Infierno y cielo (extracto)

Nuevo relato de Sandra ambientado en el siglo XXIV, que formará parte del grupo de relatos para el libro XII de la saga Aesir-Vanir. Cada relato es independiente, pero conforman una historia mayor, que explica los hechos anteriores a las Crónicas de los Einherjar, en los libros de “La insurrección de los Einherjar”. Muchas gracias por su interés.

Nota: en este caso concreto, recomiendo leer “Pecado capital I” y “Pecado capital II“, ya que encierran la historia completa de Lorine y Jessica.

 

A la mañana siguiente, Nadine entró en el cuarto de Sandra. Esta se estaba vistiendo con el uniforme de combate. Nadine entendió perfectamente.

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—Ya veo que no vas a la carpintería. —Sandra miró a Nadine un momento, y contestó:
—No. Me temo que las cosas se están complicando. Como siempre. Ahora mismo voy a París. Y luego a buscar a Jessica. Se lo he prometido a Lorine, como ya sabes.
—Lo sé. Y sé que harás todo lo posible por cumplir tu promesa. Pero ¿de qué va todo esto, Sandra?
—Va de encontrar una salida a este mundo, que se cae a pedazos. Va de intentar buscar la forma de crear un nuevo futuro para la humanidad. Va de pactar con un monstruo para destruir a un monstruo aún peor.
—¿Odín? ¿Has pactado algún tipo de acuerdo con Odín? —Sandra suspiró.
—Así es.
—Sandra, eso es una locura. Odín es la otra cara de la moneda de Richard. Te está utilizando. Te está manipulando. Solo te usa por algún interés oculto. Lo sabes ¿verdad?
—Sé que es muy probable que lo que dices es cierto. Pero, de momento, gracias a él pude salvar a Lorine, y al grupo de gente con el que estaba. Luego, cuando esto se haya aclarado, ya trataré el asunto de Odín, y su interés real en todo esto. De momento, le seguiré el juego. Porque ese juego salva vidas, mientras que el de Richard las destruye.

Nadine asintió. Luego vio cómo Sandra iba a salir por la ventana.
—Hay puertas todavía en esta casa.
—Lo sé. Pero mi aspecto con este uniforme no es el más adecuado.
—Eso es cierto. Parece que vas a la guerra.
—Llevo viviendo una guerra diaria desde el día en que me activaron. Espero encontrar la paz algún día. Puede que sea solo una máquina. Pero hasta las máquinas pueden agotarse y buscar algo de paz. Despídeme de Pierre, y de Jules.
—¿Tienes idea de cuándo volverás? ¿O, de si volverás?
—No me iría para no volver sin despedirme de alguna forma. Realizaré estas dos operaciones, y espero volver. De momento, estar aquí es lo más seguro. Luego, ya veremos. Me llevo el aerodeslizador que me dejaron en Nueva Zelanda. Puedo volar sin levantar sospechas.
—Cuídate, Sandra.
—Cuidaos vosotros también. Y ten tu arma a punto. Richard lleva mucho tiempo sin aparecer, y eso me preocupa.
—¿Crees que puede tramar algo?
—Richard siempre trama algo. Y cuanto más silencio, más me preocupa. Ahora, me voy. Cuídate. Cuidaos.
—Lo haré. Y lo haremos.

Sandra salió por la ventana, cayendo al suelo, tres metros más abajo. Luego fue al lugar donde tenía el aerodeslizador. Lo activó, y salió, camino de París. Encontrar a Jessica llevaría tiempo si tenía que hacerlo sola, y tenía que moverse rápido. Pero antes, debía tratar el asunto de París. Era su responsabilidad.

Llegó a la dirección que le diera Valéry Feraud, el hogar donde se debía encontrar su mujer, con sus tres hijos, si lo que le había dicho era verdad. Aunque era poco probable que mintiese, por la situación en la que se hallaba, y por el análisis de gestos y actividad cerebral que había analizado durante el interrogatorio.

Llamó a la puerta. Al cabo de un instante, esta se abrió, y apareció una mujer. Llevaba a un niño de unos dos años en brazos. Se oían dos voces infantiles en el inferior. Un niño de unos cuatro años, y otro de unos siete. La mujer, rubia y de unos treinta años, con unos ojos marrones profundos, tenía un evidente aspecto de desgaste y cansancio.
—¿Qué quiere? —Preguntó a Sandra con desgana.
—¿Natalie? ¿La viuda de Valéry Feraud? —Ella miró con cierto temor a Sandra.
—Sí, soy yo. ¿Quién es usted? Ya he hablado con el Servicio Especial, y me han dado instrucciones.
—Su marido tenía un amigo en la cantina. Ese amigo es mi hermano. Pero él no ha podido venir; me ha pedido que viniera yo. ¿Puedo pasar?

Natalie le cedió el paso con rostro temeroso, y Sandra entró. El interior se encontraba con todo a medio embalar, y había cajas por todas partes.
—¿Se va usted?
—Sí. Debo dejar este piso en tres días.
—¿Por qué?
—Porque pertenece al Servicio Especial. Como mi marido no ha muerto en acto de servicio, sino por enfermedad, no tengo derecho a ninguna indemnización, ni a permanecer en el piso.
—¿Tiene algún recurso para sobrevivir?
—Creo que eso no es de su incumbencia.
—Sí, lo es.
—¿Por qué? ¿Qué tiene usted que ver con mi marido?
—¿Cómo era su marido?
—Eso tampoco es de su incumbencia. Y ahora, le ruego que se vaya.
—No, no se moleste. Traigo algo que su marido le dio a mi hermano.
—¿Y qué es?
—Un sobre. —Natalie dejó al niño en el suelo, el cual salió corriendo de inmediato. Sandra sacó un sobre grande, y uno pequeño pegado. Se lo dio a Sandra. Natalie abrió el pequeño. Dentro había una nota, escrita a mano, con la letra de su marido. Solo decía: “si me pasa algo, esto te hará falta”. Luego Natalie abrió el sobre grande. Lo que vio la dejó asombrada.
—Pero esto es…
—No tengo ni idea —mintió Sandra. Natalie repitió:
—Es… dinero.
—Entiendo. Su marido tenía unos ahorros.
—Yo tenía algo guardado también. Pero esto… Aquí hay suficiente para que pueda alquilar un piso, y vivir durante unos años…
—Eso es genial —aclaró Sandra. Natalie miró a Sandra, y le preguntó:
—¿Tú sabías algo de esto? ¿De dónde ha salido esta cantidad de dinero? ¿Está manchado de sangre?
—No está manchado de sangre, Natalie. Tu marido realizaba operaciones de alto riesgo últimamente. Esas operaciones se pagan muy bien.
—Él siempre decía que le encantaba su trabajo. Decía que Richard era el hombre necesario para poner el mundo en condiciones, con un gobierno fuerte y robusto. Y que quería servir a la sociedad del mejor modo posible. Se desvivía por mí y por los chicos.
—Pues ahora ese dinero te corresponde. Pero no te aconsejo que lo vayas comentando por ahí.
—Lo sé. Y lo siento. Dudé de ti. Pensé que podría haber otra cosa. Tengo miedo de lo que me pueda pasar. Tengo miedo de todo el mundo. He visto a gente merodeando la casa estos dos días. Además, se cuentan historias…
—Sí, ya he visto que llevas un phaser oculto. —Natalie la miró con extrañeza. Pero prefirió no comentar nada, y continuó:
—Hablaban mal de Valéry. Decían que no era un buen policía. Que solía maltratar a los detenidos. Pero yo nunca les creí. Era muy bueno. Él me decía que solo usaba la fuerza necesaria, y que había que demostrar a los delincuentes que era mejor no resistirse. Solo pensaba en darnos lo mejor. Era una gran ser humano. Y murió haciendo lo que más quería: ayudar a la gente, y salvar vidas.

Sandra la miró seria unos instantes. Luego se levantó, y se acercó a uno de los niños, que sin duda era el hermano mediano. Tendría unos cuatro años. Estaba jugando con unas maderas.
—¿Desde cuándo está enfermo? —Natalie miró con asombro a Sandra.
—¿Cómo sabes que está enfermo? Hace poco que le diagnosticaron…
—Leucemia linfoblástica —confirmó Sandra—. ¿No le han dado el tratamiento?
—¿Cómo lo sabes? ¿Eres médico?
—Soy un poco de todo.
—Solo puedo pagar la medicación para detener la evolución. Pero la ley no admite curas en niños menores de ocho años para este tipo de enfermedades.
—Sí, es cierto —asintió Sandra—. Se consideran niños impuros. Si su genética falla, es que ellos fallan, y no son dignos de ser ciudadanos del Gobierno del Norte. Ese es el lema del gobierno. Y, por cierto, de Richard. ¿No es así? —Natalie asintió.
—Así es. Y, por más que trato de entender esa lógica, no puedo alcanzar a verla.
—Porque no existe —aclaró Sandra.
—Me dijeron que podían llevarse el niño para emplearlo como fuente de recursos en experimentación biológica avanzada. Me dijeron que así sería un ciudadano beneficioso para el gobierno, y el niño podría acabar su vida siendo útil a la sociedad. Pagan un dinero por ello. Yo naturalmente me negué por completo. Buscaré la manera de encontrar el tratamiento. Hay un mercado negro de medicamentos con la Coalición del Sur. Hoy por hoy, al ser la viuda de un oficial del Servicio Especial, puedo tenerlo con la medicación que solo prolongará su vida un tiempo. Dicen que, si el medicamento le permite llegar a los ocho años, le salvarán la vida.
—Entiendo. Es un ejemplo de supervivencia del más apto, llevado a su máxima brutalidad.

Sandra se acercó al niño. Este la miró un momento, y siguió jugando con las maderas. Ella luego lo tomó en los brazos. —Natalie se preocupó:
—No le gustan los extraños. Llorará de inmediato. Se asusta, las pruebas que le han hecho le han dejado… —El niño no dijo nada. Siguió con una madera en la mano, mirando a Sandra, la cual le acarició el pelo, y las mejillas mientras sonreía. Luego lo dejó en el suelo. El niño salió también corriendo con sus hermanos. Su madre no entendía cómo no había llorado.

