Nidavellir y el uso de la historia en la literatura

Uno de los elementos fundamentales de todo escritor que quiera adentrarse en la novela histórica es tomar una de dos acciones: la primera, escribir respetando esa historia, de tal forma que tendremos una novela histórica realista. La segunda opción es modificar la historia, con lo cual tendremos un mundo alternativo. Eso no es para nada malo, y hay novelas, películas, y también videojuegos de universos alternativos. En Star Trek, sin ir más lejos, hay episodios muy buenos sobre este tema.

Pero, si lo que vamos a escribir es historia basada en hechos reales, podemos añadir personajes ficticios lógicamente, pero debemos respetar la historia. Y eso es, a veces, tremendamente divertido. Porque, respetando la historia, podemos crear situaciones a veces increíbles.

Las entrañas de Nidavellir II: Promakhos

Por ejemplo, para “Las entrañas de Nidavellir II: Promakhos“, tuve que empaparme durante varios meses de los acontecimientos ocurridos en las guerras médicas entre las ciudades-estado griegas y el imperio Aqueménida, gobernado por Jerjes I. El nombre de “guerras médicas” viene del nombre con el que los griegos denominaban al imperio persa: los medos.

Una de mis fuentes principales fue, por supuesto, el historiador griego Heródoto de Halicarnaso, considerado el primer historiador en su acepción moderna. Aunque hay cierto debate, es evidente que, en sus obras, recopiló gran cantidad de información sobre la historia clásica.

Concretamente, en el Libro VIII, relata los hechos que llevaron a la invasión persa de Grecia, y, más concretamente, la batalla de Salamina, en el 480 antes de Cristo, donde la flota griega obtuvo una victoria decisiva sobre la muy superior flota persa.

Y aquí viene el detalle: cuando Heródoto habla de aquella batalla, cuenta que una extraña y misteriosa mujer se apareció ante los remeros griegos que, asustados ante el poder de la flota persa, se aprestaban para retirarse. Aquella mujer les insufló ánimos y convicción para luchar.

Dicho y hecho, vi ahí una oportunidad impresionante para introducir a Sandra en esa situación. Sandra será entonces la causa de que los remeros griegos no se amilanen ante la presencia de la flota persa, y finalmente ataquen, con la victoria correspondiente.

No he roto nada de la historia, incluso tratándose de una novela de ciencia ficción con viajes en el tiempo. Y he dado credibilidad a un hecho narrado por Heródoto, que los mismos supervivientes de la batalla le contaron años más tarde. Sigo la historia como fue descrita, y no modifico nada de la misma.

El primer fragmento tiene como personaje ficticio a Robert, y, de nuevo, introduzco un elemento que provoca la situación que llevó al gran error del emperador Jerjes I, cuando atacó en Salamina, algo que la propia reina Artemisia de Caria, aliada de Jerjes I, advirtió como un movimiento estratégico fatal. El personaje ficticio de Robert me sirve aquí para amplificar esta idea. De nuevo, jugando con la historia, sin modificarla.

Les dejo los dos fragmentos, primero el de la reina Artemisia.

Artemisia y Robert.

Verano del año 480 a.C. Atenas ha sido arrasada por los persas. Robert ha sido capturado por las tropas de Jerjes I, emperador del Imperio Aqueménida, y ha sido condenado a muerte. Pero la reina Artemisia de Caria, que lucha al lado de los persas, ha convencido a Jerjes para que le mantenga con vida, por si es de utilidad en el futuro. 

Robert se encuentra prisionero en una tienda, cuando la reina Artemisia va a verle. Este es un fragmento de la conversación que mantienen ambos.

Artemisia-I-de-Caria
Artemisia de Caria, reina de Halicarnaso, durante la batalla de Salamina

La reina Artemisia asintió levemente. Se volvió, y tomó una copa de vino de una mesa. Le ofreció gestualmente otra a Robert, que rechazó. Luego se acercó de nuevo con la copa en la mano, y declaró:

—Es muy noble lo que dices. Jerjes, y yo misma, recordados como libertadores. No lo somos. Tampoco somos lo que los atenienses dicen que somos. Pero ¿y tú? ¿Qué dirá de ti la historia?

—No ha de decir nada. Yo soy solo un peón en este drama.

—Qué honrado. Qué honesto. Lástima que no te crea. En absoluto.

