Una amiga en las estrellas

Dentro de los relatos cortos que he ido publicando en Lektu ha habido diferentes reacciones de los lectores. Varios libros han llegado a estar entre los veinte más leídos en algún momento, y algunos tienen lecturas recurrentes y se encuentran en categorías globales, como ejemplo “Te esperaré al anochecer“.

A día de hoy, y justo un año después de darme de alta, se han descargado 1.162 libros de la saga, o relatos cortos que he ido publicando en Lektu. Puede no parecer mucho, pero si dividimos 1.162 entre 366 tenemos algo más de tres libros diarios, lo cual creo que está bastante bien para un autor desconocido como yo. Agradecer a todos los lectores que se han animado a leer alguna de las obras.

Pero con “Una amiga en las estrellas” las cosas han sido distintas. Se me ocurrió la historia el pasado domingo por la mañana, y publicaba el relato el martes por la mañana. Treinta y seis horas después estaba en sexta posición en categoría absoluta en Lektu. Una semana más tarde había subido a la tercera posición.

Obviamente pueden imaginar mi sorpresa ante un evento así. Solo tengo palabras de agradecimiento para todos los lectores que se están descargando la obra. Corta, sí. Gratuita, es cierto, porque son 26 páginas. Pero el interés está ahí, y las lecturas están ahí. Y eso es algo muy de agradecer.

Este relato no tiene relación con la saga Aesir-Vanir, aunque su mensaje sí es reconocible dentro de la saga. En todo caso, fue una mañana de domingo estupenda, que me dio la idea tras volver de la cafetería, en mi paseo matutino.

Lo publico aquí, y al final he añadido un enlace a Lektu, que también pueden encontrar aquí. Muchas gracias.

Una amiga en las estrellas.
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San Francisco, invierno de 1991.

Señales.

Recuerdo muy bien aquella tarde de invierno. Me encontraba en el colegio, cursando mis estudios. Habíamos ido de excursión, a una zona deportiva tras pasar el puente del Golden Gate en San Francisco, para realizar algunas actividades deportivas. Con doce años, y mil sueños en mi cabeza, yo era el único que se quedaba junto a los profesores, hablando de estrellas, planetas y galaxias, mientras mis compañeros se dedicaban a jugar al futbol, o a pelear, o a mil cosas que a mí no me interesaban en absoluto.

No. Yo tenía la vista puesta en las estrellas. Como muy bien había observado una profesora hacía tiempo: “Peter, tú siempre tienes la mente en alguna estrella“. Y era cierto. ¿Por qué quedarse con la Tierra, por maravillosa que esta sea, cuando se puede disfrutar de toda la galaxia, y aún más, de todas las maravillas del universo?

Supongo que mi madre tenía algo que ver, o mucho que ver, en todo aquello. Gracias a ella yo era un gran aficionado a la astronomía, y mi madre me había comprado un sencillo telescopio reflector el año anterior. Sencillo, de segunda mano, pero lo suficientemente potente como para poder ver un buen número de fenómenos astronómicos. Mi madre estaba doctorada en física, y trabajaba en un laboratorio de investigación que recogía datos de diferentes radiotelescopios que escudriñaban el universo, incluyendo el famoso y poderoso radiotelescopio de Arecibo, entre otros. También algunos situados en la zona austral.

Los datos llegaban al laboratorio, pero ella los llevaba a casa, y me enseñaba a interpretar las señales. Recuerdo muy bien sus explicaciones:

—Estas señales que recibimos son la voz del universo condensada en estos gráficos y estos documentos —me decía a menudo—. Aprender a interpretar las señales del universo es aprender a conocerlo. Y conocer el universo a gran escala es aprender a conocernos a nosotros mismos, Peter. Porque nosotros, aunque a veces queramos ignorarlo, somos hijos conscientes del universo.

Mi madre había adaptado un transmisor-receptor de onda corta para escuchar las señales, que llegaban reflejadas desde los radiotelescopios. Decía que escuchar las señales directamente le daba la oportunidad de imaginar lo que estaban diciendo.

Pero, mucho más importante: eran la voz directa del universo hablando a través de las estrellas. Ella reconocía que no tenía un valor científico directo; pero el sonido estimulaba su imaginación y sus ideas, y ello le permitía trabajar en nuevos diseños para descifrar los mensajes provenientes del universo. Desde el ruido de fondo del universo a los distintos sonidos de los fenómenos que poblaban la galaxia, y el universo.

Yo solía escuchar aquel sonido también. Mientras hacía los deberes, en lugar de escuchar las canciones de pop y rock de la época, los grupos de moda, o la televisión, prefería ponerme aquel sonido, e imaginar de dónde venía. ¿Era una estrella implosionando aquel chirrido? ¿Era un agujero negro aquel susurro? ¿Quizás aquel siseo formase parte de la formación de una estrella?

El primer mensaje.

Una noche estaba concentrado en mis deberes, escuchando el sonido de las estrellas, cuando, de pronto, el sonido se apagó. Miré el receptor, y verifiqué que seguía en marcha. ¿Había dejado de recibir la señal desde el laboratorio de mi madre?

No le di demasiada importancia. Si se había estropeado, mi madre lo arreglaría. Yo tenía un examen al día siguiente de matemáticas, y no podía distraerme.

De pronto, el sonido volvió al receptor. Pero era distinto. No tenía nada que ver con los sonidos de siempre. Me acerqué al aparato, me puse los auriculares, y subí algo el volumen. El sonido se repitió. Eran una serie de impulsos muy claros, muy organizados, en una serie que, años más tarde descubrí, seguía la serie de Fibonacci.

Fue una sensación muy rara. Y tuve un impulso. ¿Qué ocurriría si activaba el micro? ¿Podría mandar yo un mensaje? La verdad es que, en todo ese tiempo, no se me había ocurrido. ¿Mandar un mensaje? ¿Cómo? Aquel aparato, tal y como estaba configurado, solo recibiría señales.

