Secretos de madre

Nuevo relato de Sandra ambientado en el siglo XXIV, y que formará parte del grupo de relatos para el libro XII de la saga Aesir-Vanir. Cada relato es independiente, pero conforman una historia mayor, que explica los hechos anteriores a las Crónicas de los Einherjar, en los libros de “La insurrección de los Einherjar”.

Al amanecer,  como el día anterior, Nadine fue a buscar a Sandra a su cuarto. Lo que encontró la dejó muy preocupada. No estaba ella. Pero sí había una carta, sobre la mesilla, escrita a mano. La leyó detenidamente. Decía:

nadine2

Queridos Nadine y Pierre:

Solo he pasado veinticuatro horas en esta maravillosa casa, con un recibimiento y un calor que no me merezco, y ya os estoy poniendo en peligro. Ayer cometí un terrible error al exponerme demasiado en el club de jazz, como bien acertasteis a decirme. No fue voluntario, por supuesto. Pero llevo tanto tiempo sin un instante de felicidad, de paz, de alegría, que esta noche, esta noche mágica, me llevó a querer disfrutar del momento, con gente auténtica, que me sonreía sinceramente, sin pedirme nada a cambio, sin secretos, sin mentiras. Me dejé llevar, y eso ha significado un potencial peligro. Para mí, y, muy especialmente, para vosotros. No puedo consentir que algo así suceda. No puedo. No debo.

Por eso, debo marcharme. Debo irme ya. Debo seguir mi camino. Fue un error venir aquí. No por vosotros, sino por mí. Creí que debía buscar cobijo en los descendientes de seres queridos del pasado, y en una vieja amiga, como eres tú, Nadine, aunque solo pasásemos juntas un muy breve tiempo. Breve, pero intenso. Sin embargo, el pasado es un camino que no lleva a ningún lado. No puedo, ni debo, poner en peligro a nadie del pasado, del presente, o del futuro. No, a esos seres que me lo dieron todo, o a los que me lo dan todo.

Sé que mi comportamiento es errático muchas veces. Sé que no funciono dentro de los parámetros estándar de un modelo QCS-60. Ya me lo advirtió Yvette en su día, y ahora también tú, Nadine. La razón exacta, la desconozco. El hombre que puede saberlo, un tal Scott, es como una sombra, como un arco iris, que, siempre que alcanzo, ha desaparecido. Llevo trescientos años detrás de él, pero sin éxito. Es inmortal, es lo único que sé de él. La razón, la supongo, pero eso no importa ahora. Sé que estuvo con Yvette, y que, irónicamente, la ayudó a encontrar su camino. Es mejor que no sepáis cómo.

Lo importante es que no puedo prever mis propios actos. Puede que eso me haga humana. Pero me hace peligrosa para vosotros. Y para todos a los que aprecio. Porque no soy humana. Y soy un objetivo prioritario, tanto para el Gobierno del Norte, como para la Coalición del Sur.

Decid, a quien corresponda, que he encontrado a mi familia en La Rochelle. Y que no he querido esperar ni un momento, porque los pueden trasladar en cualquier instante a otro lugar, como refugiados que son. Y que soy.

Os he dejado treinta kilos de oro de gran pureza debajo de la ropa, en mi armario. Es mejor que no preguntéis de dónde ha salido ese oro. Con el mismo podréis reemplazar y mejorar la maquinaria de la carpintería, e incluso retiraros si queréis. Pero, si queréis mantener las apariencias, podréis al menos vivir sin problemas.

Decidle a Remy, Paul, y Jolie, que ha sido un placer conocerles. Dadle a cada uno de ellos algo de oro si queréis. A Remy, para que pueda retirarse, que ya no tiene edad para estar trabajando en una tarea que requiere un esfuerzo físico importante. Y a Paul y Jolie para que puedan vivir en un piso algo mayor. Jolie ya me comentó las estrecheces que padecían. Especialmente, si vienen los niños en un futuro no lejano.

Un abrazo para todos, y cuidaos mucho. Habéis sido maravillosos. Hasta siempre. No os olvidaré nunca. Jamás.

