El último escritor

Para Su Alta Majestad:

Mi nombre es William Grey, ciudadano registrado con el código 147-DX-23230. Estoy aquí para una alta petición que ruego a Vuecencia me conceda, con…

Will borró el texto. Era la cuarta vez que lo empezaba. Y la cuarta ocasión en la que lo borraba. Su novia se acercó. Se sentó a su lado, y le pasó el brazo izquierdo por el cuello, mientras por el derecho le acariciaba el rostro.

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—Déjalo, Will. Déjalo ya. Habla con él directamente, sin un guión. De todas formas, Su Alta Majestad no escuchará tus súplicas. Has ido subiendo de instancias, hasta conseguir llegar a lo más alto. Es un gran logro, nadie lo duda. Pero sabes que es inútil. No te escuchará. Sentenciará con la misma rapidez que los demás. Y su juicio es inapelable. Y ya sabes lo que pasa si la sentencia es negativa… —Will asintió. Tomó la mano de su novia, sonrió levemente, y respondió:
—Lo sé. Pero tengo que hacerlo. Debo hacerlo. Si no por mí, por las generaciones que vendrán. De verdad, Linda. Tengo que hacerlo.

Linda se dio la vuelta. Su rostro era serio. Y triste.
—Si te vas, si te sentencian, no volveremos a vernos. A saber qué harán contigo, puede que incluso te ejecuten. ¿Es que no te importo? ¿No te importa nuestro futuro?
—Me importa. Por eso lo hago. Por eso debo seguir. Hasta el final. —Linda asintió con cara seria. Luego se volvió. Sonrió ligeramente, y susurró:
—Nunca aprendo. Eres un soñador. Mi amor loco de las letras. Siempre luchando sin cesar por causas perdidas. Ve, y cumple tu destino. Pase lo que pase, siempre estaré contigo.
—No te merezco.
—Eso es muy cierto.

Will se acercó a Linda. Se abrazaron un instante. Luego, sin decir nada más, Will salió del pequeño apartamento, y se dirigió al vehículo aéreo que le esperaba. Allí, escoltado por dos guardias, llegó a la Gran Sede Maestra, en el Gran Palacio Imperial. Toda la prensa y la televisión tenían a Will como cabecera de sus noticias. Las redes sociales, sin embargo, habían enmudecido. Hacía décadas que eran historia. La única historia era la oficial, que podía contarse sin someterse a un consejo de guerra, y a la muerte.

La Gran Puerta del Palacio se abrió, y Will pasó, escoltado por los guardias. A los lados, el público se agolpaba, deseoso de otro día de gloria para el Imperio, donde la Alta Justicia de su Alta Majestad prevaleciese. Al final de la gigantesca sala un hombre se sentaba en un gran trono elevado. Allí, solemne, se encontraba Su Alta Majestad.

Un consejero se acercó a Will, y le susurró:

—No habléis a no ser que él hable. No hagáis preguntas. No le miréis directamente, sino a los pies. No…
—Conozco las reglas, señor —cortó Will. El consejero miró con desdén a Will, y se retiró.

Pasados unos segundos, Su Alta Majestad habló. Su voz era dura. Directa. Pero tenía un lejano timbre de complacencia.

—Ciudadano 147-DX-23230. Has venido con una extraña petición, que ha causado grandes molestias a nuestra sociedad. Deberás responder por ello. Si soy convencido, podrás irte en paz. Si no, se tomarán las medidas adecuadas y pertinentes. ¿Te ha quedado claro? ¿Aceptas las consecuencias de tus actos?
—Las acepto con gusto, Su Alta Majestad.
—Procede, pues. Plantea tu ruego. Dime qué solicitas.

Will esperó unos segundos. Había rogado que se tuviera en cuenta su petición tantas veces que había perdido la cuenta. Siempre la respuesta había sido “Siguiente instancia”. Así que repitió su petición, una vez más:

Me dirijo a su Alta Majestad para que evite que desaparezca el último escritor. Ese que persiguen desde hace tres años.
—¿Sabes tú acaso dónde está? —cortó Su Alta Majestad. Will, en esta ocasión, cambió su argumentación. Y confesó la verdad.
—El último escritor al que buscan soy yo. —Hubo un gran rumor en la sala. Su Alta Majestad asintió.
—Valor y coraje no te faltan. Te hemos buscado sin éxito desde hace tiempo. Podría castigarte ahora mismo. Pero tu valor merece una oportunidad. Sabes bien, ciudadano, que la letra está prohibida, porque contamina la mente, y pervierte al ser humano de las Altas Directrices de esta Sala. Y un ser humano que lee o escribe es un mar de confusiones, de dudas, de deseos, de anhelos, de sueños, que solo terminan por corromper su alma. Los libros se guardan en cámaras acorazadas, y solo se leen por aquellos que estudian su pasado, o para enseñar e inculcar en los jóvenes el desprecio por las letras, que son el virus de la mente que destroza almas y pensamientos. La lectura de los libros oficiales y reglamentados es la admitida. Eso incluye la ficción por supuesto. El Estado requiere de sus ciudadanos concentración, objetividad, y claridad de ideas. Y eso nunca lo va a dar la lectura que ha sido prohibida. Por el bien del pueblo, solo se leerá la literatura oficial. La restante, debe ser perseguida. Y aniquilada. Y los escritores que no se sometan, perecerán. Esa fue la ley. Y esa, la condena. Solo tú quedas, como ejemplo de una victoria del pueblo contra la farsa de la palabra.
—La palabra prevalecerá, Majestad.
—La palabra ha muerto, ciudadano. Y tú, como defensor de la misma, deberás morir con ella, si no te pliegas a las normas, que no están puestas por azar, sino para crear los mil años de paz que vivimos en la Tierra.
—Mil años sin palabras. Mil años sin fantasía. ¿Qué es la vida, cuando falta el aliento de la imaginación y los sueños?
—¿Renuncias, pues, a la palabra? Es tu última oportunidad.
—Nunca, Su Alta Majestad.
—Está bien. Sea, pues. Condenado a muerte, serás el último de los poetas, de los escritores, de los defensores de la palabra. Muchos antes que tú fueron condenados por la misma locura de la palabra escrita. Tu especie contigo quedará extinta, y seréis solo un mito que se olvidará con el devenir del tiempo. Es la hora de la igualdad: la igualdad de pensamiento, y de una sola idea: el respeto a la Ley, y al poder que de la Ley emana. Contigo se va la última palabra escrita de la humanidad.
—Que así sea —susurró Will.

