Escritores: qué hemos ganado siendo amantes de las letras

Llego a casa. El viaje en el tren ha sido productivo. He repasado por enésima vez el texto del siguiente capítulo. Y casi me paso la estación. Otra vez. No sería la primera, ni la segunda, que tengo que bajar en la siguiente parada a la mía, y volver. Porque, cuando se escribe, no se desarrolla solamente una actividad intelectual; se viaja a un nuevo universo que nace con cada letra dibujada en el papel.

¿Por qué escribimos? ¿Por qué ese afán de contar historias, de redactarlas con mucho trabajo, repasarlas hasta la extenuación, y presentarlas a los cuatro vientos?

Escribimos porque no podemos entender otra forma de entender la vida. Porque forma parte de nuestra forma de ser. Porque podemos dejar de respirar, de sentir, y de vivir; pero nunca podríamos dejar de escribir. Ni en un millón de años.

Ancient-Book

Son las endorfinas, cuentan. Eso dice la ciencia. Escribir activa el centro del placer de nuestros cerebros, y una cascada de endorfinas segregadas nos llenan de placer. O quizás no. Porque, muchas veces, cuando la página en blanco se resiste a ser manchada de tinta, y cuando esos personajes no acaban de cuadrar en la escena, y cuando vemos cómo tenemos un conjunto de ideas que no acaban de conectar, entonces es la adrenalina y la rabia la que nos domina. En esos casos, lo mejor es dejarlo, ir a dar una vuelta, respirar profundamente, y descansar. Una buena retirada también es una victoria, dicen. Y eso también aplica al mundo de la literatura.

¿Hemos ganado algo más? ¿Dinero? ¿Fama? ¿Éxito? No, claro que no. Eso no pertenece al ámbito de las letras. Se puede ganar dinero con las letras, sin ninguna duda, aunque sean muchos los llamados, y pocos los elegidos. Pero el arte, y por supuesto la literatura, es una herramienta que no se ata a estímulos materiales, y que nadie se engañe: quien pretenda lo contrario, está traicionando la misma esencia de la literatura, del acto creativo, que es puro, sincero, y no entiende de nada, excepto de servirse a sí mismo, y a quien lo emplea en su trabajo creativo diario.

¿Escribiríamos igual si vendiésemos millones de libros? No lo sé, y no lo sabré nunca, pero una cosa sí tengo clara: yo no escribo para vender millones de libros; escribo para vender millones de sensaciones, de sueños, de pesadillas, de historias, que surgen de mi corazón roto, y de mi alma. Nunca puede un escritor pretender escribir para ganar dinero. Esa es la consecuencia en todo caso, y eso está bien, si lo consigue. Pero escribir debe ser un acto que nace y muere en sí mismo, sin otro objetivo que las letras escritas. No porque no deba ganarse la vida, sino porque el acto de escribir no busca un objetivo que no sea la propia literatura.

Es decir: la literatura, como cualquier arte, debe servirse a sí mismo. El principio, el arjé fundamental de un escritor, es escribir porque debe hacerlo. Debe olvidar cualquier otro objetivo que tenga en mente. Gane cero euros, o gane un millón, la literatura nace y crece en base a un sentimiento y a una lucha interna por extraer los ángeles y los demonios que anidan en nuestro interior, que no entienden de conceptos materiales como el poder o el dinero. Eso, en todo caso, será consecuencia de nuestros escritos, para los pocos escritores que pueden ganarse la vida escribiendo. Pero, si ese fuese el objetivo real, ¿qué haríamos los miles y miles de escritores que necesitamos escribir, porque no entendemos otra forma de expresar lo que es nuestra vida, nuestros miedos, nuestros sueños, nuestras frustraciones?

