseo. Y preguntó:
—Y tú, ¿quién eres? ¿Otro de los misterios de estos extraños eventos?
—Yo soy Odiseo, hijo de Laertes y Anticlea, rey de Ítaca. —Elina se llevó las manos a la boca en un claro gesto de sorpresa.
—Tú… eres.
—Tu antepasado, sí. Nuestra Señora Atenea ya me lo ha explicado todo. Debo volver al Hades. Pero he querido ver a quien porta la Llama. Pareces fuerte, jovencita. ¿Manejas bien el arco, y la espada? ¿Se te da bien la lanza, arma primaria de todo griego? —Elina miró de soslayo a Atenea. Esta sonreía ante tal pregunta. Elina contestó:
—No… pero he ganado algún torneo de ajedrez.
—¿Ajedrez? —Preguntó extrañado Odiseo. Atenea intervino:
—Es un juego de habilidad mental y estrategia de origen militar. —Odiseo asintió.
—Muy bien. Eso me gusta. Me ha encantado verte, Elina. Pareces una joven fuerte y prometedora. Pronto estarás cantando tus primeras victorias en batalla. Por cuanto una mujer decidida puede derrotar a mil hombres, si es su voluntad. Y recuerda: tu lanza es tu mejor amiga. ¿Lo tendrás en cuenta?
—Sí…supongo —susurró Elina. Odiseo asintió.
—Muy bien. He de irme.

Odiseo miró a Atenea, que asintió sonriente. La figura se fue desvaneciendo en el aire. Luego Atenea se acercó a Elina, que estaba sin habla, y le dijo:

—Si tu padre te ve con una lanza creo que va a ponerse nervioso. —Elina rio, y contestó:
—¡Me la clavará en el trasero, seguro! —Y volvió a reír.

Fue en ese momento cuando Polifemo se acercó.

—Mi señora, la ceremonia ha de celebrarse ya. —Atenea asintió.

Horas más tarde, todos los dioses fueron liberados. Zeus fue también liberado de sus cadenas. En el Palacio del Olimpo, Elina se acercó a Zeus, en su trono de fuego y luz. Este dijo:

—He aquí a una joven mortal, poderosa, valiente, y fuerte. Poseedora de la Llama de la Luz Universal.
—Para entregarla a mi Señor, Zeus —susurró Elina, con la cabeza baja en señal de ofrecimiento.

Elina se acercó a Zeus, pero este se levantó, alzó la mano, y dijo:

—Detente, joven Elina. —Elina miró a Atenea. Esta se acercó a su padre.
—¿Qué ocurre, dios de los dioses?
—La Llama ha de ser entregada. Eso es cierto. Pero no ahora. No en este momento.
—¿Por qué? —Preguntó Atenea sorprendida.
—Porque he de ganarla. Demasiado tiempo he estado confundido, y en el reino de las sombras. No hice caso de los augurios, ni de las advertencias. He de aprender a ser el padre de los dioses. Cuando lo haga, la Llama será mía. Seré merecedor de ella. No ahora. Aquellos que se rebelaron serán perdonados. Buscaremos un nuevo camino para la concordia en el universo. Entre todos.
—Pero… —Zeus interrumpió a Atenea.
—Hija mía, aunque solo sea por una vez, hazme caso en esto.

Atenea asintió, y se retiró lentamente. Se acercó a Elina, que preguntó:

—¿Y entonces? ¿Qué va a pasar conmigo? —Atenea contestó:
—Portarás la Llama en tu interior, Elina. Tú, y tus herederas. Algún día, cuando Zeus, el padre de los dioses lo estime conveniente, y esté preparado, reclamará la Llama. Entonces será entregada. Y no antes.
—¿Y qué vamos a hacer? —Atenea añadió:
—Yo seguiré protegiendo a la humanidad. Tú, volverás a tus clases. A seguir con tus estudios. Con tu vida. Con tu futuro.
—¿Al colegio? ¿No hay alguna otra batalla a la que enfrentarse? —Atenea rio. Esta vez sí lo hizo, lo cual agradó a Elina. Respondió:
—No te librarás de las matemáticas. Esa batalla también ha de ser ganada. Pero prometí a tu padre ayudarte. Y así lo haré. ¿De acuerdo?
—¡De acuerdo! —Exclamó sonriente Elina.

Los dioses se retiraron. Elina se despidió de Polifemo. Ella se entristeció. Y el Cíclope también. Pero ambos sabían que no habría otra posibilidad de volver a verse.

Elina apareció en su casa al anochecer del día siguiente de haber desaparecido, porque los tiempos de los dioses y de los mortales no siempre ruedan con la misma cadencia. El padre de Elina estalló de júbilo al ver a su hija.

—¡Elina! ¡Estás viva, sana y salva! —Exclamó Theorodos. Ambos se abrazaron efusivamente. Detrás Atenea esperaba, otra vez transformada en una joven de diecisiete años.

El padre miró a Atenea. Esta simplemente dijo:

—Prometí traerla de vuelta sana y salva. Y he cumplido con mi promesa. —El padre iba a preguntar, pero Elina le tapó la boca, y le dijo:
—Papá, no preguntes, por favor. He estado bien. Y Atenea me ha ayudado en todo.
—Pero hija, la policía, la investigación, la pared destruida. La… cosa esa que te llevaba en el brazo…
—Era un amigo del colegio, papá.
—No me tomes el pelo, Elina. Esto es muy serio.
—Dile a la policía que todo fue cosa de jóvenes. ¿No es lo que dices siempre? Diles que me fui de juerga con Atenea y unos amigos, a una fiesta improvisada con unos compañeros de clase. —El padre alzó las cejas.
—¿De juerga? ¡Pero hija!…
—¡Papa! ¿Me vas a hacer caso por una vez? —El padre miró a su hija. Luego se acercó a Atenea.
—Tú. La niña rara de esta historia. Tú eres la clave. ¿No es así? Tú has enredado a mi hija en algo extraño.
—Yo soy quien protege a su hija. Ella está a salvo. Y soy la que le va a dar clases de matemáticas.

Theodoros miró a ambas, y dijo:

—Está bien, me rindo. Pero solo porque te veo perfecta, de hecho, más radiante que nunca. Y sois dos contra uno. Pero tu madre te va a matar cuando llegue de Atenas. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, papá. Lo sé. Pero, hasta entonces, vamos a seguir adelante. Mañana quiero ir a clase. Con Atenea.

El padre se dio por rendido. Ya averiguaría qué había pasado. En ese momento lo importante es que su hija estaba a salvo. Miró a Atenea, y le dijo:

—Te invitaría a comer. Pero tú no comes, ¿no es así? —Atenea contestó:
—Así es. —Theodoros asintió.
—Claro, claro. La androide con baterías.
—No soy una…
—Androide, lo sé. Vete a comer algo, antes de que me arrepienta. Ah… y gracias por cuidar de mi hija.
—Es mi deber.

Theorodos dio la mano a su hija, y subieron al comedor, donde la cena estaba siendo servida. Atenea vio la escena. Luego salió de la casa, y murmuró:

—Otra misión terminada con los mortales. Cada día se aprende algo nuevo de ellos. Son mortales para la vida. Pero inmortales cuando se trata de dar sorpresas a los dioses.

Dijo esto, y desapareció en la noche.


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .