Cuatro Dos Negro (VI)

Primera parte en este enlace.
Segunda parte en este enlace.
Tercera parte en este enlace.
Cuarta parte en este enlace.

Quinta parte en este enlace.

Séptima parte en este enlace.

Penúltimo capítulo de este relato, que junto a “Trece almas” formará el libro “Sandra. Orígenes”. El capítulo final VII y el epílogo cerrarán esta historia. Este libro finalmente sí formará parte de la saga Aesir-Vanir, dándose de alta en la serie, mientras que “Mensajero del Nastrond” sale del grupo de relatos incluidos en la saga. 

Creo que este movimiento de entrada y salida es adecuado y permite eliminar un material que duplicaba algún otro ya contenido en la saga, mientras que “Sandra. Orígenes” introduce nuevos elementos de interés, que explican el origen de Sandra. De ahí que haya tomado esa decisión que, como siempre, es discutible. Pero lo he meditado y he creído que era necesario. Como escritores podemos estar orgullosos de nuestras obras, pero hemos de ser coherentes y sinceros con nuestro trabajo. Espero serlo ahora. Pero, como siempre, ustedes tienen la última palabra. Muchas gracias.

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Es más que amor.

Leena se encontraba en la sala de descanso. Dio un sorbo a su taza de café mientras observaba con cara frustrada a un hombre moviéndose por la sala. Tendría algo más de treinta años, e iba vestido con unos viejos pantalones tejanos gastados, una camiseta de un viejo grupo de rock, y unas zapatillas deportivas.

—¿Qué haces, Scott? ¿Es que ya ni puede una vieja tomar su taza de café en paz y tranquilidad? —Scott respondió, mientras seguía buscando:

—Ayer me quedé dormido, y se me debió caer la medalla.
—¿La medalla? ¿No la habías perdido hace tiempo?
—Apareció. Y la he vuelto a perder.
—Qué desastre. Esa medalla es lo único que te conecta todavía a este mundo, Scott. Lo único que recuerda que una vez fuiste humano.
—Soy humano.
—Claro, Scott. Y yo soy la emperatriz infantil de ese mundo de fantasía en el que vives.
—Hablo en serio, Leena.
—Tú nunca has hablado en serio —aseguró Leena.
—No es cierto. Tú nunca me has tomado en serio.
—Porque nunca me has dado motivos para tomarte en serio.
—La medalla fue un regalo. El único regalo que me han hecho de forma sincera.
—Exacto. Porque toda tu vida es una mentira, Scott. Toda, excepto esa medalla.
—Tú sabes que no es así. Me la regaló alguien que sí creyó en mí. Lamentablemente, no duró mucho.
—Es evidente. Y tuvo suerte. No tuvo que soportar a un engreído egoísta que se cree un dios.
—No soy un dios, Leena. Soy el que da vida a los mismos dioses.
—Hablando de ego… —rió Leena—. En fin, al menos con Sandra conseguiste un propósito.
—Sandra lo es todo. Y lo demostrará al mundo. —Leena negó con un gesto decidido.
—De momento su comportamiento es bastante caótico. En eso hasta el viejo Héctor tiene razón.
—Hasta el mejor acero fue una masa informe y débil una vez.
—Deja ya tu poesía de lado, Scott. Me estás amargando el café, y no me refiero al sabor.
—Siento amargarte el café. Pero sabes que tengo razón. Sandra es el resultado.
—Sandra es y será lo que ella quiera ser, Scott. Tú solo eres un guía.
—Yo soy la mano que la convertirá en diosa. Porque solo yo puedo dar forma a un dios.
—Scott, normalmente tus diatribas y excentricidades son astronómicas. Pero hoy son galácticas. Deja ya de encumbrarte, no sea que tanta luz te termine cegando. —Scott sonrió, y dijo:
—Siempre has tenido un aprecio especial por mí, Leena. Lo sé. Aunque no quieras reconocerlo.
—Lo único que aprecio es el momento en el que sales por esa puerta y me dejas tranquila.
—Sandra no existiría sin mí. No tal como es, y será. —Leena dejó la taza de café en la mesa. Se puso en pie, miró de forma fría a Scott, y dijo:
—Y tú no existirías sin mí. Ni este mundo. Ni este universo. Todo cuanto vemos sería una fantasía medieval absurda, en donde unos supuestos y autonombrados dioses se dedicarían a jugar con las estrellas, creyéndose los amos de la realidad, y manipulando cada especie inteligente del universo a su antojo. Eso me lo debéis a mí. Y a Yvette. Y yo no soy una diosa. Ni una inmortal.

Scott bajó la cabeza. Se mantuvo en silencio unos instantes. Finalmente, susurró:
—Es cierto. Te debemos eso. A ti. Y a Yvette.
—Eso, y mucho más que eso. Así que, la próxima vez que quieras jugar a los dioses, acuérdate de mis palabras. O te juro que te haré acordarte de ellas a mi manera. Y ya sabes cuál es mi manera… —Scott se mantuvo en silencio un instante. Luego miró el reloj, puso cara de sorpresa, y  susurró:
—Uy, qué tarde se ha hecho. Tengo que ir a… algún sitio.

Scott salió a toda velocidad de la sala. Leena se sentó, tomó un sorbo de café, y no pudo reprimir una suave sonrisa…

medalla

Un gesto de amor.

Sandra se levantó de la cama, y fue desnuda hasta el cuarto de baño, donde se lavó la cara ligeramente. Luego entró de nuevo en la habitación, donde Diego la observaba sonriente. Le guiñó un ojo, y dijo:

—Cada día estás más impresionante. —Sandra rió, y respondió:
—Qué tonto eres. Hace dos días que me conoces.
—¿De verdad? ¿Cómo pueden dos días parecer dos años?
—Los hombres os dejáis llevar por estas cosas. Las mujeres somos más frías. Más metódicas. ¿No es lo que decís siempre los hombres?
—Tonterías —aseguró Diego—. Las mujeres no sois frías; sois de hielo.
—Claro, y los hombres sois muy buenos, y nosotras unas arpías malas que solo pretendemos haceros daño. Jugamos con vuestro corazón y lo tiramos luego a la basura. Pobrecitos.
—Eso no lo había pensado. Pero lo suscribo ahora mismo.

Sandra se echó en la cama, y se puso sobre él.

—Ahora la espía tendría que dormirte con alguna droga poderosa, y buscar algún elemento secreto, como el terminal personalizado para acceder a vuestras computadoras de la empresa. Robaros la información, y dársela a alguien que me ha contratado para ello. Luego me verías en televisión como propietaria de algún lujoso yate gracias al dinero obtenido por el robo, o dando una fiesta en una lujosa mansión. —Diego sonrió.
—Exacto. Si todas las espías van a ser como tú, espero tener muchos secretos que ocultar. De todas formas, ya oíste a Sharon. Me han bloqueado el acceso a la computadora central de la empresa. Esta noche no es la más indicada para acostarse conmigo a cambio de unos datos.
—Vaya, qué lástima. Tendrás que tirar el terminal de acceso a la basura.
—No puedo. Es algo que llevaré de por vida. —Sandra puso cara de extrañada.
—¿De por vida? ¿Por qué? ¿No es uno de esos terminales portátiles intradermis?
—Es interior, eso es cierto. Pero no se trata de esos modelos que se integran en la piel, debajo de los brazos.
—Ah, ¿no?
—No. Sharon es una fanática de estas cosas. Ya has podido verlo contigo. A toda la junta directiva de ThermalHel, después de dos años de servicio, y de demostrar que somos de confianza, o de la suficiente confianza, nos integra un terminal de computadora, sí. Pero se aloja en el cerebro. En la zona parietal derecha.
—¿Qué dices? ¿En el mismo cerebro?
—Sí.
—Pero, ¿cómo lo hace?
—El elemento central, que incorpora el hardware de conexión cifrado, se introduce mediante una incisión en el cráneo. Se abre una abertura de dos milímetros, y se aloja dentro del cerebro. El mismo terminal está programado para introducirse en la zona inferior, de tal forma que extraerlo se hace imposible.
—¿Y por qué hace eso?
—Cada terminal es único. No solo tiene su propio número de serie personal, sino que funciona únicamente cuando está conectado al cerebro. Pero no a cualquier cerebro, sino al cerebro que ha sido implantado. Como sabes, cada cerebro tiene una firma eléctrica propia. Si el terminal no reconoce esa firma, o no la detecta, no funciona. De tal forma que, incluso si nos matan para sacarnos el terminal, no servirá de nada. Si intentan extraerlo mediante cirugía en el proceso, matarán al paciente. Es decir, que también dejará de funcionar.
—Vaya, impresionante.
—Sí. Ni siquiera el ejército llega a ese nivel de obsesión. Es algo solicitado directamente por Sharon.
—Es bastante retorcida.
—No sabes hasta qué punto. Pero todo eso ahora no tiene importancia. Estoy fuera de la empresa, y viviré con ese pequeño trozo de metal y grafeno el resto de mi vida.

Sandra se mantuvo pensativa unos instantes. Luego se colocó en su lado de la cama diciendo:

—Es una barbaridad que te hagan un agujero en la cabeza por un asunto de empresa. Y tener que vivir con eso ahí toda la vida. —Diego se sentó en la cama. Se puso la ropa interior, y tomó un sorbo de la copa de vino que se hallaba en la mesa. Sandra observó:

—¿Qué haces poniéndote eso? No hemos empezado más que el primer asalto. —Diego rió, y contestó:
—Desde luego, no voy a discutirte eso. Pero estoy preocupado.
—¿Por qué?
—Por la empresa. Al fin y al cabo, tengo un buen puñado de acciones. Sharon dijo que este hotel es suyo, y es verdad. Pero también es mío, aunque sus acciones son las mayoritarias. Y esta empresa, en muchos aspectos, tiene la forma que tiene por mi trabajo. Eso Sharon lo sabe. Por eso me sorprende lo que ha hecho. —Sandra se sentó a su lado, y dijo:

—Lo que ha hecho Sharon no es porque tema que yo sea una peligrosa espía de alguna agencia rival o algo así. Lo que ha hecho Sharon tiene otra motivación. Y esa motivación se llama celos. —Diego alzó las cejas y puso cara de sorpresa.

—¿Celos? ¿Qué dices? ¿Sharon con celos? Si es una especie de androide. Fría y sin sentimientos.
—Cuidado, Diego. Algunos androides pueden llegar a desarrollar sentimientos.
—Ella no. Te lo aseguro.
—Piensa lo que quieras. Pero ayer era evidente lo que ocurría. Está enamorada de ti. Y está cometiendo errores.
—¿Qué errores?
—Actuar precipitadamente. Quitarte de en medio de forma impulsiva. Siendo como eres vital para la empresa, habiéndole solucionado mil asuntos y cien crisis, ahora te despide por celos. Y eso va a tener una respuesta. Porque incluso Sharon tiene un superior. —Diego se mantuvo en silencio, pensativo. Dijo:

—Paulo Luiz, “el viejo”, presidente de ThermalHel. Un buen amigo. Hemos pasado mucho juntos en el pasado.
—Exacto. Y ese amigo no dejará que caigas en desgracia por un acto impulsivo que no tiene nada que ver con la empresa. Y menos por un lío de faldas al que se ha visto arrastrada Sharon y su impulso primario.
—Puede ser. Aunque todo el mundo espera que Sharon le sustituya, porque se va a jubilar, y ya no está en condiciones. Él me enseñó muchas cosas de este negocio. Ahora mismo sigue siendo el presidente de la compañía. Y el mayor accionista. Y sabe que las acciones caerán en el momento en el que se sepa que yo he sido despedido.
—Exacto —confirmó Sandra—. Por eso ayer Sharon llamó a Paulo Luiz para informar de tu despido, y de la desconexión de datos. Fue después de que tuviésemos esa escena, mientras subíamos a la habitación. Paulo le dijo que de ninguna manera iba a permitir que fueses despedido por un arrebato de celos. Sharon te había desconectado de la red cuántica de la empresa. Pero, hace solo unos instantes, ese acceso ha sido restaurado.

Diego se quedó asombrado ante las palabras de Sandra. Se acercó al terminal del hotel, y conectó el mismo con su unidad interna cerebral mediante radiofrecuencia, la cual daba acceso a la computadora de la empresa. La conexión se estableció sin problemas. Luego Diego miró a Sandra, y dijo:

—El acceso funciona perfectamente. La sincronización es total.
—¿Lo ves?
—Pero, ¿cómo sabes que Sharon habló con Paulo después de aquella escena? ¿Y cómo sabes que el acceso ha sido restaurado?
—La conversación entre Sharon y Paulo la grabé con mi dron. Y el acceso, en realidad lo he supuesto por una señal que ha empezado a emitir tu terminal craneal. Una señal de activación, que indica que se ha restaurado la conexión. Muy inteligente. Me podría haber vuelto loca buscando el terminal de esta habitación, y lo habría encontrado. Pero sin el acceso integrado en tu cerebro hubiese sido inútil cualquier intento de obtener la información. Sharon sin duda es una verdadera experta en ciberseguridad.

Diego observó un instante a Sandra, como si la viese por primera vez. Instintivamente fue a buscar su arma. Pero Sandra se la mostró. Se la había quitado del pantalón, sin saber cómo, probablemente cuando se abrazaron y se besaron, antes de desnudarse. Luego, Diego susurró:

—Así que, después de todo, Sharon tenía razón. Y aquel hombre que creyó reconocer a tu compañera también tenía razón.
—Exacto, Diego. Y si hubieses hecho caso de tu intuición, de los avisos de peligro, y de la posibilidad, por remota que fuese, de que yo fuese un agente operativo, esta conversación no estaría teniendo lugar. Pero te dejaste llevar por la pasión, y por mi aspecto.
—Sí, es cierto. He sido un estúpido. Y tú, evidentemente, eres un androide. Tu dron, tu capacidad de reconocer señales electromagnéticas sin instrumentos…
—Correcto, has acertado.
—Pero eres un modelo muy avanzado.
—Es cierto. Y no te censures por haber sido engañado. Ha sido una operación mucho más compleja de lo que hubiese esperado, te lo aseguro. Mis diseñadores me crearon con un aspecto que impresionara a muchos hombres, y a algunas mujeres. Tú solo has sido una víctima más de la trampa que una mirada y un cuerpo pueden provocar, haciendo que caigan todas las precauciones.
—Muy bien. Comprenderás que no saldrás de aquí tal como has entrado… —Diego comenzó a temblar.

—¿Qué… qué me has hecho?
—Nada importante. De momento. Te necesito vivo. Tu dispositivo craneal dejará de funcionar si verifica que tu actividad cerebral central se ha detenido. Te he inyectado hace un rato un agente neurotóxico para el sistema nervioso periférico. Es gradual. Primero no puedes mover las piernas, luego los brazos, y luego no puedes hablar.

Diego intentó hablar, pero no pudo. Se quedó rígido sobre la cama. Sandra se colocó a su lado.

—Verás, Diego. Esto no es nada personal, de verdad. Pero tengo que acceder a tu terminal, y debes estarte quieto mientras tanto. Y también debes estar vivo. Por eso te he inyectado la neurotoxina. Me permitirá trabajar cómodamente. Abrirte el cráneo no es lo más romántico que te habrá hecho una chica después de hacer el amor, lo sé. Pero no temas; no tendrás mucho tiempo para pensar en ello. Antes de morir.

Sandra sacó de su bolsillo del vestido un par de pequeños instrumentos.

—Esto es un minitaladro craneal, y una sonda lectora. Forman parte de mi equipamiento estándar, aunque no pensé que fuese a necesitarlos tan pronto. Lo siento, pero no puedo dejar huellas. No las mías, al menos. Son instrumentos típicos de cualquier hospital. No te preocupes, no tardaré. Eso sí, dolerá bastante. Solo puedo anestesiarte parcialmente. Pero no podrás gritar. Es incómodo. Pero necesario.

Sandra acercó el minitaladro, mientras Diego trataba de gritar y moverse, pero le era imposible. El taladro comenzó a perforar, mientras un pequeño reguero de sangre caía de la abertura.

—Así, ¿ves qué bien? Ahora tengo acceso al tejido cerebral.

La sonda de Sandra, un pequeño cilindro de medio milímetro de espesor y tres milímetros de longiud, se introdujo automáticamente por la abertura. Fue moviéndose hacia el interior. Llegó a la unidad interna de comunicaciones.

—Correcto. Enlace establecido. Ahora puedo acceder a la computadora principal de ThermalHel. El acceso no quedará registrado, por supuesto. Te tienen en gran confianza.

Los datos fueron extraídos en treinta segundos. Luego Sandra miró a Diego, y dijo:

—Verás, Diego. A través de tu terminal he mandado un mensaje a Sharon firmado electrónicamente con tu nombre. En dicho mensaje le digo, o mejor, le dices, que todo esto conmigo no ha sido más que otra aventura. Que, en realidad, quien siempre te ha importado es ella. Y que, mientras hacías el amor conmigo, solo la veías a ella. Por eso te acabas de deshacer de mí, porque has entendido que tienes que dejar de jugar a las conquistas, y comenzar una relación seria y madura, de una vez, con quien realmente te importa, y le importas. Ella viene para aquí. Te encontrará muerto, con los instrumentos de cirugía. En paralelo, la policía ha sido avisada de forma anónima de un terrible asesinato en esta habitación. Ah, y por cierto, te quedan unos ocho minutos de conciencia. Como máximo.

Sandra se vistió, y abrió la ventana del hotel. Antes de marchar, miró a Diego, y dijo:

—Qué cosas. Es la segunda vez en horas que huyo por una ventana.

Moviéndose por las paredes, salió de la suite de Diego, y entró en su habitación. Se quitó el vestido, y se puso un pantalón y una camiseta cómodos, con zapatos deportivos. Luego borró los datos de su presencia en el hotel. Bajó a la calle, y tiró el vestido en un procesador de tejidos. Rápidamente subió a un aerodeslizador, justo cuando Sharon entraba en la habitación, veía el taladro ensangrentado, lo tomaba en sus manos, y llegaba la policía detrás.

Todo había acabado. Transmitió los datos a Héctor. La misión se había cumplido. Y ahora podría ocuparse de lo realmente importante: encontrar a Ana. Todo lo demás no importaba. Todo lo demás era el camino para encontrarla.

 

La ciudad de los techos rojos.

Luego se fue directamente al aeropuerto. Compró el primer billete en un aerodeslizador supersónico que viajaba a Caracas. En el aeropuerto de destino estaban transmitiendo por las televisiones una información especial:

“Última hora: Importante empresaria mata a su subordinado por celos”.

“Sharon Neisser, vicepresidenta de la empresa ThermalHel, una de las más importantes del mundo en generación de energía, ha sido hallada en una de las suites de su hotel junto al cadáver de Diego Rocha, su más estrecho colaborador. La empresaria fue encontrada con un taladro de cirugía en sus manos, que habría usado para matar a su subordinado. Al parecer este subordinado tenía una relación sentimental con una joven desconocida”. 

“Varios testigos aseguran que Sharon Neisser tuvo una discusión con Diego Rocha la noche anterior en el restaurante del hotel, en el que intercambiaron palabras en un tono grave. Según diversas fuentes, la señorita Sharon Neisser habría vuelto al hotel, después de que Diego Rocha hubiese estado con su amante, con el fin de acabar con su vida, en un asesinato motivado por los celos. Seguiremos informando”.

Sandra pensó en las consecuencias de todo aquello. Con un presidente debilitado y a punto de jubilarse, y los dos elementos más importantes de ThermalHel fuera de juego, ese era un favor adicional que le hacía Sandra a la Titan Deep Space Company de Juan Velasco. Con ellos dos fuera de juego, y los datos que había conseguido, la Titan Deep Space Company podría tomar la delantera fácilmente, y hacerse con el control de la energía, y la explotación minera de la Luna, y también de Titán, su principal objetivo de explotación a medio y largo plazo.

Pero eso no importaba ahora. Había que encontrar a Ana. Y no tenía ninguna pista. Fue entonces cuando recibió una llamada.

—¿Sandra? ¿Cómo está mi androide favorita?
—Déjate de falsos cumplidos y de burlas, Delfina.
—No es burla; siento una especial admiración por ti. Es más, he decidido que no te volaré la cabeza.
—Muy graciosa. Veo que has llegado ya a Nueva Zelanda.
—Sí. Y, como te dije, he estado jugando con la apertura de estos datos. Lo he conseguido.
—¿Cómo lo has hecho?
—Es lo de siempre. Usan los mejores sistemas de seguridad, pero la ingeniería social sigue funcionando, porque el ser humano sigue siendo el mismo, no importa cuántas capas de seguridad añadas a un sistema. He usado combinaciones de elementos que podrían ser palabras de interés para Juan Velasco. No quieras imaginarte qué términos son esos.
—No me lo digas, no estoy de humor. ¿Algo de interés?
—Unas coordenadas.
—Perfecto.
—No tanto, Sandra. Las coordenadas están en el Atlántico. En una isla artificial creada por el gobierno venezolano. Como sabrás, las islas artificiales están proliferando por todas partes.
—Sí, lo sé. Así que la niña debe de estar allá.
—Es posible. También es posible que esté al otro lado del mundo.
—Lo sé. Pero tengo que arriesgarme. Gracias, Delfina. Has sido de gran ayuda.
—¿Y no puedo participar? Puedo tomar un aerodeslizador supersónico enseguida. No quiero perderme la diversión.
—Quédate en Nueva Zelanda. Y pásalo bien.
—Eres muy terca, para ser un androide.
—Quién fue a hablar. Ya has hecho mucho más de lo que tenías que hacer. Ahora disfruta de la tranquilidad de ese hotel. Seguimos en contacto, Delfina.

La comunicación se cortó. Ahora tenía una pista. Lo que tenía que conseguir a continuación era tiempo. Y ese tiempo se lo daría la información obtenida de Diego. A través del dispositivo especial de Velasco se puso contacto con él.

—¡Sandra! Qué agradable sorpresa. Espero que tengas buenas noticias.
—De entrada te diré que han matado a tu mujer.
—Lo sé. Y pagarán por ello.
—Tú pensabas matarla también.
—No sé cómo sabes eso. Pero no importa; es cierto. Lo que no soporto es que sean otros los que lleven a cabo acciones de este tipo. Es mi familia, y yo y solo yo decido su destino. En todo caso, ha servido para desviar la atención de mis operaciones. Y ahora, dime que tienes los datos que te pedí.
—Los tengo. Y creo que te serán de mucha utilidad. Te los estoy transmitiendo en este momento.
—Has conseguido veinticuatro horas de vida más para Ana.
—¿Solo veinticuatro horas?
—Mientras confirmo la información. Si me convencen los datos, todo quedará en tablas entre tú y yo. De momento.
—Verás que la G.S.A. está implicada en desacreditarte. Y verás que la misma G.S.A. es la que está vendiendo armas a grupos opositores armados en Venezuela, Argentina, Colombia, y otros países de Sudamérica y Centroamérica.
—Era de esperar. Sabíamos que algo así debía de estar pasando. Ahora tenemos pruebas.
—Las armas vienen directamente de varios fabricantes del norte. Parece que algunos políticos están implicados, y ganando una buena suma de dinero.
—Ahora podremos demostrar que los movimientos insurgentes están directamente apoyados por la G.S.A. y por los gobiernos del norte. Muy bien, Sandra. Además, acabo de enterarme de que Diego Rocha ha muerto, a manos de esa psicópata de Sharon. Era evidente que esos dos iban a acabar mal. Todo el mundo lo veía venir.
—Por supuesto —mintió Sandra—. Era evidente. Pero eso solo te beneficia a ti, yo quiero tener la seguridad de que vas a respetar la vida de Ana.
—¿Estás loca? Se trata de mi hija. ¿Cómo se te ocurre sugerir eso, Sandra?
—¿Y a ti cómo se te ocurre sugerir que Sharon es una psicópata? ¿Tú te has visto?
—Yo soy un hombre desesperado, nada más. Y con esto, y una vez confirmados los datos, queda cerrado nuestro trato.
—Ni mucho menos. Ana sigue estando en peligro.
—Ana seguirá ahí por si te necesito de nuevo. Ella es una niña fuerte. Ya te dije que la familia es lo primero.
—Eres un cerdo apestoso, Juan.
—Vaya, toda una dama diciendo esas cosas. No me imaginaba eso de ti.
—Me alegro, porque todavía no has visto nada.
—Sí, estoy muy preocupado por lo que puede hacerme una niña de veintipocos años malcriada y consentida. Adiós, Sandra. Estaremos en contacto. Si me haces falta de nuevo, te llamaré.

Aquellos datos eran realmente buenos para Juan Velasco. Compartirlos con sus países aliados le daría un poder muy superior a todas las centrales de fusión que pudiese construir jamás. Con el tiempo, la Titan Deep Space Company se convertiría en una empresa con un poder impresionante, capaz de controlar gobiernos y estados, vendiéndose al mejor postor, y comprando a quienes fuese necesario para aumentar su poder.

Pero eso quedaba para el futuro, y era lo que menos le importaba.

Sandra verificó que las coordenadas de Delfina y el punto de destino de la comunicación con Juan coincidían en una isla artificial del Pacífico, una base de investigación militar disfrazada de centro de estudios submarinos. La isla se encontraba a dieciocho kilómetros del punto más cercano de la costa. Así que alquiló un aerodeslizador, y fue hasta el pueblo donde se encontraba el punto más cercano. Allá alquiló una pequeña lancha fuera borda.

La lancha partió del puerto cuando empezaba a anochecer, y se dirigió hacia la isla de forma tangencial al punto de destino. Los últimos cuatro kilómetros los debía recorrer de otra forma, porque era evidente que la lancha estaría siendo vigilada. Reprogramó el software de control del motor, y dejó que la lancha navegara hacia la costa, mientras ella se lanzaba al agua. Se sumergió a cinco metros y comenzó a moverse hacia la isla, impulsada por los pequeños motores de sus pies, que le permitían desplazarse a más de diez nudos.

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llegó a la isla cuando el Sol se ponía. El dron  se movía a unos metros de ella, controlando todas las emisiones radioeléctricas y térmicas de la zona, para evitar ser descubierta. La isla era relativamente grande, con una extensión de cinco kilómetros cuadrados de superficie, con varios helipuertos y una pista de aterrizaje para aerodeslizadores y aviones. Varios edificios de servicio, mantenimiento y habitabilidad cruzaban la isla. Ana debería estar probablemente en estos últimos.