Sandra observó cómo corría. Lo que ni el niño sintió, ni su madre vio, es que Sandra, al acariciar al niño, había introducido en su torrente sanguíneo un antígeno específico del ADN del pequeño, a través de los poros de la piel. Estaba configurado para provocar una respuesta inmunitaria, y atacar las células tumorales, reparando la médula ósea. Estaría sano en un par de meses.

Era increíble cómo Richard dejaba morir a su propia población, en base a argumentos de supervivencia del más fuerte, heredados de lógicas de razas superiores, y de ideas basadas en el éxito del más apto. La eugenesia era una materia de capital importancia para Richard. Y aquel solo era otro ejemplo. Quizás unirse a Odín no había sido tan mala idea.

—He visto las lesiones que tienes, y no me preguntes cómo las he visto, eso no importa. Tú y yo sabemos su origen. Y tú y yo sabemos que eso tenía que acabar. Hubiese sido preferible que terminasen de otra forma. La vida, sin embargo, elige muchas veces por nosotros. Quizás demasiadas. Pero no vamos a hablar de eso ahora. Lo que ahora has de hacer es mirar adelante. Con ese dinero podrás organizar tu vida. Buscar un trabajo, y comenzar a vivir otra vida, en otra casa, puede que en otra ciudad.

Natalie se sentó en un sofá. Se llevó las manos al rostro, y comenzó a llorar.
—Tranquilízate. Todo va a salir bien. —Natalie miró a Sandra fijamente, y le preguntó:
—¿Cómo te llamas? ¿Por qué haces esto?
—No importa. Solo he venido a traer ese sobre.
—No has venido a traer ese sobre. Has venido porque sentías que debías hacer esto que estás haciendo. Por alguna razón que no puedo comprender. No eres amiga de ningún amigo de Valéry, ¿verdad?

Sandra se levantó. Natalie se levantó también.
—¿Te gustaría comenzar una nueva vida? ¿Con tus hijos, lejos de aquí? —Natalie miró extrañada a Sandra.
—¿Qué significa lejos?
—En un lugar donde no haya guerra, ni penurias. Un nuevo mundo. Pero en la Tierra.
—Eso suena a pura fantasía. No existe un lugar así. Toda la Tierra es un infierno.
—Ahora mismo es cierto. Pero se está construyendo un nuevo hogar para la humanidad, en este momento. Tú podrías formar parte de ese mundo. Y luego, tus hijos. —Natalie miró a los chicos, que jugaban distraídos. Respondió:
—Aquí no me queda nada. Y encontrar trabajo será difícil. Dejé los estudios de biología cuando me casé, fue una de las cosas que tuve que aceptar cuando me casé con Valéry.
—Allí podrás encontrar la forma de continuar los estudios, si quieres.
—¿Cómo estás tan segura? Eres solo una niña.
—Sí, soy una niña, pero la niña tiene recursos. ¿Lo pensarás?
—No te conozco de nada. No puedo fiarme de ti. No sé ni tu nombre.
—Lo entiendo. Mi nombre es Sandra. Sandra Kimmel. ¿Puedes fiarte de esta nueva vida que se abre ante ti, aquí, en París?
—Probablemente aún menos. Pero esta vida está frente a mí, no es una fantasía.
—Yo solo quiero ayudarte.
—¿Por qué?
—Porque debo ayudarte. Entonces, ¿lo pensarás?
—Lo pensaré. Pero todo esto es realmente absurdo. ¿Cómo puedo ponerme en contacto contigo? —Sandra le dio un pequeño objeto.
—Toma esto. Si quieres contactar conmigo, simplemente, apriétalo en el puño.
—¿Así, tal cual? ¿Apretarlo?
—Sí. La presión y temperatura, junto con tu ADN, activarán una señal.
—¿Tienes mi ADN?
—El ADN es lo primero que tomo de una persona que me interesa.
—Eres una chica muy…
—Muy rara, sí. Me lo dicen mucho. Adiós, Natalie. Cuídate. Y sigue adelante. De momento, ese sobre no te dará una nueva vida, pero sí te dará una puerta para cerrar esta vida e iniciar otra nueva. Será difícil. Pero lo conseguirás.
—¿Vas a responderme de una vez? ¿Quién eres tú? ¿De qué va todo esto? ¿Por qué dices querer ayudarme?
—Esto va de un nuevo futuro. Y quiero ayudarte porque debo hacerlo. Te llamaré.

Sandra salió por la puerta, y abandonó el piso, dejando a Natalie desconcertada, pero también algo más esperanzada. Sandra había encontrado básicamente lo que imaginaba que iba a encontrar. Estaba demasiado acostumbrada a esas situaciones. Cuando la ceguera por el dolor es tan severa y dolorosa, y cuando solo se ha sufrido la oscuridad, se termina creyendo que todo es luz. Entonces aparece la verdadera luz, y se aprende a olvidar la oscuridad para siempre…

Este es un fragmento del Libro XII: “Sandra: relatos perdidos“.

 

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