Mueren las librerías, no los libros que viven en ellas

Las sorpresas que depara la vida son a veces grandes, y a veces, son pequeños detalles que impresionan, y que dejan una profunda huella en el alma. A veces, los detalles más pequeños y más nimios se convierten en los ejes centrales de nuestras vidas. Una mirada. Una sonrisa. O una perdida librería.

Iba yo recientemente por la Gran Vía de Barcelona, caminando taciturno como siempre, cuando de pronto me encontré con una imagen, la cual pueden ver adjunta en esta entrada. Tomé la foto, porque la imagen hablaba por sí misma. Y decía:

Un libro: 3 euros. Dos libros: 5 euros. Cinco libros: 10 euros.

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Soy una hoja de papel

¡Hola! ¿Cómo están? ¿Bien? Me alegro. Soy una hoja de papel. De papel del bueno, no crean.

Nací en un bello bosque, dentro de un majestuoso árbol que cubría un lado de una colina. Un día cortaron el árbol, que era mi sustento, y me dieron un nuevo trabajo como hoja de papel. Procesaron químicamente mi cuerpo, y pronto pasé a la imprenta, donde era la hoja ochenta y nueve, de un libro de cuentos infantil, de una joven escritora maravillosa. En mi página, los piratas se hacían con el tesoro, mientras el malvado pirata Carmesí reía malévolamente. ¡Qué suerte ser esa página!

El libro salió a la venta, y yo estaba entusiasmada con mi trabajo. ¡Nada más y nada menos que ser parte de un libro! Pero el libro se mantuvo tres semanas en la librería. Algunos nos hojearon, a mí y a mis hermanas, pero luego nos dejaron de nuevo en la repisa.

Pronto vino un hombre, con un aspecto siniestro, y nos llevó a un lugar todavía más siniestro. Era la trituradora de papel. Me trituraron, y me convirtieron en polvo. Creí que mi vida estaba acabada.

Pero no fue así; me reciclaron, y volví a ser hoja de nuevo. Me imprimieron, esta vez en un libro de amores y sentimientos. Yo era la hoja donde ella descubre que él tiene una amante, y llora desconsoladamente. De nuevo tenía un papel en la vida. Su autor, un hombre de cierta edad, explicaba sus relatos amorosos con gran maestría, llegando al corazón de seres sensibles. El libro llegó a la misma librería, y de nuevo estaba feliz, mientras la gente me ojeaba. Pero nadie se decidía a llevarnos. Siempre volvíamos a la repisa.

Tras unos días, de nuevo apareció aquel malvado ser, y se repitió la historia. De nuevo me procesaron, y me llevaron a la imprenta. Ahora era la hoja donde un mago muy poderoso lanzaba un hechizo para salvar su mundo de las garras de alguna profecía. Me sentí orgullosa de ser la hoja de tan importante momento, y de nuevo volví a la librería.

Han pasado los días, y la gente nos mira, a mí y a mis hermanas, pero nos deja de nuevo en la repisa. Ahora solo espero la llegada de ese ser oscuro, que… ¡Esperad! ¡Alguien nos está comprando, a mí y a mis hermanas! ¡Nos llevan en un bolso a un nuevo mundo! ¡Por fin vamos a ser leídas!

Han pasado dos años. Nadie nos ha leído. ¿Por qué? Solo sé que quien nos trajo dijo algo similar a “este hace juego con la pared de la sala”, y nada más. ¿Qué significará eso? ¡Eh! ¡Hola! ¡Estamos aquí! ¡Somos una maravillosa aventura de fantasía! ¡Léenos, por favor! ¡Léenos! Da un poco de sentido a nuestras vidas. Por favor. Lee nuestras páginas, antes de que aparezca de nuevo el malvado hombre, y muramos de nuevo, para volver a la vida…

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Escritores: qué hemos ganado siendo amantes de las letras

Llego a casa. El viaje en el tren ha sido productivo. He repasado por enésima vez el texto del siguiente capítulo. Y casi me paso la estación. Otra vez. No sería la primera, ni la segunda, que tengo que bajar en la siguiente parada a la mía, y volver. Porque, cuando se escribe, no se desarrolla solamente una actividad intelectual; se viaja a un nuevo universo que nace con cada letra dibujada en el papel.

¿Por qué escribimos? ¿Por qué ese afán de contar historias, de redactarlas con mucho trabajo, repasarlas hasta la extenuación, y presentarlas a los cuatro vientos?

Escribimos porque no podemos entender otra forma de entender la vida. Porque forma parte de nuestra forma de ser. Porque podemos dejar de respirar, de sentir, y de vivir; pero nunca podríamos dejar de escribir. Ni en un millón de años.

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