Nadine avisó a Pierre, que llegó al momento, y le entregó la carta sin decir nada. Este la leyó, junto a Jules, que acababa de asomarse, y vio la cara larga de sus padres. Fue Jules el que habló primero:

—¿Esto lo ha escrito un androide? —Nadine, tras unos instantes, respondió:
—No es un androide.
—Madre, sí es… —Pierre intervino:
—Jules, no contradigas a tu madre.
—Pero padre. Sandra es… es…
—Es un androide. Técnicamente hablando —afirmó Pierre—. Pero tu madre tiene razón. No hay androide en el mundo que pueda escribir una carta así de emotiva. Y he podido ver varios modelos durante mi periodo militar. Algunos eran extremadamente avanzados. Y sensibles. Pero esto, esto va mucho más allá de cualquier cosa imaginable. Así que tu madre tiene razón. Sandra es especial. Definitivamente especial.
—¿Y qué vamos a hacer? —Preguntó Jules.
—No lo sé —contestó Pierre confuso—. Yvette nos pidió que cuidásemos de ella. Quizás ayer fuimos demasiado duros. Tenemos que entender que Sandra se comporta como si realmente fuese una joven. Comete las mismas estupideces que tú, Jules.
—¡Padre! —Pierre ignoró la exclamación, y continuó:
—La razón la desconozco. Pero es así. Y, siendo así, y con todo lo que al parecer ha pasado, es cierto que tiene derecho a divertirse un poco, incluso a cometer estupideces. Como cualquier joven de su edad. Pero ahora puede estar al otro lado del mundo.
—Supongo —sugirió Jules— que le disteis los mismos discursos persuasivos y las mismas charlas que me dais a mí. No me extraña que se haya ido. —Pierre le miró serio, y contestó:
—Te damos los discursos que sean necesarios para que tu cabeza aterrice de una vez, y dejes de fantasear todo el día. Por ejemplo, esa manía tuya de escribir ciencia ficción se te tiene que quitar ya. Seres extraterrestres, batallas galácticas, pájaros que hablan… Ridículo. Vaya forma de perder el tiempo.
—¿Lo ves? Siempre igual —se quejó Jules—. No me extraña que se haya ido.
—¡Dejad eso ahora! —Exclamó Nadine—. ¡Tenemos que hacer algo!
—Es cierto. Si se ha marchado —sugirió Jules— imagino que lo hará sin llamar todavía más la atención. Supongo que se habrá ido andando, mezclada con la gente de la mañana.
—Sí, es posible —confirmó Nadine—. Pero no necesita carreteras, ni caminos. Puede haberse ido en cualquier dirección.
—Esperad un momento, ahora vuelvo —dijo Jules.

Antes de que pudieran preguntar nada, salió corriendo. Volvió a cabo de unos instantes. Portaba algo en la mano.

—¿Qué es eso? —Preguntó Pierre con curiosidad.
—Un pequeño elemento que conseguí hace un tiempo. Ya sabes cómo me gusta la electrónica. Lo cambié por un fin de semana resolviendo unos ejercicios de la universidad a un amigo.
—Muy caritativo. En lugar de ocuparte de tus estudios en la academia nocturna, te dedicas a hacer los de los demás, genial. ¿Quieres decirme qué es de una vez, y qué tiene que ver con todo esto? Tenemos que salir a buscar a Sandra de inmediato.
—Exacto. Y traigo la solución al problema de la marcha de Sandra. O eso espero. —El padre se acercó, y tomó aquel objeto de las manos de Jules.
—Esto es… es un procesador de señal de posicionamiento. ¿Desde cuándo tienes esto tú? Su uso es ilegal, como ocurre con la mayor parte de instrumentos tecnológicos.
—Lo tengo desde hace unos meses, padre.
—¿Y qué tiene esto que ver con Sandra? ¿Piensas localizarla con este trasto?
—Sí. Ayer noche, mientras dormía, le puse un receptor de localización en un hueco del zapato. —Nadine y Pierre se miraron.
—¿Un receptor? —Preguntó asombrada Nadine. ¿Para espiarla? ¿Te parece bien hacerle eso a Sandra?
—No, madre, no para espiarla. Sino para seguir las instrucciones de Yvette. Dijo que Sandra era importante para el futuro de la Tierra. Si lo es, nuestro deber es protegerla. Se lo puse por si le ocurría algo, para poder localizarla. Y creo que ahora se encuentra en un estado emocional inestable. Si debe seguir su camino, no puede ser ahora. Yvette lo dejó claro. “Hasta que pueda seguir su camino”. No creo que haya llegado ese momento en veinticuatro horas. Por eso le puse un localizador. Sabía que la posibilidad de que marchase era alta. O podrían llevársela, si la descubrían. Un localizador sería entonces de mucha ayuda. —Nadine se llevó las manos a la cabeza. Jules preguntó:
—¿Y ahora qué pasa, madre? —Nadine negó levemente con la cabeza, y contestó:
—Has dicho que le pusiste el localizador mientras Sandra dormía. Pero Sandra no duerme, Jules. Es un androide de infiltración y combate muy sofisticado. Notó tu presencia, te vio entrar, y verificó exactamente lo que hacías. Simplemente, prefirió no hacer nada.
—¿Estás segura…? Parecía…
—¿Dormida? Incluso a mí me engañó ayer. Pero es un androide. Simula dormir, pero ve y registra todo lo que pasa, las veinticuatro horas del día.

