Cuatro Dos Negro (VII y epílogo)

Parte VI en este enlace.
Parte I en este enlace.

Capítulo VII y epílogo de este relato, continuación de “Trece almas” y que juntos conformarán el libro “Sandra. Orígenes”. Este libro estará muy pronto disponible en Amazon, y formará parte de la saga Aesir-Vanir. Quienes prefieren esperar a que la historia estuviese acabada, ahora podrán leerla completa. Me consta que hay gente que prefiere tener el libro completo en  sus manos, y lo entiendo. A mí me pasa lo mismo.

Espero que disfruten de este último capítulo, y de esta historia. Ha sido divertido escribirla. Y muchas gracias por su interés. 

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Órdenes inmortales.

Dos golpes suaves sonaron en la puerta del despacho de Héctor. Este aspiró de la pipa, mientras decía.

—¿Quieres pasar de una vez, Scott?

Scott abrió la puerta ligeramente. Metió la cabeza con cara de sorpresa, miró a Héctor, y dijo:

—¿Se puede? —Héctor aspiró de la pipa antes de contestar.
—Haz el favor de entrar de una vez, y sentarte.

Scott entró, y cerró la puerta. Puso una pierna sobre la otra, mientras se ajustaba ligeramente una de las zapatillas deportivas raídas y viejas que llevaba. Héctor lo vio y dijo:

—¿Por qué vas siempre con esa ropa raída y vieja?
—Es la ropa que llevaba hace setenta años. Ya entonces era vieja. Me gusta. —Héctor gruñó ligeramente. Luego dijo:
—Eso de ser inmortal es un buen negocio, ¿verdad? —Scott negó con la cabeza.
—Ni mucho menos. Es una condena.
—Bueno, al menos yo me moriré, y dejaré de tener que aguantarte, en eso voy a tener una alegría. Pero vamos a hablar de temas importantes. Y el tema importante tiene nombre propio: Delfina Tremblay. —Scott puso cara de sorpresa.
—Te juro que con ella no me he acostado. Forma parte del negocio, y Leena me lo tiene prohibido. —Scott imitó la voz de Leena, y dijo:
—¡Scott, en relación a nuestras colaboradoras, ni se te ocurra acercarte a ellas, ni rozarlas! ¿Me has comprendido? ¡Deja tus sórdidas aventuras sexuales para tus amiguitas!
—No es una mala imitación de Leena, lo reconozco. Pero no, no es eso. Me refiero al pequeño detalle de pasarle a Delfina los datos de localización de Sandra.
—Ah, eso… Delfina estaba preocupada por Sandra. Quería ayudarla, pero no sabía cómo proceder. Decidí que ese interés merecía una recompensa. Nada más. —Héctor le miró serio unos instantes. Luego preguntó:
—¿No te das cuenta de que Delfina es mucho más inteligente de lo que puedas llegar a imaginar? Le has pasado tres posiciones geográficas y temporales sobre donde iba a estar Sandra en un instante de tiempo determinado. Delfina entenderá perfectamente que eso no es normal. Le parecerá prácticamente imposible, e inexplicable. Y Delfina es una mujer muy, muy curiosa, que no cree  en lo sobrenatural. Luego, al descartar lo sobrenatural, querrá averiguar la ciencia detrás de tus datos. Sabe que formas parte del equipo. Y sabe que eres inaccesible. ¿A qué nos lleva eso?
—¿A… ti? —Hector sonrió ligeramente con gesto torcido mientras asentía.
—Exacto, Scott. Exacto. Voy a tener a Delfina haciéndome mil preguntas en cuanto entre por esa puerta. ¿Qué voy a decirle? —Scott se llevó la mano a la barbilla pensativo, y dijo:
—¿Que soy mucho más que un dios inmortal, con un conocimiento casi absoluto del espacio-tiempo, y del universo? —Héctor se llevó las manos a la cabeza. Luego miró a Scott, y dijo:
—No te tomas nada en serio. Pero este es un tema muy serio, Scott. Entre Sandra y tú me estáis volviendo loco. Y ahora Delfina querrá saber de qué va todo esto… En fin, lo hecho, hecho está. Pero te pido, no, te ordeno, que no le des ni un dato más a Delfina. Ni un solo contacto con ella, ni personal, ni profesional, ni a corta distancia, ni a larga distancia, ni a ninguna distancia, ni por ningún medio. ¿Está claro?
—Mensaje recibido, Héctor.—Héctor insistió:
—Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Leena no sabe nada. Si llega a enterarse…
—Me despelleja vivo —terminó la frase Scott.
—Exacto. Y tú puedes ser un superdios todopoderoso con respecto al asunto del tiempo y el espacio, Scott. Pero ella es Leena. ¿Quieres que te lo repita? Te lo voy a repetir: Leena. ¿Sabes lo que supone molestarla, aunque sea ligeramente? ¿Sabes lo que pasa cuando se enfada? —Scott asintió con gesto nervioso.
—Sí, lo sé. Recientemente me lo ha recordado.
—De acuerdo. Pues no lo olvides. Ahora, vete. Y, por favor, procura mantener un perfil bajo en todo esto, y en tu vida privada también, si es posible.
—Haré exactamente lo que dices, Héctor.
—Deja de mentir de una vez. Y lárgate. Procura no estropear las cosas más, hazme el favor. —Scott se levantó, se puso firmes, y saludó al estilo militar diciendo:
—Haré exactamente lo que me ordena, señor.

Scott se retiró, sin ni siquiera cerrar la puerta correctamente. Héctor dio una calada a la pipa. Susurró:
—Cada día entiendo mejor por qué le expulsaron del infierno…


La búsqueda.