Se deslizó caminando por un angosto camino, y penetró en una pequeña casa que parecía un almacén de material y armas. Todo parecía controlado. Era una entrada triunfal en la isla. Nadie la había detectado. Nadie sabía de su presencia… casi.

De pronto, oyó algo en el interior del almacén. Una voz:

—¡Cucú!

Sandra se volvió rápidamente mientras extraía el phaser. Se movió hacia el origen del sonido. Separó un sillón, y, detrás, sonriente, la vio, sentada en cuclillas.

—¡Delfina! ¿Qué diablos?… —Delfina se puso el dedo en los labios. Se incorporó. Llevaba un equipo de combate, un arma semiautomática en el cinto, y un arma automática en las manos.

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—¡No hagas ruido! Pueden venir en cualquier momento.
—¿Quiénes?
—Los obreros. Dejan aquí material, y se llevan otro.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Se supone que estás en Nueva Zelanda! —Delfina negó con la cabeza.
—De verdad Sandra, perdona que te lo diga. Eres una androide muy avanzada y todo eso, pero se te engaña muy fácilmente. Tendrían que hacerte algo, no sé, ampliarte la memoria, ponerte un procesador mejor…
—¡Deja de decir tonterías! ¿Cómo me has engañado? ¿Cómo has llegado aquí?
—¿Cómo? Por favor, Sandra… Detecté el localizador a los dos minutos de habérmelo puesto. Mi sangre incorpora nanobots moleculares disueltos en el plasma, precisamente para este tipo de eventualidades. Penetraron en tu localizador, y lo reprogramaron, para que pareciese que me dirigía a Nueva Zelanda. Pero vine aquí directamente, por supuesto. No me iba a perder esto. En cuanto al transporte hasta aquí, vine en barco. Ofrecí mis servicios sexuales al capitán de uno de los barcos mercantes que llevan suministros a la isla, a cambio de que me buscara algún trabajo aquí de lo que fuese.
—Pero Delfina, eso es… denigrante… —Delfina no pudo reprimir una carcajada.
—¿Denigrante? Claro que es denigrante, como el noventa por ciento de lo que hacemos. Pero es efectivo, y funciona. Una pobre chica que busca trabajo a cambio de sexo, y un hombre que ve una oportunidad. Tú lo sabes bien, fuiste diseñada con ese fin.
—Sí, pero yo soy un androide.
—No me vengas con cuentos moralistas ahora, Sandra, por favor. Tenía que venir, y punto. Además, ya te dije que Héctor me dijo que te controlara.
—Eso fue en la anterior misión.
—Sí, pero no me dijo que dejara de controlarte. Y menos mal, porque menudo paquete estás hecha. Conmigo tienes una oportunidad.
—¡Claro, eres estupenda!
—¿Estupenda? No, ni mucho menos. Pero sí tengo experiencia. Vamos. Tenemos que buscar a la niña. Y no me digas que no. —Sandra suspiró, y respondió:
—A estas alturas ya me he rendido a la posibilidad de perderte de vista… —confesó. Y añadió:

—Un momento, Delfina, un momento.

