Dos almas rotas

Nuevo fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafeld”, Libro XV y último de la saga Aesir-Vanir. El fragmento anterior puede leerse en este enlace.

Me comentaba una lectora, Rosa, a la cual quiero agradecer su interés, que, por favor, no borre estas entradas antes de avisar de ello. Los lectores interesados que hayan seguido el libro y puesto “me gusta” en alguna de las entradas tienen garantizado el libro gratis, en formato pdf, epub o mobi. Durante 15 días tras la publicación en Amazon si alguien lo desea lo podrá obtener también. Luego el libro tendrá un coste muy reducido, pero mayor de cero. Porque he de valorar mi trabajo, ya que es mi esfuerzo, y si no empezamos valorando nuestro trabajo, tenemos muy difícil que otros lo hagan.

De esa forma quiero agradecer a esos lectores que se han interesado por la obra, haciendo accesible el libro a los interesados. No son muchos por supuesto. Pero cada uno de ellos me dice que ha merecido la pena escribir el libro. Porque un solo lector vale más que todas las editoriales, promociones, y premios del mundo. Sin lectores, los escritores no somos más que polvo en el espacio. 

Quiero aprovechar agradecer a los lectores de Lektu la acogida del material que tengo en esa web, que incluye descargas de obras gratuitas pero también de pago. Especialmente el mayor éxito es “Te esperaré al anochecer”, con ochenta descargas en diez días. No parece mucho, pero con todo el material que hay en Lektu me doy por muy satisfecho. Yo, acusado toda la vida de tener una roca en lugar de corazón, escribiendo un relato romántico de carácter fantástico. Quién lo iba a decir. Muchas gracias.

En la entrada anterior, Freyr ha comenzado a hacer realidad sus amenazas. Ha destruido una ciudad completa como señal de aviso, y está determinado a someter a Rymdenlan y toda la Federación a su caprichosa voluntad. Las reacciones no se harán esperar, especialmente por parte de la madre de Freyr, Skadi…

Nota: el funcionamiento del cañón que Yvette describe en el texto se basa en un concepto que he desarrollado relacionado con la teoría de cuerdas. Si alguien quiere más información no tiene más que preguntarme.

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Contraofensiva.

Tras la increíble sanación de Pavlov, Skadi había vuelto con Yolande a Rymdenlan. Yolande no pudo reprimir emocionarse al ser informada por Skadi de la recuperación de Pavlov, incluso estando delante del Primer Líder de la Federación.

—¿Lo ves? —Comentó Skadi—. Pavlov se ha recuperado. Todo va a salir bien. —Yolande sonrió entre lágrimas incontenibles, y contestó:
—He rezado mucho para que así fuese. Y Dios me ha escuchado. Temía perder la fe, si volvía a perder a Vasyl.
—Por lo que ha dicho Yvette, quien ha salvado a Vasyl ha sido Helen —aclaró Skadi—. Y no sabe cómo. Es posible que sea una propiedad nueva de ella, derivada de su inmortalidad.
—Es posible —repitió Yolande sonriendo—. Pero Dios está detrás de cada gesto de salvación. La mano es humana. La fuerza y la salvación llegan de Dios. —Skadi miró con asombro a Yolande.
—Tu fe en tu dios es enorme, de eso no cabe ninguna duda. No es mi dios, pero admiro tu sinceridad y tu creencia en tu fe, que parecen infinitas. Yo, por mi parte, me conformo con recuperar a Freyr. Se plegará a la voluntad de su madre y de su pueblo, y recuperará el sentido común, o me veré obligada a hacer algo terrible, pero con lo que Njord estaría de acuerdo…

Yolande tomó la mano de Skadi, y le dijo:

—Encontraremos una manera de recuperar a Freyr. Por favor, que ni tu mano ni tu espada sean las que hagan justicia. La justicia de la vida pertenece a Dios, y solo a Él.
—Tu fe en tu dios es digna de ti y de tu noble corazón, mi querida Yolande. Pero no es mi dios. Mis dioses son dioses de fuego, armas, y justicia del acero. Y yo me debo a ellos.
—Si conocieras el poder de Dios, Skadi, si yo pudiera enseñarte Su palabra de amor y de perdón… —Skadi negó levemente con la cabeza, y respondió:
—No me convertirás a tu fe, mi estimada Yolande. Pero agradezco tu voluntad de mostrarme una fe y una filosofía que hablan de amor y perdón. Mi fe habla de guerra y sangre para aplacar la ira de los dioses, donde y cuando sea necesario, y en mi pueblo hemos tenido que superar grandes retos con la espada, el arco y la lanza. Freyr es parte de mi pueblo. Y que yo sea su madre no me ha de cegar. Al contrario; soy madre, pero soy responsable de mi pueblo por encima de todo. Y mi pueblo no comprendería que haga justicia con unos, y no con otros, por una causa de sangre. Njord tampoco lo habría entendido. No; se hará justicia. Y se hará a la manera de mi pueblo.