Pero activé el micrófono. Y recuerdo que dije una sola palabra:

—¿Hola?

No hubo contestación. Era lógico. ¿En qué estaba pensando? Me reí de mí mismo, y reconocí que mi profesora acertaba al decir que estaba siempre perdido en las estrellas y las galaxias.

Me saqué los auriculares, y dejé el aparato en marcha mientras seguía con las matemáticas para el examen.

De pronto, algo pasó. Algo increíble. Algo maravilloso, e incomprensible. Desde los altavoces apareció un sonido. Se repitió tres veces, cada vez con mayor definición. Era una palabra. Y la palabra era una repetición de la que yo había dicho:

—¿Hola?

—Observé el receptor con asombro. ¿Era un eco distorsionado de mi voz? Me coloqué los auriculares de nuevo. Activé el micro. Y repetí:

—¿Hola?

De nuevo, al cabo de unos segundos, esa voz distorsionada:

—¿Hola?

Algo fallaba en el receptor. Al parecer sí transmitía, y luego devolvía mi voz distorsionada. Como el eco de un teléfono cuando se daba una mala recepción. Iba a sacarme los auriculares, cuando llegó algo más.

Y fue, en ese momento, cuando cambió mi vida para siempre. Una voz que resonaría para siempre en mi mente:

—¿Hola? ¿Alguien recibe esta señal? ¿Puede responder?

¿Qué era eso? ¿Alguien del laboratorio? ¿Me habrían escuchado los compañeros de mi madre? Decidí contestar:

—¡Hola! Recibo el mensaje, tres de cinco. ¿Es usted del laboratorio? Creí que el emisor estaba apagado. —La voz contestó:
—¿Qué laboratorio? —Yo continué:
—¿Es alguien en Arecibo, o de alguno de los radiotelescopios de la red? Siento las molestias. Dejaré libre el canal.

Mi madre me iba a matar si se enteraba de que estaba ocupando un canal de comunicación del laboratorio. Pero yo ni sabía si realmente estaba siendo así. La voz entonces preguntó:

—¿Qué laboratorio? ¿Hola? ¿Puede responder?
—¡Hola de nuevo! ¡Soy Peter Kimmel, respondiendo desde San Francisco! ¿Es usted algún compañero de mi madre? Le ruego me perdone por entrar en la señal. Sé que no debe hacerse, mi madre me lo dice siempre.

Se hizo un silencio. Luego la voz respondió:

—Confirmo recepción del mensaje. ¿Por madre te refieres al organismo procreador que generó tu matriz física?

Me quedé congelado ante aquella pregunta. ¿Organismo procreador? Mi madre era quien me había traído al mundo. Pero, ¿organismo procreador? Estaba seguro que a mi madre no le gustaría que la referenciasen con esa descripción.

—Hola. Sí… mi madre es… un organismo procreador, como mi padre, que murió hace dos años. Mi madre tiene un hijo. Yo soy su hijo. ¿Es esto una broma? —La voz del otro lado respondió:
—¡Ah! ¡Entonces es reproducción sexual avanzada, como nosotros! ¡Mi procreador tenía razón!
—¿Razón? ¿Tu “procreador”? —La voz contestó:
—Mi procreador… Vosotros lo llamaríais “padre”. Mi padre me contó que, en el lugar de recepción de la señal, el tercer planeta del sistema estelar más cercano al nuestro, habitan seres que se reproducen en parejas, como nosotros. Es un signo de evolución biológica avanzada. ¡Y tenía razón! ¿Cómo eres? Físicamente, me refiero. ¿Cuántos apéndices tienes? ¿Cómo manipulas tu entorno?
—Un momento, un momento… ¿Quién eres?

De pronto la señal se cortó. Volvió el sonido típico de las señales de radio del espacio. Mi madre entró.

—¿Estás bien, Peter? Me había parecido oírte hablar —Yo sonreí.
—Estaba… susurrando los ejercicios de matemáticas.
—Muy bien. Estudia mucho.
—Mamá, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—Próxima Centauri es la estrella más cercana a la tierra, ¿verdad? Eso es lo que me has explicado.
—Exacto.
—¿Y habéis recibido alguna señal de allí?
—Nada en particular. Lo normal.
—Ah, qué bien.

Mi madre se iba a ir, pero volvió a darse la vuelta pensativa, y añadió:

—Pero sí mandamos unas señales de amistad hace cinco años. Con información sobre el planeta y aspectos generales de la Tierra. ¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad… Había estado leyendo algo de Próxima Centauri.
—Es una estrella interesante. Pero, ¿no lo son todas?
—Es cierto, mamá. Gracias.
—Venga, sigue estudiando, pero no demasiado, que tienes que estar despejado mañana.

Yo asentí sonriente. Ella sonrió a su vez, y cerró la puerta.

Casi no pude dormir aquella noche. Aunque el examen pude aprobarlo. A pesar de todo.

Una noche más.

Tras salir del colegio, al día siguiente, volví a mi receptor, y lo activé. El sonido de siempre. Nada. ¿Lo habría soñado? Tres noches pasaron así.

Hasta la noche del sábado. Entonces, de pronto, sobre las once, apareció aquella voz.

—¿Hola? ¿Hola? ¿Estás ahí? —Rápidamente contesté.
—¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! ¿Quién eres?
—¿Eres macho o hembra? —Confieso que aquello me dejó bastante perplejo.
—Soy… macho. Soy un chico. ¿Por qué lo preguntas?
—Ah, ¡fantástico! Mi procreador dice que hay que analizar aspectos básicos de cada especie. El género es una de ellas. ¿En qué estado de desarrollo orgánico estás? ¿Eres un embrión, un feto? ¿O ya te has desconectado del sistema reproductor de tu procreador?

