Literatura: trabajar los finales

Vamos a hablar de finales. De esa temida parte del libro donde tenemos que buscar cómo salir del enredo en el que nosotros, como escritores, nos hemos metido. Por encima del hombro, el ojo implacable del lector nos observa, con el látigo en la mano. Que no acabemos con la espalda marcada consiste en darle a ese lector lo que pide. Pero, ¿qué es lo que pide? Depende del lector claro, pero se pueden establecer unos criterios mínimos, para que su furia no caiga sobre nuestra dolida piel. Vamos a verlo.

“Y fueron felices, y comieron perdices. Fin”.

Efectivamente, conseguir un buen final para un relato, o una novela, no es nada sencillo, y sí algo que vuelve loco a muchísimos escritores. Para conseguir un final bueno han de confluir mil factores, unos objetivos, y otros muchos subjetivos. Pero no lo olvidemos. La frase “la historia está bien, pero el final es malísimo” se pronuncia con demasiada frecuencia. Todos hemos visto una película, o leído un libro, cuya trama es buena o excelente, pero que tiene un final que nos deja fuera de lugar, y con una sensación amarga. ¿Y por qué ocurre esto?

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La frustración forma parte del proceso creativo, no te lo recrimines

La respuesta es muy compleja, y confluyen muchos aspectos. Hay uno, sin embargo, que me gustaría destacar: la desidia. ¿Qué quiero decir con “desidia”? El escritor lleva meses, o años, escribiendo su gran novela. Está cansado. Agotado. Cuando llega al final, lo que quiere es terminarla de una vez, y ponerla a la venta. El problema es que solemos tener una idea, un argumento, que, en nuestra opinión, es bueno. La desarrollamos, pero ¿qué final darle? Ahí es donde comienzan los problemas. Conseguir  crear una buena historia es difícil. Darle un final que merezca la pena, eso, sin duda, es una tarea titánica.

La solución de la desidia a la hora de preparar un final no significa que el autor sea vago, irresponsable, o simplemente, poco serio. No, no seamos tan duros. Puede ocurrir, pero lo que muchas veces sucede es que, simplemente, es un ser humano, y está mentalmente agotado con el desarrollo de la obra. La desidia significa “ya no puedo más, este final queda bien”. Y la obra termina de forma quizás repentina, de forma abrupta, o de un modo que simplemente choca al lector.

Tengamos en cuenta también que el público, en general, se va a sentir más inclinado con una obra cuyo final acaba bien, que con otra cuyo final acaba de forma neutra, o negativa. Estamos leyendo, y queremos, aunque sea inconscientemente, que ese personaje que nos gusta tanto triunfe. Luego sucede que, al final, muere. ¿Pero qué demonios? ¿Cómo te atreves? Estas situaciones producen frustración en el lector, que inmediatamente comentará a sus amigos, en su blog, o en un análisis literario: “obra excelente en su desarrollo, pero con un final frustrante”. Lo es. Para quien hace el análisis. No necesariamente para todo el mundo. Pero la marca ya ha quedado. El libro ha sido sentenciado. Esto no significa que no podamos escribir un final donde explota todo, pero tiene que ser coherente con el resto de la obra, e incluso así, dejar un hilo de esperanza. Si no, el lector se siente vacío, solo, como el escenario dantesco que hemos dejado. Y eso crea, de nuevo, frustración.

Vemos aquí que confluyen aspectos psicológicos de primer orden. Esto en literatura es normal, pero es que aceptar un final es algo subjetivo. En la vida real, podemos asistir a finales felices, otros no tanto, y también asistimos a finales que nos parecen absurdos. Pero no nos planteamos si un final es absurdo, porque lo que ha sucedido es un hecho real. Por ejemplo, tengo una novia maravillosa, somos muy felices, ella me ama con locura, y de pronto, un día me manda un mensaje y me dice que no me aguanta, y que se va a Japón con un dentista que ha conocido en un curso de cocina ecológica. ¿Suena absurdo? Sí, pero no nos lo planteamos. Ha sucedido, es la vida real, y estas cosas pasan.

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Pocos finales más elaborados y completos podremos encontrar que el de “El Señor de los Anillos”

Ahora, imaginemos que esta misma situación la trasladamos a un libro. El lector está encantado con la pareja, que lucha denodadamente para cumplir sus sueños. Y, al final, la chica se va con el dentista. Al lector le dan ganas de buscar al escritor para explicarle cuatro cosas. El lector está tremendamente frustrado. ¿Trescientas páginas siguiendo a la pareja, para que de repente ella se vaya con un dentista y acabe la novela?

