Respuesta evolutiva (relato)

Sucedió como un pequeño accidente. El niño parecía estar bien. Sano, fuerte, robusto. Pero algo notaron los médicos. La cabeza tenía una pequeña deformidad, muy sutil, pero tangible, en la parte frontal. Las pruebas no dieron resultados concluyentes. El niño parecía desarrollarse con normalidad.

Al cabo de un año, estaba claro que algo ocurría. El niño no parecía expresar emociones, más allá de las básicas de alimentación, alegría, temor, y afecto, pero a un nivel muy elemental. Se pensó en algún tipo de problema neurológico, alguna disfunción mental, algún problema de desarrollo. El único rasgo peculiar era que sus ojos eran más bien de un color rojizo oscuro, algo relacionado con una pigmentación de la melanina muy determinada. En cierto modo, sus ojos parecían contener una pequeña llama roja-azul en su interior. Era hermoso, sin duda, pero preocupante.

Enseguida llegaron los análisis genéticos. Yo era entonces un joven genetista con una carrera que parecía prometedora. Todo parecía normal. No había signo de enfermedades comunes, ni problemas en las secuencias de nucleótidos. Me mandaron los resultados para que los revisara. Mi primera impresión concluía lo mismo que habían obtenido mis colegas: un niño sano, sin problemas aparentes. Parecía claro que nos enfrentábamos a algo nuevo.

Genes

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