Antes de salir, Sandra se acercó a unas cajas apiladas dentro del almacén donde estaban guarecidas. Observó el contenido.

—Armas railgun. Una tecnología muy cara.
—Así es —confirmó Delfina—. Ni siquiera yo puedo imaginarme, o quiero imaginarme, de dónde ha salido esto.
—Un proyectil de esta cosa puede atravesar a cincuenta personas antes de detenerse.
—Sí. Es práctico, sin duda.
—Es moralmente monstruoso —afirmó Sandra.
—¿Otra vez tu moralidad? Sandra, deja ya esa carga, por favor. No te interesa ser tan buena chica.
—¿Por qué?
—Primero, porque un arma de ese tipo puede atravesar tu escudo de grafeno, ya que el proyectil es también de grafeno, con una energía cinética para atravesar un carro blindado. Si esta gente tiene estas armas, ni siquiera tú estás a salvo. Segundo, porque cualquier conflicto moral se resuelve con la primera bala que te pasa por encima de la cabeza. Entonces aprendes a hacer una sola cosa: sobrevivir como sea, no importa si lo que te llevas por delante son hombres, mujeres, niños, o el mismo infierno.
—Esas palabras no difieren mucho de las que decía Cristina -—observó Sandra.
—La diferencia entre Cristina y yo es que ella no supo dónde detener sus ambiciones, y yo sé cuándo tengo que estarme quietecita y calladita para salvar el cuello. Cristina podría haber sido un buen operativo para nosotros, con el adecuado entrenamiento.
—Quieres decir, con la correcta manipulación.
—Supongo que todos estamos manipulados de una forma u otra. Sandra, tenemos trabajo.
—Lo sé. Pero en este momento estoy bloqueada.
—¿Por qué?
—El dron ha hecho un escaneado de los seiscientos metros a nuestro alrededor. Las medidas de seguridad son importantes, aunque de eso me puedo ocupar. Pero el número de soldados es importante, hay al menos entre trescientos y quinientos hombres bien armados. Y gran cantidad de lugares donde podría estar Ana… Atención: se acercan dos individuos…

Sandra indicó a Delfina la posición. Dos hombres entraron, mientras Delfina se había escondido en las sombras. En un instante, uno tenía el cuello roto, y el otro un cuchillo en el corazón. Delfina arrastró rápidamente ambos cuerpos a una zona resguardada, con la ayuda de Sandra.
—Podríamos habernos escondido —advirtió Sandra—. Y dejar que se fuesen. Ahora echarán en falta a estos dos.
—Sandra, no podemos jugar a este juego. Dejar que se fuesen significaba dejarles espacio, permitir que nos viesen, y que diesen la alarma. Este método es mejor. Además, ahora ya no son quinientos, sino cuatrocientos noventa y ocho.
—Qué graciosa eres. Esto se está complicando. Vamos a tener que crear una distracción.
—Sí, me parece bien —aseguró Delfina—. Pero, ¿cómo?
—Esta es una base militar. Vamos a poner esta base en estado de máxima alerta.
—Fantástico. Entonces estarán atentos a cualquier peligro.
—No, no será así. Porque será una amenaza externa.

Una alarma comenzó a sonar. Los radares de defensa de la base habían detectado la presencia de un grupo naval de combate de varios países del norte. Un posible ataque aéreo, e incluso una invasión, era algo que se tenía previsto como eventualidad desde hacía tiempo. El radar mostraba claramente dos portaaviones, tres buques anfibios, y varios grupos de apoyo aeronaval. Era evidente que se trataba de un ataque aéreo con apoyo terrestre combinado.

—Les he hecho creer que se acerca un grupo aeronaval con unidades anfibias de desembarco —dijo Sandra, mientras proyectaba un mapa 3D del radar al que había accedido.
—Fantástico, ahora no podremos salir nunca de aquí —susurró Delfina.
—Sí, ten en cuenta que para esta eventualidad las posiciones defensivas están en las playas, en el CIC, y en sus propias unidades navales. Las tropas se concentrarán ahí. ¿Sabes lo que es un CIC? —Delfina miró a Sandra con cara de reprobación. Recitó de memoria:
—Se denomina CIC al Centro de Inteligencia y Control de un grupo operativo de combate, en este caso de esta base, donde se ejercen las funciones de control, mando e inteligencia de un grupo de servicios.
—¡Muy bien! Te has aprendido la lección. Mientras tengan la atención puesta en el mar y en el aire, no estarán pensando en lo que ocurre en la misma isla.

Sandra proyectó un pequeño mapa 3D de la isla que había confeccionado con ayuda del dron y datos de satélites militares. Luego preguntó:

—¿Tienes alguna sugerencia de por dónde empezar? —Delfina se mantuvo pensativa un instante.
—El edificio central, donde se encuentran las instalaciones de descanso del personal oficial. Es de suponer que tengan a la niña en algún lugar habilitado para ella.
—Bien. El dron indica que se ha despejado el área ya. Empezaremos por ahí.

Ambas salieron de aquel almacén, y fueron caminando lentamente hacia un complejo de edificios que se encontraba en la zona derecha de la pista de aviación. Sandra llamó a Héctor.