Yolande asintió levemente apenada. Luego Skadi se puso en comunicación con Yvette.

—Hola Skadi, ¿cómo estás?
—Bien. Mejor —comentó Yvette sin mucha convicción. Skadi continuó:
—Puedo decirte, como madre de Freyr, que no voy a permitir que algo así vuelva a ocurrir. Esto ha ido demasiado lejos.
—No pasó nada, que es lo importante. Scott me ayudó.
—Un extraño personaje, ese tal Scott. —Yvette sonrió, y contestó:
—Extraño no lo define lo suficiente. Sí. Helen quiere hablar con él ahora. Está muy rara desde que ha despertado.
—Supongo que tiene que ver con su transformación.
—Supongo —reconoció Yvette—. Escucha Skadi, te tengo que dejar. Voy a hablar con Karl de esos nuevos cañones.
—¿Crees que podrán integrarse en la flota de las naves de Rymdenlan?
—Supongo que sí. Revisaré el diseño de Karl de inmediato. Te aviso enseguida.
—Necesitamos esos cañones, Yvette. Porque destruiré el Palacio de Luz por completo si es necesario.
—Esperemos encontrar otra solución antes.
—Y yo espero que esos cañones funcionen como queremos. No permitiré que mi pueblo siga siendo humillado por Freyr.
—Haré todo lo necesario para que así sea. Hasta luego, Skadi.

El Primer Líder se acercó a Skadi, una vez Yolande se había ido.
—¿No sabe nada Yolande Le Brun? —Preguntó interesado el Primer Líder de Rymdenlan—. ¿No tiene información sobre los preparativos de nuestro ataque combinado al Palacio de Luz?
—No. No quiero meterla en esto. Ni a ella, ni a su pueblo. El ataque al Palacio de Luz tiene que ser por sorpresa, y cuantos menos lo sepan, mejor. Si Yvette consigue revisar las especificaciones de ese joven, ese tal Karl, y podemos adaptarlas a las naves, comenzaremos el ataque de inmediato. Destruiremos el Palacio, y a todos los seguidores de Freyr.
—¿Incluido al propio Freyr? —Preguntó el Primer Líder. Skadi lo miró con determinación, y respondió:
—Freyr ha de ser el primero en morir. He de dar ejemplo con él. El resto morirán porque están enfermos de ese ansia de poder que lo ha corrompido completamente. Tyr mandará el ataque. Es el mejor.

El Primer Líder asintió a su modo.
—¿No has pensado en alternativas para salvar a tu hijo?
—No dejo de pensar en ello. Pero haré lo que tenga que hacer.

Cañones y alternativas.

Mientras tanto, en la nave de Helen, Yvette había ido a ver a Karl, que estaba en su laboratorio.

—¡Pase! —Indicó Karl, mientras seguía con los planos del nuevo cañón, cuya potencia y naturaleza podrían ser el arma necesaria contra el Palacio de Freyr y su poder.

Yvette entró, y cerró la puerta. Karl se sorprendió ante aquella visita. Tragó saliva, y preguntó:

—¿Puedo hacer algo por ti? —Yvette rio. Karl volvió a preguntar:
—¿He dicho algo… gracioso?
—No —respondió Yvette sonriente—. Es solo que estás ahí, tan serio, tan responsable, tratándome tan respetuosamente… No es esa tu fama.
—Ah, ¿no?
—No. Dicen que eres muy locuaz. Músico de jazz, rock, soul y blues, juerguista, mujeriego, amante de la noche, y obsesionado con Helen. —Karl levantó las cejas y los hombros levemente, y contestó:
—Bueno, no soy yo quién para desmentir eso que se dice de mí. En cuanto a que estoy obsesionado con Helen, bueno, algo de eso hay, pero estoy abierto a otras ofertas… —Yvette cruzó los brazos, y respondió:
—Ya, claro, claro… Otras ofertas. Uno no ha de dejar pasar las oportunidades que se le presentan en la vida, ¿verdad?
—Eso digo yo. Si la vida te niega algo, acepta lo que te ofrece. Pero no estás aquí para hablar de mí. ¿Qué puedo hacer por ti?
—De momento, me gustaría que me hablases de ese nuevo cañón que me ha comentado Yolande estás diseñando. Y que no debe saber es para Skadi y un inminente ataque. Yolande piensa que es para una situación desesperada y final. Es decir, silencio absoluto. ¿Me has entendido?
—Sí. Pero no subestimes a Yolande. Su aspecto delgado, frágil y delicado, y su metro sesenta y poco pueden hacer que parezca fácil de engañar. Pero, te aseguro, la he visto dirigiendo cincuenta naves de combate contra los LauKlars desde su puesto de mando. Y no te gustaría ser su enemigo en esos momentos.
—Entiendo. Mira, vamos a acordar algo: lo sabrá en su momento. Cuando los cañones estén colocados en las naves, y el ataque sea inminente. ¿De acuerdo?

