Leche cruda, Marte y la Luna

Recientemente me he encontrado con tres de esas noticias, que serían hilarantes si no fuese por el importante trasfondo de ignorancia que comportan. La primera es de una responsable política diciendo que la leche cruda no es peligrosa, o que, en todo caso, lo es tanto como comer un pollo que lleva cuatro semanas en la nevera. Habría que aclarar si es la nevera o el congelador, porque si es lo primero, lo que necesita ese pollo no es ser comido, sino una autopsia postmortem realizada por un especialista en crímenes. Porque es un crimen soltar ciertas frases. Ya lo dijo Groucho Marx: “es mejor ser ignorante y mantener la boca cerrada, que abrir la boca y despejar cualquier duda”.

Dicen que los métodos de antes para la alimentación eran más naturales. Lo eran, y la tasa de mortalidad también era mayor. Yo mismo había ido a comprar leche cruda cuando era pequeño con mis primos a la vaquería, cerca de Bilbao, donde pasaba los veranos. Estaban las vacas allá, las saludabas, y te llevabas los potes de metal con la leche. Esto lo he vivido yo. Pero no era, repito, no era sano. Sano es pasteurizar la leche.

Algunos dicen que hay intereses ocultos comerciales en la leche pasteurizada. Vamos a ver: la pasteurización es un proceso químico que ha salvado millones de vidas. Si luego alguna empresa realiza transformaciones ilegales en la leche por intereses económicos, deberá ser perseguida y multada. Pero no confundamos un proceso que evita infecciones con un interés concreto de empresas concretas.

sagan

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