Pierre y Nadine miraron asombrados a su hijo. Fue Pierre quien habló:

—No sé si enfadarme por este gesto de falta de respeto hacia la intimidad de Sandra, o alegrarme de tener una oportunidad de localizarla. Incluso estoy pensando en reconocer que ha sido una buena idea, aunque me duela.
—No es falta de respeto, padre. Respeto completamente su intimidad. Pero hay algo más: sabía que, en cuanto pudieras, le darías uno de tus discursos, y que ella se sentiría culpable, y podría pensar en irse. Yo también lo he pensado. Ahora, sugiero dejar de hablar, e ir a buscar a Sandra.
—¿Has pensado en irte? —Preguntó Pierre con rostro serio—. Míralo al señorito, tomando sus propias decisiones, y sin medir las consecuencias ni por un instante. Los jóvenes de hoy en día os creéis que lo sabéis todo de la vida. Y no sabéis nada. ¿Me entiendes? Nada. Por supuesto que hablaremos de esto, jovencito, y te aseguro que aclararemos esas ideas absurdas que tienes. Y ahora, dime: ¿sueles ir por ahí poniendo receptores de localización a la gente?
—Solo si son androides que salvan al mundo, padre. —Nadine no pudo evitar reírse. A Pierre no le hizo tanta gracia. Ella comentó sonriente:

—Ha sido una extraña ocurrencia, pero puede que llegue a ser útil, eso no puede dudarse. Y todo esto es absurdo. Vamos ya a dejar de discutir y a hacer algo, porque puede que esa niña tenga trescientos años, pero va a escuchar al equivalente a una madre contándole cuatro cosas cuando la tenga enfrente, y espero que sea lo antes posible. Pero con cariño. Ayer fuimos, sin duda, demasiado duros con ella. Se sintió culpable, y estas son las consecuencias. ¡Vamos! —Pierre negó.
—No. Tú no vienes. Puede estar en alguna zona potencialmente peligrosa, y sabes que salir de la ciudad es muy arriesgado; hay vandalismo, asesinatos y robos constantemente y en todas partes fuera de la ciudad. Vamos Jules y yo. Te avisaremos de cualquier novedad, si el sistema de comunicación móvil funciona hoy. Si no funciona, te lo contaremos a la vuelta. Llama al taller, y diles que iremos más tarde, que estamos de papeleo legal con Sandra, para inscribirla en el ayuntamiento, con el fin de facilitar el alta de trabajo. Así no sospecharán nada.

Nadine asintió levemente. Era mejor no discutir con aquel muro de cemento que era Pierre en ese tipo de situaciones, cuando se trataba de hacer “cosas importantes”, que por lo tanto solo podían ser ejecutadas por hombres. Ya se ocuparía de ese asunto más tarde.

Padre e hijo salieron con el rastreador, que indicaba una distancia de unos veinte kilómetros hacia el oeste. Parecía evidente que, por algún motivo, iba realmente hacia la costa atlántica. Fueron a su aerodeslizador, y tomaron el rumbo indicado por el rastreador.

En pocos minutos habían salido de la ciudad, y llegaron a Bessenay, una pequeña población al oeste de Lyon. Sandra se encontraba justo al norte, en las afueras, según marcaba la señal, ahora con más precisión. Se fueron acercando al punto, y aterrizaron cerca. Siguieron caminando, hasta unos árboles cercanos.

Pierre hizo una señal a su hijo para que le esperase, indicándole que aquel lugar podría ser peligroso. Los ladrones y asesinos se podían encontrar en muchos caminos entre ciudades, y era conveniente tener mucho cuidado. Extrajo un phaser, obtenido de forma ilegal, algo que dejó sorprendido a Jules, y se adentró hacia el bosque. Caminó cinco minutos, llevando el rastreador en una mano, y el phaser en la otra.