La literatura también es un negocio, qué duda cabe. Y puede ser la herramienta de trabajo para ganarse la vida de algunos escritores. Pocos, pero los hay. Pero ellos, y los demás, no podemos sino entender que debemos escribir porque no podemos hacer otra cosa. El resto de nuestras actividades diarias son solo el tiempo que no estamos escribiendo, es decir, es el tiempo en el que somos estériles, vacíos, y ansiosos por volver a tomar la pluma con nuestra mano, y el papel con la otra, y empezar a escribir una nueva historia. Una nueva meta literaria. Un nuevo mundo que nace de nuestros dedos, de nuestra mente, y de nuestra alma.

¿Qué hemos ganado siendo amantes de las letras? Lo hemos ganado todo. Porque, ¿puede haber algo más grandioso que crear universos completos, con mil y un sentimientos, encerrados en algo tan sencillo como es un libro? Un trozo de cartón que envuelve a unos cuantos papeles manchados con tinta. Eso es un libro cuando nadie lo observa.

Pero, cuando alguien lo abre, un millón de emociones, de sentimientos, de experiencias, de sueños, de vidas, nacen de esas pequeñas manchas, y viajan, directamente, del corazón del escritor, al corazón del lector. El poeta te lleva a llorar. El novelista, a soñar con mundos imposibles. Y el epistolar, a recorrer las cartas de amor y dolor que quizás mandó su autor a un amor imposible, en un mundo imposible de dolor y sufrimiento, en una lucha interna y eterna por alcanzar los labios y los brazos de su ser amado. ¿Qué poder superior se le puede pedir al universo, que abrir un libro, y leerlo? ¿Quién puede crear una máquina capaz de crear la vida completa de un grupo de hombres y mujeres, envueltos en sus luchas diarias, con un simple trozo de papel?

Ese es el poder de un escritor. Un poder inmenso, increíble, inconcebible. Nada en el mundo puede generar una fuerza tan inmensa, vibrante, y poderosa como es un libro. Ni un millón de centrales nucleares son capaces de mover el corazón de un ser humano como lo hace un simple y sencillo libro.

Por eso, me siento afortunado, en esta vida, por haber podido dedicarme a crear mundos infinitos. Y quiero invitar a cualquiera que no lo haya probado, a experimentar el placer, el infinito e increíble poder, de crear universos de cero. Sin computadoras, sin programas 3D, sin realidad virtual. ¿Quién necesita ver un mundo a través de unas gafas, cuando puede sumergirse en una historia viva y real volcada por un sencillo libro?

No reniego de la tecnología, por supuesto; tiene su lugar, su importancia, y su sitio en este mundo. Pero creo que, los mayores placeres de la vida, son los más sencillos. Un bar con unos amigos tomando algo, unas risas, unas conversaciones sinceras, unas palabras tiernas. Una mirada. Un guiño. Y un universo esperando cuando abres el libro, y, de repente, el universo a tu alrededor desaparece, y solo queda una historia maravillosa, que te llevará de un lugar a otro de las estrellas. Esa. Esa es la magia de las letras.

La vida pasa. Los cuerpos terminan cayendo. Pero el escritor permanece para siempre vivo en sus letras. Y esa es la magia de la literatura. Podemos traer a los grandes escritores de todos los tiempos a nuestra casa. A nuestra sala. A nuestra habitación. Sentarlos frente a nosotros, y que nos maravillen con historias increíbles, con mundos que ya no existen desde hace siglos, o que solo existieron en su corazón. ¿Hay algo más poderoso en el universo que poder compartir una tarde con los más grandes hombres y mujeres de la historia?

Yo creo que no. Creo que el libro es el arca de la alianza del ser humano. Cuando se abre, el bien y el mal aparecen, naciendo de su interior, y ya nunca más nos deja. Porque, cuando hemos acabado de leer un libro, somos ya parte de ese libro, y parte de ese escritor, vivirá para siempre en nuestro interior.

Pero lo mejor es que ese escritor también habrá renacido de entre las cenizas. Cuando leemos un libro, ese escritor vuelve a renacer. Y ya nunca más se va.

Esa es la magia de la literatura. Un poder infinito, y sin igual.

Volveremos a las cenizas de las que fuimos formados. Pero dejaremos nuestra impronta en las letras. No concibo una forma mejor, y más grande, de inmortalidad.


 

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