—Puedes reírte, reina Artemisia, pero mi vida no vale nada. Llevo desde hace muchos años viendo cómo la humanidad cae en un precipicio sin fondo. Un hombre pronosticó el fin de nuestra especie. Yo he tratado de no creerle. Trabajé con él para conocerle, para conocer sus ideas. Es algo parecido al Oráculo de Delfos, pero este hombre no comete errores, no adivina nada, usa algo más poderoso para indagar en el futuro. Yo he querido ver alguna salida a sus predicciones. Quería buscar una alternativa. Pero era inútil. La humanidad estaba condenada.

—Hasta ahora. —Robert miró a Artemisia, y afirmó:

—Efectivamente. Hasta ahora.

—Es decir, que apoyas mi estrategia, no porque creas que es mejor que la de Jerjes, que quiere atacar ya con la flota completa a las naves griegas en Salamina. La apoyas porque eso cambiará la historia de la humanidad.

—Eso es. Os dará la victoria. Y yo veré nacer una nueva historia para la humanidad. Todos salimos ganando. Me debo a los hombres y mujeres de la Tierra.

—Ahora mismo, te debes a mí, y a Jerjes, nuestro señor.

—Mi único señor es el destino.

—Obstinado y orgulloso. Veo que no tienes miedo.

—Solo de mí mismo. —Artemisia rió.

—¿Sois todos los hombres así en el futuro?

—Supongo que no todos han llevado mi estilo de vida. Digamos que tuve que superar diversas etapas y dificultades que tuvieron sus particularidades.

—Entiendo. En cuanto a esa tal Yvette, está enamorada de ti, ¿no es así? Esa forma de hablar a distancia, cómo la llamaste…

—Videoconferencia.

—Exacto. Esa tal Yvette, como mujer te lo digo, está muy, muy enamorada de ti.

—Eso es absurdo. Ella me odia. Y ahora más.

—No. No te odia. No te odiaba cuando hablaste con ella. Ni te odió cuando le dijiste que te pasabas a nuestro bando. Ni te odió cuando le dijiste que habías jurado protegerla, pero que ahora era mejor que la abandonases. Se hacía la dura. Se hará la dura. Gritará a los cuatro vientos que te odia. Y será una enorme mentira que quiere ocultar. Teme desvelar la verdad. Teme ver la realidad. Y la verdad es que te ama. Y con locura.

—Ya te lo he dicho: lo que dices es absurdo. Yvette no me soporta, y tiene razones para ello. Pero una cosa es cierta: daría mi vida por ella.

—Lo sé. También sé que no estás enamorado de ella, pero que matarías por ella, por protegerla de cualquier peligro. Y, más importante: ella lo sabe. ¿Darías tú tu vida por mí?

—No tengo por qué. No te debo nada.

—Me debes la vida. Jerjes estaba convencido de ofrecerte a los dioses como regalo. Yo le dije que serías más útil aquí, con tus conocimientos de ese futuro del que parece que vienes, y de esa extraña mujer que no es mujer ni hombre,  y que se hace pasar por Atenea.

—¿Y bien?

—Quisiera saber si he hecho bien, o si he cometido un error. Por otro lado, apoyas mi plan de no atacar en Salamina, sino de maniobrar hasta Corinto, y ofrecer una ofensiva con apoyo de la flota naval, en una zona donde nuestras naves puedan maniobrar, y nuestra caballería pueda flanquear a los griegos, especialmente a las falanges espartanas. Combinar un ataque terrestre con el apoyo completo de la flota en mar abierto. Esa es mi idea, que Jerjes no acepta.

—Esa es tu idea. Y eso es lo que debe hacerse. ¿Y tú, por qué te unes a Jerjes? ¿Por qué le das la espalda a tu cultura, a tu mundo?

—Porque ni mi pueblo ni yo le debemos respeto o pleitesía a Atenas. Ellos nos han sojuzgado muchas veces, con su aire de superioridad, creyéndose el centro del mundo. Y porque han perdido la razón, con esa locura que llaman democracia. Si ya la voz de un hombre que ordena las leyes crea confusión, ¿cuánta confusión pueden crear diez mil voces a la vez?

—Es una forma de verlo, sin duda —reconoció Robert—. Pero es mejor una confusión que busque la armonía, que una armonía que genera confusión. Es como yo lo veo. —Artemisia se acercó a Robert, que se mantuvo inmóvil. Luego él dijo:

—Eres una sátrapa.

