La última Luz del Universo

Nuevo fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafeld”, Libro XV y último de la saga Aesir-Vanir. El fragmento anterior puede leerse en este enlace.

Si algún historiador encuentra esto dentro de 5000 años que sepa que se escribió, pero no se concibió, durante el confinamiento o cuarentena. Se hace muy difícil escribir en estas circunstancias. Pero hay que terminar el libro.

Y, efectivamente, llegamos casi al fin de la historia. Solo quedará pendiente el epílogo. Skadi no va a permitir ni un segundo más el comportamiento de su hijo Freyr, y ha organizado una ofensiva completa con las naves de Rymdenlan, que irán armadas, además de con sus sistemas convencionales, con un arma específica desarrollada por Karl, y verificada por Yvette, que ha añadido algunas mejoras de última hora.

Todo ello bajo el secreto de no decir nada a Yolande, para que  no involucre a su gente, y teniendo en cuenta que Helen ha desaparecido, tras mantener una extraña conversación con Scott…

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Caminos para la paz.

Habían pasado veinticuatro horas. Los cañones de Karl habían sido fabricados y montados por un ejército de robots industriales, los mismos que se dedicaban al mantenimiento de las naves. Y habían sido transportados y colocados en varias naves de Rymdenlan, siguiendo las precisas instrucciones de Karl e Yvette, que se afanaban en verificar que el proceso funcionaba correctamente, ya que no es bueno hacerle un agujero al universo y no controlar la apertura; la explosión resultante podría destruir toda la galaxia antes de que se cerrase.

Vasyl Pavlov había mandado la información táctica para el combate a Skadi, con los datos de la estructura del Palacio de Luz y de los conocimientos militares de Freyr. No era mucho, pero si Freyr decidía llevar a cabo un combate convencional con sus escasas tropas, tendrían una oportunidad con los cañones. Si Freyr decidía usar su poder, la masacre sería completa por parte de las naves de Rymdenlan. La única duda era si, realmente, iba a destruir las naves y a sus tripulantes, entendiendo que además podría haber asesores militares humanos en esas naves.

Pavlov estaba sumido en esos pensamientos cuando alguien abrió la puerta. Allí, detrás, pudo ver a Yolande Le Brun, que acababa de llegar en la nave de combate Estrella del Alba. Yolande se acercó, y ambos se abrazaron y besaron. Luego Yolande le preguntó:

—¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras?
—Bien. Algo me hizo Helen. Pero no sabemos qué. Suponemos que su cambio le ha dado algún tipo de habilidad curativa. Algún poder regenerativo.
—¿Dónde está ahora Helen?
—No lo sabemos. Tuvo una conversación con Scott. Luego se fue en una pequeña nave biplaza. Scott se ha encerrado en su habitación. No contesta a la puerta. —Yolande asintió.
—Entiendo. Finalmente ambos se han confesado el amor que se tenían el uno por el otro.
—¿Ellos? ¿Scott y Helen?
—No te enteras nunca de nada, Vasyl.
—Bueno, yo…
—No importa. Qué paradojas, ¿verdad? Son como el día y la noche. Y ambos locamente enamorados el uno del otro. A Helen no podía decirle nada. Pero a Scott le insistí varias veces. Fue inútil. Supongo que ahora es demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué? —Yolande suspiró, y contestó:
—¿No lo ves, Vasyl? Es demasiado tarde para todo. Pero ahora tenemos que atender otro asunto: Rymdenlan.

Pavlov asintió levemente, y dijo:

—Pensé que seguías allí, en Rymdenlan. —Yolande contestó:
—Ya ves. La situación es muy tensa allá. Temen que las amenazas de Freyr de destrucción total puedan hacerse efectivas.
—Es normal. Freyr está loco. Y puede cumplir sus amenazas perfectamente.
—Claro que sí —confirmó Yolande cruzando los brazos. Pavlov la miró un instante.
—¿Qué ocurre?
—¿Qué ocurre? Vasyl Sergei Pavlov. ¿Tú te atreves a preguntarme qué ocurre? Te conozco demasiado bien.
—Casi acabamos de conocernos.
—Nos conocemos hace demasiado tiempo, no intentes despistarme con tu doble, que eres tú —aseguró Yolande—. Además, un millón de Vasyl Pavlovs no podrían despistarme. Todo el mundo me pone caras simpáticas, y todo el mundo me dice que está muy preocupado. Y que los cañones de Karl podrían ser la solución. Claro que sí, por supuesto que sí: vamos a solucionar todo esto a cañonazos. Eso te encanta. ¿Hay un problema? Cañonazos, y todo arreglado.
—Yo… Yo no soy así, Yolande. Exageras.
—Claro. Exagero. Solo hay que ver tu vida. Ahora llego aquí, y te veo con esa cara de inocente que pones siempre que me intentas ocultar algo.

Pavlov levantó las cejas con una cara de sorpresa que Yolande conocía muy bien.

—¿Ocultar algo? ¿Yo?
—Vamos, Vasyl. Tienes treinta segundos para confesar. O te tendré que recordar que seguimos en estado de guerra, y que, en estado de guerra, yo soy tu inmediato superior. Y, como inmediato superior, puedo ordenarte cualquier cosa que se me ocurra, y se me están ocurriendo unas cuantas ideas. Así que habla.

Pavlov asintió levemente. Inspiró profundamente, y contestó:

—El otro Pavlov debió de tener mucho trabajo contigo.
—Ni una centésima parte del que yo tuve con él. Habla.
—Te lo iba a decir Yvette, pero qué diablos… La idea es que apoyemos un ataque de la flota estelar de Rymdenlan con naves equipadas con los cañones de Karl. Skadi ha ordenado el ataque, y ha puesto al mando a Tyr. Los cañones han sido probados, y funcionan, y se está ultimando su instalación para un ataque inminente. La idea es consumir toda la energía del supuesto agujero negro que alimenta el Palacio de Luz, mediante los cañones, que son en realidad conductores de plasma de un universo en un estado cuántico superior. Sea lo que sea que signifique eso.
—Bueno, entiendo —aseguró Yolande—. Pero eso no nos ha de preocupar a nosotros. ¿No es así, Vasyl? Al fin y al cabo, es un ataque de Rymdenlan y Skadi. Llevan equipamiento nuestro es cierto, pero nosotros no vamos a implicarnos. ¿Verdad que no? Somos neutrales.
—Claro que no vamos a implicarnos, Yolande. Cómo se te ocurre. Nosotros nos mantendremos al margen. Es un ataque del Líder de Rymdenlan y de Skadi, nada más. Ellos solucionarán sus problemas como lo estimen oportuno.
—Y tú apruebas el ataque, aunque no te inmiscuyes en el mismo. Nosotros somos, como digo, neutrales, y nos mantenemos al margen, ¿correcto?
—Correcto. Ninguna intervención por nuestra parte.