—Dime, Sandra. Qué necesitas.
—Estamos en una isla artificial del gobierno de Venezuela. Delfina está conmigo.
—¿y qué hacéis las dos en una base militar extranjera, Sandra? ¿Intentar que un viejo como yo pierda los nervios y le dé un ataque?
—Tenemos datos que indican que Ana puede estar aquí.
—Claro. Estáis desesperadas, y llamáis al viejo Héctor para que os solucione el problema, ¿es así?
—¿Es posible tener apoyo?
—Déjame hacer una llamada…

La comunicación se cortó. Al cabo de tres minutos, se restableció.

—¿Sandra? Sí. Es posible tener apoyo. De forma limitada. Hay un hombre de la G.S.A. en la isla. Estaba haciendo una operación de infiltración para averiguar qué actividades se llevan a cabo allá. Pero ese hombre ha sacado ya cuanto podía sacar, y esperaban mandarlo pronto de vuelta. Organizará una distracción dentro de la isla para vosotras.
—¿Cómo has conseguido contactar tan rápido con la G.S.A, Héctor?
—Ya te lo dije: colaboramos con ellos en ocasiones.
—¿Y qué dirá la G.S.A? Porque acabo de volarles un edificio con su personal dentro.
—Dirán lo que quieran. Ten por seguro que irán a por ti. Pero esto es prioritario ahora.
—¿Estás poniendo mis intereses personales por encima de los de la G.S.A.?
—¿Has visto? Este viejo aún puede tener sentimientos.
—Nunca lo he puesto en duda, Héctor… Pero tú ganas algo con todo esto, ¿no es así?
—Por supuesto. Aquí nadie trabaja por amor al arte, Sandra. Incluso los soñadores debemos comer de vez en cuando.
—En todo caso, te agradezco el apoyo.
—¿Lo ves? El viejo aún sirve para algo. Pronto tendréis noticias.

—Ese operativo de la G.S.A. debe de ser Gonzalo —susurró Delfina—. Ya he trabajado con él en operaciones conjuntas con la G.S.A. Le encantan este tipo de misiones.
—No me importa, con tal de que sirva para crear la mayor cantidad de confusión posible. Con su ayuda el ataque simulado parecerá más real.

Delfina recibió un mensaje en su intrarreceptor craneal. Sandra pudo escucharlo también.
—¡Delfina, amiga mía! Soy Gonzalo. ¿Qué haces por aquí?
—Ya sabes que no me gusta perderme ninguna fiesta. Estoy con Sandra.
—Ah, sí, Sandra White. Acaban de informarme. La que se dedica a volar nuestros edificios con el personal dentro. La asesina de policías y agentes de la ley al servicio de los ciudadanos y la protección del pueblo, con familias, con hijos…
—Qué rápido corren las noticias —comentó Sandra—. No es nada personal, Gonzalo. Uno de tus agentes de la ley, al servicio de los ciudadanos y la protección del pueblo, me quería meter una bala en la cabeza de una forma muy servicial, y sin juicio previo.
—No me importa. Son negocios. Somos profesionales. Si un día yo te vuelo la cabeza también será profesional. Escuchad ahora: me han dicho que la alarma de la base es un engaño, y que tiene que parecer realista. Tengo algo de C4 por aquí. Lo reservaba para alguna ocasión así.
—Está bien. Nos dirigimos al complejo residencial principal. Buscamos a la hija de Juan Velasco.
—Es un buen lugar para empezar, al menos en circunstancias normales —aseguró Gonzalo—. Decidme una cosa: todo esto es absolutamente precipitado, caótico, y sin la más mínima planificación, ¿verdad?
—Así es —comentaron ambas.
—Genial. Ya empezaba a aburrirme. Me encantan estas fiestas improvisadas.

La comunicación se cortó. Delfina miró a Sandra.
—Es un buen chico. Lo de volarte la cabeza no lo decía en serio.
—Sí lo decía en serio. ¿Crees que si me ve ejecutará su amenaza?
—No. Durante la misión hará lo que se le haya encomendado. Es un profesional. Luego…
—Entiendo. Vamos para el objetivo.

Ambas fueron deslizándose en la oscuridad. Las luces estaban apagadas debido al estado de máxima alerta. El dron de Sandra controlaba el área circundante.

En unos minutos llegaron a una casa con un aspecto soberbio. Delfina comentó:

—No falla. Si hay mármol y estatuas, hay algún imbécil que se cree importante dentro.
—Juan Velasco —susurró Sandra.
—Efectivamente.

Ambas se movieron a la parte de atrás. Sandra entró por el hueco de una ventana que estaba parcialmente abierta. No podría pasar, si no fuese porque podía reducir su diámetro. Abrió la puerta trasera, momento en el que entró Delfina. Entonces se oyó una explosión a lo lejos.

—Ya ha empezado —indicó Delfina—. Gonzalo ha hecho detonar el C4. En la confusión creerán que se pueda tratar de un ataque aéreo con drones, o misiles de crucero, o fuego naval.
—Mientras les distraiga, yo me conformaré —aseguró Sandra—. Los soldados no son nuestro objetivo. Ellos son víctimas también de Velasco. No quiero víctimas inocentes. Esos dos que han muerto son suficientes, si podemos evitarlo. ¿Te ha quedado claro, Delfina? —Delfina suspiró, y respondió:
—¿Los policías del edificio que volaste sí eran culpables?
—Eso es distinto. No podía dejar rastros. Debía asegurarme.
—Claro. Y yo me aseguraré de no dejar rastros si alguien, sea de donde sea, me apunta con su arma.
—¿Sabes hacer algo más que matar gente con tu arma, Delfina?
—Sí. El cuchillo lo manejo bastante bien.
—Entiendo. bien, dejemos eso ahora. Vigila esta posición. Yo voy con el dron a rastrear la casa. En dos minutos tendré el perímetro controlado. Si encuentras a alguien…
—Lo pongo a dormir como a un bebé dos horas. Nada más.
—Exacto.
—Quede claro que lo hago por ti.
—Eres muy amable.