Confieso que aquello todavía me dejó más perplejo. Contesté:

—Eh… si te refieres a si he nacido, sí, he nacido. Soy… independiente.
—¡Qué interesante! ¡Una criatura ya independiente!
—¡Un momento, un momento! —Le espeté—. ¿Es esto alguna broma? Eres alguien del laboratorio, ¿verdad? —La respuesta tardó unos segundos en llegar.
—¿Broma? ¿Te refieres a un acto que tiene como finalidad crear una reacción de humor en otro? No. Pero confieso que mi procreador, o mi padre, como lo llamarías tú, no sabe que estoy hablando contigo. ¡Me tiene prohibido hablar con especies inferiores! ¡Y mucho más de tu mundo!
—Ah, qué bien, lo entiendo —confesé sin entender demasiado a qué se refería.
—¿Y te has reproducido ya? —Aquella frase terminó de matarme.
—¿Reproducido? No… yo… no tengo la capacidad, aunque me gusta una chica de clase, pero…
—Entiendo, entiendo, es fantástico, eres un organismo en fase de desarrollo, ¿cómo lo llamáis? Ah, sí, la fase de la preadolescencia. Es así como lo llamáis, ¿verdad? —Yo ignoré la pregunta, y pregunté a su vez:
—Oye, ¿puedes decirme quién eres ya de una vez?
—Mira, lo más importante es que mi antecesor reproductivo macho… es decir, mi padre, no debe enterarse.
—¿De qué?
—Lo he discutido con él muchas veces. Y siempre me dice que no. Que, por muchos mensajes que recibamos de tu planeta, no debemos contestar. Puedo hablar con otros mundos. Pero no con el vuestro.
—¿Por qué?
—Al parecer sois una amenaza —se oyó con una voz inconformista—. Dice que vuestra especie es peligrosa. Depredadora. Dañina.
—Depende, no siempre somos así. Pero, ¿quién eres? ¿De dónde llamas? —Tras unos instantes, se oyó una respuesta directa.
—Llamo desde lo que vosotros conocéis como Próxima Centauri. Desde el planeta habitado del sistema estelar. Es el segundo contando desde la estrella. —Yo me reí a carcajadas, a pesar de que había acertado con la estrella más cercana. Pero aquello no era posible. Le reprendí:
—Claro, claro, llamas desde Próxima Centauri… Y yo soy el capitán América —aseguré divertido.
—¿No me habías dicho que te llamabas Peter?
—Bueno… sí… Es una… metáfora.
—Ummmh, ciertamente sois una especie rara. Tengo que dejarte. Mi procreador… mi padre está a punto de llegar. Si me descubre hablando contigo, me mata.
—¡Oye! ¡Espera un momento! ¿Sigues ahí?
—Sigo aquí. Dime.
—¿Y tú? ¿Eres macho o hembra? ¿Y cómo te llamas?
—Desde vuestro punto de vista, soy una hembra. El nombre no podrías pronunciarlo, creo que solo tenéis una lengua, se requieren tres para poder pronunciarlo. Pero puedes llamarme Centauri. Al fin y al cabo es mi estrella en vuestra lengua.
—¿Y cómo sabes hablar en nuestra lengua? ¿Hiciste un curso?
—Analizamos vuestras señales de radio. Hemos aprendido vuestra lengua. Vuestras costumbres. Pero muchos conceptos sociales y culturales se nos escapan. Y no se permite la investigación. Tu planeta es un planeta prohibido. ¡Mi padre ha llegado! ¡Seguiremos hablando!
—¡Oye! ¡Oye!

En ese momento entró mi madre. Me miraba de un modo raro.

—¿Con quién hablabas? El teléfono está fuera.
—Estoy… interpretando un relato que tenemos que explicar el lunes, en clase de literatura. —Mi madre me miró con ojos fruncidos.
—Ya. Un relato. Para la clase de literatura.
—Exacto, mamá.
—Claro que sí. ¡Venga, cuentista, ya me lo explicarás otro día! ¡A dormir!

Me fui a dormir. Aquella noche sí estaba realmente agotado. Y soñé con galaxias. Y con esa amiga de las estrellas. Si es que no era todo una pesada broma.

Tercer contacto.

Era sábado. Íbamos a ir a casa de los abuelos. Aquello era bueno, y era malo. Era bueno porque tenía un dinero extra, que conseguía con mi cara de niño bueno. Era malo porque tenía que aguantar unas cuatro horas de charla adulta insulsa. Y en aquellos tiempos no existían los entretenimientos que ahora disfrutan los jóvenes. Sí, algo había, algunos videojuegos de aquellos tiempos, esas cosas, pero yo no disfrutaba más que de un ordenador modesto para mis estudios, y aún así era casi un privilegiado. Y no en casa de mis abuelos. Allí nunca entró un ordenador.

La cosa se puso complicada cuando, tras el café, mi madre llamó al laboratorio. Yo jugaba con un juego de piezas para montar que me acababan de regalar mis abuelos. Mi madre parecía preocupada cuando contactó con uno de sus compañeros.

—¿Scott? ¿Alguna novedad? —Mi madre escuchó atentamente.
—¿Y has confirmado que la señal no provenga de uno de esos estúpidos satélites militares? ¿Qué dice la telemetría?
—Entiendo. Así que se confirma: el origen parece la atmósfera superior, pero el efecto Doppler indica que viene de algún punto de Próxima Centauri. Muy curioso.

El corazón me dio una vuelta. O tres. Mi madre continuó:

—Tenéis todo grabado, espero… De acuerdo. Pásalo por los filtros de señales. Busca patrones. No quiero tomar decisiones hasta tener confirmación. ¿Me oyes? Confirmación. No quiero volver a oír que somos los amigos de los hombrecitos grises en los periódicos.

Mi madre colgó. Me miró de reojo, de una forma que conocía bien, y que me hizo tragar saliva. Luego siguió hablando con los abuelos sobre recetas de cocina que preparaban cuando mi madre era niña. Un tema apasionante sin duda. Pero yo sabía que algo estaba ocurriendo. Aquella voz, que se identificaba como Centauri… quizás no fuese una broma.