Yolande se mantuvo de pie frente a Pavlov, cruzada de brazos, mientras miraba fijamente a Pavlov. Este, abrumado, finalmente preguntó:

—¿Algo más?
—Nada más.
—De acuerdo.
—Solo un detalle, Vasyl Sergei Pavlov.
—Cuando dices “Vasyl Sergei Pavlov” sé que lo próximo no van a ser alabanzas.
—Muy cierto. Y el pequeño detalles es: ¡tú nunca vas a rechazar una oportunidad de participar en un evento donde todo explote y salte por los aires! ¿Un combate con nuevos cañones tremendamente poderosos, en una batalla desesperada y definitiva? ¿Y eso se lo va a perder el genial y combativo Vasyl Sergei Pavlov? ¡Claro que no! ¡Cómo se te ocurre!
—¿Qué dices, Yolande? No te entiendo.
—¡Claro que no! ¡Toda una flota de combate se apresta para entrar en acción, un combate con armas tan potentes que dejan a las convencionales, incluso a las nucleares, como un simple lanzamiento de piedras! ¡Un enfrentamiento a gran escala que puede ser decisivo para resolver esta crisis! ¿Y tú te lo vas a perder? ¡Eso es como decirle a un perro que deje de comer galletas, o a un león que se haga vegetariano! No, Vasyl, no. Para bien o para mal eres un soldado. Lo has sido siempre. Donde haya guerra, donde haya destrucción, donde haya un bonito bombardeo con maravillosos y novísimos e impresionantes cañones, ahí estarás tú, en primera línea, disfrutando del momento.
—Yolande, yo…
—Y eso me lleva a a mí: me dejáis de lado porque no queréis que me dé cuenta de que estoy cansada de la guerra. Y tú tienes tu propio plan de ataque combinado, en una pinza para destruir el Palacio de Luz. Has llegado a un acuerdo secreto con Karl, y con Yvette, y posiblemente con Skadi, donde ellos llevarán a cabo algún tipo de ataque frontal, que será apoyado por nosotros. ¿No es así?
—De verdad, Yolande. Íbamos a comunicártelo. Pero cuando fuese completamente inminente, lo cual es ahora prácticamente. Pero te has adelantado.
—Habéis organizado una operación militar sin mi consentimiento, y sin mi aprobación. Tú sabes perfectamente que, en ausencia de Helen, yo soy la máxima responsable militar para cualquier acción. Sabíais que me opondría, porque siempre trato de buscar primero cualquier solución diplomática, porque la peor solución diplomática es siempre mejor que la mejor guerra. Pero la ira de Skadi, su deseo de atacar ya, y los nuevos cañones de Karl han sido un revulsivo completo para preparar un ataque a mis espaldas…

Un silencio tenso recorrió la habitación. Pavlov susurró:

—Tenemos que terminar con Freyr. No se puede razonar con él, Yolande. Hablas de diplomacia, pero un loco con complejo de megalomanía no entiende de diplomacia. Solo entiende de poder. Esperamos que los cañones de Karl funcionen. Creemos que van a funcionar.

Yolande se acercó a Pavlov. Tras unos instantes, replicó:

—¿Y si no funcionan, Vasyl? ¿Y si esos cañones, en los que tanta confianza tenéis, no funcionan? ¿Y si no son capaces de reducir a Freyr?
—Funcionarán. Son conductos de un poder increíble. Bastante superior a un agujero negro. Deben funcionar. Lo harán.
—¿Me puedes garantizar que serán suficiente?
—Para destruir el agujero negro, según los cálculos de Karl e Yvette, sí, sin ninguna duda.
—¿Y para destruir al propio Freyr?
—Es de suponer que sí.
—¿Suponer? Ahí es donde tú y yo somos distintos, Vasyl. Tú eres un gran militar, con importantes capacidades. Pero tu punto débil es la suposición. Yo me baso en hechos probados y comprobados para tomar decisiones militares estratégicas.
—No se puede ir a la guerra con un cien por cien de seguridad en la victoria. —Yolande replicó:
—No se puede ir a la guerra con la convicción falsa de que se va a ganar una batalla, sin pensar en la alternativa: que perder esa batalla podría significar perder la guerra. Si Freyr tiene dudas de acabar con todos nosotros porque somos humanos, y supuestos hermanos, no las tendrá si se le presenta batalla. Intentar razonar con un loco para salvar vidas es una locura, es cierto; pero no intentar razonar es una locura todavía mayor.

Yolande se fue hacia la puerta. Pavlov la sujetó del hombro:

—¡Espera! —Yolande se volvió. Miró con rostro serio a Pavlov.
—¿Qué quieres, Vasyl?
—Impedirte que salgas de esta habitación.
—¿Y cómo vas a hacerlo?
—Tú vas a ver a Freyr. Vas a hablar con él. Yo no te conozco casi. Pero es como si te conociese de toda la vida.
—Tú tienes tus métodos, Vasyl. Yo tengo los míos. Y es cierto; tenéis razón. Todos vosotros. Estoy harta de la guerra. Estoy harta de combates. Estoy harta de estrategias militares. Yo era una profesora de inglés en Amiens. Luego morí, y aparecí aquí, como todos los demás. A mí me tocó el papel de estratega militar. Al parecer, no se me dio mal del todo. Pero ya no más, Vasyl. Ya no más. Ahora somos todos humanos. Ellos. Y nosotros. Y no estoy dispuesta a sostener otra guerra entre hermanos de la humanidad aquí, tan lejos en el tiempo y en el espacio de la Tierra. La humanidad ha de dibujar una línea final a la guerra. Se ha de trazar una línea que signifique el fin de toda guerra. Y yo ya la he trazado, Vasyl. No espero que lo comprendas; pero espero que lo respetes.

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Yolande dio media vuelta, y salió de la habitación. Tomó una pequeña nave auxiliar, y se dirigió al Palacio de Luz. Aquella locura tenía que acabar. Y ella intentaría salvar toda vida humana. O moriría en el intento.

El Palacio de Luz.

Freyr fue avisado. Una mujer mortal había llegado desde el grupo de naves humanas de los mortales para hablar con él. Ordenó que la dejasen pasar. Yolande fue acompañada por dos de los pocos guardias que todavía eran fieles. Freyr, como de costumbre, se hallaba sentado en su trono de luz, cabizbajo, y con la mirada tendida al suelo.

Levantó la vista, y vio a Yolande. Sonrió levemente mientras esta era obligada a arrodillarse ante él.

—Vaya, Yolande Le Brun, la mano derecha de Helen. Por cierto, ¿dónde está mi hermana?
—Nunca ha sido tu hermana. Y nunca lo será. En cuanto a su paradero, nadie lo sabe. Hemos mandado algunas naves auxiliares en su búsqueda.
—Entiendo. Habrá huido, como la cobarde que es.
—Qué poco la conoces.

De pronto, Yolande notó algo. Una sombra tirada en el suelo, tras el trono de Freyr. Se levantó, y fue corriendo. Allá, con un puñal en el vientre, Skadi se encontraba gimiendo. Yolande se acercó, y le puso una mano en la cabeza.

—¡Skadi! ¡Qué es esto! —Skadi miró con los ojos entrecerrados a Yolande.
—Yolande…
—No hables. Ordenaré que venga un equipo médico de inmediato.
—Es tarde… Yolande, impide que Freyr lleve a cabo su amenaza… Quise hablar con él. Quise que entendiera la verdad… No podía destruirle sin antes hacerle entender su locura…
—Lo entiendo, lo entiendo… Yo estoy aquí por la misma razón, pero veo que es completamente inútil. Al final, tus dioses de guerra no han sobrevivido a una madre preocupada por su hijo, y tu amor por él han sido superiores.
—Tu dios ha vencido, Yolande… Tu visión de un dios de amor que lo puede todo me hizo venir aquí. Y este es el resultado.
—No digas eso, Skadi…

Skadi no dijo nada más. Su cabeza cayó inerte hacia atrás. Yolande se volvió hacia Freyr con una mirada dura y fría. Freyr estaba de pie. Su cara, desencajada. Sus ojos inyectados en odio.

—Mi madre quiso estar por encima de la ley. Vino a convencerme de que “depusiera mi actitud”. A mí. Al único dios real que ha existido. Le advertí que se retirase. Le dije que estaba informado, por mis contactos en Rymdenlan, de su absurdo intento de ataque con esos absurdos cañones de juguete. No comprenden mi poder. No comprenden la realidad.
—¿Qué realidad?
—Que llegarán con sus naves y sus cañones, y dirán lo que tengan que decir. Luego dispararán sus cañones. Pueden destruir el Palacio. Eso es cierto. Pero el Palacio no soy yo. El Palacio es solo una construcción. Puede destruirse, y lo recrearé un millón de veces. En cuanto a mí, esos cañones son inútiles. Puedo eliminarlos en un instante. Y luego destruiré las naves de Rymdenlan. Todas.
—No es posible —negó Yolande—. La potencia de esos cañones es devastadora. Tienes que reconocer que has fracasado, Freyr. Puede que Karl, su diseñador, tenga un aspecto no muy señorial. Pero las modificaciones que los LauKlars hicieron en su mente lo convirtieron en un experto en ingeniería. Y ha tenido el apoyo de Yvette, cuyos conocimientos son iguales o superiores.
—De nuevo no entendéis nada. Vosotros lo basáis todo en energía de plasma, que es, al fin y al cabo, lo que habéis preparado. Mi poder no se basa en energía de una cierta magnitud, sino en la manipulación del propio tejido espacio-temporal y la materia, que no es más que una forma condensada de energía. Puedo detener vuestro ataque con la misma facilidad con la que voy a matarte. Y con la misma facilidad con la que barreré todo rastro de resistencia. Solo quienes me obedezcan ciegamente serán perdonados. Arrodíllate ante mí por tu propia voluntad. Y te perdonaré la vida.
—Ni en un millón de años. —Freyr sonrió.
—Puedo esperar un millón de años. Pero no a ti.

Freyr señaló con el dedo. Yolande miró, y una parte del Palacio de Luz desapareció. Allí estaban: miles de naves de Rymdenlan, y varias naves que estaban al mando de Pavlov. La voz de Yvette apareció en forma de una transmisión.

—Soy Yvette. Freyr, hemos hablado de tu deriva emocional muchas veces en el pasado. Eso fue antes de que perdieras completamente el sentido de la realidad. Antes de que me atacaras, e intentaras violarme. Antes de que te convirtieses en un monstruo. Tienes una oportunidad de ceder. Solo una. Pagarás por tus crímenes. Pero te perdonaremos la vida. Te damos cinco minutos.
—No necesito cinco minutos, Yvette. No necesito ni un segundo. Te dije que serías mi diosa. Que podrías ser eternamente poderosa a mi lado. Pero te negaste. Ahora vais a sufrir las consecuencias. Todos vosotros.

Yvette iba a contestar. Pero no pudo. Todas las naves de Rymdenlan comenzaron a explotar, como un castillo de naipes que va cayendo poco a poco. Yolande vio con horror cómo el cielo se iluminaba con explosiones de luz muda, e imaginó el horror que estaba viendo ante sí. Nunca, ni siquiera en los peores momentos de las peores batallas contra los LauKlars, vio algo similar.

Luego comenzaron a vibrar las naves humanas. Incluyendo las naves donde se encontraban Yvette, Leena, Karl, Pavlov, y los demás. Las naves quedaron inutilizadas, flotando en el espacio, esperando una muerte segura cuando se agotase el aire.

De pronto, la propia Yolande notó que le faltaba el aire. Cayó de rodillas, mientras Freyr se acercaba a ella.