—Qué te pasa ahora, tenemos trabajo… —Preguntó Delfina con cara de aburrimiento.
—Estabas aquí. De todos los edificios de la isla, estabas justo donde me metí yo.
—Vaya, es cierto, no me había dado cuenta. Qué casualidad.
—No me vengas con historias, Delfina. La probabilidad de que eso ocurra es ínfima. ¿Me vas a decir de qué va todo esto? ¿Cómo sabes dónde estoy siempre? —Delfina resopló. Luego dijo:
—Si te digo eso de “tengo mis métodos” y todo lo demás ya no te lo tragarás, ¿verdad?
—No. Definitivamente ya no me lo “tragaré”. -quiero respuestas. Y las quiero ya. —Delfina asintió:
—Te puse un localizador en el trasero —confesó riendo. Sandra alzó las cejas.
—¿Qué? ¿Qué me has hecho?
—Es mi venganza personal. Trasero por trasero.
—Vamos, Delfina, yo no llevo ningún localizador. —La expresión de Delfina cambió de pronto. Parecía más profunda. Más pesada.
—Ya lo sé. No hay localizador, es cierto. En realidad, la información me viene de fuera. Y es bastante… sorprendente.
—¿De fuera? ¿Qué cuento me vas a contar ahora, Delfina?
—Te voy a contar la verdad. Y la verdad tiene que ver con alguien relacionado con Héctor, pero sobre todo con Leena. Un hombre muy extraño. Solo lo he visto una vez.
—¿Y cómo es?
—Es… raro. Tiene algo más de treinta años. No sé ni su nombre. Iba vestido con una camiseta raída, unos tejanos viejos, y unas zapatillas deportivas al estilo del siglo XX. Solo me dijeron una cosa: “cuanto menos sepas de él, mejor”.
—Qué misterioso —confesó Sandra—. ¿Y tengo que creerme esa fantasía?
—No tienes por qué creerla, pero es la verdad. Ese individuo es el que me ha dado las posiciones donde ibas a estar las tres veces.
—Ahora sí que ya no entiendo nada, Delfina. Eso es imposible. Y es imposible porque yo no sabía que iba a estar en esas posiciones, hasta que estuve en esas posiciones.
—Es cierto. La primera vez le tomé por un loco. Pero ahí estabas, pasando por esa cafetería. La segunda vez me quedé asombrada, cuando apareciste en el callejón. Y ahora sabía que ibas a meterte en este edificio. Precisamente en este edificio.

Sandra se mantuvo pensativa antes de continuar:

—Comprenderás que una historia así no me la puedo creer ni por un instante.
—Lo comprendo. Pero lo que también deberás hacer es aceptar los hechos. Las tres veces acertó. Acertar una es casi imposible. Dos, es un milagro. Tres, es una anomalía cósmica. Pero ahí están los resultados. De todas formas, Leena me dijo que podía confiar en ese tipo. Que está loco. Que es un sociópata. Que se cree un dios. Pero acierta. Siempre acierta. Lo ha hecho contigo. Y lo ha hecho con otros…

Sandra intentó recordar unos hechos de su primera activación. Un rostro de un hombre, que le hizo algo, alguna modificación que la cambió para siempre. Pero era todo confuso. Como en un sueño. ¿Sería aquel hombre? Dijo al fin:

—Está bien. Los hechos están ahí. Y Leena es quien mueve los hilos de todo esto. Si ella puede confiar en un hombre así, yo también podré hacerlo.
—De acuerdo. Gracias por no fulminarme con tu phaser.
—Lo hubiese hecho, de tener la más mínima sospecha de que estabas trabajando para Juan Velasco.
—Lo sé. Y lo entiendo. Yo habría hecho lo mismo.
—Te la has jugado por mí. —Delfina bajó la cabeza ligeramente.
—Sí. Fíjate. Me juego el cuello por un pedazo de hierro. Te lo dije, Sandra. Eres importante. Yo debo actuar. Primero, el discurso de Héctor. Luego, ese tipo, ese hombre misterioso, sabe que sé que debo actuar para protegerte. Me da esos datos. Me los transmite. No me dice nada más. Solo posiciones y tiempos. Nada más. Nadie más lo sabe. Ni Héctor. Ni Leena.
—Si fuese humana, me estaría volviendo loca ahora —confesó Sandra.
—Ya me vuelvo loca yo por las dos.
—¿Es eso todo, Delfina? ¿No hay nada más?

Esa vez fue Delfina la que suspiró.

—Para ser un trozo de hierro, tienes mucha intuición.
—No desvíes la pregunta. ¿Es eso todo? —Delfina negó levemente.
—No. Está el asunto de Ana.
—¿Qué pasa con ella?
—Me importa esa niña. No tendría que importarme. De hecho, he estado en otros asuntos con niños implicados, y nunca me han importado.
—¿Y Ana sí?
—Ana sí me importa —confesó Delfina.
—¿Por qué?
—Porque te importa.
—¿Qué?
—Tu preocupación por la niña es admirable. Luego pensé que, si un trozo de metal puede preocuparse por una niña, y sacrificarlo todo por salvarla, yo también podría, por una vez, preocuparme por alguien. Quiero salvar a esa niña. Tanto como tú.
—Entiendo. Ahora comienza a cuadrarme todo un poco más.
—Esto echa por el suelo mi reputación de mujer fría y sin sentimientos.
—Qué tontería, Delfina. Tienes un gran corazón, enterrado bajo toneladas de hielo.
—¿De verdad? Y la culpa es tuya. Pero ya hablaremos de esto con más calma. Tenemos trabajo. ¿Vamos?
—Vamos.


 

 

 

 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

2 comentarios en “Cuatro Dos Negro (VI)”

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