—Lo soy —confirmó Artemisia.

—¿Sabes que en mi tiempo esa palabra tiene una connotación negativa?

—¿De verdad? Qué divertido eres, y que cosas más divertidas cuentas —afirmó sonriente ella, mientras dejaba la copa en una mesa, y le pasaba los brazos por el cuello—. Y es evidente que los hombres sois igual de estúpidos en ese futuro tuyo que en estos tiempos. ¿Y qué dice la historia de mí?

—Dice que fuiste una mujer valiente y determinada. Y que mostraste más valor que muchos hombres. De hecho, dice que combatiste como un hombre, y que tus hombres y los de Jerjes combatieron como mujeres.

—¿De verdad? Pero yo soy una mujer. Eso es un problema entre tantos hombres, sobre todo en  tiempos de guerra. Y una mujer que es además reina debe imponer respeto, con la mirada, y con la espada. Eso no crea muchas simpatías. Debo actuar siempre por el bien de mi pueblo, y del Imperio.

—Lo sé. Tienes que luchar el doble por ser mujer. Conozco la historia. Pero he visto cómo te temen. Es evidente que sabes imponer respeto. Y que sabes moverte.

—No sabes cómo. ¿Quieres comprobarlo?

Robert no respondió nada. Tampoco fue necesario. Pero esa noche quedó para siempre marcada en el devenir de los tiempos.

Batalla de Salamina, pintura de Wilhelm von Kaulbach

Fragmento: batalla de Salamina.

Las naves griegas se formaron en línea mientras los capitanes daban las órdenes oportunas, y Temístocles gritaba dando instrucciones en la primera línea. Sandra se encontraba sentada en la popa de una de las naves de la segunda línea, pensando en Pavlov, y en toda la locura que había supuesto embarcarse en aquella misión con Deblar. Su vida, que siempre fue caótica, era ahora una completa locura. ¿Estaba todavía afectada por el viaje en el tiempo? ¿O era, simple y llanamente, que sus sistemas de lógica y ética habían superado cualquier barrera que los diseñadores le habían modelado en su sistema? ¿Qué le ocurría a Yvette, por qué estaba tan molesta con ella? ¿Era realmente por haber sabido la verdad sobre lo que ocurrió con Robert? ¿O había algo más? Y una pregunta muy importante, que al principio no había destacado: ¿por qué Robert e Yvette no se habían visto afectados por el viaje temporal? Todo eran preguntas, y empezaba a pensar en si podrían algún día salir de ese mundo, que era el suyo, pero que no les pertenecía.

trirreme

Aparecieron los primeros rayos de Sol cuando los griegos divisaron las naves persas. Era una vista impresionante, inmensa, temible, que hizo palidecer los corazones de los remeros. Estos, en un momento dado, alzaron los remos, y algunos de los barcos de la primera línea comenzaron a remar hacía atrás, dirigiéndose hacia la playa.

Sandra, que observaba la maniobra de la primera línea, pensó que tendría que actuar. No podía dejar que aquello siguiese así. Aquellos trirremes se suponía que estaban perfectamente equipados, con los espolones de Yvette a punto, pero los soldados simplemente habían perdido la fe en la victoria ante aquella vista impresionante de naves persas. La historia se iba a escribir de nuevo, pero alguien tenía que impedir que aquellas naves retrocediesen, y no parecía que los capitanes de esas naves estuviesen motivados en evitarlo. Las naves espartanas en especial no tenían experiencia en combate naval, ni tradición en esas tácticas.

Sandra se levantó rápidamente, y los remeros a su alrededor quedaron impresionados cuando vieron surgir el dron de su brazo. Este se elevó y se colocó frente a la primera línea de barcos y a gran altura. Entonces proyectó un holograma frente a las naves que retrocedían. Era ella, era su imagen, pero en el holograma estaba de nuevo vestida de Atenea, y podía verse desde todos los barcos de la primera línea. Entonces habló con gran fuerza a través del dron:

¿Qué hacéis, hijos de Zeus, retrocediendo y dando la espalda al enemigo de vuestra patria? ¡Hoy la victoria es vuestra! ¡Bogad con fuerza, el enemigo bárbaro espera a morir en vuestras manos! ¡Vengad la muerte de vuestros hijos y hermanos! ¡Vengad Termópilas! ¡Vengad a Atenas! ¡Tomad en vuestra mano la victoria! ¡Tomadla! ¡Tomadla!