Hubo un rumor todavía mayor entre el público. Entonces, Will extrajo algo de su chaqueta. Lo alzó bien alto y se fue dando la vuelta, para que todos pudieran verlo. Era un libro. Un libro sencillo. De papel, con tapas de tela. En su cubierta podía leerse “La Odisea”. Y debajo: “Homero”.

Hubo algunos gritos y confusión. Su Alta Majestad se levantó, y retrocedió cuando Will se acercó a Su Alta Majestad, libro en mano, diciendo:

—No borraréis nuestros sueños. Seguiremos el viaje eterno a nuestro hogar. Si ni la mismísima Circe pudo detener a Odiseo en su viaje de regreso, tú tampoco podrás robarnos el futuro de la palabra escrita.

Su Alta Majestad  hizo un gesto a su escolta. Uno de los guardias disparó contra Will, que cayó inmediatamente al suelo, en medio de un charco de sangre. El libro se empapó de inmediato. Will quiso ver, antes de morir, la amable y dulce mirada azul de la diosa Atenea, que le contemplaba tras las páginas rojas del libro. Pero quizás fue solo un reflejo del dolor, antes de caer rendido para siempre.

Su Alta Majestad le observó. Y luego, levantó los brazos y gritó:

—¡La palabra está muerta! ¡Hacedlo saber a todos, en todo el Imperio!

La multitud gritó. La confusión era total. De pronto, entre el griterío, uno de los presentes extrajo algo. Era un libro. Se levantó y gritó:

—¡Yo soy escritor! ¡La palabra está viva! ¡Eternamente viva! ¡Viva! —Otros entre el público gritaron y jalearon. De pronto, una mujer entre el público sacó otro libro. Era Linda. Sus ojos llenos de lágrimas. Su pecho ardiendo de dolor. Se puso de pie, y pronunció las mismas palabras:
—¡Yo soy escritora! ¡La palabra está viva! ¡Eternamente viva! ¡Viva!

Una mujer más gritó lo mismo. Luego otro más. Luego otros muchos se sumaron, hasta que toda la masa del público, gritando desesperadamente, mostraron un libro en sus manos. Todos salieron corriendo hacia donde estaba el cuerpo de Will.

Su Alta Majestad ordenó cargar contra el público. Algunos cayeron. Pero otros llegaron hasta los guardias, y les quitaron las armas. Luego se dirigieron gritando contra Su Alta Majestad. Con los libros en la mano, gritaban:

—¡Yo soy escritor! ¡La palabra está viva! ¡La palabra está viva!

Pronto rodearon a Su Alta Majestad. Se lanzaron contra él, que gritó desesperadamente. Gritó, y gritó, mientras veía los libros a su alrededor. Gritó, mientras se ahogaba en un mar de libros que caían sobre él… Gritó desesperado, humillado, aterrorizado…

Y, de pronto, todo se apagó. Todo fue silencio. Durante un instante.

Una habitación. Una cama. Y un niño de doce años durmiendo. La madre entró. Abrió las cortinas. Se acercó al niño sonriente, le acarició el rostro, y su mirada cambió. El niño estaba sudado. Aterido. Destrozado. La madre preguntó:

—¡Will! ¿Qué te ha pasado, cariño? ¿Has tenido otra de esas pesadillas? —Will asintió levemente. La madre asintió a su vez.
—¿Recuerdas el sueño?
—No, madre.
—¿Te sientes bien ahora? ¿Te encuentras bien para ir al cole?
—Sí, madre. Hoy toca clase de lectura.
—Ah, y eso te gusta, ¿eh? Vamos. A la ducha. Desayuno, y luego al cole.
—¿Puedo llevarme el libro, madre? —La madre dudó un momento.
—¿La Odisea? ¿De verdad te gusta tanto ese libro? Eres muy joven para esa lectura. ¿Entiendes su sentido? ¿Su significado? No las palabras, sino el mensaje.
—Sí, madre. Lo entiendo. Y lo necesito. Debemos luchar por nuestros sueños. —La madre suspiró sonriente.
—Mi chico loco de las letras. Claro que puedes llevártelo.

Will se levantó, y se fue al colegio. De camino en el autobús abrió el libro. Y leyó:

“Cuéntame, oh Musa, la historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante larguísimo tiempo después de destruir la sagrada ciudad de Troya; vio muchas ciudades de hombres, conoció su talante y sufrió dolores en el mar tratando de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros”…


 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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