Finalmente, el aparato le indicó el punto exacto donde se encontraba la señal. Se acercó, y lo vio: era el localizador, una especie de pastilla delgada, cuadrada y negra, colocada entre las rugosidades del árbol. Pierre suspiró. Tal como sospechaba, Sandra sabía que llevaba un aparato rastreador. Y se debió dar cuenta de inmediato, tal como indicó Nadine. Y era evidente que les había engañado. Todo eso era previsible. Pero tenía que intentarlo, a pesar de todo. Tenía que probar esa oportunidad, por improbable que fuese. Mandó una señal a Jules, que se acercó.

—Aquí está Sandra —comentó Pierre señalando el árbol. Jules se acercó. Vio el receptor. Lo extrajo, y lo miró unos instantes. Luego dijo:
—Creo que esto era previsible. —Pierre asintió levemente.
—Creo que sí. Supuse de inmediato que engañar a Sandra iba a ser una quimera, como ya te advertí. Ella es experta en este tipo de situaciones. Está programada para camuflarse, y descubrir cualquier truco para seguirla. Debió de detectar la señal del receptor de inmediato, en cuanto entraste en su cuarto. Y nos ha llevado donde ella quería. Pero tu madre está muy preocupada. La ve como el enlace con Yvette, y además se preocupa por ella. Me pregunto hasta qué punto. Parecen más unidas de lo que se deduce por unos días juntas.
—A madre no le va a hacer mucha gracia este fracaso —aseguró Jules.
—Seguro que no. Pero es una mujer muy fuerte. Sandra representa para ella la lucha por la libertad del ser humano. Y ya sabes que a tu madre le encantan esas historias de héroes y luchadores de los derechos humanos, la libertad, la igualdad, y esas tonterías. En lugar de perder la fe en la humanidad, con todo lo que pasó, su experiencia sirvió para llenarle la cabeza de luchas estériles por el bien mundial.
—Yo siempre he admirado eso en ella, padre. Me gusta ese afán por crear un mundo mejor, más seguro, más social —aseguró Jules.
—Sí claro, el amor, y la paz, y la igualdad, y toda esas esas tonterías, me conozco la cantinela.  Yo también admiro eso en ella, no creas que no, aunque no lo comparta en absoluto. Pero tú, como su hijo, puedes permitirle el lujo de decírselo. A mí me toca intentar que toque de pies en el suelo, y comprenda la realidad.
—¿Qué realidad, padre?
—Que este mundo se muere, y que la humanidad se pudre en una guerra que significa su fin. Pero escucha, nunca le negaré su derecho a luchar por un mundo mejor. Si alguien se ganó soñar con esa posibilidad, es ella.

Se escucharon unos pasos. Cuatro hombres se acercaron.

—Muy poéticas las frases —dijo uno de ellos. Los cuatro llevaban phasers de asalto automáticos. El que había hablado continuó:
—Y ahora, tira el arma, y dadnos todo lo que lleveis de valor. Luego nos llevaremos el aerodeslizador. O volaremos la cabeza del chico, y luego la tuya. Vamos, no tenemos toda la mañana. No quiero gastar energía de las armas si no es necesario. Si cooperáis, saldréis vivos de esta.

No pudo decir nada más. De pronto, un grueso disparo de un phaser que llegaba desde arriba tumbó a aquel hombre. Los otros tres iban a reaccionar, cuando un dron cercano disparó al segundo, que cayó al instante. Inmediatamente, Sandra apareció desde arriba, cayendo sobre el tercero. Extrajo un largo objeto afilado de grafeno de su muñeca, e hirió con el mismo al tercero en el estómago. El hombre cayó también. Iba a encargarse del que quedaba, cuando un disparo, que provenía de una cierta distancia, atravesó el cuello del cuarto individuo. Ese cuarto hombre cayó fulminado. Todo transcurrió en un instante, sin que Pierre o Jules pudiesen siquiera reaccionar.

Instantes más tarde, cuando Pierre iba a hablar, él mismo, Sandra, y Jules, vieron cómo se acercaba alguien con un fusil phaser de precisión. Sonreía, mientras les guiñaba un ojo.

