Dos extraños y un destino

Para este martes musical, porque no todos los miércoles han de serlo, traigo una historia de libertad. Hace unos días mi hermana, que es la más dura crítica de mis libros, y, en realidad, la única crítica de mis libros, me decía que no se creía la relación que se establece entre Sandra y Martin en “Mensajero del Nastrond”. No es real que dos personas contacten, y en tan poco tiempo mantengan un nivel de confianza como el que muestran en el libro, el uno sobre el otro.

Me gustó esta observación que hizo del libro, porque me permite dos cosas: amenazarla con cesar el traerle croissants a su casa cuando voy a verla de visita, algo que ya de por sí la aterroriza, y, lo que es más importante, me permite reflexionar sobre ese asunto tan traído y llevado de las relaciones humanas. ¿Puede haber algo más complicado que dos extraños que se necesitan, en circunstancias difíciles?

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Puente Alsina. Valentín Alsina, al sur de Buenos Aires, fue mi destino en aquel viaje

Mi hermana es una gran lectora, y sus consejos son siempre muy útiles. Pero, en esta ocasión, no puedo estar de acuerdo con su afirmación. Al fin y al cabo, muchas de las relaciones que dibujo en mis libros se basan, o están inspiradas, en situaciones que he vivido en mi vida, y puedo dar fe de que fueron tan reales como lo son los sentimientos que gobiernan el corazón de los seres de ficción que dibujo en el papel. Evidentemente lo que escribo es ficción, pero, como ocurre tantas veces, esa ficción tiene un origen real. En “Ángeles de Helheim” esto se hace totalmente cierto, ya que allí he dejado dibujados varios aspectos clave que marcaron mi vida, convenientemente escondidos entre la ficción de la novela.

Pero no hace falta ir demasiado lejos a la hora de explicar que dos extraños pueden convertirse en aliados en días. En el  caso real que voy a contar, no fueron días, sino horas.

Ocurrió hace muchos años, en un viaje que hice por motivos que no importan a Buenos Aires. Estaba en el aeropuerto de Roma esperando a embarcar, algo que llevaría unas horas todavía. Yo llevaba mi guitarra, y la saqué para hacer algo de tiempo. Canté algunas cosas de Bob Dylan y Crosby Still & Nash entre otros, de una forma discreta claro, no se trataba de montar un recital allá, pero a la gente no parecía importarles demasiado.

En el grupo de gente que esperaba pude notar a una joven que andaba de aquí para allá con un evidente nerviosismo. Tendría no más de veinte a veintidós años, y era evidente un estado de tensión en ella que casi podía tocarse con los dedos. Lo sabía, porque yo mismo había sufrido algo muy parecido años atrás. Y sabía por lo que estaba pasando esa joven.

En un momento dado, de pronto salió disparada hacia mí, y me preguntó en un inglés básico si podría guardarle las pertenencias mientras iba al baño. Sonreí, y asentí mientras le decía que no se preocupara, que fuese tranquila.

Cuando volvió, me dio unas gracias efusivas con una sonrisa enorme, a lo que contesté con una sonrisa que intentaba ser amable y conciliadora, intentando transmitir algún tipo de calma a su situación. Como diciéndole “tranquila, puedes contar conmigo”. La joven entonces se sentó a mi lado, y empezó a hablarme de su situación. Me pidió si podría viajar conmigo, porque estaba sola y asustada, algo que la chica no tenía que jurar. Solo había que ver ese corazón desbordado y esa ansia que surgía de cada poro de su piel.

Era una joven francesa, que venía de Lyon, y se trasladaba a Buenos Aires para trabajar como camarera en un restaurante que unos tíos de ella tenían en la capital de Argentina. Era la primera vez que viajaba, y de hecho era la primera vez que salía en un viaje de trabajo. Todo era nuevo para ella, estaba sola, y estaba realmente aterrada. Era evidente por su juventud que hasta ese momento había vivido con sus padres en una vida aparentemente cómoda y tranquila. De pronto, la mandaban a otro país, en otro continente, sola y sin experiencia, para trabajar con unos tíos que no conocía. Demasiado para una joven que acababa de abandonar la adolescencia. Y demasiado similar a mi propia experiencia vivida con anterioridad.

aeropuerto

La pobre niña se pegó a mí por alguna razón, supongo que porque le ofrecí una sonrisa, un gesto de complicidad, y una idea: “no estás sola, yo estoy aquí”, dicho con el lenguaje del corazón, que es internacional y no depende de idiomas ni de traductores. Cuando embarcamos, consiguió colocarse a mi lado, el avión no iba lleno, y, tras el vuelo, al llegar al aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, nos despedimos, mientras sus familiares la recogían para llevársela a su nuevo trabajo, y a su nueva vida.

Así que, en contra de lo que podría parecer, sí que pueden dos seres humanos unirse de una forma que no sería imaginable en circunstancias normales, cuando esas circunstancias son cualquier cosa menos normales. Yo no tuve que hacer nada, solo expresar un gesto de amabilidad y solidaridad con su situación, y ella pudo esperar en el aeropuerto, y luego viajar hasta el destino, con el corazón más tranquilo y sereno.

