Fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafeld”

Nota: había un error en el título, ya corregido. Disculpen las molestias.

Este libro, que será el último de la saga Aesir-Vanir, es un ejemplo de lo que comentaba recientemente; los planes en el arte y en las letras solo tienen un destino: el caos. Este libro debería estar terminado, pero, sin embargo, el que está a punto de terminarse es “Mensajero del Nastrond”, que se supone ni siquiera debería existir.

Esa es la magia de la literatura: el caos que impregna cada rincón de la mente y de la creatividad, son la esencia de una obra literaria. Quieran los dioses que nunca pierda mi locura y el caos que rodea mi imaginación, porque habré perdido el sentido de todo cuanto he llevado a cabo en mi vida, que no es nada comparado con un minuto soñando con las estrellas. Feliz Navidad y próspero 2019. Y que los reyes traigan muchos libros a sus hogares. Millones de libros. Infinitos.

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Helen entró en el salón de conferencias del Palacio Blanco, un lugar que era básicamente luz y plasma combinados de un modo que creaba una habitabilidad aparentemente fuera de las leyes de la física convencionales. Se suponía que la misma Helen debería fundirse de inmediato en aquel flujo de energía. Pero su cuerpo permanecía intacto, mientras se encontraba en aquella inmensa sala.

De pronto, apareció una silla, y una mesa, con otra silla atrás. Vio llegar caminando al que probablemente era Freyr. Vestía una túnica blanca, con una espada al cinto, y un pequeño cuchillo en el otro lado. Su largo pelo rubio, casi blanco, no podía ocultar una mirada profunda y penetrante, que casi atravesó a Helen mientras se acercaba. No aparentaba tener más de treinta años. Su altura no era excesiva, pero sí le confería un toque majestuoso, incluso Helen fue capaz de reconocerlo.

Freyr llegó a la mesa, y se sentó detrás de la misma. Con un gesto hizo una señal para que Helen se sentase en la otra. Helen accedió, mientras él sonreía. Finalmente, fue él quien inició la conversación.

—¿Cómo estás, Helen? Me alegra que podamos conocernos personalmente, por fin. ¿Quieres tomar algo?
—Estoy bien, gracias. Sigo viva. Gracias a Scott. Ponme un café, ya que sois tan poderosos que lo podéis todo. Aunque fue Scott el que salvó mi mente. Nuestros replicadores son incapaces de generar un café como el café de Brasil o Colombia del siglo XX o principios del XXI. Y hace eones que lo echo en falta.

Al instante, apareció una taza de café sobre la mesa. Helen lo probó. Al momento, escupió el sorbo gritando:

—¿Es que te has propuesto envenenarme antes de empezar a discutir esta locura en la que nos hallamos? —Freyr abrió los ojos con sorpresa.
—Es café auténtico. De Brasil. De tu época, en la Tierra.
—Eso es cualquier cosa menos café —aseguró Helen—. ¿Lo ves? Vuestros grandes poderes divinos son incapaces de algo tan simple como transmutar un café real. ¿Por qué? Porque tenéis un poder que no empezáis ni a entender, ni mucho menos controlar.
—Yo creo que lo estás diciendo para que me sienta inseguro. Ese café es real y auténtico.
—Y yo creo que no tienes ni idea, y que si no sabes crear un café real, mucho menos sabrás gobernar una galaxia usando ese mismo poder.

Freyr se mantuvo un instante en silencio. Luego comentó:

—Esta bien, dejemos eso por ahora. Has mencionado a Scott. Un hombre peculiar, sin duda.
—¿Peculiar? Eso es quedarse muy corto. Por cierto, me encanta tu ropa con capa, con espadita y todo, qué elegante y señorial. ¿Has salido de alguna película de Robin Hood?

Freyr empezó a impacientarse. Hizo caso omiso de la cuestión, y preguntó:

—¿Tú sabías que Scott es uno de los nuestros? —Helen negó categóricamente.
—Scott puede ser muchas cosas, Freyr. Pero nunca será uno de los vuestros. Sí, está loco. Sí, es excéntrico. Y sí, es un ser complejo, solitario, difícil, oscuro. Pero fue mi mano derecha durante la Primera Guerra contra los LauKlars, y fundamental en la Segunda Guerra. También en mi recuperación psíquica. Es un aliado insustituible, y espero que siga siéndolo muchos años.
—Pero todo eso lo ha logrado porque es uno de los nuestros —insistió Freyr—. Además, supongo que conoces su secreto. —Helen alzó las cejas levemente.
—¿Qué secreto?
—Su secreto. El motivo real de su existencia. Su viaje desde la Tierra del pasado, y su aparición repentina aquella noche, en tu sala de mando, durante la Primera Guerra LauKlar.
—Vino con Kim, para ayudarnos. Su misión era contribuir al esfuerzo de guerra contra los LauKlars. Nada más.
—¿De verdad te crees ese cuento? ¿Y me acusas a mí de vivir en una fantasía de dioses? Estás ciega, Helen. Completamente ciega.
—No estoy ciega. Vosotros sí estáis ciegos. Vivís en una fantasía en la que os creéis dioses. Y esa es la única verdad.