Karl asintió, y fue al panel frente a él. Pulsó unos botones, y apareció un esquema tridimensional con una gran cantidad de datos.

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Yvette se acercó a los datos. Los miró unos instantes mientras Karl decía:

—Aquí está la dinámica de flujo del cañón, y de la energía generada por un reactor muy similar al que usamos en nuestras naves. La ingeniería es muy compleja por supuesto, muy pocos seres humanos podrían entenderla de forma completa, pero, para resumirlo de un modo sencillo que puedas entender, se basa en… —Yvette le interrumpió:
—Se basa en un flujo de energía de punto cero en un metaverso de orden superior, en el que ese estado de punto cero se define mediante un condensado Bose-Einstein estable en ese metaverso, pero inestable en este. Ese condensado puede comprimirse en el metaverso de orden superior, liberar aquí su energía al tener un estado de punto cero inferior, y canalizar la energía resultante mediante un cañón de plasma concentrado. La termodinámica se respeta porque lo que gana este universo lo pierde el de orden superior. Muy interesante, sin duda… Muy interesante… Me gusta.

Karl tragó saliva de nuevo. Se movió un paso hacia atrás mientras Yvette daba la vuelta alrededor del modelo tridimensional, y susurró:

—Eeeeh, me alegro que te guste… —Yvette se dio la vuelta, y se acercó a Karl.
—Voy a necesitar este modelo operativo en doce horas. Para aplicarlo a las naves del pueblo de Rymdenlan. —Karl preguntó:
—Entonces, ¿Es definitivo? ¿Van los rymdelanos a hacer la guerra a Freyr?
—Sí. Con Skadi y los que la siguen a la cabeza, Tyr como líder de mando. Y con las naves de la Federación de Rymdenlan. Necesitan un arma definitiva. Creo que puede ser esta.

Yvette se acercó a Karl, que volvió a dar un paso atrás. Esta dijo:

—Quiero la dinámica de flujo de energía, tensores máximos de resistencia de los cañones, aporte total energético en el punto de salida por unidad de tiempo, y el resto de datos en seis horas. En doce horas los planos completos. Y en veinticuatro horas habremos construido, con ayuda de robots y drones, al menos doce cañones con el sistema de energía incorporado.
—Es decir, cañones autoabastecidos.
—Precisamente.
—Está bien… Haré lo que pueda.
—Ha de ser así, Karl. No tenemos tiempo de adaptar las naves de Rymdelan. Las horas pasan. Y Freyr puede cumplir su amenaza. Pero, debido a su inestabilidad, tenemos que actuar rápido.
—Y… ¿Helen sabe algo? Porque ella también…
—Eso es indiferente ahora. Skadi ha sido muy paciente. Pero es la líder de un pueblo muy antiguo y muy orgulloso, donde la tradición es la base de sus costumbres y su justicia, y no permitirá que su hijo pervierta esa tradición y su historia.
—¿Y tú? ¿Por qué la ayudas? —Yvette se volvió con una mirada fría y dura a Karl.
—¿Tú por qué crees? —Karl asintió, y susurró:
—Sí. Ya sé lo que… te pasó con Freyr. Lo siento mucho.
—Gracias. Podría atacarme en cualquier otro momento. Su amenaza no era un farol. Era real. Y no voy a permitirlo. No me gusta esto, Karl. De verdad que no. Pero no veo otra salida.
—Lo… entiendo —aclaró Karl—. Lo que no entiendo es cómo Scott pudo controlar a Freyr.
—Ese es un misterio que se deberá resolver a su tiempo.
—¿Sospechas quizás que Scott pudiera estar implicado con Freyr?
—No, en absoluto —indicó Yvette con vehemencia—. Sospecho que Scott no es el que dice ser. Gracias, Karl. Espero que tu conquista de Helen termine en victoria. O eso, o, conociéndola, te romperá el cuello por tres sitios.
—Me romperá el cuello, te lo aseguro. Pero, hablando en serio, Helen se merece estar con alguien. Lleva mucho tiempo sola.
—Por supuesto que se merece estar con alguien que la quiera. Y ese alguien eres tú, ¿no es así?
—No —contestó Karl serio—. Yo me conformaría con que sea feliz. De ella he conseguido un beso en la mejilla en alguna ocasión. Si eso es lo máximo que voy a tener de ella, lo acepto sin problemas. Pero su felicidad sigue preocupándome. Su bienestar es nuestro bienestar.
—Vaya, Karl, me sorprendes. No es la imagen que dan de ti.
—Soy un mujeriego que trasnocha y al que le gusta la fiesta, el alcohol, y la música, es cierto. Pero me preocupan las personas que quiero. Y Helen me preocupa especialmente.
—Pero solo has obtenido un beso de mejilla de ella.
—Bueno, un beso de mejilla de ella es todo lo que voy a tener. Viviré con eso, y seguiré adelante. Pero no es suficiente para ella. Ella necesita alguien en quien confiar. En quien apoyarse. Durante las dos guerras que vivimos contra los LauKlars ha estado sola. Su único consuelo era aquel androide que fue destruido, llamado Kim, con el que no tenía relaciones sexuales, como mucha gente cree. El androide excitaba sus centros nerviosos mediante sensores especiales, y eso tenía una respuesta relajante en ella, a veces también en términos sexuales. Pero eso era todo. Nada más. Creo que es momento de que eso acabe. Creo que se merece a alguien a su lado. Alguien que la quiera. Y que esté con ella cuando necesite llorar. Su hija la apoya, pero necesita algo más. Es un ser humano. Y necesita amor y calor humanos. Cuando lo tenga, venga de donde venga, seré feliz.