En el día a día no vemos a gente así normalmente, pero cuando se viaja y se explora el mundo, especialmente la primera vez que se sale del nido por trabajo, te encuentras a bastante gente en situaciones complicadas y difíciles. Gente que está sola, que se siente sola, que ha perdido el rumbo, o que tiene un rumbo que la lleva en la dirección contraria a la que dicta su corazón.

Son gentes que necesitan de una mano amiga, de una sonrisa, de un abrazo, de un gesto de solidaridad, que les indique que tienen delante a alguien en quien confiar. Siempre con un poco de calor humano, siempre con respeto y cariño, siempre dejando entender que la mano está ahí, pero sin querer solucionar vidas, sino dejando que sea el destino el que encuentre el camino.

Yo fui una de esas personas, una vez. Yo también he sufrido, y he llorado a solas en un aeropuerto. También yo he necesitado una mano amiga, también yo he sufrido, también yo me he sentido solo, abandonado, perdido, en un lugar extraño, con rostros extraños.

Es en esos momentos, cuando encuentras una cara amable, cuando te das cuenta de que vas a apostar toda tu vida y tu alma por ese rostro, porque no tienes dónde agarrarte excepto a ese puente que se tiende, y que quieres atravesar para no sentirte perdido y acabado. Yo, como todo ser humano, he necesitado también de alguien que me sonriese.

No podemos ser héroes, no debemos ser héroes. Somos seres humanos, de carne y hueso, débiles, temerosos, perdidos. Y, en esas circunstancias, encontrar a alguien que nos acoja, que nos dé un poco de amor, de luz, de cariño, se torna en el regalo más grande que nadie pueda darnos en un millón de años.

Las circunstancias unen a las personas. En la vida normal, la vida cotidiana, las relaciones llevan su tiempo. Las amistades tardar en desarrollarse, las relaciones sentimentales también. Pero cuando la vida aprieta, cuando las cosas se ponen difíciles, cuando las circunstancias son duras, dos seres humanos pueden llegar a unirse como no lo harían en cien años. El mortero del dolor, del miedo, de la incertidumbre, es frío como el hielo, pero modela y construye relaciones humanas con una fortaleza que pocas cosas pueden llegar a destruir.

El nudo que un día dio una oportunidad a un desconocido, mañana nos la dará a nosotros. Es así de sencillo. Así de cierto. Y así de humano.

Desde mi libertad, aquella que me he dado a mí mismo, porque es la única real que vivimos desde que nacemos, puedo decir que hay seres que conoces un instante, unas horas, y luego las portas en el corazón para siempre.

¿Se adaptó aquella joven a su nueva vida? ¿Salió adelante? ¿Recuerda aquel vuelo lleno de esperanzas, sueños y temores? ¿Fue feliz en ese nuevo mundo? Buenos Aires es una ciudad de acogida. Lo sé bien, porque lo viví en primera persona muchos años atrás. En ese sentido, estoy tranquilo. Solo espero que la vida le haya sonreído. Y haya aprendido a volar. En paz y libertad.

Hoy brindo por ella. Y por aquellos sueños asustados, que un día debieron convertirse en ilusión, y en un futuro lleno de esperanza, de amor, y de libertad.

Para ella va dedicada esta canción que compuse y grabé hace un par de años, y que produje con medios caseros, pero con mucha ilusión. Me gustaría volver a componer, pero mi vida es ya lo suficientemente compleja como para añadir otro elemento más. De todas formas no renuncio a grabar nuevos temas como el que acompaña a esta entrada, producido sin pretensiones, pero con mucha ilusión. Y además, la letra tiene mucho que ver con un pasado que, en muchos aspectos, no fue tan distinto al del viaje de la joven francesa. Para ella esta pequeña canción, desde el corazón, y desde el recuerdo. Allá donde estés, espero que encontrases la felicidad.


 

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Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

5 comentarios en “Dos extraños y un destino”

  1. sí, me hizo pensar y recordar, el terminal del aeropuerto de Londres, 16 horas de espera, soledad, libros para que me acompañen, tremenda angustia y dolor. y de pronto todo cambia… una mano amiga y ya te sientes que el mundo no es un lugar tan inhospedo, que puedes ayudar y tambièn puedes recibir el apoyo donde menos esperas, apoyo emocional disimulado, pero suficiente para que algo importante que ya iba a romperse dentro de ti, de pronto tome fuerzas y te recuperas.

    1. Efectivamente. En los aeropuertos encontramos la mayor de las soledades, y las mayores de las esperanzas, puestas en un viaje, y en una mano amiga. Esa es la magia del primer vuelo hacia una nueva vida.

      1. tengo un amor especial por los aeropuertos, del despegue del avion, de la gente en espera de sus vuelos, como si estuvieron en un espacio entrereal

  2. Si en los aeropuertos te puedes encontrar de todo y conocer gente genial, encontrarte situaciones increíbles. saludos

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