Respuesta evolutiva (relato)

Sucedió como un pequeño accidente. El niño parecía estar bien. Sano, fuerte, robusto. Pero algo notaron los médicos. La cabeza tenía una pequeña deformidad, muy sutil, pero tangible, en la parte frontal. Las pruebas no dieron resultados concluyentes. El niño parecía desarrollarse con normalidad.

Al cabo de un año, estaba claro que algo ocurría. El niño no parecía expresar emociones, más allá de las básicas de alimentación, alegría, temor, y afecto, pero a un nivel muy elemental. Se pensó en algún tipo de problema neurológico, alguna disfunción mental, algún problema de desarrollo. El único rasgo peculiar era que sus ojos eran más bien de un color rojizo oscuro, algo relacionado con una pigmentación de la melanina muy determinada. En cierto modo, sus ojos parecían contener una pequeña llama roja-azul en su interior. Era hermoso, sin duda, pero preocupante.

Enseguida llegaron los análisis genéticos. Yo era entonces un joven genetista con una carrera que parecía prometedora. Todo parecía normal. No había signo de enfermedades comunes, ni problemas en las secuencias de nucleótidos. Me mandaron los resultados para que los revisara. Mi primera impresión concluía lo mismo que habían obtenido mis colegas: un niño sano, sin problemas aparentes. Parecía claro que nos enfrentábamos a algo nuevo.

Genes

Hice nuevas pruebas de todo tipo. Me trasladé al hospital, y estuve dos meses trabajando en nuestro pequeño paciente. Empezaba a desanimarme, cuando la computadora dio con algo: una secuencia de nucleótidos que desde hacía un tiempo se habían relacionado con la inteligencia, estaban sutilmente situados en un orden que imposibilitaba el desarrollo de las áreas del cerebro relacionadas con los procesos cognitivos superiores. Las áreas estaban ahí, pero no eran funcionales. Era increíble: esas áreas del cerebro no habían quedado deshabilitadas, pero su actividad parecía hacer incapaz al individuo de procesar pensamientos abstractos, aprendizaje del lenguaje, y otros procesos superiores propios del ser humano. Sin embargo, sus habilidades motoras y adaptativas al medio eran claramente muy superiores, pudiendo caminar a los seis meses perfectamente, y con una capacidad de trabajo manual asombrosa.

Sin duda, era una experiencia durísima para los padres, pero un descubrimiento asombroso a nivel científico. Estos genes podrían ser la causa de muchos problemas neurológicos relacionados con aspectos conductuales, de aprendizaje, y de capacidad de procesamiento de información.

La primera idea que tuve fue revertir los efectos mediante un retrovirus que pudiera modificar las secuencias de nucleótidos afectadas, pero eso quedó en segundo plano cuando empezaron a aparecer nuevos casos en la ciudad, luego en el país, y luego por todo el mundo. Se organizó una comisión médica internacional para estudiar la causa de este problema, y para tratar de revertir el efecto. Luego ya tendríamos tiempo de analizar las posibilidades médicas de este descubrimiento. En ese momento el objetivo primario era atajar los nuevos casos.

Se hicieron estudios a los padres y abuelos, se investigó el medio ambiente donde nacían esos pacientes con la mutación, tanto a nivel de alimentación, efectos potenciales de radiaciones, y otros aspectos externos. No podíamos encontrar un vector que iniciase el proceso. Cada vez que aparecía una teoría nueva, nos encontrábamos con nuevos casos que la invalidaba. Pero yo, y otros colegas, teníamos claro que debía de haber un nexo común entre todos ellos. Esas secuencias eran siempre iguales, y que una mutación genética se produzca de la misma forma en dos ocasiones es difícil, pero en un número cada vez mayor de casos es matemáticamente imposible.

Los casos siguieron creciendo. El primer año, el número de casos no alcanzaba el uno por diez millones de casos. Pero el segundo año era uno por cinco millones. El tercero fue el realmente preocupante: un caso por cada cien mil. El cuarto año, un caso por cada diez mil. Y el quinto se desató una verdadera locura: un caso por cada mil.

El sexto año era un caso de cada cincuenta, y para el séptimo, todos los niños nacían con esta variación genética. Se estaba llevando a cabo el desarrollo de una nueva generación de niños incapaces de desarrollar sus capacidades intelectivas que son propias de los seres humanos. Cundió el pánico, y algunos grupos de padres desesperados comenzaron a organizarse, incluso de forma violenta, convencidos de que algún tipo de plan de los gobiernos del mundo se estaba llevando a cabo para causar este problema, o bien, algún experimento genético que se había descontrolado y que estaba causando esos estragos entre los recién nacidos.

Yo sabía que no era así. No disponíamos de una tecnología tan avanzada, y era absurdo pensar en inseminar a miles, luego millones, de niños con una variación genética tan concreta. Llevar a cabo algo así supondría un esfuerzo titánico, con miles de médicos y biólogos dedicados en exclusiva a esa tarea. Algo que habría sido descubierto por las agencias de investigación y la propia policía. Yo personalmente era consciente de que no había ninguna conspiración internacional detrás de todo aquello. Era algo genético causado por una mutación muy especial con una fuente única.