Por la noche, conecté el receptor, y recé para que Centauri no apareciese en la emisión. Estuve escuchando dos horas las señales del espacio profundo, mientras me iba quedando dormido en la cama.

De pronto, apareció de nuevo. Era aquella voz.

—¡Peter! ¡Peter! ¿Estás ahí? —Yo salté de la cama como si hubiese tenido un muelle. Me puse los auriculares.
—¡Centauri! ¡No puedes llamar! ¡Te están rastreando! —De nuevo, unos segundos.
—¿Rastreando? ¿Quieres decir, que detectan esta señal? Ah, no te preocupes. La señal se autodestruye sola.
—¿Qué? ¿Qué estás diciendo?
—¿Has comido? En las recepciones que tenemos de tu planeta dicen que coméis nutrientes tres veces al día. ¿Has comido? —Yo, de nuevo, me quedé congelado un instante.
—Sí… He cenado sopa, y…. ¡Centauri! ¡No debo hablar contigo!
—¿Por qué no? ¡Es divertido! Sois una especie primitiva, muy interesante. Mi padre dice que vuestra civilización durará unos ciento cincuenta años terrestres como máximo, antes de volver a una edad anterior a la industrial. Pero a mí me da pena que no quieran evitarlo. En otros mundos les ayudan.
—¿Les ayudan? —Pregunté interesado.
—Sí. Especies con dificultades. Les envían señales para desarrollar tecnologías que les permitan prosperar. Pero mi padre dice que a la Tierra no se ha de enviar nada; seríais un peligro para toda la galaxia.

Aquello me dejó helado. Pregunté:

—¿La… galaxia? ¿Es que hay muchos más? —Centauri rio. Era curioso.
—¡Claro! ¡Hay cientos de miles de especies! Pero vosotros, y algunos otros, sois territorio prohibido. Y es una pena…
—¿Cómo podemos estar hablando, Centauri? Dice mi madre que las señales tardan años en viajar a la velocidad de la luz.
—¿Las señales? Ah, claro; tu procreadora… tu madre se refiere a ondas electromagnéticas. Nosotros usamos ondas gravitatorias con un campo de inflatón. La señal viaja a velocidades hiperlumínicas, y se transforman en señales electromagnéticas al llegar a la atmósfera, algo que se consigue mediante la modulación de la onda gravitatoria en relación al campo gravitatorio del planeta de destino.
—Es fantástico, Centauri… No entiendo nada —confesé.
—No te preocupes. Yo tampoco lo entiendo demasiado. ¿Has pensado en tu actividad sexual reproductiva futura? ¿Tienes ya elegida la hembra?
—¡Centauri! ¡Nosotros no… no funcionamos así!
—Ah, ¿no? Por lo que nos llega de vosotros parecería…
—Pues no. Y ahora escucha, Centauri. Mi madre y su equipo están haciendo un seguimiento de tu señal.
—No importa. La señal contiene un algoritmo de autoborrado, no te preocupes. Cualquier sistema terrestre que reproduzca el algoritmo lo borrará automáticamente.
—¿Cómo es posible?
—No lo sé, creo que tiene que ver con la modulación de la señal, al reproducirla se solapa una señal complementaria que anula la original. Pero escucha, escucha: mi padre sí me va a atrapar tarde o temprano. Y yo…
—¿Tú, qué?
—Yo quiero tenerte como amigo. Quiero que seamos amigos, Peter.
—¿Por qué quieres ser mi amiga?
—Porque quiero demostrar a mi padre y a sus colegas que la humanidad se merece una ayuda, como los otros. Quiero que sepan que…

La comunicación se cortó. Justo unos segundos después, mi madre entró en el cuarto.

—Peter. —Yo me saqué los auriculares, con cara de circunstancias.
—¿Sí, mamá?
—Ven. Tenemos que hablar.
—¿De qué, mamá?
—Obedece.

Madre e hijo.

Mi madre se dirigió a la sala. Yo fui detrás. Me señaló el sofá. Me senté. Mi madre se sentó frente a mí. Yo sentía una especie de apisonadora paseando sobre mi corazón. Finalmente, mi madre dijo:

—¿Has cortado la señal?
—¿Qué señal?
—¿Quieres que me enfade?
—No, mamá.
—Entonces contesta. ¿Has cortado la señal?
—No, no la he cortado.
—Entonces ha sido… en origen.
—No lo sé, mamá. Yo no he cortado nada.
—Está bien, Peter. Empieza por el principio. Y quiero la verdad.

Yo no sabía qué decir. Pero era evidente que ella parecía saber mucho. O todo. Así que pasé al contraataque.

—Tenéis la señal grabada, ¿no?
—La teníamos. En cuanto la reprodujimos la primera vez, se borró. No sabemos cómo.

Yo sí sabía cómo. O, para ser más exactos, lo sé ahora. En aquel momento solo sabía lo que me había dicho Centauri. Así que respondí:

—Siento que hayáis perdido los datos, mamá. Pero ella…
—¿Quién es “ella”? ¿Esa amiga con la que te he oído hablar?
—Hablaba solo, mamá.
—Peter, tienes doce años, pero aún puedo castigarte: dos semanas sin libros ni visitas a la biblioteca si no eres sincero. —Aquella amenaza surtió efecto.
—Es… una amiga. Apareció hace unos días. Hemos ido hablando. Hace mil preguntas sobre nosotros.
—¿Sobre ti y sobre mí?
—No solo sobre nosotros, mamá… Sobre la… humanidad.
—Entiendo. ¿Y qué te pregunta?
—De todo. Primero quiso saber sobre mí. Luego pasó a preguntas sobre la vida en la Tierra. Quiere convencer a su padre…
—¿De qué lo quiere convencer?
—De que… somos una especie confiable.
—Entiendo. Pues va a tener trabajo.
—Eso creo yo, mamá.