—Has sido una gran líder, Yolande. Y una gran figura de la humanidad. Tu único problema, como el de ellos, es que elegiste el lado equivocado. En el Nuevo Imperio que crearé vuestros nombres serán olvidados, borrados de la memoria de la humanidad. Los tiempos futuros verán a una nueva especie humana desarrollarse bajo mi mando y mi poder. Y nadie sabrá jamás quiénes fuisteis. Ni vuestros logros. Ni vuestros mitos. Ni vuestros sueños. ¿Puede haber mayor deshonra, para un grupo de supervivientes, que ganaron dos guerras para perder luego su oportunidad de ser recompensados, convirtiéndose en dioses?

Yolande no pudo contestar. Su cuerpo quedó inerte, no muy lejos del de Skadi. Freyr hizo un gesto, y unos guardias se llevaron ambos cuerpos.

Fue entonces cuando Freyr pudo distinguir una luz. Una pequeña nave colisionó contra el Palacio de Luz, y se posó en la Sala de Conferencias, a cien metros del trono. Un grupo de guardias se acercó corriendo, solo para caer al suelo de inmediato.

De la nave surgió una figura. Era Helen, que vestía de nuevo el uniforme de combate. Llevaba el signo circular de la diosa Freyr en un lateral del pecho. Caminó sonriente hasta llegar al trono de Freyr.

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—¡Helen! ¡Qué sorpresa, mi hermana de sangre!
—Ya te dije que mi sobrenombre de Freyja es eso, un sobrenombre. Yo no soy una diosa, Freyr. De hecho, algunas veces ni siquiera me he considerado humana.
—No importa. Eres la única superviviente de tu grupo de supervivientes. Los cien mil van a morir, cuando se acabe el oxígeno. De este modo yo no seré responsable de sus muertes. Tú lo serás, porque, como líder, les has fallado. A todos. Incluyendo a tu querida hija. Y no puedes hacer nada por evitarlo. Luego acabaré contigo, una vez veas, desde esta privilegiada posición, cómo mueren todos ellos, en una agonía por ahogamiento que durará varios minutos. Y del propio Scott también me he encargado. La mampara de su habitación ha desaparecido, y su cuerpo sin vida flota por el espacio… Pero a ti te perdonaré la vida, si accedes a arrodillarte ante mí, y a seguirme como el dios que soy.

Helen se colocó frente a Freyr, y le abofeteó. Freyr reaccionó enfurecido, intentando clavar su espada en Helen. Fracasó; la espada cayó al suelo sin más. Freyr miró su mano sin comprender.

—¿Qué te pasa, Freyr? ¿Por qué no dices nada? ¿Se te comió la lengua el gato?
—Tú… tú no eres una Isvaali. Tú no puedes tener ese poder.
—¿Qué poder? ¿Un poder como el de Scott?
—No puedes. No eres una Isvaali. Scott sí lo es. Pero su cuerpo está muerto.
—Qué estúpido eres, Freyr. Scott no es humano. No podías matar a Scott. Pero podías lanzarlo al espacio. Y, cuando lo has hecho, has destruido la imitación del cuerpo humano que envolvía a Scott. Ahora Scott se ha liberado de su cuerpo. Queriendo matarle, le has dado la vida anterior que él mismo había olvidado. Ahora Scott ya no existe; ahora es un Isvaali encerrado en este universo. Pero es un Isvaali. Y está conmigo. Aquí. Ahora.

Freyr pareció ponerse nervioso por segundos. ¿Era una trampa? ¿O estaba realmente Scott en algún lado, protegiéndola? Intentó lanzarse sobre Helen. Solo consiguió salir rodando hacia un lado.

—¡Él no puede intervenir! —aseguró Freyr.
—No puede actuar destruyéndote. Pero sí puede protegerme. Como protegió a Yvette. ¿Cómo se te ocurre intentar violar a Yvette, Freyr? ¿Cómo has podido matar a tu madre y a Yolande?
—¡Se opusieron a mí! ¡Y tú no puedes destruirme, Helen! No tienes poder para destruirme a mí. Yo sí tengo poder para destruirte a ti. Incluso con Scott protegiéndote…

Freyr hizo un gesto. Una enorme cantidad de algo que no era ni energía ni materia ordinaria comenzó a concentrarse en Helen. Esta se mantuvo estática. Freyr continuó intentando penetrar cualquier cosa que estuviese protegiendo a Helen. Siguió acumulando potencia. La situación duró unos instantes.

Finalmente, Helen susurró:

—Déjalo, Freyr. No puedes ganar. Aún te queda una oportunidad. Aprovéchala.

Freyr ignoró las palabras. Durante varios minutos, la potencia se fue acumulando. Más y más potencia de algo oscuro y extremadamente frío, que se tornaba en descomunal. Pronto, una luz negra gigantesca fue rodeando el palacio. Al instante, se fue expandiendo cada vez más rápido, y más rápido, hasta alcanzar, en pocos segundos, el tamaño de la galaxia. Y aún más.

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De pronto, hubo un estallido. Aquella fuerza se abrió paso por el tejido del espacio-tiempo a una velocidad casi infinita.

Y, en un instante, todo desapareció. Aunque esa palabra nunca podrá describir lo sucedido.

El Palacio de Luz, las naves flotantes a la deriva, las estrellas, los planetas, toda la galaxia, el universo en su totalidad, todo, fue arrastrado por una rotura espacio-temporal, como una gigantesca brecha de las dimensiones del propio universo, que devoró todo cuanto existía. La implosión fue de tal magnitud que el proceso inverso a la creación del universo fue la causa de que todo cuanto había sido, era, y fuese a ser, desapareciera en aquel agujero infinito de nada. De vacío. De negra oscuridad. El tiempo, y el espacio, dejaron de ser.

Luego, el silencio. La nada más absoluta y real. La noche más severa.

Helen se hallaba tumbada. Se sentía pesada. La cabeza parecía que le iba a estallar en mil pedazos.

Tras unos instantes, abrió los ojos. Miró a todos los lados. Poco a poco su vista se fue despejando. Estaba de nuevo en aquel valle infinito. No muy lejos, debajo del árbol, en un lado, un rostro sonriente de una joven la observaba. Era Idún. Seguía con el cesto de manzanas en una mano.