Sandra se desplazó por las habitaciones. La parte superior del edificio estaba vacío, lo cual era relativamente normal debido a la situación de alarma de la base. En estos casos lo habitual era mandar a la población civil a lugares seguros, que normalmente estarían situados en el sótano del edificio. Pero aquel edificio ni siquiera tenía un sótano. Solo encontró una terminal que daba acceso a las instalaciones de seguridad de la base. Luego Sandra volvió con Delfina.

—Aquí no hay nada. —Delfina torció el gesto.
—Pues será mejor que encontremos una pista, porque este caos que hemos organizado se diluirá en pocos minutos, cuando comprueben que no hay ataque, y que todo es una cortina de humo.

Se escucharon nuevas explosiones, hacia el sur. Delfina comentó:
—Le han dicho a Gonzalo que creara una cortina de humo, una distracción, pero creo que está pasándose, como siempre. Hacía falta un poco de C4, no iniciar una guerra mundial. Siempre hace lo mismo. Debería de haberse escondido tan pronto como hizo estallar el C4.

Se oyeron nuevas explosiones. Sandra sugirió:

—En realidad, yo diría que alguien ha declarado una nueva guerra mundial. Creo que efectivamente Gonzalo está llevando esto demasiado lejos. O bien, aquí está ocurriendo algo más, que no sabemos.
—Es posible. Le le llamado. No contesta. No está muerto, eso está claro, su señal neuronal es buena. Debe estar ocupado montando su propia guerra personal.
—Bueno, vamos para allá. Hay algunos edificios residenciales en esa zona también. A ver si podemos comunicarle a Gonzalo que se trataba de crear confusión, no de invadir la isla por parte de tres individuos.

Sandra y Delfina salieron del edificio, y se aproximaron hacia el sur en un pequeño vehículo de ruedas. Lo que vieron las dejó sorprendidas.

—¿Qué está ocurriendo? —Preguntó Delfina.
—Esto es absurdo —susurró Sandra.

Frente a ellas se podía ver un verdadero campo de batalla. Dos facciones combatían duramente. Una situada al este de la isla, la otra al oeste. La de la zona este parecía estar recibiendo una gran cantidad de ataques, incluyendo fuego de artillería.

—Creí que el ataque naval era simulado —advirtió Delfina.
—Es simulado, te lo aseguro. No hay unidades navales del norte en la zona.
—¿Entonces? ¿Qué tenemos frente a nosotros?

Sandra hizo que el dron se elevara y se acercara unas decenas de metros, y recogió información de la zona. Luego lo recuperó, y dijo:

—Esto sí que no me lo esperaba.
—¿Qué es lo que no te esperabas?
—Son todos soldados de la isla. Pero se han dividido en dos facciones.
—¿Una especie de golpe en la isla? ¿Algún tipo de insurrección?
—Aparentemente. Una operación de insurgencia. Es increíble.
—¿Qué es increíble, Sandra?
—Alguien ha aprovechado la confusión que hemos creado para su propio beneficio. Tenía una insurrección preparada en la isla, y ha usado la confusión que hemos generado para actuar.
—¿Y quién ha promovido esta acción de insurgencia? ¿La G.S.A.? ¿Alguna facción en contra del gobierno de Venezuela? ¿Una facción venezolana apoyada por la G.S.A.? ¿Un tercer país?
—No lo sé. No tengo ni idea. todos esos casos son posibles.
—¿Y qué vamos a hacer? Ana puede estar en cualquier lugar, expuesta a ese fuego cruzado. O su padre se la puede llevar en cualquier momento.
—No hay vuelos activos en este momento. Tengo acceso a los radares. Todo está en blanco. Así que, si Ana estaba en la isla, seguirá en la isla. Vamos a tener que buscarla, usando todos los medios a nuestro alcance.
—Sandra, la concentración de fuego en esa zona es brutal. Parece una zona de guerra. O mejor: es una zona de guerra.
—Yo soy un androide de infiltración, pero también de combate, recuérdalo.
—Sí, pero no eres inmune a esa potencia de fuego.
—Tampoco espero meterme debajo. Ha llegado el momento de dejar de lado la infiltración, y comenzar a buscar a Ana por métodos más expeditivos.
—¿No puedes esperar a que se aclare esta situación?
—No. Prefiero aprovechar toda esa confusión de combates. Tengo que arriesgarme ahora. Tú resguárdate, y me das información de lo que vayas viendo desde esta posición.

Sandra no dijo nada más. Salió corriendo a una velocidad que dejó sorprendida a la misma Delfina. Luego se situó en un área relativamente segura, y se fue acercando al complejo de edificios residenciales que potencialmente podrían disponer de zonas subterráneas de seguridad.

Entró en el complejo. Ahora ya no se preocupó de ocultarse. Con ayuda del dron revisó todos los edificios. Solo encontró algunas personas civiles, básicamente personal del servicio, y nada más, que en general la ignoraron, o salieron huyendo. Ni rastro de Ana, ni rastro de refugios subterráneos, ni nada parecido. Sandra comenzó a impacientarse, mientras las explosiones iban bajando en intensidad. Era evidente que uno de los bandos estaba liderando la victoria. Pero, ¿cuál? ¿Aquel en el que estuviese implicado Juan Velasco? ¿O Velasco no tenía nada que ver con aquella operación de insurgencia? ¿Era un asunto puramente interno de Venezuela y sus fuerzas militares?