Yvette asintió levemente, sorprendida por lo que decía Karl. Se acercó a este, y le dio un suave beso en los labios. Luego miró a Karl, que la miraba con ojos asombrados, y susurró:

—Helen te dio un beso de mejilla. Creo que has mejorado ese nivel, y te has ganado un beso de nivel superior. Puede que haya más en el futuro, ya veremos. Pero no te hagas demasiadas ilusiones, rockero. Además, me caen mal los músicos. —Karl carraspeó, tragó saliva, y respondió:

—No… no me haré demasiadas ilusiones. Y a mí también me caen mal los músicos.
—Así. Buen chico. Adelante. Sigue con lo tuyo.
—Sigo… con lo mío —comentó Karl con voz entrecortada.

Yvette salió con paso decidido. No pudo disimular una pequeña sonrisa cuando salió del laboratorio. Karl se puso a trabajar de inmediato con el corazón disparado. Aquella mujer era sorprendente, sin duda. Y estaba determinada en su tarea. Sería mejor no defraudarla. Además, el premio podría ser otro beso. Y eso merecía no dormir las siguientes doce horas. Por lo menos.

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Madres y tíos.

Helen salió de su habitación. Se había cambiado de ropa, y se había quitado los tejanos, para ponerse un vestido con falda, algo muy inusual en ella. Su hija la vio salir, y fue corriendo a verla.

—¡Mamá! —Gritó Leena—. ¡Me tienes muy preocupada! —Helen miró a su hija, y contestó:
—No tienes por qué. Estoy perfectamente.
—Claro, mamá. Cómo no. Vasyl está a punto de morir. Los médicos casi lo han desahuciado. Y tú, en tres minutos, haces que salga caminando de la camilla, sin una sola lesión en la cabeza. Y te pones un vestido con falda. ¡Con falda! ¡Todo normal! —Helen rio, y contestó:
—Es normal, cuando sabes que es normal actuar correctamente para salvar una vida.
—¡No me vengas con filosofías, mamá! ¡Estás muy rara, y quiero saber qué ocurre!

Helen se acercó a Leena, puso sus manos en la cara de su hija, y contestó:

—Ahora tengo que ir a ver a Scott. Tengo que hablar con él de algo muy, muy importante. Y luego, tengo cosas que hacer. Tenemos que terminar esto ya. O se perderán muchas vidas. Hay que evitarlo. ¿Lo entiendes?
—Sí, mamá. Lo entiendo perfectamente.
—¿Te vas a portar bien?
—¿Portarme bien? ¡Mamá, no tengo cinco años!
—Bueno, me tendrás que perdonar. Justo he empezado a ser madre, y necesito entrenamiento. Claro que tienes razón; eres ya una mujercita.
—No soy una “mujercita”, mamá.
—Bueno, una mujer. Por favor, dime que vas a cuidarte.
—Eso suena a despedida —comentó Leena con voz tensa.
—No hay despedidas. Solo hay hasta luegos. Aunque algunos sean muy largos.
—Mamá… —Helen puso su dedo en los labios de ella mientras sonreía, y susurró:
—Tienes una larga y maravillosa vida por delante. Y serás una líder también. A tu manera. En la sombra. En la distancia. Pero líder, al fin y al cabo. Y ahora, obedece a tu madre, y espérame en tu cuarto. ¿Lo harás?

Leena no estaba en absoluto convencida de aquello. Pero su madre era siempre determinante con las órdenes. Así que, muy a su pesar, se fue. Pero no a su cuarto. Fue a ver a Pavlov. Llamó a la puerta, escuchó un “pase”, y entró. Pavlov estaba observando unos datos. Leena se acercó, y miró aquella información.