—¡Nadine! —Exclamó Pierre—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo…?
—¡Madre!
—Menudo par de tontos. Los dos despistados, y la niña perdida. Menuda escena. Os he seguido, por supuesto. Vaya inútiles estáis hechos. Siempre has sido muy torpe jugando a los espías, Pierre. Y tu arma no es operativa. La mía sí, como has podido comprobar. —Sandra rió, y comentó:
—Una caja de sorpresas, eso es lo que sigues siendo, Nadine. Sin duda, la sangre de Yvette corre por esas venas.
—Puedes estar segura, Sandra —afirmó Nadine con orgullo. —Jules miró asombrado a Sandra, y preguntó:
—¿Haces esto a menudo, Sandra?
—¿A qué te refieres?
—A eliminar a tres hombres en menos de dos segundos.
—Procuro evitarlo, Jules. Pero, a veces, no me dejan otra opción. —Pierre no podía creer lo que estaba viendo. Comentó:
—¿De qué va esto, Nadine? ¿Puedes explicármelo?
—Va de maridos ineptos, por supuesto.
—No me vengas con historias. Te has jugado la vida. ¿Cómo se te ocurre hacerte la heroína en estos momentos?
—Yo no me he hecho nada. Lo cierto es que no iba a dejar que me dieses órdenes, ni mucho menos me iba a quedar en casa, mientras vosotros buscabais a Sandra. Ella es muy importante para mí. Le debo mucho. Y no te digo lo que puedes hacer con tu autoritarismo masculino y tus órdenes, porque está nuestro hijo delante. —Jules sonrió, y dijo:
—Madre, me has dado un susto de muerte. Pero, a partir de ahora, eres mi ídolo.
—Por supuesto, hijo. Tú eres un Fontenot, capaz de entender estas cosas. El pedazo de cemento de tu padre es incapaz de entender algo así. —Pierre reflexionó:
—Pero Nadine, acabas de matar a un ser humano, y con una sangre fría indescriptible, que jamás habría imaginado en ti. No lo creería en mil años si no lo hubiese visto yo mismo. —Nadine miró el cuerpo del cuarto hombre, y respondió:
—Sí. Y porque Sandra ha sido muy rápida. Habría acabado con los cuatro de ser preciso. Pero tengo una pregunta, Sandra: ¿por qué has acabado con el tercero con un arma blanca?
—Procuro consumir la menor cantidad de energía posible, siempre que puedo. El grafeno hace siempre muy bien su trabajo. Y, por cierto, sigues muy suelta matando gente, Nadine. —Pierre abrió los ojos como platos.

—¿Suelta?  ¿Matando gente? ¿Pero de qué demonios va todo esto? ¿Es que os habéis vuelto locas las dos? —Preguntó Pierre asombrado. Nadine se acercó a él, y le miró un momento con rostro serio. Finalmente, dijo:
—¿Si me he vuelto loca? Es posible, sí. Algo así. Pero fue hace años. Años atrás. Antes de conocernos, y después de salir del centro de concentración, y librarme de los trabajos forzados, anduve ajustando algunas cuentas a algunos que me hicieron mucho daño, a mí, y a otros. En el campo de concentración, y luego fuera. Tenía que hacer algo. O no podría vivir tranquila el resto de mi vida. Eran ellos, o yo. No había alternativa.
—Y fue muy eficaz, puedo asegurarlo —añadió Sandra. Nadine sonrió, y comentó:
—Formamos un buen equipo entonces. Fue breve, pero efectivo. ¿Recuerdas aquel edificio? Creo que lo pusimos en órbita. —Sandra rió, y contestó:
—Sí, nos divertimos bastante. Pero el mérito fue tuyo. Yo solo me ocupé de la parte técnica. El C4 puede ser un remedio viejo, pero es efectivo, sin duda. —Jules comentó, totalmente perplejo:
—¿Os divertisteis? ¿Edificios que vuelan? ¿C4? Madre, no te reconozco. Ahora resulta que eres una guerrera.
—Y de las malvadas, puedes estar seguro —rió Nadine.
—Increíble, absolutamente increíble —aseguró Pierre—. Ya hablaremos de esto, Nadine. Creo que, durante todos estos años, he estado casado con una mujer que, de repente, no es quien parecía ser. Ahora vámonos de aquí, antes de que vengan los amigos de estos cuatro, y veamos una escena desagradable a vuestro cargo sin quererlo. Aunque con vosotras dos juntas, me parece que se podría ganar esta maldita guerra.