Mi madre se mantuvo en silencio unos instantes. Luego me miró, y dijo:

—Así que por eso preguntabas el otro día por Próxima Centauri. Cuando me confirmaron que la señal viene de allá até cabos, como no podía ser de otro modo.
—Mamá, yo…
—Escucha, Peter. No sé si te das cuenta del potencial perturbador a nivel sociológico y cultural que supone lo que está ocurriendo.
—Más o menos… —respondí sin entender muy bien.
—De acuerdo. Vas a intentar hablar con tu amiga. Dejaremos la señal abierta. Y, en cuanto aparezca, quiero que me dejes hablar con ella.
—No sé si ella… —Mi madre negó categóricamente con la cabeza.
—No se trata de si ella quiere o no quiere. Por lo poco que sé, he oído y me has contado, parece la equivalente de una adolescente de la Tierra. Al parecer los adolescentes son igual de difíciles y complicados, y rebeldes, en todas partes. Así que me dejarás hablar con ella. ¿Te ha quedado claro?
—Perfectamente, mamá.
—Muy bien. Ahora, a dormir. Y, si llega la señal, te levantas, y contestas, pero antes me despiertas. Sea la hora que sea. ¿Entendido, jovencito?
—Entendido, mamá.

Mi madre asintió. Ella se fue a su cuarto, y yo al mío.

¿Por qué se había cortado la señal? Al parecer era en origen, es decir, en el lugar donde estaba Centauri. ¿La habría encontrado su padre, en una imitación de lo que me estaba ocurriendo a mí con mi madre?

La amenaza.

Pasaron dos semanas. Parecía que aquella señal no volvería. ¿Qué habría ocurrido con Centauri? Era evidente que debían de haberla encontrado comunicándose conmigo. ¿Qué habría sido de ella?

La respuesta llegó sobre las once de la noche de un viernes. De pronto, la voz sonó de nuevo. Era ella. Pero era distinta.

—¿Peter? ¿Estás ahí?
—Estoy aquí —respondí, tras saltar de la cama, llamar a mi madre, e ir directamente para ponerme los auriculares— ¿Cómo estás? ¿Qué ha sucedido? —Mi madre entró en ese momento. Activé los altavoces.
—¡Lo siento, Peter, lo siento!
—¿Qué sientes? ¿Qué ocurre?
—Mi padre… se ha enterado de todo… Sabe que he estado hablando contigo. Sabe que los humanos de tu planeta han grabado nuestras señales.
—Sí, pero se borran luego. No hay pruebas.
—No es suficiente… Hay un grupo de humanos que conocen nuestra existencia. Y yo… yo no entendía las consecuencias. No preví las consecuencias como hubiese debido…
—¿Qué consecuencias? —Se hizo el silencio. —De pronto, sonó una voz. Era distinta.
—¿Peter? Soy… lo que vosotros llamaríais el padre de… Centauri.
—¿Señor? Su hija y yo no quisimos…
—Mi hija ha sido una irresponsable. Pero no podemos hacer nada. Pareces un ser primitivo, pero razonable. Pero no es suficiente; está decidido.
—¿Qué está decidido? —En ese momento mi madre me sacó los auriculares, y dijo:
—Soy la madre de Peter. ¿Con quién hablo?
—Soy… el padre de la que se ha dado en llamar Centauri en su mundo. Me alegro de poder contactar directamente con un adulto.
—Yo también me alegro de que podamos solucionar esto entre adultos. Los jóvenes son eso: jóvenes, que a veces cometen errores. Parece que es algo universal.
—Eso es totalmente cierto —comentó el padre de Centauri.
—¿Y a qué se refiere con “está decidido”?
—La Tierra es un planeta prohibido. Un mundo con una especie tremendamente peligrosa, perversa y dañina.
—Está hablando de mi especie —aseguró mi madre.
—Lo sé. Y lo siento. Si su especie llega a las estrellas algún día, será nuestro fin. Hemos querido mantener el silencio. Hemos ocultado toda señal de radio inteligente dirigida hacia la Tierra. Y lo habíamos conseguido. Hasta ahora. Pero mi hija, en su insensatez, ha tomado una decisión que tendrá graves consecuencias.
—Escuche —respondió mi madre con voz dura—. Si sus hijos en su mundo son la mitad de rebeldes que en el nuestro, sabrá que estas cosas pasan. Esta ha sido una situación provocada por su hija, y mantenida por mi hijo. Podemos y debemos explicarles que está mal, si lo quiere ver así. Aunque a mí me parece maravilloso el simple hecho de poder comunicarnos. Pero no creo que deba tener consecuencias negativas, sean las que sean. No castigue a su hija porque la curiosidad sobre nosotros le ha podido. Si su mundo es como el nuestro, sabrá que la curiosidad es la fuente inagotable de la que nace el conocimiento.
—Eso es cierto… Pero ahora ustedes saben de nuestra existencia.
—¿Y eso que importa? No podemos hacer nada. Podemos cortar esta conversación. Nadie aquí nos creerá sin pruebas. Si mañana digo públicamente y sin pruebas que esta noche he hablado con un extraterrestre sobre problemas de educación infantil y juvenil, le aseguro que me encerrarán en una sala acolchada durante veinte años, o más.
—No es suficiente.
—¿Qué quiere decir?

Se hizo el silencio. Al cabo de unos segundos, el padre de Centauri respondió:

—Hemos enviado una flota de combate al tercer planeta de su sistema estelar. Destruirán su especie por completo. Lo descontaminarán de toda presencia humana usando agentes biológicos. El resto de especies del planeta no se verán afectadas.