—Un plan táctico de combate —susurró Leena—. Pavlov asintió.
—Muy bien. Eres joven, pero ya sabes interpretar perfectamente un mapa. Eso está bien.
—¿Y para qué es?
—Para poder darle una patada en el trasero a jovencitas que preguntan demasiado. —Leena rio, e insistió:
—Vamos, tío Vasyl, dime para qué es.
—Hay muchos problemas en Rymdenlan.
—Sí, ya me he enterado.
—Yolande está allá con Skadi, e Yvette acaba de hablar conmigo. Les estoy ayudando con un plan. Solo te puedo decir eso.
—Alguna acción militar, ¿no es así?
—Jovencita, preguntas e intuyes demasiado.
—Tú me entrenaste para ser así. ¿Y cómo te curaste, tío Vasyl?
—No lo sé —respondió Pavlov inseguro—. Estaba casi muerto. Y luego, estaba mejor que bien. Abrí los ojos, y Helen estaba delante. Eso es todo lo que puedo contarte.
—Mamá me preocupa. —Pavlov asintió.
—Y a mí. Si me dices que algo le ocurre, te diré que no hace falta ser un experto para darse cuenta. Y lo que ha hecho conmigo no tiene explicación. Pero no quiere hablar de ello. Suponemos que tiene que ver con su transformación. Quizás ha obtenido alguna capacidad curativa. No lo sé. Los Isvaali son capaces de recrear vida, como hicieron conmigo, y quizás Helen a asimilado alguna de esas capacidades. Ahora vete a tu cuarto, y estate tranquila. ¿Lo harás?
—¡Todo el mundo me manda a mi cuarto! ¡Ya tengo casi diecisiete años!
—Por eso mismo. Has aprendido mucho. Pero te queda mucho por aprender. Hazme caso. Luego hablamos.

Pavlov le hizo un gesto a Leena intentando sujetarle el brazo. Leena respondió rápidamente, retorciendo el brazo de Pavlov. Este sonrió.
—Muy bien. Has reaccionado rápido y con control. Has controlado la situación. Vas aprendiendo. Ahora, a tu cuarto.
—Bueno, lo haré. Por esta vez.
—Buena chica.

Leena salió, cansada de que la trataran como a una menor. Pavlov pensó en todo lo que se parecía Leena a Helen. Leena era  más tranquila. Menos agresiva. Pero más precavida. Esas cualidades la hacían una gran candidata para cumplir muchas misiones en el futuro. Si es que eran necesarias. Y serían, sin duda, necesarias.

Helen Parker. La leyenda de Darwan.

No soy quien no sabía quién era.

Mientras esto ocurría, Helen fue a ver a Scott, que se encontraba en la sala de estar, sentado en una mesa al fondo, leyendo un libro de papel. En la sala se encontraban algunas personas, y un dron de bebidas y comida. Todos miraron a Helen cuando entró. No era habitual verla allá, y menos con un vestido con falda. Esta anunció:

—Estimados amigos, estimadas amigas, me vais a perdonar, pero necesito hablar con nuestro… amigo Scott. Ya sabéis; el hombre de hielo, el hombre que vino de la oscuridad, el eterno psicópata y sociópata… Necesitaría que salieseis de la sala. La otra opción es agarrarlo de una pierna y llevarlo a rastras hasta su cuarto, mientras se va golpeando la cabeza con las esquinas. Pero quiero ahorrarle la escena, todo y que a él probablemente le importaría tanto como ver pasar una mosca. Si hubiese moscas en la nave. Seguiría leyendo su maldito libro impasible, como lo que es: un ser sin alma y sin corazón.

La sala quedó rápidamente vacía, mientras miraban disimuladamente a Scott, que levantaba la vista levemente del libro. Helen se acercó, le arrancó el libro de la mano, y miró la tapa. Sonrió, y dijo:

—Trilogía de La Fundación, de Isaac Asimov… Interesante. ¿No era un famoso autor de novela romántica? —Scott carraspeó levemente, y contestó:
—Eh, bueno, escribió de todo, pero se le conocía especialmente por sus novelas de ciencia ficción. —Helen le dio un toque con el libro en la cabeza a Scott, y lo dejó sobre una mesa diciendo:
—Ya lo sé, he leído la trilogía de la Fundación, y las precuelas, y las secuelas, y la rama de los robots… Mucha imaginación, sin duda. Fue un genio. Pero ahora no podemos darnos el lujo de soñar, Scott; necesitamos vivir el mundo real. Necesitamos resolver problemas. Y el problema se llama Freyr.

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Scott se levantó. Tomó el libro, y lo dejó en una repisa donde se podía ver una pequeña biblioteca de libros en papel. Miró a Helen, sonrió levemente, y comentó:

—¿Y qué puedo hacer yo? —Helen movió levemente la cabeza negando. Scott añadió:
—No te sigo, Helen.
—No me sigues…. ¿Sabes de dónde acabo de venir? De un viaje a un mundo de fantasía con una tal Idún. He ido recordando. Ella fue la que me dijiste había hecho ese pequeño “milagro” de despertarme. Y luego llego yo y me encargo del pequeño “milagro” de curar a Pavlov.
—¿Y qué?
—Que no creo en milagros, Scott. Ese es el departamento de Yolande, no el mío. Todo tiene una explicación. Incluso tú.
—¿Y qué tengo yo que ver con todo eso?
—¿Quién es Idún, Scott?
—Ya te lo dije: era la hija de los reyes del Reino del Norte, durante los tiempos en Nueva Zelanda. La hija de Electra y Bálder. Ella se transformó también. Pero fue… distinto.
—Y no sabes nada más de ella.
—Nada más.
—¿Y tú?
—Ya te expliqué mi historia.