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—¿Qué ha pasado? —Preguntó Helen dubitativa. Idún se acercó.
—Menudo golpe te has dado, Helen. Mira que eres bruta. ¿Estás bien?
—¿Bien? No lo sé. ¿Dónde están todos? ¿Qué ha ocurrido?
—¿No lo sabes?
—No. Espera. Sí… Ahora…
—Empiezas a recordar. —Helen asintió levemente, mientras se frotaba la cabeza con las manos.
—Ha habido una implosión cuántica. Y se ha abierto una fisura en todo el tejido del espacio-tiempo. Todo lo que existía, materia, energía, el propio espacio-tiempo, han sido destruidos… Devorados. Aniquilados. —Idún rio, hasta tal punto que se cayeron algunas manzanas del cesto. Helen la inquirió:
—¿De qué te ríes ahora? ¿Qué es tan divertido?
—Tu forma de hablar. Siempre tan científica. “Implosión cuántica”, “fisura del tejido espacio-tiempo”, ¿es que no sabes hablar como una persona normal? —Helen suspiró. Se levantó. Tomó una manzana, y la mordió.
—Siguen estando muy buenas —confirmó Helen.
—Sí, pero no conviene abusar. Te puede dar dolor de estómago  —comentó Idún riendo.
—¿Qué ha pasado, Idún?
—¿No eres tú la científica? Acabas de describir lo que ha ocurrido. ¿Por qué no presentas tu teoría en un congreso de física? Te darían el Premio Nobel. Si existiese el universo claro.
—No soy científica. Pero creo que todo cuanto existe ha dejado de existir. —Idún negó con la cabeza.
—No, Helen. Lo que ha dejado de existir no es el universo. El universo no ha existido nunca. Cuando ocurrió todo, cuando desapareció todo, también desapareció el pasado. El presente. Y el futuro. ¿Cómo puede decirse que algo ha dejado de existir, cuando su propia naturaleza ha sido destruida? ¿Cómo decir que el pasado ha muerto, si el propio pasado ha sido destruido? ¿Cómo recordar algo que nunca existió porque ha sido destruido hasta en sus más íntimas fibras?

Helen negó con la cabeza. Luego comentó:

—Ahora eres tú la que habla sin sentido. ¿En qué punto estamos de la historia del universo, Idún?
—En ningún punto, Helen. El universo donde se desarrolló la humanidad nunca existió. No hubo pasado, presente, ni futuro.
—¿Y yó? ¿Por qué sigo existiendo? —Idún levantó un dedo, sonriente, y señaló a lo lejos. Allá, sobre el horizonte, se vio una figura. Caminaba primero. Luego corría. Idún contestó:

—Ahí tienes la respuesta. ¡Corre!
—¡Scott! —Gritó Helen, que salió corriendo, mientras Idún observaba la escena. Ambos se encontraron sobre el valle. Se abrazaron, y se besaron. Luego Helen preguntó:

—¿Puedes decirme qué ocurre? —Scott tardó unos segundos en contestar.
—Lo hiciste, Freyja. Derrotaste a Freyr.
—¿Yo? ¿No eras tú quien?…
—Ya te dije que yo no podría hacer nada. Fuiste tú la que derrotó a Freyr. Cuando él intentó acumular fuerza suficiente para derrotarte, no entendió que tu propiedad era la vida. Que tu don, por llamarlo de alguna manera, es dar vida, no quitarla.
—¿Y eso qué quiere decir? —Scott asintió sonriente, y contestó:
—Significa que tú eres la vida. Que tú eres la luz. Todo el universo, todo cuando existía, y todo lo que habría existido, está ahora en ti.
—¿En mí?
—En tu interior. Has arrastrado la historia del universo aquí. —Scott señaló el pecho de Helen—. Toda la fuerza del universo, todo el amor, toda la esperanza de toda vida existente en el universo, en el pasado, en el presente, y en el futuro, yacen en  ti. Eres la heredera de la vida, los sueños, y el futuro de la humanidad, y de todo el universo. Yacen en tu interior. Esperando.
—¿Esperando? ¿El qué, Scott? No te sigo.
—Yacen esperando una oportunidad. Una oportunidad de renacer. De volver a crecer. De crear un universo mejor. Más grande. Más unido. Un universo de paz. Un universo de amor. Los antiguos lo habrían llamado Idafeld. La Tierra de Promisión tras el Ragnarok. Pero baste llamarlo, simplemente, el futuro de la humanidad.

Helen se mantuvo en silencio unos instantes. Miró al árbol. Idún seguía recogiendo manzanas. Luego se volvió a Scott. Le tomó la mano, y preguntó:

—¿Qué va a pasar ahora, Scott? Tengo miedo. —Scott le puso la mano en la barbilla. La besó, y negó levemente diciendo:

—No. Miedo es lo último que has de tener. Tu corazón abrirá un nuevo futuro para toda la humanidad. Y para todas las especies del universo. Eras una guerrera por salvar a la humanidad. Y ahora eres una diosa.
—Yo… no soy una diosa, Scott.
—No. claro que no lo eres, en el sentido clásico. Pero sí, eres, en muchos aspectos, una diosa. La diosa de la Creación. En ti reside todo cuando existe. Y todo cuanto acontece, será. Porque así está escrito.
—¿Qué va a ser de ti? ¿Y de mí?
—Yo he de volver con los míos. Mi misión termina aquí, y ahora. Tú has de dar el paso final. El paso definitivo. Y tú sabes a qué me refiero. ¿Verdad?

Helen asintió levemente. Scott le dijo:

—Adiós, Freyja. Ha sido un honor estar contigo. Y ha sido un honor amarte. Sí, en la distancia. En el olvido. Pero ha sido amor al fin. Me voy.

Scott desapareció, mientras Helen levantaba el brazo donde un segundo antes había estado Scott. Idún se acercó. Miró seria a Helen, y dijo:

—Es la hora, Freyja. —Helen asintió levemente. Repitió:
—Sí. Es la hora. —Idún tomó la mano de Helen. Le susurró:

—Nacer siempre es doloroso. Pero cada vida que empieza es siempre una honra al universo. Dar a luz una vida es un milagro. Dar a luz a todo un universo, eso, Helen, eso no puede describirse con palabras.

Helen asintió. De pronto, levantó los brazos, todavía portando la manzana en una mano. Cerró los ojos.

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Y, pronto, una luz que surgió de su frente comenzó a inundarlo todo. Pronto, una explosión descomunal, gigantesca, se abrió paso. Una explosión como nunca se podría haber imaginado. Una explosión de vida.

El nacimiento de un nuevo universo…

Ayer, hoy, mañana.