Jules miró los cuerpos en silencio. Nadine, que se dio cuenta, le preguntó:
—Hijo, ¿estás bien? —Jules asintió, y respondió:
—Sí. Pero nunca había visto morir a alguien antes. Y menos de esta forma. No es… agradable. —La madre le pasó el brazo por los hombros, y respondió:
—No lo es. En realidad, es algo terrible. Pero el mundo es violento, hijo. Debes huir siempre de la violencia. Pero no debes ignorar su existencia. Y deberás controlar la ira y el odio siempre. O te convertirás en un vengador, como tu madre. Y eso es algo que deberás evitar. Porque el dolor siempre queda. Y marca el alma para siempre.
—Pero madre, tú has matado a ese hombre, y luego has venido sonriente. Como si no hubiese ocurrido nada. ¿Cómo consigues esa frialdad? ¿Esa fuerza?
—¿Fuerza? ¿Frialdad? No hijo. No soy fría, ni soy fuerte. Solo te lo parece. Y te lo parece porque, durante interminables años, padecí un proceso terrible de dolor y sufrimiento que me ha hecho parecer inmune. Pero no lo soy, ni mucho menos. Solo espero que tú, y los jóvenes de ahora, nunca más tengáis que pasar por algo así. Pero la guerra se extiende. Está en todas partes. Y, si mi hijo está en peligro, no dudes que haré cualquier cosa por protegerte. Cualquier cosa. No lo llames justicia, si quieres. Llámalo, supervivencia. Sobrevivir a un mundo de locura que debemos salvar.

Pierre miró en silencio unos instantes a Nadine antes de hablar.
—¿Acabas de matar a un hombre de un disparo, y a continuación le das al chico un discurso moralista sobre salvar al mundo? ¿Qué tipo de educación de madre es esa, Nadine?
—Verás, Pierre. Podría hablarte de la dualidad humana, y de algunos aspectos filosóficos sobre la vida y la muerte, pero no quiero que sufras un derrame cerebral, al intentar entender conceptos que van más allá de analizar un partido de tu equipo favorito, un domingo por la tarde.
—Qué graciosa estás, de verdad. Vamos a dejar este tema ahora, y vámonos ya, antes de que te hagas daño con ese arma, que, por cierto, me tendrás que explicar de dónde ha salido.
—Sí —asintió Sandra—. Pero yo me voy de Lyon. Aunque es cierto que os debo una explicación. Vamos.

Los cuatro volvieron al aerodeslizador. Durante el vuelo de regreso, Pierre susurró:
—Hoy es un día increíble. Mi mujer, la gran soñadora de una humanidad mejor y más justa, la benefactora de la humanidad, empuñando un arma, y liándose a tiros, mientras, en el pasado, volaba edificios, y era una vengadora. Increíble. —Nadine suspiró, y contestó:
—Tranquilo, no te excites demasiado, no ha sido para tanto. Sueño con un mundo mejor, es cierto. Pero no dejaré que mi familia sufra daño. Esas son las paradojas de la vida, y del ser humano. En casa te preparo una tila, para que te relajes. —Jules no pudo reprimir una risa. Pierre contestó:
—No tiene ninguna gracia, os lo aseguro. Vaya con los Fontenot; resulta que estoy casado con una asesina psicópata vengadora.
—Vengadora, sí. La psicopatía vino después, cuando me casé contigo.
—¡Bueno, basta! —Exclamó Pierre—. Vamos a lo más inmediato. Así, Sandra, has decidido que te vas. ¿Es tu última palabra? —Sandra dudó un momento, antes de contestar:
—Pierre, yo… —Pierre interrumpió:
—Eres una cría malcriada y consentida, que toma decisiones caprichosas sin consultar a nadie, y sin medir las consecuencias. En eso te pareces a Jules. Y, al parecer, a Nadine también, menuda familia. Pero me he prometido a mí mismo ser comprensivo y tolerante contigo, por lo que dejaré de lado mis ideas sobre tu actitud. —Nadine interrumpió:
—¿No habíamos quedado en que íbamos a ser amables?  —Pierre ignoró la pregunta, y prosiguió:

—Y ahora, dime: ¿por qué montaste ese show de colocar el transmisor en la corteza, y quedarte subida al árbol? ¿Te entraron ganas de divertirte un rato? ¿Querías hacer de chimpancé, saltando por las ramas, para pasar el tiempo?
—¿Qué es un chimpancé, padre?
—Era un tipo de primate. Se extinguió a principios del siglo XXII durante la Gran Extinción.
—Yo tengo otra pregunta —continuó Jules—. ¿Tan fácil te fue descubrir el transmisor? Se supone que es un modelo sofisticado, preparado para no ser detectado. Pensé que quizás no lo notarías.
—No fue ningún problema, Jules. Vosotros veis la banda de luz del espectro electromagnético. Yo veo muchísimas más frecuencias, entre ellas las señales del transmisor, como si fuese una linterna de 500 vatios. En cuanto al árbol, sabía que me seguiríais, y sabía que os pondríais en peligro por mí. —Pierre comentó:
—Ya veo. Muy previsora la niña. Podrías haber dejado el transmisor en casa, y evitar todo esto.
—Es cierto. Y entonces habríais salido a buscarme igualmente, intentando encontrarme a base de vuelos y de preguntas. Habríais levantado sospechas, y os podrían haber asaltado igualmente, sin que yo estuviese delante, o cerca. Incluso Nadine podría haberse visto superada, a pesar de asegurarse de salvaros la piel yendo detrás de vosotros. Porque la criticas mucho, Pierre, pero se ha preocupado de salvarte el trasero esta mañana. De este modo me habéis encontrado, y, si había peligro, como lo ha habido, yo podría estar cerca para solucionarlo. Por eso anoche no dije nada cuando Jules colocó el transmisor. Pensé usarlo a mi favor. Esperaba que no me siguierais, pero, temía que las probabilidades de que lo hicieseis eran demasiado altas.

Pierre insistió:
—Pues haberte despedido como se despide la gente. Con un saludo, y un abrazo. Creo que no nos merecemos esta huida. Y nos habrías dado la oportunidad de explicarnos.
—También es cierto, y lo siento, de verdad. Pero esta mañana no podría irme, si eso suponía despedirme personalmente de vosotros. No podría haberme ido. Habría mirado a Nadine, y habría visto a Yvette en ella, y recordado lo que pasamos años atrás. Así era más… fácil.
—¿Fácil? —Preguntó Pierre—. ¿Fácil para quién? Te hemos dado una casa, una familia, un hogar. Te hemos dado una vida nueva. Y, al segundo día, te largas sin dar explicaciones. Si fuese tu padre, te daría una azotaina.
—Está un poco grande para eso —intervino Nadine. Sandra replicó:
—Es cierto. Me disteis refugio, y un hogar. Y yo, ¿cómo os lo pago? La primera noche cometo una locura, y os pongo en un claro peligro de descubrir que estáis protegiendo a una androide fugitiva. Un día solamente, y ya estoy provocando que puedan descubrir la bondad que estáis teniendo conmigo, mientras os jugáis la vida por mí. No podía consentir que eso volviese a ocurrir. Por eso me he ido.
—Sí. es cierto que no fue una acción inteligente —aclaró Pierre—. Te comportas como una joven alocada y con pocas luces, como muchos jóvenes de tu edad, o de tu aparente edad. Pero déjanos a nosotros decidir cuáles son los riesgos que corremos. ¿Vas a recapacitar de una vez?

Jules se dirigió a ella.
—Yo también quiero que te quedes. Me ayudaste ayer. Al hablar con Michèle, y ayudándome a entender que he estado perdiendo el tiempo durante tres meses. Para ti puede sonar a estúpido, una nimiedad infantil. Pero, para mí, es superar tres meses de indecisiones, de conflictos, de miedos. ¿Y ahora voy a dejar que te vayas? Has hecho más por mí en un día, que mucha gente en toda mi vida, aunque sea corta. ¿Y nos vas a dejar?
—Ese es mi chico —comentó Nadine sonriente y orgullosa.

El padre de Pierre asintió, y añadió:
—Por una vez, lo que dice Jules es cierto. Puede que cometieras un error ayer, es verdad. Pero también acertaste ayudando a mi hijo con su conflicto sentimental. Y dando nueva esperanza a Nadine, una esperanza en la que siempre ha soñado. Y a mí, dos manos en las que confiar en el taller, y en la que confía mi familia. Además, qué demonios, eres como parte de la familia, por lo que hiciste por Yvette, y luego por Nadine. Te irás, es cierto. Pero cuando sea necesario. Cuando corresponda. Como dijo Yvette en su carta. ¿Vas a traicionar el deseo de Yvette también?