La vida es una cosa, y la literatura es otra cosa. Este tema lo he comentado ya en alguna entrada anterior, pero es que con los finales esta situación es particularmente delicada. Yo personalmente no soy de finales perfectamente felices, porque creo que el lector no va a querer que todo sea paz y amor. Tampoco soy de finales completamente trágicos, precisamente porque frustran al lector. Y porque creo que la vida ya es lo suficientemente trágica. Soy de finales medios, con algunas cosas acabando bien, otras regular, y otras, bueno, quizás muera algún personaje querido por el lector. Pero de forma que no frustre toda la lectura anterior. Una muerte aquí y allá dan realismo a la obra, sin tener que convertirse en un martirio.

En definitiva, el final de una obra literaria, o de una película, es para mí el aspecto central de una obra. Normalmente suele haber mucha energía en el inicio y en la trama. Yo prefiero centrarme en el final, porque, si la obra acaba de una forma correcta, ello puede salvar una trama que quizás no haya gustado demasiado al lector. Si la trama es muy buena pero el final es malo, toda la obra deja un gusto amargo.

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Aquí se me puede ver, preparando un final para alguna novela

Recordemos, y ya lo comenté recientemente también, que los Deux Ex Machina, es decir, esas situaciones milagro que arreglan una situación en una obra de forma no creíble, deben evitarse. Porque, en la vida, puede suceder. Pero, en una novela o relato, difícilmente nadie se va a creer que al bueno le toca la lotería justo cuando estaba en el peor momento. “Su hijo estaba a punto de morir, necesitaba una operación que costaba dos millones de euros, y ¡tachán! a la madre le tocó la lotería!”. No. Simplemente, no funciona. Que ocurra a veces en la vida real no significa que sea creíble en una novela.

¿Cómo finalizo esta entrada? De tal modo que deje, si es posible, una buena sensación en el lector. Y lo haré dejando clara una cosa: en un edificio, es muy importante que la estructura y los cimientos sean de calidad. Pero en lo que nos vamos a fijar es en los alicatados de la casa, y en los detalles. ¿Hay suficientes enchufes? ¿Hay suficiente luz? De la misma forma que en una casa nos fijamos en cómo ha quedado por los pequeños detalles finales, la literatura es, ante todo, un final bueno. No va a salvar un desarrollo pésimo, eso está claro. Pero es mejor un desarrollo de una calidad media, con un buen final, que no una trama fantástica con un final desastroso. El primero puede salvarse. El segundo, paradójicamente, puede quedar marcado de por vida.

Si hay dudas sobre un final, siempre se podrá acudir a algún amigo, o algún “lector cero” que dé su opinión. Puede haber varios finales, y uno de ellos destaque sobre el resto. Preguntar no es malo, al contrario, ya hemos visto películas donde el final que exigían los productores era bastante malo, y el del director, muy bueno. Un ejemplo: Blade Runner. Hagamos lo mismo. Busquemos finales impactantes, y creíbles. Aunque nos lleve tiempo, merecerá la pena.

Y fueron felices, y… Vale, ya lo he estropeado. Felices letras.


 

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Autor: Fenrir

Escritor aficionado, me gusta la aviación, el cine, la cerveza, y una buena charla sobre cualquier cosa que ataña al ser humano.

2 comentarios en “Literatura: trabajar los finales”

  1. Quizás, muchos autores, deberían sentarse y planificar su historia antes de ponerse a escribir sin más. Si se establece una trama con una premisa, un objetivo para los personajes y una conclusión, y se trabaja a partir de estos, se consigue mayor verosimilitud. No hace falta que seamos rígidos con las ideas iniciales, es más, si son moldeables a nuevos planteamientos que se nos ocurran durante el desarrollo mejoraremos el resultado final.

    Un saludo.

    1. Sin duda, tener al menos el concepto claro de qué vamos a escenificar y trabajar un modelo antes de ponernos a escribir. Pero solemos ser caóticos, y eso trae consecuencias. A veces funciona, veamos el guión de “Casablanca”, que se improvisó durante el rodaje de forma diaria. Pero en general es la fórmula para el caos. Un abrazo y gracias por comentar.

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