Helen comenzó a acercarse a Scott, mirándole fijamente. Scott, instintivamente, comenzó a retroceder hacia atrás.

—Me explicaste tu historia, claro, claro… Y yo me la comí entera, sin sal ni agua.
—Es la verdad, Helen. Te doy mi palabra. —Scott siguió retrocediendo, mientras Helen continuaba dirigiéndose hacia él.
—Por supuesto. Y te has enfrentado a Freyr para ayudar a Yvette, algo muy noble sin duda. Pero, ¿cómo es que Freyr no ha podido acabar contigo? No lo hizo tampoco cuando fuiste a buscar a Yvette al Palacio de Luz.
—Es un cobarde. Más incluso que yo. No se atreve a mirar y matar a su víctima. Basta con mirarle fijamente.

Helen rio. Levantó las manos con gesto de resignación, y dijo:

—¡Claro! ¡Estúpida de mí! ¡Para derrotar a Freyr solo hay que mirarle a los ojos! ¡Era así de fácil! ¿Por qué habremos estado perdiendo el tiempo, cuando es tan fácil? ¿Eh?
—Bueno, es una técnica que…

Scott se tropezó, y cayó al suelo. Helen se arrodilló a su lado. Lo agarró de las solapas de la chaqueta:

—Freyr estaba muerto de miedo las dos veces. ¡Muerto de miedo!
—¿Cómo lo sabes?
—Cierra la boca. Freyr solo montaba una farsa, como tú. Pero no porque estéis colaborando, ni mucho menos. Sino porque Freyr está atemorizado, qué digo atemorizado, está completamente aterrorizado contigo. Te tiene un miedo atroz, atávico.
—Eso no tiene ningún sentido, Helen —respondió Scott mientras se levantaba—. Puede acabar conmigo en un segundo. Como estuvo a punto de acabar con Pavlov. —Helen dio un golpe en una mesa, y gritó:
—¡Mentira! ¡Mentira, mentira, mentira, y mil veces mentira, Scott! ¡Lo que pasa es que tú nunca, nunca, has sido lo que dices ser!
—¿Qué dices, Helen? ¿Te has vuelto loca? Soy Scott, piloto de caza, y…
—¡Mentira, Scott! ¡Basta de tomarme por una estúpida! ¡Tú eres uno de ellos!
—¿Un qué? —Helen le puso un dedo en el pecho a Scott, y gritó:
—¡Un Isvaali! ¡Eres uno de esos seres misteriosos que, de forma voluntaria o involuntaria, han creado toda esta situación!

Scott frunció el ceño durante unos instantes, intentando reaccionar. Finalmente, respondió:

—¡Eso no es verdad! ¡Yo siempre he sido humano! ¡Nací, crecí, me casé! ¡Tuve dos hijas! ¡Fui piloto militar de caza! ¡Y viví una experiencia rarísima, es cierto! ¡Pero soy humano!

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Helen dio media vuelta, y se acercó a mirar por los grandes ventanales de la sala. Los tres brazos de la galaxia se podían ver perfectamente desde esa posición. Scott se acercó. Y repitió:

—Helen, yo nunca te mentiría. De verdad. No es mi estilo mentir. Puedo hablar con jeroglíficos, no lo niego. Puedo ser raro, frío, oscuro. Es cierto. Pero nunca te he mentido, jamás te he mentido. —Helen, sin dejar de mirar el ventanal, contestó:
—Te creo, Scott.. Te creo.
—¿Entonces? Yo no tengo todas las respuestas.
—Desde luego que no —aseguró Helen girándose— De hecho, no tienes respuesta ni siquiera para la pregunta fundamental, la más importante de todas.
—¿Y qué pregunta es esa?
—¿Quién eres tú?
—Eso no tiene sentido.

Helen bajó la cabeza levemente. Luego miró a Scott, y replicó:

—Lo tiene. Tiene todo el sentido. El problema es que no me estás mintiendo. Dices la verdad. Tu verdad. Pero, lo que tú no sabes, es que tú no eres Scott, ni eres humano. Eres, en realidad, uno de esos seres. Un Isvaali. Uno de esos extraños seres con los que contactó Sandra.
—¿Cómo puedes decir eso…? Es… es absurdo, Helen. Absurdo. —Helen alzó las manos, y continuó:
—Cuando te ocurrió lo del avión, cuando te acercaste a aquella luz, que, en realidad, era un vórtice espacio-temporal momentáneo, no fuiste modificado por los Isvaali; fue al revés: uno de ellos, uno de esos seres, tuvo curiosidad, por primera vez en miles de millones de años, por conocer a una criatura de un universo horizontal, como el nuestro. Ellos son seres multiverso. Pero ese Isvaali quiso saber lo que era convertirse en un ser de un solo universo. Así que tomó la forma de tu cuerpo, y lo imitó átomo a átomo, molécula a molécula, hasta tal punto que el ser resultante creía seguir siendo Scott, el piloto. Cuando aterrizaste, y cuando volviste a casa con tu familia, tus recuerdos, tu mente, todo en ti, todo, eras tú. Solo que ya no eras tú. Habías desaparecido para siempre. Scott había muerto. Solo que nunca lo supo. Nadie lo supo nunca. Ni su mujer. Ni sus hijas. Nadie. Ni siquiera tú.
—Pero…
—Lo que tengo delante de mí es un cuerpo con la forma de un ser humano. Habla, respira, siente, como un ser humano. Pero no es un ser humano. Eres una imitación tan perfecta de un ser humano que ni siquiera eres consciente de que no eres humano. Y no lo eres. No lo has sido nunca. Desde entonces. Y nunca lo serás…

Scott se mantuvo en silencio. Luego se sentó en una mesa, cabizbajo. Se llevó las manos a la cara. Luego dijo:

—Eso es imposible. Yo soy Scott. Recuerdo mi vida. Todos los detalles. El colegio. La carrera militar. Mi mujer. Mis hijas. Aquel vuelo. Todo está ahí. Y lo viví yo.
—Tú creaste a un ser igual a Scott, con sus recuerdos exclusivos. Tan perfecto que olvidaste quién eras en realidad. Por eso Freyr no puede vencerte. Es muy poderoso. Pero tu poder no es solo inmenso; en realidad, tu poder deja a Freyr como un niño de pecho frente a ti. Solo que no lo sabes. Él sí lo sabe, o al menos lo intuye. Todo este tiempo, todo este camino que has recorrido desde que bajaste de aquel avión hasta este momento, todo, ha sido una especie de juego. Un experimento. Llámalo como quieras. Pero no eras tú. Nunca has sido tú. Tú no existes, Scott. Eres solo una imagen tridimensional de un ser que murió hace cuatro mil millones de años…

Scott se levantó de nuevo, caminando en círculo, mientras Helen se había apoyado en una esquina, con los brazos cruzados. Scott rompió el silencio. Miró a Helen, y preguntó:

—¿Cómo… cómo sabes todo eso? ¿Desde cuando lo sabes?
—Todo esto lo sé. Y nada más. Idún puede ser la causa, no lo sé. O esa manzana que me comí de su árbol. Supongo que esa imagen fue una forma onírica de interactuar con esos seres… con vosotros. Se representan así, en forma de un sueño, para comunicarse con nosotros. No sé si Idún es una Isvaali. Puede que lo sea en parte. Pero tú… Ese es otro tema. Tú sí lo eres. Lo cual nos lleva… —Scott puso cara de sorpresa.
—¿Nos lleva? ¿Esto no es todo? —Helen negó con la cabeza.
—No, no, no… por supuesto que no. Nos lleva a tu impulso, al motor que ha movido toda tu vida. No fue ayudar a la humanidad. No fue el ser un buen samaritano. No fue empujar a la especie humana a un futuro mejor. ¿La operación Folkvangr? ¿Todo el asunto de viajar al futuro y entrar bajo mi mando? ¿Tus sugerencias, que siempre terminaban siendo decisivas? No lo hiciste por un asunto altruista, claro que no…
—Entonces, ¿por qué lo hice? —Helen se acercó a Scott. Lo miró con seriedad, y respondió:
—Lo hiciste por mí.
—¿Por ti? ¡Claro! ¡Y por todos! ¡Por Pavlov, por Yolande, por Karl, por Leena! —Helen le interrumpió con un gesto.
—¡Basta! ¡Deja ya de intentar marearme! Ya no vas a jugar más conmigo, Scott. Lo hiciste por mí. ¡Por mí! Por estar a mi lado. Por poder estar conmigo. Y todo eso, ¿por qué? ¡Porque estabas enamorado de mí! ¡Tú! ¡El hombre de hielo! ¡La mente oscura y siempre retorcida! ¡El ser más frío que el mismo vacío del espacio! ¡Estabas enamorado de mí, y montaste un plan que implicaba a toda la humanidad, en dos destinos separados, solo para poder estar conmigo!
—¡Eso es una locura, Helen!
—Ah, ¿sí? ¿Una locura? ¡Vamos, Scott, ya has montado tu numerito durante cuatro mil malditos millones de años! ¡Llegó la hora de confesar!

Scott se sentó de nuevo. Parecía agitado. Confuso. Mareado. Mirando al infinito.

