Mueren las librerías, no los libros que viven en ellas

Las sorpresas que depara la vida son a veces grandes, y a veces, son pequeños detalles que impresionan, y que dejan una profunda huella en el alma. A veces, los detalles más pequeños y más nimios se convierten en los ejes centrales de nuestras vidas. Una mirada. Una sonrisa. O una perdida librería.

Iba yo recientemente por la Gran Vía de Barcelona, caminando taciturno como siempre, cuando de pronto me encontré con una imagen, la cual pueden ver adjunta en esta entrada. Tomé la foto, porque la imagen hablaba por sí misma. Y decía:

Un libro: 3 euros. Dos libros: 5 euros. Cinco libros: 10 euros.

libreria

Estuve viendo los libros que se vendían a esos precios. Fíjese que el cartel no especifica que la oferta sea por autor, ni antigüedad, ni tamaño, ni calidad. Es simple y llanamente una venta a granel de libros. ¿Qué será lo próximo? ¿Una balanza, y venderlos a peso? ¿O como material para sostener la mesita de noche, o para el fuego en el largo invierno cultural en el que viven las sociedades actuales?

En esta librería la cultura y la literatura es completamente democrática. Autores consagrados se miden con otros casi desconocidos, en una reyerta por encontrarse en lo alto de la pila, porque solo esos que se ven por encima son propensos a que un lector despistado que pasa por allá pueda ver uno que le interese, entrar, y llevárselo, junto a otro, o también a cuatro más, dependiendo de la oferta a la que quiera atender.

Sin embargo, cualquier aficionado a las librerías sabe, sabemos, que el misterio no está en el cristal. El misterio está en entrar, revolver los libros, navegar por las pilas de obras literarias, hasta encontrar esta o aquella joya que llevabas buscando años, puede que décadas. Y entonces, aparece delante de ti, y te dices a ti mismo: “hoy es mi día de suerte”. Y te llevas ese libro casi sagrado a casa, y preparas la luz, la mesa, y el alma, para comenzar la lectura de esa obra tan mágica y tan preciada. Puede que solo leas una hora, puede que la noche dé paso a la mañana sin que te des cuenta. Esa es la magia de la literatura. Una magia que es personal, íntima, y única. Porque la literatura es el arte de la soledad, de la luz tenue, del rumor lejano del mar, mientras pasas las páginas de un libro, y entras en el mundo increíble y luminoso de una tormenta, o de una noche, o de un mundo lleno de magia y de poderes, o en la atormentada alma de un ser perdido en la oscuridad de su propia leyenda negra.

Esa es la magia de un libro. Tocarlo. Sentirlo. Olerlo. Eso es lo que nos da un libro de papel. Por eso, a pesar de que los libros digitales son prácticos, y son portables, incluso con esas ventajas, los amantes de la literatura se resisten a terminar la historia del papel.

Porque, no lo olvidemos: si llega el día en que Internet desaparezca, y que la luz desaparezca, y que las sociedades actuales desaparezcan, todo libro electrónico desaparecerá en un instante. Los lectores agotarán sus baterías, y los discos de los ordenadores se romperán en pedazos. Incluso obras almacenadas en soportes digitales de alta duración no podrán ser decodificados, si la tecnología actual da paso a nuevas sociedades que han olvidado esa tecnología. Pero el papel resistirá el paso del tiempo, como han resistido tantas obras inmortales y  milenarias.

Algunos se ríen del papel. Otros dicen que es el pasado. Otros lo acusan de pertenecer al siglo XX. Pero otros, entre los que me encuentro, sabemos que el papel es el pasado de la literatura, pero también el futuro. Porque literatura es aquella obra que resiste el paso del tiempo. Y el paso del tiempo solo lo resistirá el papel.

Por eso, esas obras que valen diez euros cinco libros, y que tanta gente observa sin interés, serán las obras que herede la humanidad. Esas serán las obras que verán el futuro de nuevas generaciones de lectores. Esas serán las obras que vivirán para contar a los nuevos hombres y mujeres de la Tierra cómo era el mundo antes de que fuera, y cómo será cuando nunca haya existido.

Una antigua librería. Unos cuantos libros almacenados. Una oferta. Una oportunidad de conseguir obras milenarias. Y un secreto: llévame hoy contigo, y mañana yo seré eterno. Porque tú te habrás ido de este mundo, pero yo viviré el sueño eterno de la existencia, y aun cien generaciones después tendré una oportunidad de supervivencia. Viejo, quizás. Roto, también. Desfigurado, sin duda. Pero seguiré contando historias. Cuando tú te hayas ido. Tú ya no me leerás. Pero sí lo harán tus herederos. Y los herederos de tus herederos. ¿Existe una forma mayor de inmortalidad?

Tanto orgullo por la minituarización, por la digitalización, por la concentración de miles, millones de libros, en el espacio de una pequeña funda de plástico… Pero, a la hora de la verdad, es el libro, es el papel, es la letra impresa, las que marcarán el futuro del conocimiento. Las antiguas bibliotecas olvidadas renacerán de sus cenizas, y los hombres y las mujeres que las olvidaron volverán a poblarlas, y, sobre todo, a amarlas. Porque son los verdaderos templos del saber. Y solo en los templos de la literatura podrá entenderse, en toda su extensión, el significado de las letras de miles de escritores eternos e inmortales.

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Entonces esos libros, y esos autores, serán eternos e inmortales. Y sus lectores serán de nuevo receptores de sus mensajes. Gracias al papel. Gracias a la literatura. Gracias a un invento que no pide otra cosa que algo de luz, una mano extendida sobre las hojas, y una mirada amiga que lea sus eternas palabras. Esa es la magia del libro. Una magia que sobrevivirá a las invenciones más grandes de la historia. ¿Puede alguien concebir algo más puro que un libro esperando a ser abierto tras el paso de diez generaciones, o de diez civilizaciones? Un libro puede.

Un libro es una puerta abierta al pasado, que viaja desde ese pasado a un futuro que no existe, hasta que alguien lee ese libro y lo lee.

Quizás sean los libros los verdaderos dioses. Porque son eternos e inmortales. En sus páginas. Y en sus letras. Quizás sean los libros lo primero que dio forma a la humanidad como civilización, y lo último que quede cuando ya nada quede ni importe. Entonces los libros callarán para siempre. Pero serán testigos eternos de nuestra historia. De nuestro nacimiento. Y de nuestra muerte.


 

 

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Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

8 comentarios en “Mueren las librerías, no los libros que viven en ellas”

  1. “…Ese tumulto silencioso duerme/ en el ámbito de uno de los libros / del tranquilo anaquel. Duerme y espera”. Borges sabía de libros y tu artículo me ha hecho recordarlo, gracias. Comparto todas y cada una de tus valiosas conclusiones, un saludo para ti desde Argentina.

    1. Efectivamente, el papel tiene una magia imposible de ver en un libro electrónico, que al fin y al cabo no es más que un trozo de plástico. Un libro también es lo que lo contiene, y eso no se puede cambiar. Es como la música electrónica, suena genial, pero un instrumento analógico no se puede imitar, ni mucho menos disfrutar igual. Saludos y gracias por comentar.

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