Todos los remeros quedaron impresionados ante la imagen, y Aminias Paleneo, uno de ellos de la flota en primera línea, gritó:

—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Bogad con fuerza! ¡Atenea es nuestra aliada! ¡Vamos! ¡Adelante! —Los remeros de Paleneo, al ver a la diosa, se llenaron de entusiasmo, gritaron de ira, y remaron con una fuerza descomunal. Su trirreme pronto alcanzó a la primera nave persa, colisionando con gran fuerza, que se vio sorprendida ante aquella descomunal carga. Retrocedieron unos metros como Yvette les había ordenado tras colisionar, y el espolón explotó, tal como estaba previsto. No causó demasiados daños, ya que Yvette no quiso que la carga explosiva fuese demasiado evidente, pero provocó una vía de agua más grande de lo habitual, y, lo más importante, confundió a las tropas de la nave persa. Otras naves griegas del primer grupo de veinticuatro se abalanzaron a su vez, y varias explosiones más contribuyeron a aumentar confusión. Los persas se asustaron ante aquello, y los griegos, que ya habían visto que el sistema funcionaba, se entusiasmaron todavía más, y jalearon el nombre de Afrodita, y el de Atenea.

El segundo grupo de naves griegas se abalanzó sobre el flanco izquierdo de las naves persas, y contagiados por el entusiasmo de esas primeras victorias de la primera oleada combatieron con pasión y con fuerza. Sandra caminaba sobre el borde de los trirremes, que cada vez formaban un grupo más compacto, alentando a los hoplitas que cargaban contra las naves persas. Varios soldados persas se acercaron a ella, pero, extrayendo rápidamente la espada, acabó con ellos. Algunos marineros vieron la escena, y comenzaron a gritar que la mismísima Atenea luchaba a su lado. Sandra no incorporaba ningún elemento visual de la diosa, pero en la confusión aquello era lo de menos. Tras haber visto aquella proyección, y luego ver ese rostro en ella, rápidamente la voz de que la diosa estaba entre ellos convirtió la moral en un torrente de energía casi infinito.

Las naves atenienses por el norte tomaron el flanco derecho de las naves persas, mientras que las naves espartanas, menos experimentadas, siguieron atacando la primera línea persa, y luego las siguientes, como si fuesen falanges en el mar. Los trirremes persas eran menos maniobrables en esas aguas cerradas, y eran tantos que apenas podían moverse para abrir espacios, o para realizar un contraataque.

Las naves persas que se encontraban en las líneas traseras comenzaron a maniobrar para tratar de huir, cuando se encontraron con la segunda sorpresa que había preparado Yvette. Esta, colocada en el punto más oriental de Salamina, en el extremo final de un largo brazo de tierra, activó la trampa que había estado preparando en secreto con unos pocos hombres elegidos. De pronto, una enorme columna de fuego se alzó entre las naves persas que intentaban huir y el mar abierto. Las llamas tenían cinco metros de altura, y aterrorizaron a los persas, que creyeron encontrarse ante las puertas del mismo Hades. Algunos perdieron el control y comenzaron a remar en dirección contraria, colisionando unos con otros, y aumentando la confusión. Otros no pudieron evitar entrar en las llamas, empezando a arder junto a sus barcos. El fuego se propagó entre otros barcos que huían, afectando a los barcos persas que se encontraban en segunda línea, mientras la tercera línea de trirremes griegos se unía al apoyo de las dos primeras.

Artemisia, que comandaba las cinco naves de su pueblo, daba órdenes intentando que las naves persas se alinearan para un nuevo contraataque, y ella misma organizó una contraofensiva al fin con varios trirremes, que atacaron y hundieron algunas naves griegas. Pero una de las naves griegas se dio cuenta de que en esa nave estaba la propia reina Artemisia, y ordenó perseguirla. Los remeros de Artemisia, viendo el ataque, entraron en pánico, colisionando con una nave de su propio bando. La propia nave griega que perseguía a Artemisia fue atacada a su vez por otras naves persas para defender a la reina. En la confusión, Artemisia pudo retirarse del combate, tras haber hundido varios barcos griegos y dañado otros, realizando una maniobra que sorprendió a todos, incluido el propio Jerjes, que susurró, mientras veía el combate desde un alto, en el norte, en suelo firme:

—Heme aquí, que mis hombres se convierten en mujeres, y mis mujeres en hombres…

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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