Sandra suspiró. Miró a los tres, y dijo:
—Vaya imagen estoy dando, ¿eh? Siento el espectáculo. Pero no quedaba otro remedio. Sentía que tenía que irme. —Nadine intervino:
—Eres tonta, Sandra. Te queremos en casa. Queremos protegerte. Por Yvette. Y por los tiempos que vivimos juntas.
—Yo estoy de acuerdo —aseguró Pierre.
—Yo también —confirmó Jules. —Sandra agachó levemente la mirada. Luego miró a los tres, y sonrió levemente.

—Hemos cometido errores todos, al parecer. Me siento muy confusa. Cuando viví con mis tres maridos, todo era artificial. Falso. Para ocultarme, usaba una tapadera. Me hacía pasar por la delicada y tímida mujer de algún hombre de cierto nivel y estatus, y evitaba destacar. Me movía siempre en un segundo plano. Era la buena esposa sumisa y callada de alguien que se creía duro e importante. Eso hacía que pudiese mantenerme oculta, sin que nadie notara mi presencia. Era duro. Pero era necesario para protegerme. Ahora, con vosotros, los sentimientos son reales. No hay mentiras. No hay engaños. Es una familia real. Con sentimientos reales, donde se me acepta como soy, y no lo que debo aparentar que soy. Mi primera familia, desde los tiempos de Vasyl. Eso… eso no tiene precio para mí.
—¿Tres maridos? —Preguntó Jules con asombro.
—Deja eso ahora, Jules —solicitó Nadine. Pierre añadió:
—Claro que te aceptamos como eres. Somos humanos. Y tú, desde luego, eres un androide, pero cometes errores muy humanos. Nosotros te aceptamos así. Con tus errores. Y con tus aciertos. ¿Vas a decidirte a quedarte, de una vez?

Sandra rió. Al cabo de unos segundos, contestó:
—He sido una estúpida. Debo arreglar las cosas haciendo las cosas bien, no huyendo.

—Esa es una buena reflexión —aseguró Pierre—. Y te agradezco tu preocupación por nuestra familia. Pero déjanos a nosotros decidir qué es seguro y qué no lo es. Tú, en cierto modo, eres parte de nosotros. Eres el lazo que une a Nadine, y a Jules, con Yvette, el mito con el que siempre ha vivido Nadine. Ni yo, ni tú, podemos quitarle eso. No lo merece.
—Es cierto —asintió Sandra—. Y quiero disculparme con vosotros. Ahora entiendo que esto ha sido un error. —Nadine comentó, tomando la mano de Sandra:
—El error hubiese sido marcharte. Tenemos que hablar de los viejos tiempos. Cuando no esté Pierre, porque si oye lo que hicimos entonces con detalle, es posible que el que salga huyendo sea él.

Sandra asintió divertida, mientras Pierre prefirió no decir nada, y Jules clamaba de nuevo que tenía a una madre guerrera y poderosa, y él no lo había sabido nunca.

El aerodeslizador llegó a su destino. Llegaron luego a casa. Jules se abrazó a Sandra. Ella le abrazó también. Luego él la miró, y dijo:
—Lo que hiciste ayer por mí no lo olvidaré nunca. Y creo que Michèle tampoco.
—¿Has quedado con ella?
—Sí, mañana por la noche. En la cafetería que hay junto al Le Péristyle.
—Vamos, Romeo —ordenó Pierre—. Parece mentira que una mujer te haya tenido que allanar el camino. No dependas nunca de las faldas, hijo, o te irá muy mal en la vida. Los hombres resolvemos las cosas como hombres. —Sandra torció el gesto, y preguntó:
—¿Ya estamos otra vez con posturas machistas?
—¿Qué machismo? Yo no soy machista. Simplemente, es el orden natural de las cosas. Un hombre jamás debe consentir que sea una mujer quien le arregle los problemas, y menos los del corazón.

Sandra puso cara de circunstancias, y susurró:
—Ya, claro… Pasan los siglos, pero, algunas ideas, siempre permanecen.
—Yo no creo eso que dice mi padre —aseguró Jules sonriente. Sandra le miró también sonriendo, y contestó:
—Siendo así, te puedo asegurar que no está todo perdido, Jules. No está todo perdido.

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