Pavlov llegó a una pequeña casa de piedra, en la ladera de una colina con un bosque medio. Un viento suave y el atardecer daban un extraño aire de calma a la escena, en aquel otoño lleno de mil colores, entremezclados en los ojos y el alma del antiguo soldado.

Llamó a la puerta, pero no hubo contestación. Fue a la parte de atrás, y entonces la vio. Allí, cerca del bosque, estaba Skadi. Se había construido un nuevo arco, y flechas. Vio como lanzaba una hacia una diana. Prácticamente dio en el centro. Luego otra, con el mismo resultado. Pavlov sonrió. Se acercó. Antes de que pudiera hablar, Skadi, sin dejar de apuntar una tercera flecha, dijo:

—Eres silencioso. Pero no lo suficiente. —Skadi lanzó la flecha. Esta dio un poco más alto.
—Buen disparo.
—No creas. Los años no perdonan.
—Sigues siendo la mejor arquera del planeta.
—Claro —confirmó Skadi dándose la vuelta—. Porque soy la única arquera del planeta. Pero supongo que no has venido a hablar de arcos.
—No. He venido para pedirte, de nuevo, que vuelvas. Han pasado cinco años. Y todos te echamos de menos.
—Claro, seguro que sí. Lo que queréis es ponerme a trabajar.
—Skadi, por favor. Fuiste elegida. Yolande no quiere más el puesto. Y no había nadie mejor. Todo el mundo te votó a ti. —Skadi alzó las cejas.
—Ah, sí. Votaciones. Eso que llamáis democracia. Njord os habría cortado el cuello a todos con esa cosa llamada democracia, y con tantas libertades. —Pavlov rio.
—Sabes muy bien que no. De todas formas, eres la elegida para gobernar este nuevo mundo. La Luz de Asynjur es la que nos enseñará el camino. Esa eres tú. Tu pueblo sigue pensando que fuiste la mejor durante tu reinado. Y mi pueblo piensa que, si eso piensa tu pueblo, debe ser cierto.

Skadi suspiró. Dejó el arco en una mesa cercana. Se quitó el carcaj, y lo dejó también sobre la mesa. Luego miró a Pavlov.

—Necesitaba retirarme. Helen me dio de nuevo la vida. Pero no me quitó el dolor. Ese es mío, y solo mío. Sabes que, desde que sufrí la pérdida de Freyr, mi corazón está roto. Necesitaba esta soledad. Debo limpiar mis heridas. Él era mi heredero. Destinado a unir los Dos Reinos. Y mira cómo acabó: loco, frustrado… Destruyendo un universo completo.
—Solo para que, de este modo, un universo mejor naciera, de la mano de Helen.
—A cambio de su propia vida. Dio la suya para salvarme a mí. Y a todos. Otra cosa que nunca me perdonaré.
—A cambio de su vida, sí. Pero fue su elección. Ella estaba destinada a mostrarnos el camino. Tú estás destinada a llevarnos por ese camino, hacia una nueva libertad.

Skadi se cruzó de brazos, y miró con ceño fruncido a Pavlov:

—¿Y tendré que seguir las normas de esa cosa, esa… “democracia”?
—Claro —aseguró Pavlov divertido—. Y podrás corromperte, como hacen siempre los políticos. Y aguantar las quejas de la oposición. Te gustará.
—Seguro que sí. Les daré una buena patada a esos de la oposición si se les ocurre hacerme la menor crítica.
—Será una buena forma de gestionar tu gobierno, sin duda. ¿Y bien? ¿Volverás, Skadi? Ellos te necesitan. Yolande y yo te necesitamos. Yvette. Karl. Todos te queremos. También Tyr, y su hija, que va a casarse pronto.
—¿Y Leena?
—Leena… Ella tiene un destino distinto. Pero eso ya lo sabes.
—Sí. Ya lo sé. Pobre niña.
—No lo veo así. Es un destino duro. Pero digno de ella. Eso sí, lamentaré cada día perderla.
—¿Cómo puede ser digno un destino que la aparta de los suyos?
—Será un camino árido y duro, es cierto. Pero la hemos entrenado desde el primer día para ello. Triunfará. Y lo hará muy bien.

Skadi mantuvo su cabeza cabizbaja un instante. Su rojo cabello brillaba con los últimos rayos del día. Luego alzó la cabeza.
—Iré. Pronto.
—¿Me das tu palabra?
—Tienes mi palabra. Pero querré a Yolande conmigo en el gobierno. Necesito a alguien de su nivel para gestionar este nuevo futuro.
—Seguro que estará encantada de ayudarte, siempre que no tenga que estar al mando. Cuídate, Skadi. Te queremos mucho.
—Yo también os quiero. Pero me llevaré el arco.
—Por supuesto. El arco forma parte de ti. Y tú del arco. Llévalo. Podremos hacer campeonatos.
—Campeonatos que yo ganaré.
—No lo dudaré ni por un instante.
—Hasta pronto, Vasyl.
—Hasta pronto, Skadi.

Pavlov se retiró. Se iba contento por la respuesta de Skadi. Pero no por el pesar de su corazón.

Renacimiento y El camino al pasado.

Aquella misma noche, Yolande Le Brun subió a un escenario. Miles y miles de voces la aclamaron. A su derecha se encontraba Leena, sonriente. Ya no era una jovencita. De hecho, era toda una joven mujer de casi veintidós años. A la izquierda estaba Pavlov, que miraba la escena con orgullo. Y, un poco detrás, Yvette y Karl. Ambos sonreían también, mientras sus manos se cruzaban. Tyr y su hija se encontraban en una esquina. Tyr estaba feliz. Había conocido la noticia del regreso de Skadi. Y eso era un motivo de alegría.

El silencio se fue haciendo cada vez más evidente, mientras Yolande esperaba. Tras unos segundos, habló:

“Queridos amigos y amigas, hoy se cumplen cinco años. Cinco años de lo que hemos venido a llamar El Renacimiento. Una nueva Era. Un nuevo Camino. Y una nueva frontera en este nuevo universo que comienza a llenarse de vida de nuevo. Tras el sacrificio de Helen, o, como la hemos dado en llamar, Freyja, forjando este universo nacido de ella misma, y dando una nueva oportunidad a la vida, y a la humanidad, Freyja no solo nos condujo por el camino de la esperanza, tras las crueles luchas que quedaron atrás. Además, nos donó su vida, y su fuerza, para que este nuevo universo, y este nuevo mundo, que hemos dado en llamar Idafeld, sean el primer brote de una nueva humanidad. No perfecta. No inmortal. Sí más justa. Más viva. Más solidaria. Y más cercana al espíritu que nos ha guiado estos cinco años: el camino de la Verdad y la Justicia. Un nuevo mundo donde no hay autoproclamados dioses, solo aquellos que todos llevamos dentro, en nuestro corazón. Dioses que hablan siempre de paz, y que cada cual siente a su manera.