Freyr no quiso insistir, era evidente para él que Helen no comprendía la verdad. Continuó:

— ¿Te imaginas lo que podríamos hacer, todo mi pueblo unido, apoyándote a ti y a los tuyos? Incluso Scott comprenderá eso. Imagínate a todo tu pueblo convertido en seres como Scott. Como nosotros.
—Scott solo hay uno. Ni un millón de hombres y mujeres con las capacidades de Scott serán jamás Scott. Su apoyo es todo lo que necesita mi pueblo para sobrevivir.
—Su apoyo, y una mujer como tú —añadió Freyr.

Helen no dijo nada. Freyr , sonrió, y asintió levemente. Aquella mujer era tan tozuda, irreverente y dura como le habían advertido. Y una líder innata sin duda. Tras el silencio, y para romper aquel hielo, Helen comentó:

—Por cierto, bonita choza tienes aquí. Muy psicodélica. Ya lo comenté con Pavlov en la biblioteca, si es que eso puede llamarse así. Todo lo hacéis igual. Parece que este palacio lo hubiera hecho un arquitecto lleno de hierba hasta la cabeza. —Freyr rió.
—Pensaba que ibas a compararlo con el palacio de los dioses del Valhalla.
—¿Es eso lo que realmente creéis que sois? ¿De verdad? ¿Dioses? Estáis realmente locos, no cabe ninguna duda. —Freyr negó levemente con la cabeza.
—No. En absoluto. No creemos que seamos dioses. Somos algo más avanzado que una vieja leyenda en un libro místico. Somos, en esencia, una nueva etapa en el desarrollo evolutivo de la conciencia. Disfrutamos de lo mejor de la naturaleza de los dioses y mortales combinados. —Esta vez fue Helen quien rió.
—¿Tú te escuchas? Eso no es megalomanía; eso es creerse el mismo Dios.
—Ya te lo he dicho; no somos dioses. A ti tu gente te llama Freyja. Te consideran una diosa. El ser humano necesita de los dioses para su existencia, casi tanto como los dioses necesitan de la humanidad para la suya.
—Nunca me gustó ese título. Pero sí es cierto que la humanidad necesita héroes, o mitos, o dioses, que cubran las carencias que sienten en su interior, en sus almas. Pero yo nunca les mentí; siempre les dije, desde el primer día, que soy Helen Parker, una mujer que no llega a la treintena, sin nada especial, sin ninguna mente brillante, sin ningún pasado glorioso. Así y todo, ellos quisieron que yo les guiara. Lo hice, lo mejor que pude. Y pagué un precio enorme por ello.

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Fragmento del Libro III

De pronto, la taza de café desapareció. Fue sustituida por un vaso de agua. Helen puso cara de circunstancias. Luego bebió el vaso entero sin decir nada. Freyr continuó:

—Lo sé. Sé cómo has guiado a tu pueblo. Y lo que has hecho es francamente admirable. Sobre todo tratándose de una mortal. Te has comportado como una diosa. Pero míralo de este modo, Helen: según la mitología escandinava, Freyr y Freyja eran hermanos. El destino ha querido que los dos líderes de la especie humana, reencontrados tras cuatro eones, tengan esos nombres. ¿No es eso una señal del destino? ¿No te dice algo sobre nuestro futuro en común, como una sola hermandad?
—Me dice que crees demasiado en la mística y en el destino como para llevar adelante a tu pueblo con seguridad, y con un futuro sensato y coherente.
—¿De verdad crees eso? En cuatro eones hemos prosperado. Nos hemos convertido en los dioses de miles de especies de esta galaxia. Ellos nos adoran y nos veneran, y nosotros les bendecimos, y les otorgamos bienes.
—Cierto. Y con ese gesto, ocupáis el lugar de sus antiguos mitos y dioses. Sois, por lo tanto, un fraude, Freyr. Un fraude, un engaño para millones de seres conscientes de esta galaxia.
—Verás, no…
—No he terminado de hablar —interrumpió Helen—. No es veneración lo que os ofrecen esos seres, Freyr; es reverencia, ante el temor de vuestros impulsos. Impulsos demasiado humanos como para olvidar que nuestra especie siempre ha sido una depredadora de primer orden. Esos seres no rezan para idolatraros; rezan para evitar que el humano que hay tras el dios haga caer su ira sobre ellos por cualquier insignificancia. Te has convertido en la peor sombra de la especie humana; sois la combinación perfecta de lo peor de dos mundos: con la maldad del ser humano, y con el poder de los dioses más oscuros. ¿Y tú esperas que nos unamos a tu causa? Estás loco, Freyr. Jamás nos uniremos a una locura en masa de un grupo de fanáticos tocados por un poder infinito, cuya megalomanía se ha desatado hasta niveles desconocidos. Solo tu madre, Skadi, e Yvette, comprenden eso completamente. Con ellas cuento, incluida esa soñadora de Yvette.
—También Pavlov, no lo olvides. Después de tanto tiempo, sigue tan terco y obstinado como siempre. En eso os parecéis, debo reconocerlo.

Helen pareció recordar algo del pasado por un instante. Luego sonrió, y respondió:

—Pavlov, este Pavlov, no es de mi mundo, ni del tuyo. Él no ha querido nunca plegarse a tu ambición. Es esa piedra metida en tu zapato que te recuerda tu pasado mortal, Freyr. Y esa piedra comienza a hacerte sangrar. Yo haré que esa sangre inunde tu mundo, hasta que esta galaxia pueda encontrar la paz…


 

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Autor: Fenrir

Escritor aficionado, me gusta la aviación, el cine, la cerveza, y una buena charla sobre cualquier cosa que ataña al ser humano.

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