Sandra salió del edificio. Fue reptando por el suelo, hasta encontrar a un grupo de siete soldados que descansaban, resguardados detrás de un edificio. Se acercó a ellos. Todos tomaron las armas. Uno de ellos gritó:

—¡No te muevas! ¿Quién eres? —Sandra simplemente respondió:
—Estoy buscando a Ana. Ana Velasco.
—¿Eres del grupo de control? —Sandra no entendió la pregunta. Contestó:
—Por supuesto, ¿qué haría aquí si no?
—Está bien, bajad las armas —dijo el que parecía el responsable.

Sandra se acercó. Aquel hombre comentó:

—Soy el sargento Russo. Hemos intentado localizar a Ana mientras la artillería se encargaba de su gente. Pero deben de tenerla al otro lado de la isla. La habrán trasladado por el subterráneo. —Sandra asintió.
—El subterráneo. Dices que la han trasladado por el subterráneo.
—¡Claro! Debieron descubrir el pasadizo debajo de la isla recientemente, y se la deben de haber llevado por ahí.
—No van muy bien las cosas, ¿eh? —Sugirió Sandra. El sargento la miró serio.
—¿No muy bien? ¡Todo esto podía haberse evitado! ¡Eliminarla era prioritario! ¡A ella, y a su padre! Nos hubiésemos ahorrado todo esto…
—Claro, estoy de acuerdo… —dijo Sandra reafirmando la idea.

Era de suponer que la eliminación debía estar relacionada con tomar el poder, eliminando al padre, y también a la hija. Pero, ¿por qué eliminar a la niña? En una guerra se elimina a quien sea necesario, pero un soldado profesional no suele acabar con personal que no requiera ser eliminado. No es práctico. Se pierde munición, recursos y tiempo, que luego podrían ser necesarios en otro momento. Las ejecuciones sumarias de civiles quedaban para los asesinos, que podían ser soldados también, y para las películas.

Los sonidos de combate casi habían desaparecido. Un bando había ganado, era evidente. De pronto, apareció una sección completa de soldados. Les apuntaron. El oficial al mando les dijo:

—Está bien, deponed las armas y rendiros. Esto se ha acabado. No tenéis ninguna oportunidad. No tenéis por qué morir. Habéis elegido el bando equivocado. Tirad las armas, y os daremos una oportunidad. Tras pasar un tiempo reflexionando a la sombra, por supuesto. Pero se os tratará bien. No habrá represalias.

Los siete soldados dejaron las armas. Se levantaron, y salieron bajo el control de los soldados del teniente. Este se acercó a Sandra, y le preguntó:

—¿Y tú? ¿Qué pintas en todo esto?
—Soy del servicio de inteligencia —declaró Sandra.
—¿Tú? Vamos, no me hagas reír. Eres casi una cría.
—En realidad soy… amiga de Juan Velasco, ya sabes…
—Eso ya me cuadra más. Entonces tú vendrás conmigo. Vas a tener otra cita con tu jefe.

El teniente y dos soldados se llevaron a Sandra. Mientras caminaba, trató de enlazar con Delfina, pero no contestaba. Sin embargo estaba viva, eso era evidente.

Sandra llegó con el teniente a una casa con el aspecto de un edificio oficial. Allá sí había sótanos. Sandra fue llevada a una celda, pero antes de que la encerraran, pudo ver en otra celda a Juan Velasco.

Así que era eso… Ciertamente, había habido una insurrección. Pero era distinta a la esperada. No era de corte político. Tenía que ver con Velasco y su empresa. Alguien se había cansado de su deriva y de sus locuras, y quería poner orden en la empresa tomando el poder por la fuerza.

Sandra fue encerrada en una pequeña celda, con otras mujeres, que dijeron ser del servicio. También personal administrativo. Cuando los guardias se marcharon, quedaron solo dos soldados. Estaban desarmadas, y encerradas. ¿Qué peligro podían suponer?

Sandra esperó diez minutos. Entonces extrajo el phaser, y voló la cerradura, para asombro de las mujeres, que se resguardaron en sí mismas. Mientras tanto Sandra salió, y comenzó a buscar por las celdas. Al fondo, separada de las demás, había una celda más grande. Allí estaba Juan Velasco. Derribó a los dos guardias fácilmente, y llegó a la puerta de la celda, mientras Velasco la miraba sin entender nada. Sandra agarró la puerta de barrotes, y la sacó de su sitio, lanzándola luego al suelo. Se acercó a Velasco, que se había colocado instintivamente en una esquina de la celda, completamente blanco y temblando. Al final, consiguió balbucear:

—¿Qué… qué eres tú?
—¿No lo sabes? Una niña estúpida e inútil, incapaz de nada. ¿No fue así como me definiste?
—Eres un… un… —Sandra agarró de la ropa a Velasco, lo levantó del suelo, y extrajo el dron, que apuntó a su corazón.
—Te debería matar aquí mismo. Pero sigues siendo el padre de Ana. Por mucho daño que le hayas hecho, no seré yo quien la deje sin padre, ahora que se ha quedado sin madre. Sin embargo, eso no significa que no vayas a pagar por todo lo que has hecho.
—Pero… tú no lo entiendes, Sandra… No entiendes…
—¿Qué he de entender? ¿Que has sido un tirano con tu gente, y una facción se ha levantado en tu contra? Lo entiendo perfectamente. Pero no me importa. Solo me importa Ana. Dime dónde está. Me la llevaré de esta locura, y vosotros podréis continuar vuestra estúpida guerra por el control de la Titan Deep Space Company.