Pero no son los dioses los que nos han traído aquí, para aquellos que creemos en mitos. Son las manos y los hombros de miles y miles de hombres y mujeres, que juntos han forjado una nueva oportunidad de crear una mejor sociedad. Por todo ello, esta noche celebramos el Renacimiento de la vida en Idafeld. Espero que disfrutéis de esta noche, y de este día. Y del resto de días de vuestras vidas. Porque en este tiempo hemos aprendido que solo la verdad forja caminos, y la mentira forja tormentos. La guerra forja la muerte, y la paz forja senderos de futuro.

Tendremos disputas, tendremos conflictos. Tendremos diferencias. Esa es la esencia de la humanidad. Pero serán en paz. Con discursos, y no con armas. Y con la convicción de que este nuevo mundo sea aquel que vea florecer a una nueva humanidad, como ya lo hemos venido haciendo en estos últimos cinco años. Por todo ello, alzo mi copa, y brindo por todos vosotros. Que el futuro venga cuando quiera; le estaremos esperando. Con humildad. Sin miedo. Y con la decisión de afrontarlo serenos, fuertes, y decididos”.

Yolande alzó una copa de vino, y tomó un sorbo. Luego volvió a alzar la copa, mientras la multitud aplaudía y gritaba.

Luego la multitud se dispersó. Bajaron del escenario. Una improvisada orquesta tocaba piezas de distintas épocas. Pavlov se acercó a Yolande.

—Gran discurso.
—Deja de adularme, Vasyl. Ya nos conocemos.
—No, de verdad. Y gracias por no hacerme hablar. Sigo siendo muy torpe frente a una multitud.
—Eres muy torpe en todo, y te estás haciendo viejo.
—Mira quién fue a hablar. Dentro de poco tendré que empezar a pensar en un recambio.
—¿Y quién te iba a aguantar? —Pavlov asintió.
—Eso también es verdad.
—¿Cómo te sientes?
—Pienso en Sandra. Ella también fue responsable de todo esto.
—Por supuesto. Sin Sandra, no habríamos llegado hasta aquí. Tienes que sentirte muy orgulloso de ella.
—Lo estoy. Tremendamente orgulloso. Pero lo daría todo por poder abrazarla de nuevo. Siempre será mi pequeña.
—Sin duda…

Karl e Yvette se acercaron con una sonrisa y una copa en la mano. Yolande les saludó:

—¿Y vosotros dos? ¿Cómo estáis?
—Bien —contestó Yvette. Casi hemos terminado de instalar los nuevos reactores de fusión. Estarán listos la semana que viene.
—Eso son muy buenas noticias —aseguró Yolande.
—Sí. Ha sido duro, pero ha merecido la pena. Y hemos dejado a Helen y a Scott en casa de unos amigos con sus hijos. Se pasarán la noche jugando y durmiendo. Luego deberemos devolverles el favor, y tener nosotros a los niños. —Pavlov resopló, y preguntó:
—¿Cómo se os ocurre ponerle esos nombres a los niños? Nunca terminaré de explicármelo. —Yvette rio, y contestó:
—Bueno, algo de ellos tienen, te lo aseguro. A sus tres años, Helen es una protestona. Y Scott está demostrando ser bastante complicado.
—Espero que al menos se tranquilicen. La última vez se me echaron encima y casi me derriban esos dos mellizos. Están fuertes. Y enormes.

Yvette se acercó a Leena, que andaba a un lado, distraída. Estaba mirando la copa, con la mente perdida.

—Leena, ¿cómo estás? —Leena levantó la vista, y sonrió tímidamente.
—No mal del todo. Sigo recordando a mi madre. No se lo perdonaré.
—¿Qué es lo que no le perdonarás?
—Que diera su vida para crear todo esto… este universo. Este nuevo mundo, Idafeld.
—Tu madre no tuvo opción, Leena. Su enfrentamiento con Freyr destruyó el universo anterior en su totalidad. Fue la única forma de acabar con Freyr. Sin ese sacrificio, hoy no existiría Idafeld. Ni esta ciudad. Ni un futuro para todos.
—Lo sé. Pero quisiera que estuviese aquí, ahora. Por cierto, ¿sabes algo más de Skadi? —Yvette suspiró.
—Va a volver de su retiro. Por fin
—Esas son buenas noticias.
—Sí. Pero su corazón seguirá en esa pequeña casa, me temo. Meditando. Pensando en qué podría haber hecho para salvar a su hijo. Sin encontrar nunca una respuesta. He hablado con ella varias veces. Hoy Vasyl fue a verla. Está bien. Se entretiene meditando y con el arco. Pero el dolor con el que vive la atormenta.
—Ella no fue la responsable.
—No. Pero se siente culpable. Es una mujer con un alto concepto del deber y el honor. Fue educada así. Necesita tiempo.
—Son cinco años ya, Yvette.
—Lo sé. Pero ahora mismo, en este instante, quien debe atender al futuro eres tú.
—Querrás decir, al pasado. —Yvette asintió.
—Debo mandarte al pasado, Leena. A un pasado que no fue. Ahora soy mortal de nuevo. Pero no perdí esa capacidad. Y, para que el pasado vuelva a existir, debes entrar en ese pasado. Y reconstruirlo de nuevo. Debes completar lo que empezó tu madre. Por el bien de tu madre, del tuyo, y el de todos.

Leena suspiró. Luego alzó la vista, y miró a Yvette sonriente.

