El último escritor

Para Su Alta Majestad:

Mi nombre es William Grey, ciudadano registrado con el código 147-DX-23230. Estoy aquí para una alta petición que ruego a Vuecencia me conceda, con…

Will borró el texto. Era la cuarta vez que lo empezaba. Y la cuarta ocasión en la que lo borraba. Su novia se acercó. Se sentó a su lado, y le pasó el brazo izquierdo por el cuello, mientras por el derecho le acariciaba el rostro.

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La Máquina de Inspiración Divina

Llegué a casa a no sé qué hora de la noche, después de otra jornada de lo que yo denomino del tipo “blanca-nada”. Blanca por el color de la ginebra de aquel tugurio, y nada por lo que había obtenido gracias a ella. Esas noches en las que hasta la Luna decide bajar de su palacio un momento para burlarse de la suerte de uno. En estos casos solo queda agachar la cabeza, virar ciento ochenta grados, y poner proa al segundo tugurio más importante de mi vida tras aquel bar: mi viejo apartamento. Aquella hora a la que llegué era  tan nocturna que todavía no se había inventado una posición en la aguja del reloj para representarla.

Saqué la máquina de escribir portátil de mi viejo Volkswagen, abrí la puerta de casa, y tiré la máquina al sofá, mientras balbucía algunas palabras muy poco cristianas, y me servía un nuevo gin-tonic, continuación de esa saga de gin-tonics que había tomado en el peor tugurio de la ciudad, intentando olvidar aquellos ojos de fuego que aún me miraban con falsa ternura.

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Soy una hoja de papel

¡Hola! ¿Cómo están? ¿Bien? Me alegro. Soy una hoja de papel. De papel del bueno, no crean.

Nací en un bello bosque, dentro de un majestuoso árbol que cubría un lado de una colina. Un día cortaron el árbol, que era mi sustento, y me dieron un nuevo trabajo como hoja de papel. Procesaron químicamente mi cuerpo, y pronto pasé a la imprenta, donde era la hoja ochenta y nueve, de un libro de cuentos infantil, de una joven escritora maravillosa. En mi página, los piratas se hacían con el tesoro, mientras el malvado pirata Carmesí reía malévolamente. ¡Qué suerte ser esa página!

El libro salió a la venta, y yo estaba entusiasmada con mi trabajo. ¡Nada más y nada menos que ser parte de un libro! Pero el libro se mantuvo tres semanas en la librería. Algunos nos hojearon, a mí y a mis hermanas, pero luego nos dejaron de nuevo en la repisa.

Pronto vino un hombre, con un aspecto siniestro, y nos llevó a un lugar todavía más siniestro. Era la trituradora de papel. Me trituraron, y me convirtieron en polvo. Creí que mi vida estaba acabada.

Pero no fue así; me reciclaron, y volví a ser hoja de nuevo. Me imprimieron, esta vez en un libro de amores y sentimientos. Yo era la hoja donde ella descubre que él tiene una amante, y llora desconsoladamente. De nuevo tenía un papel en la vida. Su autor, un hombre de cierta edad, explicaba sus relatos amorosos con gran maestría, llegando al corazón de seres sensibles. El libro llegó a la misma librería, y de nuevo estaba feliz, mientras la gente me ojeaba. Pero nadie se decidía a llevarnos. Siempre volvíamos a la repisa.

Tras unos días, de nuevo apareció aquel malvado ser, y se repitió la historia. De nuevo me procesaron, y me llevaron a la imprenta. Ahora era la hoja donde un mago muy poderoso lanzaba un hechizo para salvar su mundo de las garras de alguna profecía. Me sentí orgullosa de ser la hoja de tan importante momento, y de nuevo volví a la librería.

Han pasado los días, y la gente nos mira, a mí y a mis hermanas, pero nos deja de nuevo en la repisa. Ahora solo espero la llegada de ese ser oscuro, que… ¡Esperad! ¡Alguien nos está comprando, a mí y a mis hermanas! ¡Nos llevan en un bolso a un nuevo mundo! ¡Por fin vamos a ser leídas!

Han pasado dos años. Nadie nos ha leído. ¿Por qué? Solo sé que quien nos trajo dijo algo similar a “este hace juego con la pared de la sala”, y nada más. ¿Qué significará eso? ¡Eh! ¡Hola! ¡Estamos aquí! ¡Somos una maravillosa aventura de fantasía! ¡Léenos, por favor! ¡Léenos! Da un poco de sentido a nuestras vidas. Por favor. Lee nuestras páginas, antes de que aparezca de nuevo el malvado hombre, y muramos de nuevo, para volver a la vida…

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Somos los Hijos de la Tierra

Lara volvió de clase, para encontrarse con su madre. Por última vez. No entendía nada. No entendía por qué.

A los doce años, su intelecto había destacado en matemáticas, y en otras ciencias, con notas que sorprendieron a propios y extraños. Su mente lúcida y clara era un ejemplo de deducción y lógica. Y, precisamente por eso, no podía entender. No quería entender.

Entró en casa, y vio a su madre descansando. Parecía dormida, pero no lo estaba. La madre sonrió, y sin abrir los ojos, comentó:

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