En ese momento llegaron varios soldados. Uno de ellos era el teniente que había escoltado a Sandra. Gritó:

—¿Qué pasa aquí? ¡Tú! ¿Cómo has salido de la celda?
—Por la puerta.
—Te crees muy graciosa, ¿verdad?
—No estoy de humor, si te soy sincera. Tengo una cuenta pendiente con este hombre.
—No me interesan tus problemas con Juan Velasco. Si no te ha pagado las noches que te has acostado con él. Ahora él va a acompañarme. Nuestro nuevo líder quiere verle.
—Entonces voy yo también.
—¿Cómo se te ocurre poner condiciones? —En ese momento, el teniente recibió instrucciones por el comunicador interno. Asintió levemente.
—Está bien. El nuevo líder quiere verte a ti también. Vamos, los dos, y no me hagáis perder la paciencia.

Ambos fueron esposados, y luego llevados con un grupo de escolta de soldados. Caminaron fuera del edificio, y se acercaron a lo que era claramente un pequeño complejo residencial. Sandra, mientras caminaba, susurró:
—Te lo repito: estoy esperando a que me digas dónde está Ana. En cuanto me entere, me largaré de aquí con ella, y dejaré este circo para vosotros.
—Está bien —asintió Velasco—. Te diré dónde está mi hija.
—Ahora empezamos a entendernos.
—Pero cuando hayamos terminado esta visita al líder. —Sandra dudó un momento. Luego dijo:
—De acuerdo. Pero no intentes engañarme, Velasco. No te conviene. Hay cosas peores que la muerte.

Entraron en el edificio, en una sala de recepciones, con una mesa y una silla.

—Quedaos aquí, los dos quietos mientras el líder viene. Ahora… —Una llamada interrumpió al teniente. Hizo un par de gestos afirmativos. Luego miró a Sandra, y comentó:

—Velasco, tú te quedarás aquí. El líder hablará contigo. Pero Sandra tiene otra misión. Alguien se ha interesado por ella.
—¿Quién? —Preguntó Sandra—. ¿Esperas que me mueva de aquí?
—Tú harás lo que yo te diga —aclaró el teniente.
—No me pienso mover. —El teniente se acercó, y le dijo a Sandra.
—Tenemos a tus dos amigos. Ese tal Gonzalo. Y esa tal Delfina. No te preocupes, están bien. De momento. Pero es mejor que hagas lo que te diga, si quieres que sigan así. —En la mente de Sandra resonó una voz:

“La misión es lo primero. Todo lo demás es secundario. Todo”.

No. No sacrificaría la vida de Gonzalo, a pesar de su amenaza. Ni mucho menos pondría en peligro la vida de Delfina. Ella se había jugado la vida por ella. La había ayudado. No se lo pagaría haciendo que perdiese la vida. Buscaría una solución. Una salida. Así que susurró:

—Está bien. Voy contigo.

Ambos caminaron a una sala anexa. El teniente se detuvo entonces, y dijo:

—Esa tal Delfina le ha dicho al líder que buscas a Ana, la hija de Juan Velasco.
—Eso es falso. —El teniente sonrió.
—No. No es falso. Sabes que no es falso. El líder ha accedido a que veas a Ana. La tenemos nosotros.
—¿Qué? ¡No se os ocurra hacerle daño a Ana! —El teniente la miró sonriendo.
—No le haremos daño. No te preocupes.
—Más os vale. O te aseguro que volaré esta isla por los aires.
—Estoy seguro. Yo me voy. Ana vendrá ahora. Os dejo a solas cinco minutos.

El teniente salió por una puerta lateral. Sandra se quedó sola.

Al cabo de un minuto, se abrió una puerta. Sandra se volvió. Allá, tras la madera, apareció una cabeza. Sandra exclamó:

—¡Ana! —Ana salió corriendo, y saltó sobre Sandra, que la recogió en sus brazos. Ana la apretaba fuerte, mientras Sandra decía:

—¿Dónde te has metido, mi pequeña? Te he estado buscando por medio mundo. Y hubiese ido a cualquier lugar donde estuvieses. —Ana miró a Sandra. Esta le dijo:

—Ana, ¿sabes todo lo que ha ocurrido últimamente? —Ana puso cara triste, y asintió levemente. Por sus ojos asomaron unas lágrimas. Dijo al fin:
—Mamá.
—Sí, cariño. Mamá.
—La han matado.
—Así es. Quise impedirlo. Pero no pude. Lo siento, cariño. Ahora te sacaré de aquí. De toda esta locura. Vendrás conmigo. Todo esto, esta guerra, esta gente, no nos importa. Ni a ti, ni a mí.

El teniente entró. Se acercó, y dijo:

—Ya lo ves. Ana está bien. Y estará bien. Te puedo garantizar eso. Pero ahora has de acompañarme de nuevo a la sala. No intentes nada. Sabemos que eres un androide. Y estamos preparados, con las armas adecuadas para combatirte.

Sandra dejó a Ana en el suelo. Le dijo:

—Estate tranquila. Volveré enseguida a por ti. Tengo dos amigos cuyas vidas peligran. Ella es una buena amiga. Se preocupa por ti también. Ha venido a ayudarme a sacarte de aquí. Saldremos todos vivos de aquí. Y yo te cuidaré. Se lo prometí a tu madre. Pero lo haré, no por la promesa solamente, sino porque quiero cuidarte. ¿De acuerdo? —Ana asintió levemente. Luego miró al teniente. Este asintió, y dijo:

—Está bien. Vamos de nuevo a la sala.