En ese momento fue mi madre la que guardó silencio. Luego, finalmente, dijo:

—Supongo que disponen de tecnologías mucho más avanzadas que las nuestras. Incluidas armas de guerra muy sofisticadas. Al fin y al cabo, son seres superiores.
—Así es.
—¿Y demuestran su superioridad destruyendo a una especie completa? Eso en este mundo tiene un nombre: genocidio.
—La decisión está hecha —respondió la voz—. No me corresponde a mí juzgar las leyes que nos gobiernan. —Mi madre estalló:
—¡También en este mundo tenemos cobardes que se esconden tras leyes injustas, para justificar la muerte de millones de inocentes con razonamientos presuntamente lógicos y coherentes, que solo esconden una falta de ética completa! ¡Si somos una especie inferior, ustedes no muestran ser ética ni moralmente superiores a nosotros! ¡Acabar con un problema destruyendo el problema no es una solución real a un problema!

De nuevo se hizo el silencio unos segundos.

—No habrá más contactos. La decisión está hecha. Las próximas noticias las recibirán en lo que ustedes llamarían tres días.

La señal se cortó. De nuevo, solo quedó el silencio de las señales de radio naturales del espacio. Mi madre me miró, luego miró el reloj, y dijo:

—Voy a hacer unas llamadas. Quítate el pijama. Y vístete. Tenemos por delante una noche bastante larga.

La reunión.

Eran las cuatro de la mañana, y el café corría por la sala de reuniones del laboratorio como la pólvora. El equipo de investigación, formado por ocho personas, escuchó atentamente las palabras de mi madre, incluido Scott, que era el responsable del procesamiento y gestión de señales. Fue este el que habló tras terminar de hablar mi madre.

—Myriam: esto no puede estar sucediendo.
—Pues hazte a la idea, Scott, porque sí está sucediendo —contestó mi madre—. Esto no es ninguna broma. —Scott se dirigió a mí:
—¿Qué impresión te ha dado esa tal… Centauri, Peter?
—No sé. Es… una amiga.
—¿Una amiga?
—Sí. Es amable. Y es divertida.
—Divertida, vaya.
—Sí. Me acosa a preguntas, lo quiere saber todo de la Tierra. Dice que todo planeta se merece una oportunidad.
—Pues no parece que su padre esté muy de acuerdo.
—No…
—¿Crees que Centauri podría volver a llamar?
—Su padre le ha prohibido comunicarse conmigo. Pero…
—¿Pero qué?
—Centauri parece ser muy… persuasiva.

Mi madre intervino:

—Vuelve a casa ahora, Peter. Llamaremos a un taxi. —Helena, una de las investigadoras de señales, intervino:
—No, Myriam, no dejemos que vaya en taxi. Yo le llevo en mi coche. Luego vuelvo. Creo que Peter se ha convertido en un elemento clave. Su confianza con Centauri puede ser clave en este asunto. No le dejemos solo. No sabemos hasta dónde puede escalar este asunto. —Mi madre asintió.
—Gracias, Helena, estoy totalmente de acuerdo. Llévalo, y vuelve. Pasaremos aquí el tiempo que haga falta. Lo siento, pero este asunto se nos ha ido de las manos.
—¿Y qué podríamos hacer contra estos… seres de Centauri? —Preguntó Scott.
—Nada —contestó mi madre con franqueza—. No podemos hacer nada. Ni nuestro ejército, ni nadie. Somos como una falange de Esparta frente a un grupo de infantería de marines con fusiles automáticos y lanzagranadas. La clave es ese ser, esa… amiga de Peter: Centauri. Y su confianza con mi hijo. Vamos, iros ya.

Helena me llevó a mi casa. Fue muy amable. Me preguntó cómo me sentía. Yo, obviamente, le contesté que estaba terriblemente asustado. Me dijo que todos lo estábamos. Que lo arreglaríamos. Pero que era clave que, si llamaba Centauri, intentase hablar con ese ser, para que ella hablase con su padre.

Me fui a casa. Puse el receptor, pero me quedé dormido al instante. Antes había subido el volumen para que me despertase. No hubo ninguna llamada.

Dos días más tarde.

Pasaron dos días sin noticias. Mi madre se pasaba la mayor parte del tiempo en el laboratorio, hablando con sus compañeros, y mandando mensajes con señales electromagnéticas de radio, con información diseñada para proponer alternativas. No había respuesta, mientras escudriñaban el cielo en busca de señales de algo que se estuviese acercando.

Finalmente, notaron una señal muy extraña en una zona que correspondería con la de una aproximación a la Tierra. Se podría confundir con una fuerte explosión de rayos gamma, pero más cercana. Probablemente era el punto que esos seres habían tomado como punto de aproximación a la Tierra. Mandaron nuevas señales, otra vez sin resultado.

De pronto, mi receptor volvió a emitir. La voz de Centauri era clara. Yo salí disparado, una vez más, a los auriculares, mientras llamaba a mi madre, que se puso al teléfono. Yo solo le dije una cosa: “es ella”.

Activé el micro y pregunté:

—¿Centauri? —Al otro lado se oyó una voz agitada.
—Lo siento, Peter. Lo siento.
—¿Qué ocurre?
—Las naves se están aproximando. Se preparan para atacar vuestro planeta con un compuesto que dañará vuestro sistema nervioso. Está diseñado para afectar solo a humanos.
—¿Y tu padre?
—No quiere escuchar. No quiere oírme.
—Centauri, has de detenerle. Mi madre está mandando mensajes desesperados…
—Lo sé. Los han recibido hace unas horas en la aproximación. No les interesa.
—¡Tiene que haber una manera, Centauri! —Exclamé. Ella se mantuvo en silencio. Yo repetí:
—¿Centauri? —Otro silencio. Finalmente, una respuesta.
—Hay una forma. He formado una pequeña flota de naves con algunos de mis amigos, y otros, que creen que esta ley es injusta. Estamos aproximándonos a las naves de combate. Esperamos presentar batalla a la flota que se acerca a la Tierra.
—¿Batalla? ¿Lo dices en serio? ¿Tenéis… armas?
—Solo armas muy básicas. Nada que ver con las que equipan a la flota.
—¿Entonces?
—Lucharemos. Daremos ejemplo de que cada vida es preciosa, no importa de qué planeta se sea. No importa de dónde venga.
—Pero Centauri… Eso es…
—Peligroso. Muy peligroso. Pero no creemos que disparen contra nosotros. No se atreverán. Nuestras armas apenas rozarán sus escudos. Pero ellos pueden arrasarnos en segundos. No lo harán. No se atreverán. Y, además, hay otra opción. Mi padre duda. Estoy convenciéndole.
—¿Qué opción es esa? —Pregunté muy interesado.
—Es una opción terrible para ti, Peter…
—No importa. ¡Dime lo que sea!
—¡Nos atacan! ¡Tengo que cortar!

