Dos ejemplos de desinformación periodística

Suele decirse que todos los medios de comunicación mienten. Todos, menos aquellos que leemos, porque el lector que lee esos medios es porque sabe que no mienten. ¿Y qué medios de comunicación leen esos lectores? Aquellos que son afines a su ideología, y que cuentan aquello que quieren leer.

  1. No creo nada de lo que se dice en los medios de comunicación.
  2. Excepto lo que me dicen aquellos que escriben lo que quiero leer.
  3. Leo lo que hace que me sienta conforme con mis ideas, y rechazo el resto.
  4. Yo estoy informado, el resto del mundo es engañado. Yo soy un ser superior que sé la verdad. El resto, son marionetas en manos de la manipulación.
  5. Acuda al punto 1.

La verdad es que, durante toda la historia de la humanidad, cada medio de comunicación, fuese el trovador medieval, sea una moderna agencia de información, ha contado su versión de los hechos. Pero también es cierto que hay medios que cuentan su versión, pero otros distorsionan la realidad completamente.

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Una sombra sobre Europa

“Las democracias son débiles y cobardes. No se preocuparán por los sudetes, ni por Checoslovaquia, ni por Polonia”. Esta frase, dicha por Hitler en 1938, tenía mucho de cierto en aquel momento. Y sigue teniendo gran validez actualmente.

Sí, las democracias son débiles, y son cobardes. Mientras todo va bien, todo son risas, progreso, empleo, y consumo. Pero cuando se acerca la siempre inevitable crisis, los demonios y las sombras, que siempre han estado ahí, surgen de nuevo, para tomar a las democracias por el cuello, y ahogarlas con mensajes populistas y demagógicos.

Alguien se preguntará, qué se puede hacer ante algo así. Existen dos alternativas. Una era la que establecieron los romanos, en la que, en tiempos de crisis, nombraban un dictador. Ese dictador, durante un año, tenía el poder casi absoluto para tomar decisiones. Luego cedía el poder al Senado de Roma. La idea es buena en esencia, es práctica, pero ya sabemos cómo acabó: con un Imperio, y un césar, que era simplemente un dictador de por vida.

Existe otra solución, que es la de establecer un sistema que garantice las libertades constitucionales, de pensamiento y de expresión ante cualquier contingencia, para que nadie, ni siquiera un gobierno o una ley máxima, puedan acabar con esos principios básicos. Lamentablemente, los gobiernos, también los democráticos, son los primeros que abogan por el control de las masas y los individuos, por recabar cualquier atisbo de libertad en aras de una mal llamada seguridad, que solo busca el control de todo cuanto acontece. Porque cualquiera que atente contra la libertad, sea un criminal o un fanático terrorista, no se preocupará por cuanta libertad tiene el pueblo, sino por cuánta libertad puede destruir como enemigo de esa libertad.

En ese sentido, controlar los teléfonos, Internet, o cualquier otro medio, sin que medie un juez y una sospecha debidamente presentada y conjugada, se convierte en un enorme aparato de dominio, tanto de las personas como de sus ideas. Es entonces, en ese momento, cuando el mayor enemigo de la democracia es el propio estado. Es entonces, en ese momento, cuando la libertad cae. Y no lo hace por fanáticos religiosos, sino por las acciones llevadas por aquellos que estipulan que se ha de intercambiar libertad por seguridad.

Europa está entrando en una espiral de pérdida de libertades, como ocurre ya desde hace tiempo en Estados Unidos. Y no parece que nadie esté demasiado preocupado. Y ello es porque las democracias son débiles, y cobardes. Hitler, en eso, tuvo razón. Y los que amamos la democracia, y la libertad, por ese motivo, deberíamos tomar conciencia de ese peligro. Porque la fuerza del nazismo, cuando se desate, no la pararán las palabras, sino los hechos. Y los hechos serán, si eso llega a ocurrir, terribles, y lamentables. Esperemos no verlo. Esperemos.

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