—Es paradójico que mi futuro se encuentre en el pasado.
—Recuerda: pasado, presente, y futuro, son solo palabras. Como tu madre tuvo que viajar en su momento, para una causa concreta, tú deberás viajar ahora, para vivir el resto de tu vida allá. Ella lo sabía. Pero no quiso contarte nada. Ahora, después de toda tu vida de preparación, desde el día en que naciste, estás lista.
—Tengo miedo, Yvette.
—Yo también —aseguró Yvette—. Pero juntas haremos que viajes. Yo no podré ir contigo. El pasado te pertenece a ti, no a mí. Pero tú serás quien inicie la luz que dio una oportunidad a la humanidad. Tú serás la primera llama que hará que todos tengamos una oportunidad. Confiamos en ti. Yolande, incluso el cabezota de Vasyl confía en ti. ¿Lo harás?
—Tanta confianza me abruma.
—Lo entiendo. Es una gran responsabilidad. Pero lo harás bien. Eres una mujer fuerte. Toda tu vida te has entrenado para este momento.  —Leena puso cara de circunstancias.
—Sí. Pero yo no tengo el carácter de mi madre.
—Eso es algo que hemos agradecido todos. —Leena rio.
—Os echaré de menos. A todos. Incluso al que hubiese sido mi pareja. Pero no podía comprometerme, y dejarle.
—Eso fue muy noble por tu parte.
—Y muy duro. Porque…

De pronto, tal como Yvette había hecho con Helen, Leena fue arrastrada por Yvette al pasado. Desapareció en unos instantes. Debía ser así: de forma brusca, e inesperada. Era muy violento. Pero era la única forma.

Yolande se acercó. Yvette dijo:

—Ya está. Ha viajado al pasado. Nadie sabía que este era el momento. Ni siquiera Vasyl.
—Habrá que decírselo, tarde o temprano.
—Sí. Pero Leena ha sido como una segunda hija para él. Y para Leena era su tío favorito. Para Vasyl era su pequeña. Su aprendiz. Ahora Leena simplemente se ha ido. No podemos decir exactamente a dónde. Aunque, en realidad, es cuándo. —Yolande asintió, y añadió:
—El cuando es finales del siglo XX. El lugar, algún punto de California. Y va a tener que soportar a Scott. Al Scott de aquella época. Pero estará sola. Y en peligro.
—Sí —confirmó Yvette—.  Pero Leena ha heredado las capacidades mentales de su madre. Pero aumentadas, y sin efectos secundarios. Y es una experta en artes marciales, preparada por el mismo Vasyl. Diría que eso es una buena defensa. —Yolande asintió.
—Es una impresionante defensa. Sus capacidades mentales serán asombrosas. Pero estará asustada. Perdida. Sola. Incluso aunque encuentre a Scott.
—Lo sé. Y es duro que haya tenido que ser así, por sorpresa. De pronto se va a encontrar sola, en un mundo desconocido y hostil: la Tierra de finales del siglo XX.
—Lo soportará, Yolande. Es la hija de Helen.
—Lo sé. Ella lo soportará. Pero tendrá que asumir un gran dolor. Y yo lo sentiré cada día de mi vida.
—Yo también —añadió Yvette con la mirada baja—. Al parecer, todos vamos a tener que soportar grandes cargas.

Yolande puso la mano en el hombro de Yvette. Sonrió, y dijo:

—Nosotros sí. Pero las nuevas generaciones no llevarán este peso. Y serán libres de elegir su camino. Eso es lo que queríamos para la humanidad. Y eso es lo que hemos conseguido. Misión cumplida. —Yvette sonrió. Luego repitió:
—Misión cumplida.


 

 

 

 

 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

3 comentarios en “La última Luz del Universo”

  1. Tu frase “Se hace muy difícil escribir en estas circunstancias” las suscribo por completo. Y las sumo con las del epílogo “quería escribir ciencia ficción, no vivir en uno de sus capítulos” pero nos ha tocado. Olé por terminar, has sido disciplinado, hombre de ciencias al fin jejeje. Antes que nada comentarte que me he tardado en leerlo entre una cosa y otra. Quise dejar un espacio para poder prestarte atención y disfrutar. Hoy ha sido el momento lectura que me he permitido. Ha valido la pena y gracias por el viaje imaginario y mental que nos has hecho.

    Sobre Helen no decepciona aunque le toca difícil arreglar el camino que ya se había andado. Toda revolución necesita un mártir, aquí han sido varios. La figura de Freyja, una diosa que destruye la noción de dioses, es fuerte. Me ha gustado el cierre, una bonita despedida de cada personaje. El final es una utopía deseada. Saludos y no me olvido que has dicho que esto desaparece del blog, aunque lo entiendo me entristece un poco, pero si la implosión traspasa la cuarta pared y es la solución al menos nos has dejado huella en la memoria.

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    1. Muchas gracias Rosa, y por supuesto se ha de leer cada texto en el momento más oportuno. De la misma forma que tenemos música para diferentes circunstancias, tenemos textos para cada momento, y se busca ese momento.

      El texto permanecerá aquí pero ya sabes que va a tener su conversión al libro del que podrás disponer, como todos aquellos que han seguido el desarrollo de esta historia. También habrá una ventana para que quien lo quiera me lo pida. En cuanto a borrarlo, si veo que va teniendo lecturas lo dejaré, tampoco quiero yo negar a nadie la lectura, aunque el libro sí será de pago claro, pero bueno si la gente quiere leerlo aquí no me veo en la posición de decirles que no. El lector es lo primero, y creo que siempre se puede llegar a puntos razonables de interés para todos si queremos negociarlos. Un abrazo.

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  2. El libro es el libro y tendrá forma de libro (precio, obviamente, y edición incluida) La idea del blog con sus comentarios e impresiones deja también un precedente y una forma de comunicarnos, puede ser el equivalente al ebook gratuito pero con el añadido de la espontaneidad del blog. Cuando al principio anunciaste que se borraría para darle forma al libro «formal» ya sea digital o impreso me quede con la sensación de quien ha visto, así casi por casualidad, una buena representación de teatro de calle y ha quedado fascinado y tiempo después lo ve en la cartelera del teatro del vecindario (entiéndase que nuestro barrio es internet) Una cosa no quita la otra y hay público para todos los escenarios. La calle es dinámica y cambia, es arte que queda en la memoria. El teatro es igual de cambiante pero cómodamente sentados jejeje. Ambos mágicos si el producto es bueno (como es el caso) Así que hagas lo que hagas tendrá su efecto en los lectores. Por cierto gracias por el regalo, lo esperaré gustosa y cuenta con mi estrella y comentarios 🐾

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