Se escucharon algunas explosiones. Luego, el silencio. ¿Cómo podían atacar a sus propias naves, prácticamente indefensas?

Mi madre llegó poco después. Le expliqué lo sucedido.

—No pinta nada bien —susurró—. Si atacan a sus propias naves, con un grupo de entusiastas de la vida… es que están determinados a acabar con la Tierra.
—¿Y qué vamos a hacer? —Pregunté nervioso. —Mi madre me miró de una forma muy extraña.
—No podemos hacer nada, Peter. Somos el pez en la red. Ante algo así, avisar a las autoridades no tiene sentido. Solo crearía el caos.
—Pero, ¿y las armas? Esas que dicen que tienen del espacio en las noticias.
—Palabrería barata, Peter. Esto no es Star Wars. No tenemos nada contra una amenaza así.

Me quedé mudo. ¿Tan fácilmente iba a acabar todo? ¿Es que no podíamos hacer nada?

El compromiso.

La señal del receptor volvió a la vida. Era Centauri, una vez más. Mi madre iba a contestar. Pero me miró, y dijo:

—Ella confía en ti. Habla con ella.
—¿Centauri? —Pregunté—. ¿Estás bien?
—Sí… estoy bien… pero hemos perdido dos de nuestras naves.
—Lo… lo siento mucho, Centauri.
—Al parecer no había orden de dispararnos. Pero una de las naves dice que se sintió amenazada. Y disparó. Ha sido apartada de la flota.
—Eso es… terrible.
—Sí. Pero ha servido de algo, al menos.
—¿Sí?
—Sí. Ahora va a comunicarse mi padre con vosotros. Quiere hablar con tu madre. A solas.
—Pero… —Centauri me interrumpió.
—Por favor, Peter… Es importante. Deja que ambos hablen. Yo he hecho cuanto he podido. Ahora es el turno de mi padre, y de tu madre.
—Está bien.

Yo pasé los auriculares a mi madre. Y salí de la habitación. Fui a la cocina a beber agua. Estaba exhausto.

Al cabo de unos minutos, apareció mi madre. Su rostro era serio. Cuando menos.

—Mamá, cuando pones esa cara…
—Hay una solución, Peter. El padre de Centauri propone una idea. En realidad, ha sido de su hija. Es posible terminar con esta locura…
—¡Es genial! —Exclamé.
—Sí, es genial. Pero tiene un coste. Un precio muy, muy alto.
—¿Qué quieres decir?

Mi madre se sentó. Me indicó que me sentara.

—He hablado con el… padre de Centauri. Al parecer, ha recibido mucha presión. Pero no solo de su hija. También esas naves que han salido en nuestra defensa han levantado mucha simpatía en toda la galaxia…
—Vaya, somos famosos —susurré.
—Sí. Famosos. Y ahora viene la parte mala.
—No entiendo, mamá.
—Hemos firmado un compromiso verbal. Ellos dejarán la Tierra. No harán nada.
—¿Y qué más?
—La Tierra tiene información sobre ellos. No escrita, pero sí testigos. Eso supone un peligro a medio y largo plazo, según sus criterios. Por lo tanto, todo aquel que tenga información contrastada sobre ellos, debe desaparecer de la Tierra.
—¿Quieres decir?…
—No. Esa es una opción, por supuesto. La otra opción es…
—Mamá. ¿Qué estás insinuando?
—Todo el personal del equipo del laboratorio, y quienes tengan datos que hayan verificado sobre la presencia de esos seres, deben dejar la Tierra.
—¿Qué dices, mamá?
—Deberemos dejar el planeta. Vendrán a recogernos en una de sus naves de transporte. Una nave pequeña, camuflada, de noche. No podremos dar información a nadie. Ni a familias, ni amigos, ni a nadie. Deberemos ser considerados como desaparecidos. —Mi corazón empezó a temblar.
—¡Pero mamá!…
—Naturalmente, las autoridades sospecharán. Montarán teorías. Todo un equipo de un laboratorio desaparecido, más algunos más, personal anexo… Obviamente llamará la atención. Pensarán que fuimos raptados, por fanáticos, por algún país extranjero… Creerán lo que quieran creer.
—Mamá, eso no es posible… —Mi corazón cada vez latía más rápido. Ella sonrió. Yo añadí:
—Está bien. Nos vamos. Yo iré contigo, mamá. Donde sea.
—No. He exigido una compensación. Tú eres pequeño todavía. Lleno de imaginación, y de futuro. Si cuentas un cuento de extraterrestres nadie te creerá. Perder la madre a los doce años trastorna a cualquiera. El niño que cuenta historias de extraterrestres que abdujeron a su madre. Nadie te creerá. El padre de Centauri está de acuerdo. Por poco, pero he podido convencerle.

Yo me levanté. Empecé a dar vueltas por la sala. Luego me volví.