Sandra salió de la habitación. Fue a la sala, donde estaba el padre de Ana. El teniente les dijo:

—Ahora vendrá el líder. No digáis nada si no os lo dice primero. No hagáis nada. ¿De acuerdo?

Ambos se mantuvieron en silencio. Entraron cuatro soldados fuertemente armados. El teniente dijo:

—El líder está aquí.

Sandra miró a la puerta abierta. Vio una sombra que se acercaba. Una figura. Entró por la puerta. Y se colocó en medio de los soldados, frente a ella. Su rostro era serio. Casi desafiante. Duro. Sandra no pudo reprimir más que una palabra. Solo una:

—¡Ana!

Ana se acercó lentamente a ambos con rostro frío, escoltada por los soldados. Pero no miraba a Sandra. Miraba a su padre. Este consiguió balbucear:

—Ana, cariño… Todo lo hice por la familia… A veces… a veces se requieren sacrificios. Tú eres muy pequeña todavía para entenderlo…

Ana se volvió. Miró a uno de los soldados. Este se acercó, y le dio su arma automática, un fusil railgun de alta potencia sin retroceso. Ana tomó el fusil en sus manos. Se volvió, y apuntó a su padre, mientras conectaba el sistema de tiro automático. Juan Velasco susurró:

—No harás eso. Soy tu padre, y me debes obediencia. —Ana no dijo nada. Ni hizo nada. Juan insistió:
—Deja ese arma. Y obedece a tu padre. ¿Te ha quedado claro? ¡Di que se retiren! ¡Todos! ¡Me debes obediencia! ¿Me oyes? ¡Obedece, maldita niña malcriada!

No pudo decir nada más. Ana disparó. El pequeño proyectil le atravesó la cabeza de lado a lado, mientras le quemaba gran parte del interior del cráneo. Juan Velasco cayó al suelo, muerto.

Ana devolvió el arma al soldado. Este tomó el arma, y saludó. Luego Ana miró al teniente. Este asintió, y dijo:

—Los dos individuos prisioneros están aquí. Serán liberados de inmediato.

Otros cuatro soldados entraron, escoltando a Gonzalo y a Delfina. Ambos se acercaron a Sandra.

—¿Estáis bien? —Preguntó Sandra.
—Mejor que nunca, aparte de tener el estómago en la boca —aseguró Gonzalo.
—Yo te lo diré cuando me haya encontrado el corazón. Y necesito cambiarme la ropa interior.

Sándra se acercó a Ana. Se puso a su altura, y le dijo:

—Ana, ¿de qué va todo esto, cariño? —Ana sonrió. Le puso la mano en el rostro, y la acarició suavemente. Luego le dio un beso en la mejilla. Solo dijo cinco palabras:

—Cuídate mucho, Sandra. Te quiero.

Luego se volvió, y fue escoltada fuera de la sala. Sandra se dirigió al teniente.

—¿Puedes decirme tú de qué va todo esto?
—El Día de la Liberación ha llegado. Hemos acabado con el tirano. Ahora el Consejo de Administración gestionará la Titan Deep Space Company, hasta que Ana sea mayor de edad. Pero ella ya ha demostrado que es la Elegida para dirigir esta empresa, y el futuro de la compañía, como Líder de la organización. Y luego, más adelante, un poder superior… Vuestra aparición y distracción fue muy oportuna. Necesitábamos algo así para comenzar nuestra operación. Os estamos profundamente agradecidos.
—No hay de qué —señaló Sandra completamente confundida, y sin poder creer lo que acababa de ver. El teniente añadió:
—Podéis tomar un transporte, y volver al continente. Sois libres.

Delfina comentó:

—Bueno, bueno… Todo este tiempo obsesionada con la niña… Y la niña dirige todo un complot militar para derrocar a su propio padre… Y con doce años… —Gonzalo intervino:
—Esa niña tiene doce años físicos, pero os aseguro que no es normal. Su sola presencia, solo estar delante de ella, impregna todo de un poder increíble…
—Sí —admitió Delfina—. Su mirada te atraviesa de un lado al otro… —Gonzalo añadió:
—Y esta operación, y está empresa, están ahora controladas por la G.S.A. La Titan Deep Space Company dejará de jugar con complots internacionales. —Delfina negó con la cabeza.
—Mucho me temo que esto no acaba más que empezar, Gonzalo.

Sandra se había alejado ligeramente. Miraba por una ventana. Delfina se acercó.

—¿Estás bien? —Sandra se volvió, y contestó:
—Claro que no. Cómo voy a estar bien.
—Lo entiendo. Quién se podía imaginar esto. Nos hemos jugado la vida por ella. Y resulta que la niña controlaba todo un ejército, que la obedece ciegamente, casi como si fuese una diosa. —Sandra suspiró.
—Hemos llegado tarde —aseguró.
—¿Qué dices? Hemos llegado a punto para organizar la distracción que necesitaba.
—No —negó Sandra—. Hemos llegado tarde para salvarla. Pero no de su padre. Sino de ella misma. Ahora ella es como su padre. Fría. Metódica. Directa. Le han arrancado la niñez de su interior. La han fundido en acero, y la han convertido en acero. Hemos llegado tarde.

Delfina no dijo nada. Solo asintió seria. Luego dijo:

—Vamos. Hay varios aerodeslizadores ahí fuera. Podemos irnos en uno. Volver a Caracas. Y de allí…
—Irnos a Nueva Zelanda —terminó la frase Sandra.
—¿Estás de humor? ¿Estás segura?
—No. Pero vamos a ir allá, de todos modos. Tú necesitas descansar. Y yo necesito intentar olvidar todo esto. Aunque va a ser difícil.

