NeuroTerminal: Esclavos de la Eternidad

Fue hace mucho tiempo. Yo era un brillante doctor en medicina en un gran hospital. Eran tiempos convulsos. Tiempos donde la libertad era aquello que dictaban unos cuantos, y que los demás debían acatar.

Recuerdo aquellos tiempos en los que una coalición de gobiernos de extrema derecha tomó el control de la mayor parte de los países de Europa y América. Como buenos extremistas, recortaron todo tipo de libertades que decían defender. El individuo quedó relegado a un simple peón sin derechos, pero con demasiados deberes.

Los entusiastas de aquellos poderes aplaudían y jaleaban cada acción de sus líderes oportunistas, demagogos y populistas. Todos estaban encantados de que sus derechos fueran esquilmados. Bueno, casi todos. Algunos tratábamos de resistir. Pero éramos acusados, perseguidos y encerrados.

Yo, como médico, siempre había jurado cuidar de mis enfermos. También había jurado que no les dejaría sufrir más allá de un punto, de una línea moral y ética, en la que el cuerpo simplemente ya no era humano; solo un pedazo de carne con vida.

Por eso me asusté cuando trajeron aquella máquina experimental. Recuerdo muy bien al director del hospital cuando nos dijo:

—Esta máquina es realmente maravillosa; hará que la negativa a cualquier forma de eutanasia cobre su máxima expresión. Es un sistema que mantiene vivo el cerebro de forma indefinida. La conciencia del individuo sigue vigente, al ser traspasada a la máquina. Luego, unas máquinas se pueden conectar a otras, y las conciencias pueden hablar entre ellas.
—Es horrible —aseguré—. ¿De qué sirve mantener a esas personas encerradas en una circuitería, hablando unos con otros, en un mar de conciencias sin vida, sin esperanza, sin futuro?
—No lo comprendes —aseguró el director—. La eutanasia está prohibida. Y esta máquina nos permite mantener de forma indefinida al individuo, porque su conciencia sigue viva. Sí, sabemos que no es posible traspasar esa conciencia a un nuevo cuerpo humano. Pero vivirán eternamente en la máquina. ¿No es maravilloso?

Yo preferí no contestar. Todos aplaudieron, por supuesto. Los micrófonos y cámaras del gobierno tomaban buena nota del que no aplaudía cuando tocaba, o no se quejaba cuando tocaba, o no reía cuando tocaba. Yo me negué. Por ello fui apartado del servicio.

La gente empezó a morir, y sus conciencias fueron pasando a aquellas máquinas. Una terminal permitía a una persona externa conectarse a las conciencias de las máquinas, y hablar con ellas mentalmente. Pronto, las primeras generaciones de seres humanos muertos sobrevivían en las máquinas, sin morir nunca, siempre vivos en sus conciencias y sus mentes.

Al cabo de un tiempo, los jóvenes de las nuevas generaciones podían conectarse a las máquinas, y hablar con sus abuelos, luego los hijos de esos jóvenes podían conectarse y hablar con sus bisabuelos. Yo mismo también morí, y fui conectado a la máquina.

¿Cuál era la sensación de estar dentro de aquella cosa? Oscuridad. Un cierto frío. Miles de voces de otros seres humanos. Apatía. Miedo. Tristeza. Desesperación. Locura.

Tras varios intentos, conseguí contactar con un joven técnico informático que se había conectado a mi máquina, y que era el nieto del nieto de un familiar mío. Llegamos a un acuerdo: él no pasaría por aquello, ni permitiría que los demás siguiésemos en aquel estado vegetativo físico autoinducido. Con la ayuda de un par de compañeros, desarrollaron un software llamado NeuroTerminal. Era un software capaz de inducir una versión de la muerte cerebral de un cerebro humano dentro de las máquinas.

Pronto se les unieron otros al proyecto. Hubo intentos de pararles cuando se descubrió aquel desarrollo. Pero, finalmente, una joven, amiga de mi contacto, consiguió conectar el software NeuroTerminal a la red de máquinas.

Pronto, el software comenzó a actuar en cascada. Todas las mentes murieron… Bueno, casi todas. Algunas decenas fueron desconectadas de la red, y yo estaba en una de ellas. Nos trasladaron a una zona segura, y nos dejaron allí, para ver qué hacían con nosotros.

Se abrió un debate internacional con los expertos de siempre dando los consejos de siempre, y se decidió, por fin, que aquellas máquinas debían ser eliminadas. Que las conciencias de millones de seres humanos deberían, por fin, descansar en paz. Se decidió que la máquina era una forma mucho peor de terror de lo que nadie hubiese imaginado.

Que la máquina era, por definición, una forma de infierno eterno.

Pero se olvidaron de los cientos que, digamos, sobrevivimos. Y, desde entonces, no saben qué hacer con nosotros. Los defensores de la vida y en contra de la eutanasia dicen que desconectarnos es un equivalente a un asesinato. Los jueces no alcanzan a dar un veredicto. Y nosotros seguimos esperando, esperando eternamente.

Hemos hablado entre los supervivientes de las máquinas para lograr alguna forma de eutanasia que pudiera ser provocada por nosotros mismos. De momento, sin resultado. Solo exigimos poder morir y descansar para siempre. Solo pedimos morir con dignidad, con la misma dignidad con la que vivimos.

Solo pedimos ser tratados como seres humanos.

Por favor, a quien pueda leer este comunicado: queremos descansar. Queremos morir en paz. Queremos liberarnos de este yugo de inmortalidad.

Solo queremos terminar esta pesadilla. Solo queremos un poco de humanidad con nuestras mentes. ¿Es que nadie tendrá un poco de piedad? ¿Nadie? ¿Nadie que se pueda apiadar de nuestras mentes encerradas para toda la eternidad?

Solo queremos descansar en paz. Morir no es nuestro sueño. Nuestro sueño es terminar esta pesadilla. Y poder descansar. Para toda la eternidad…

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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