—Mamá, no puedes hacerme esto; me da igual todo. Yo me voy contigo.
—No, Peter.
—¿Vas a abandonarme?
—No se trata de eso. Y vas a tener que madurar muy rápido, Peter. Tú serás el único testigo en la Tierra de lo que ha pasado. Es importante que te quedes. Porque alguien, en la Tierra, debe tener constancia de lo que ha ocurrido. Para evitar que vuelva a ocurrir, si alguna vez se da un caso similar. ¿Entiendes? Si vuelve a haber otro contacto, esta vez destruirán la especie humana definitivamente. Eres nuestro valedor en la Tierra. El seguro de que un caso así se pueda gestionar de otra forma en el futuro, si llegara a ocurrir de nuevo.
—Mamá… —Mi madre levantó la mano.
—Está decidido. No voy a permitir que se arruine tu vida por este suceso. Tu lugar es la Tierra. Tu futuro es la Tierra. Tú perteneces a la Tierra. Es tu hogar. Te irás a Atlanta, con tus tíos. Por supuesto yo no puedo decirles nada. En Atlanta estarás bien.
—¡Yo no quiero ir a Atlanta, mamá! ¡Yo quiero ir contigo, a donde sea que vayas!
—Está decidido, cariño. Tienes que ser fuerte ahora. Por favor. Hazlo por nosotros. Hazlo por mí. Hazlo… por la humanidad. ¿Qué tipo de madre sería, si antepusiese mi interés de estar contigo en un mundo lejano, a dejarte en la Tierra para que vivas una vida plena? Que conozcas a una chica, que puedas llevar a cabo una carrera… Que seas lo que tú quieras ser. No un prisionero en un mundo extraño, donde pasaremos el resto de nuestras vidas. Yo puedo permitírmelo; por la humanidad. Pero no permitiré que ese sea el destino de mi hijo. No lo permitiré.

El mundo se abrió ante mis pies. Pero mi madre tenía razón. Claro que yo no podía verlo ni entenderlo en ese momento. Se me hace difícil entenderlo ahora. Pero ella quería lo mejor para mí. Y eso significaba quedarme en la Tierra.

El viaje.

Mi madre no me dijo nada más. Me dio instrucciones, me asignó un dinero en una cuenta que podría usar al cumplir dieciocho años, y me entregó algunos objetos de valor, por si era necesario venderlos.

Al cabo de seis días, de pronto, mi madre desapareció. Con todo el personal del laboratorio, y parte del personal externo. En total, diecinueve personas.

Por supuesto, la policía y el FBI dieron cien mil vueltas a aquel asunto, en el más completo de los secretos, porque el laboratorio era una instalación privada que manejaba información y datos de todo tipo, no solo señales del espacio exterior.

Me interrogaron varias veces. Yo les dije que no sabía nada. Ellos sabían que yo mentía. Me presionaron. Finalmente, les dije que mi madre y los demás habían viajado a otro planeta para evitar el fin de la humanidad.

Llamaron a un psiquiatra. Dijo que tenía alucinaciones, fruto de mi imaginación y del impacto de la pérdida de mi madre. Todos quedaron conformes con que mi información no era de fiar en absoluto. Precisamente lo que mi madre había previsto.

Tras las debidas autorizaciones, fui a Atlanta, con mis tíos. La hermana de mi madre y su marido me recibieron con mucho cariño, y me dieron un sitio junto a su hijo y su hija. Yo ya conocía bien a mis primos y tíos, y me adapté todo lo bien que pude a mi nueva vida. Físicamente, claro. Psicológicamente, ni entonces me recuperé, ni ahora puedo decir que me haya recuperado.

Tras terminar los estudios universitarios, me fui a vivir a Nueva Zelanda, porque tuve una buena oportunidad profesional, y desde allí podía observar la Constelación del Centauro, donde se encuentra mi madre. Algunas noches claras salgo por la noche, y me quedo un tiempo observando la constelación. La propia estrella no es visible, pero sé situarla en el mapa. Allí, escondido en una esquina del universo, está el mundo donde ahora se encuentra mi madre, y los demás que dejaron la Tierra.

No he vuelto a saber de ellos. Sí tuve un par de conversaciones posteriores con Centauri, con mi viejo receptor. Pero, finalmente, ella tuvo que dejar de emitir, porque el problema podría repetirse de nuevo. Su padre le dio permiso para despedirse de mí.

Sí es cierto que, hace unos días, justo treinta años después, encontré unas imágenes en mi ordenador que aparecieron de pronto. Todas con un mensaje:

“De tu amiga de las estrellas”.

Eran imágenes de un mundo increíble.

Yo sonreí. Eran fotos impresionantes, de un mundo impresionante. Luego, como imaginé ocurriría, se borraron. Pero en mi mente siguen vivas para siempre.

Ahora puedo decir que mi profesora del colegio tenía razón: vivo entre las estrellas. Allí tengo una amiga, que salvó a mi madre y el mundo con su tenacidad por querer demostrar que merecíamos una oportunidad como especie. Y tengo a mi madre, que vive en un mundo extraño. Dio su vida, como los demás, para que la humanidad tuviese una oportunidad. Y nadie hablará de ella jamás. Ni estatuas, ni discursos. Solo un eterno silencio.

¿De qué hablará mi madre con Centauri? Seguramente una le hará mil preguntas a la otra, lo estoy viendo. Seguro que se llevarán bien. Son realmente muy parecidas: brillantes, divertidas, y tercas.

No podré disfrutar de su compañía. Pero dejo este testimonio aquí, en la Tierra. Algún día, los seres de la Tierra y los de Próxima Centauri se encontrarán, esta vez como amigos y hermanos, y establecerán una alianza de paz. Sin amenazas. Sin armas. Sin guerras. Y juntos seremos el futuro de nuestras especies.

Mientras tanto, sigo pensando en mi amiga de las estrellas. La añoro también; sus palabras, sus preguntas, y lo que me ayudó a conseguir: concienciarme de que el universo es un lugar gigantesco, lleno de vida. Y, sobre todo, lleno de esperanza.

Una esperanza que nunca hemos de perder. Por el bien de la Tierra. De Próxima Centauri.

Y por el bien de la galaxia.

Nota: el texto se puede descargar de Lektu (pdf, epub, mobi).

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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