Fragmento de “Promakhos”

Verano del año 480 a.C. Atenas ha sido arrasada por los persas. Robert ha sido capturado por las tropas de Jerjes I, emperador del Imperio Aqueménida, y ha sido condenado a muerte. Pero la reina Artemisia de Caria, que lucha al lado de los persas, ha convencido a Jerjes para que le mantenga con vida, por si es de utilidad en el futuro. 

Robert se encuentra prisionero en una tienda, cuando la reina Artemisia va a verle. Este es un fragmento de la conversación que mantienen ambos.

Artemisia-I-de-Caria
Artemisia de Caria, reina de Halicarnaso, durante la batalla de Salamina

La reina Artemisia asintió levemente. Se volvió, y tomó una copa de vino de una mesa. Le ofreció gestualmente otra a Robert, que rechazó. Luego se acercó de nuevo con la copa en la mano, y declaró:

—Es muy noble lo que dices. Jerjes, y yo misma, recordados como libertadores. No lo somos. Tampoco somos lo que los atenienses dicen que somos. Pero ¿y tú? ¿Qué dirá de ti la historia?

—No ha de decir nada. Yo soy solo un peón en este drama.

—Qué honrado. Qué honesto. Lástima que no te crea. En absoluto.

—Puedes reírte, reina Artemisia, pero mi vida no vale nada. Llevo desde hace muchos años viendo cómo la humanidad cae en un precipicio sin fondo. Un hombre pronosticó el fin de nuestra especie. Yo he tratado de no creerle. Trabajé con él para conocerle, para conocer sus ideas. Es algo parecido al Oráculo de Delfos, pero este hombre no comete errores, no adivina nada, usa algo más poderoso para indagar en el futuro. Yo he querido ver alguna salida a sus predicciones. Quería buscar una alternativa. Pero era inútil. La humanidad estaba condenada.

—Hasta ahora. —Robert miró a Artemisia, y afirmó:

—Efectivamente. Hasta ahora.

—Es decir, que apoyas mi estrategia, no porque creas que es mejor que la de Jerjes, que quiere atacar ya con la flota completa a las naves griegas en Salamina. La apoyas porque eso cambiará la historia de la humanidad.

—Eso es. Os dará la victoria. Y yo veré nacer una nueva historia para la humanidad. Todos salimos ganando. Me debo a los hombres y mujeres de la Tierra.

—Ahora mismo, te debes a mí, y a Jerjes, nuestro señor.

—Mi único señor es el destino.

—Obstinado y orgulloso. Veo que no tienes miedo.

—Solo de mí mismo. —Artemisia rió.

—¿Sois todos los hombres así en el futuro?

—Supongo que no todos han llevado mi estilo de vida. Digamos que tuve que superar diversas etapas y dificultades que tuvieron sus particularidades.

—Entiendo. En cuanto a esa tal Yvette, está enamorada de ti, ¿no es así? Esa forma de hablar a distancia, cómo la llamaste…

—Videoconferencia.

—Exacto. Esa tal Yvette, como mujer te lo digo, está muy, muy enamorada de ti.

—Eso es absurdo. Ella me odia. Y ahora más.

—No. No te odia. No te odiaba cuando hablaste con ella. Ni te odió cuando le dijiste que te pasabas a nuestro bando. Ni te odió cuando le dijiste que habías jurado protegerla, pero que ahora era mejor que la abandonases. Se hacía la dura. Se hará la dura. Gritará a los cuatro vientos que te odia. Y será una enorme mentira que quiere ocultar. Teme desvelar la verdad. Teme ver la realidad. Y la verdad es que te ama. Y con locura.

—Ya te lo he dicho: lo que dices es absurdo. Yvette no me soporta, y tiene razones para ello. Pero una cosa es cierta: daría mi vida por ella.

—Lo sé. También sé que no estás enamorada de ella, pero que matarías por ella, por protegerla de cualquier peligro. Y, más importante: ella lo sabe. ¿Darías tú tu vida por mí?

—No tengo por qué. No te debo nada.

—Me debes la vida. Jerjes estaba convencido de ofrecerte a los dioses como regalo. Yo le dije que serías más útil aquí, con tus conocimientos de ese futuro del que parece que vienes, y de esa extraña mujer que no es mujer ni hombre,  y que se hace pasar por Atenea.

—¿Y bien?

—Quisiera saber si he hecho bien, o si he cometido un error. Por otro lado, apoyas mi plan de no atacar en Salamina, sino de maniobrar hasta Corinto, y ofrecer una ofensiva con apoyo de la flota naval, en una zona donde nuestras naves puedan maniobrar, y nuestra caballería pueda flanquear a los griegos, especialmente a las falanges espartanas. Combinar un ataque terrestre con el apoyo completo de la flota en mar abierto. Esa es mi idea, que Jerjes no acepta.

—Esa es tu idea. Y eso es lo que debe hacerse. ¿Y tú, por qué te unes a Jerjes? ¿Por qué le das la espalda a tu cultura, a tu mundo?

—Porque ni mi pueblo ni yo le debemos respeto o pleitesía a Atenas. Ellos nos han sojuzgado muchas veces, con su aire de superioridad, creyéndose el centro del mundo. Y porque han perdido la razón, con esa locura que llaman democracia. Si ya la voz de un hombre que ordena las leyes crea confusión, ¿cuánta confusión pueden crear diez mil voces a la vez?

—Es una forma de verlo, sin duda —reconoció Robert—. Pero es mejor una confusión que busque la armonía, que una armonía que genera confusión. Es como yo lo veo. —Artemisia se acercó a Robert, que se mantuvo inmóvil. Luego él dijo:

—Eres una sátrapa.

—Lo soy —confirmó Artemisia.

—¿Sabes que en mi tiempo esa palabra tiene una connotación negativa?

—¿De verdad? Qué divertido eres, y que cosas más divertidas cuentas —afirmó sonriente ella, mientras dejaba la copa en una mesa, y le pasaba los brazos por el cuello—. Y es evidente que los hombres sois igual de estúpidos en ese futuro tuyo que en estos tiempos. ¿Y qué dice la historia de mí?

—Dice que fuiste una mujer valiente y determinada. Y que mostraste más valor que muchos hombres. De hecho, dice que combatiste como un hombre, y que tus hombres y los de Jerjes combatieron como mujeres.

—¿De verdad? Pero yo soy una mujer. Eso es un problema entre tantos hombres, sobre todo en  tiempos de guerra. Y una mujer que es además reina debe imponer respeto, con la mirada, y con la espada. Eso no crea muchas simpatías. Debo actuar siempre por el bien de mi pueblo, y del Imperio.

—Lo sé. Tienes que luchar el doble por ser mujer. Conozco la historia. Pero he visto cómo te temen. Es evidente que sabes imponer respeto. Y que sabes moverte.

—No sabes cómo. ¿Quieres comprobarlo?

Robert no respondió nada. Tampoco fue necesario. Pero esa noche quedó para siempre marcada en el devenir de los tiempos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s