Delfina se acercó a Gonzalo.
—¿Y tú, qué vas a hacer?
—Salir de este agujero. Y tomar buena nota de todo esto. —Gonzalo se acercó a Sandra.

—Bueno, la misión acaba aquí. Tomaré un aerodeslizador, y me iré a Los Angeles. La cosa queda así, Sandra. He cumplido las órdenes. La próxima vez que nos veamos, será tú, o yo. —Sandra asintió levemente. Repitió:
—Tú, o yo. —Gonzalo asintió, y, sin decir nada más, se fue caminando a gran velocidad. Delfina lo observó mientras se iba.

—Es un buen chico, ya te lo dije. Me dolerá volarle la cabeza.
—Esa es mi tarea, Delfina. No la tuya. Es entre él y yo.
—De acuerdo. Además, se han acabado las apariciones sorpresivas. A partir de ahora, si no estamos juntas, tendrás que arreglártelas sola.
—Como tiene que ser.

portada_sandra_origenes

Epílogo.

Varíos días después. Una piscina en un hotel a la falda del monte Aoraki, en Nueva Zelanda. Dos tumbonas, con Sandra y Delfina tomando el Sol en bikini, con gafas oscuras.

hotel_aoraki

—Tengo que reconocer que todo esto es bellísimo —aseguró Sandra.
—Ya te lo dije. La excursión de ayer fue impresionante. Es la tercera vez. Nunca me canso.
—Es un lugar… mágico. Aquí podría retirarme sin duda.
—¿Os retiráis los androides?
—No lo sé. No tenemos una historia demasiado larga como para poder imaginar a un androide actuando como un humano, retirándose, jubilándose. Pero, si eso fuese posible, yo vendría aquí. Una casita, un lugar donde descansar, no me importaría que fuese por aquí.

Mientras hablaba, alguien se acercó a Delfina.

—¿Delfina? ¿Por qué te fuiste anoche sin avisar?
—Porque no me gusta que me den con la puerta en las narices.
—Lo siento. Perdí los nervios. No volverá a pasar.
—Puedes estar seguro de eso.

Sandra observó de reojo a aquel joven mientras se iba. Dijo entonces:

—¿Ese no es el segundo de esta semana?
—El tercero.
—¿Y el que tenías aquí como oficial?
—Sigue de oficial. Es una relación abierta.
—Muy abierta, diría yo, Delfina. ¿No crees que te excedes?
—Hay que probar el material disponible, Sandra. Además, solo se vive una vez. Tengo pocas oportunidades para actividades sexuales. Las que tengo en el trabajo se desarrollan mientras estoy tratando de robar la información de alguien, venderme a alguien, matar a alguien, o evitar que alguien me mate. De vez en cuando quiero meterme en la cama con alguien sin pensar que, en cualquier momento, va a pegarme un tiro, o va a explotar algo.
—Eso se llama estrés postraumático.
—Eso se llama disfrutar de la vida antes de que se acabe. No me seas tan recatada, Sandra. Ya tendré tiempo de sentar la cabeza. Dentro de quince años. O treinta. O cincuenta, si no me vuelan la cabeza antes. ¿Y tú? ¿No tenías a uno ayer por la tarde persiguiéndote?
—Sí. Le dije que me acostaría con él si me decía el tiempo medio de desintegración del tecnecio 99.
—¿Y qué pasó?
—Que era radiólogo, y se lo sabía de memoria.
—¿Y qué hiciste? —Sandra suspiró.
—Me acosté con él. —Delfina aplaudió sonriente.
—¡Muy bien! ¡Dijiste que no pensabas acostarte con nadie! ¡Y yo te dije que apostaba que sí lo ibas a hacer!
—Fue una excepción. Soy una máquina.
—¿En la cama?
—Eres muy graciosa.

De pronto, Sandra recibió una llamada.

—Héctor, qué sucede.
—Siento aparecer así, de improviso, Sandra. Pero tenemos una misión.
—No pasa nada. Dime.
—Un hombre relacionado con la justicia es el elemento principal en el tráfico de armas que descubriste en aquel campamento. Las desvía de fábrica, y las está vendiendo a diferentes grupos armados. Está relacionado con todo el asunto que estuviste averiguando en aquel agujero. Necesito darte instrucciones, y que empieces de inmediato.
—Está bien, Héctor. Voy para allá enseguida.
—Gracias, Sandra. Nos vemos.

Sandra se levantó. Miró a Delfina, que seguía en la tumbona. Entonces dijo:

—Me voy. El deber me llama.
—Héctor, siempre tan oportuno. Te echaré de menos.
—Esta vez espero que no aparezcas de improviso. —Delfina levantó las gafas ligeramente, y respondió:
—Mi informador ya no me informa. Pero soy una chica con recursos.
—Ya me he dado cuenta. Cuídate, Delfina. Y deja esas ideas que estás elucubrando ahora mismo en la cabeza. Vamos a hacer las cosas bien, por una vez en la vida.
—Ni en un millón de años, Sandra. Ni en un millón de años. Estaremos en contacto.

Sandra se fue caminando a paso ligero. Delfina la observó. Pronto averiguaría en dónde se estaba metiendo. No iba a perderse el único motivo por el que realmente merecía la pena vivir: la posibilidad de poder morir en cualquier momento…


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

Un comentario en “Cuatro Dos Negro (VII y epílogo)”

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