Posteriores reuniones de médicos y biólogos determinó que, efectivamente, la causa era algo que estaba sucediendo de forma natural. Entonces lancé mi idea. Una idea que impactó de forma tremenda en mis colegas primero, y luego en la sociedad. Una idea que conmocionó al mundo.

Se trataba, simple y llanamente, de un salto evolutivo. A lo largo de la humanidad, la evolución ha modificado a los organismos de forma paulatina. Pero se ha comprobado que, de vez en cuando, un organismo ha sufrido un fuerte cambio evolutivo espontáneo, debido a factores muy diversos. En este caso, parecía algo tan sencillo como que el ADN humano se había predispuesto durante cientos de miles de años a sufrir este cambio. Como una espoleta de tiempo, la evolución había ido adaptando al ser humano para un nuevo salto evolutivo. Un salto que lo capacitaba de una manera drástica para convivir con el medio ambiente de una forma mucho más capaz que en su estado actual, pero que, en el camino, se llevaba las capacidades intelectivas, y las convertía en la de un ser similar a la de nuestros ancestros. Pero aquellos niños no eran variantes absurdas o burdas de versiones antiguas del ser humano. Eran humanos, pero eran tremendamente eficaces en sus capacidades de supervivencia y adaptación al medio. Un ser muy superior al ser humano para la supervivencia pura, pero sin poder emplear la herramienta del cerebro de una forma intelectual. Todos los aspectos no necesarios para la supervivencia parecían haber desaparecido.

Pasaron los años. Aquellos niños fueron creciendo. Pronto tuvieron que ir al colegio, pero no tenía sentido. Luego a realizar estudios secundarios y universitarios, pero no podían adaptarse a algo para lo que no estaban diseñados por la naturaleza. Reían, incluso parecían cantar en grupos, y se organizaban entre ellos. Rehuían cada vez más a los seres humanos normales. Pronto, cuando alcanzaron la pubertad, el número de ellos los hizo incontrolables. Comenzaron a visitar bosques, y a organizarse en tribus. Eran, como nosotros, omnívoros. Se les dotó de parques donde podrían sobrevivir, pero pronto superaron las fronteras de aquellos parques, y fueron tomando el control de todo el territorio en todo el planeta.

Finalmente, las generaciones de lo que, en términos vulgares llamaríamos “humanos normales” fueron desapareciendo. Aquellos niños, ya adultos, tenían niños como ellos, también con aquella marca genética. Era evidente que una nueva especie estaba de hecho pasando a convertirse en la nueva humanidad. Pronto las fábricas dejaron de funcionar, los servicios de agua, luz, telefonía, comunicaciones, y otros elementos básicos, dejaron de estar operativos. No había ya gente para mantenerlos. La sociedad humana, tal como se había conocido, desaparecía de forma paulatina, conforme morían los últimos de aquella especie. Las ciudades se vaciaban, y todo rastro de actividad humana moderna desaparecía a lo largo de todo el planeta.

Pasaron los años. El proceso continuó. Mucha gente no quiso tener más hijos, pero era imposible detener aquel salto evolutivo. Estaba ahí, sucediendo frente a nosotros.

Yo he sobrevivido hasta ahora, aunque hasta hace poco quedaban todavía algunos humanos de mi estirpe por la Tierra. Nos comunicábamos en ocasiones por radios de onda corta, aunque nos quedamos ya sin las últimas baterías. Las células solares ayudaron a mantener algunos de nuestros equipos, pero hace ya tiempo que no hablo con nadie. Yo estoy viejo ya. Tengo noventa y ocho años, y afortunadamente mi cabeza sigue rigiendo bien, a pesar de necesitar una silla de ruedas.

Qué paradójico: mi cabeza sigue rigiendo bien. Para la nueva humanidad, eso no es un problema. Y no parece irles demasiado mal. Por supuesto, la tasa de mortalidad infantil es muy alta. Sin medicamentos, sin asistencia sanitaria, sin control de plagas, mueren muchos. Pero esta nueva humanidad parece mucho más resistente que cualquier otro homínido del pasado conforme lo que supone para adaptarse al medio ambiente.

Creo que no duraré mucho más. Mi corazón parece que quiere decir basta en cualquier momento. Mis propios análisis indican una arritmia que vaticina mi muerte en poco tiempo. Soy uno de los últimos, quizás el último, de la especie humana, tal como la conocí. Y testigo de una nueva era para la Tierra.

Vaya, ha entrado alguien. Es uno de ellos. De la nueva especie. Es una hembra bastante joven…. Vaya, he dicho “hembra”. Pero es humana. Es una mujer. Me sonríe. Me toca con cierta aprensión. No temas. No soy peligroso. No te haré daño. Ven, no te vayas, por favor… No me dejes solo. Necesito de la compañía de alguien. No quiero morir solo. No quiero ser el último de una era. No quiero dejar este mundo sin una mirada amiga…

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