En Navidad: un niño, un libro

Se acerca la navidad, al menos cuando escribo esto, y ya todo es paz y amor y… virus. Sí, es noviembre de 2020, y el dichoso virus lo ha invadido todo, otra vez, en eso que llaman segunda ola. Esta navidad será distinta, eso es evidente. Y si usted pretende que no lo sea, recuerde usar todas las precauciones posibles. El virus no entiende de milagros ni de religiones.

Lo que sí es cierto es que los amantes de los libros tenemos un poderoso aliado para este tipo de situaciones: la literatura. Mediante los libros podemos escaparnos, aunque sea un rato, del tedio y las frustraciones, del dolor, y de la impotencia que muchas veces sentimos ante la crueldad de la vida.

Porque la vida es cruel, y este virus lo ha demostrado. Pero nosotros podemos convertir esa crueldad en luz y calor, con ayuda de nuestra fuerza, nuestra voluntad, y unos cuantos libros. ¿Y los niños? ¿Qué podemos hacer por ellos en estos tiempos? Mucho. Y a un precio tremendamente reducido. Sin necesidad de costosos aparatos electrónicos. Me refiero, por supuesto, al instrumento del que nacen todos los demás: los libros.

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Mueren las librerías, no los libros que viven en ellas

Las sorpresas que depara la vida son a veces grandes, y a veces, son pequeños detalles que impresionan, y que dejan una profunda huella en el alma. A veces, los detalles más pequeños y más nimios se convierten en los ejes centrales de nuestras vidas. Una mirada. Una sonrisa. O una perdida librería.

Iba yo recientemente por la Gran Vía de Barcelona, caminando taciturno como siempre, cuando de pronto me encontré con una imagen, la cual pueden ver adjunta en esta entrada. Tomé la foto, porque la imagen hablaba por sí misma. Y decía:

Un libro: 3 euros. Dos libros: 5 euros. Cinco libros: 10 euros.

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Escritores: qué hemos ganado siendo amantes de las letras

Llego a casa. El viaje en el tren ha sido productivo. He repasado por enésima vez el texto del siguiente capítulo. Y casi me paso la estación. Otra vez. No sería la primera, ni la segunda, que tengo que bajar en la siguiente parada a la mía, y volver. Porque, cuando se escribe, no se desarrolla solamente una actividad intelectual; se viaja a un nuevo universo que nace con cada letra dibujada en el papel.

¿Por qué escribimos? ¿Por qué ese afán de contar historias, de redactarlas con mucho trabajo, repasarlas hasta la extenuación, y presentarlas a los cuatro vientos?

Escribimos porque no podemos entender otra forma de entender la vida. Porque forma parte de nuestra forma de ser. Porque podemos dejar de respirar, de sentir, y de vivir; pero nunca podríamos dejar de escribir. Ni en un millón de años.

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