—Yo… yo te vi un día. En un concierto.
—De Sheryl Crow, seguro. —Scott miró a Helen, y sonrió ligeramente.
—No. Este fue de Alannah Myles.
—Uf, eso fue casi al principio, solo fui a un concierto de ella. Lo recuerdo muy bien. ¿Qué edad tenía yo, dieciocho años?
—Veinte. Alannah te encantaba también. Fue en Nueva York, cuando vivías allá, antes de irte a San Francisco. Yo, digamos, me fijé en ti desde el primer instante. La operación Folkvangr estaba en sus inicios. Pero manipulé los registros para que fueras seleccionada, y clasificada como especialmente capaz en el liderato. Luego, bueno, Pavlov y su admiración por ti como líder hizo el resto. Por eso le seleccioné. Porque sabía que Pavlov vería en ti a una gran líder. Y así fue; te vio, y pensó que podrías ser quien gestionara el futuro de la humanidad como nadie podría hacerlo. Yo hice que eso se convirtiese en realidad. Cuando comenzó la guerra contra los LauKlars, yo sabía que él sería una voz a tener en cuenta, debido a su carácter y a su formación militar. Y sabía que no querría ser el líder, no iba con él. Todos mis cálculos de probabilidad indicaban que te elegiría a ti. Precisamente a ti. Y así fue. Y, una vez como líder, yo podría unirme a ti. Y estar a tu lado siempre… en la sombra. En la oscuridad. Sin atreverme jamás a contarte la verdad… pero pudiendo permanecer contigo casi toda la eternidad…
—Y Sandra…
—Sandra era el catalizador de Pavlov. Estaba destrozado por la muerte horrible de su mujer. Necesitaba un apoyo. Y Sandra lo fue. Calculé que una reproducción de la hija no nacida de Pavlov en un androide, combinando su software con el ADN de la niña humana, sería el revulsivo perfecto para motivarle. Funcionó. Sandra hizo un trabajo excelente en Nueva Zelanda. Era, básicamente, y en todos los aspectos, la hija de Vasyl Pavlov. El resto, bueno, ya lo conoces…
—Sí. Lo conozco.

Scott asintió. Se levantó, y dijo:

—Bueno, eso es todo. Antes podías sospechar que podrías llegar a odiarme. El ser oscuro. El sociópata. Ahora tienes todos los motivos para odiarme. Así que, con tu permiso, voy a retirarme a mi cuarto, y no saldré de ahí hasta dejar la nave para siempre. Buscaré algún agujero en cualquier punto de la galaxia. Y me pudriré para siempre en algún mundo perdido. Si soy un Isvaali, algo de lo que sigo dudando, lo averiguaré yo solo. Ha sido un honor conocerte, Freyja. Nunca te olvidaré. Nunca. Y, aunque yo moví algunos hilos, tú fuiste la que lo hizo realidad. La responsable de aquellas dos victorias de la humanidad fuiste tú. Es tu premio. No el mío. Tú mereces pasar a la historia. Yo merezco pudrirme en el infierno. Adiós, Helen.

Scott se iba a ir, cuando Helen gritó:

—¡Alto! ¡Esto no ha terminado todavía! —Scott se volvió con extrañeza. Miró a Helen, y preguntó:
—¿No ha terminado? ¿Queda algo más? —Helen se acercó a Scott.

—¡No he terminado! ¡Por supuesto que no he terminado! ¡Hablas, y hablas, y hablas de tus sentimientos, de tus proyectos, de tus miedos! ¡Tú, y solo tú! ¡Para ti no existe nada más en el universo que tu ego, más grande que mil galaxias! ¿Y los demás, Scott? ¿Qué pasa con los demás? —Scott alzó los hombros levemente.
—¿Los demás? Os dedicáis a reíros y a burlaros de mí. El hombre oscuro. El hombre de hielo… El sociópata… Esas cosas. ¿Qué más quieres? Llevo toda mi vida así. ¿Por qué debería ser distinto ahora?
—¿No sabes por qué, idiota? —Scott negó serio, y confirmó:
—No. No sé por qué.

Helen se llevó las manos a la cabeza. Luego se volvió a Scott:

—¡Yo estaba enamorada de ti también, imbécil! —Gritó Helen—. ¡Una sola palabra, un solo gesto, una sola complicidad, y yo me habría dado cuenta de tus sentimientos que siempre mantenías enterrados en esa capa de oscuridad y frialdad!
—Pero…
—¡Cállate! Todo este tiempo, durante todas estas batallas, yo esperaba que dieras una sola muestra de afecto. Pero no podía lanzarme a ti y sufrir un fracaso. Hubiese sido un golpe demasiado grande. En definitiva: yo también fui una cobarde, Scott. Los dos fuimos unos estúpidos cobardes, atrapados en nuestras ideas. Tú, en la de ser un alma oscura y perdida. Yo, en la de la grandeza del liderazgo. Y ya me lo advirtió Idún; no soy tan importante, ni tendría que dejarme llevar por mi sentimiento de ser la líder mesiánica desesperada de un pueblo que quiere sobrevivir…

Se hizo un silencio espeso. Luego Helen añadió:

—Tú yo yo hemos sido dos locos cobardes, incapaces de gestionar nuestros sentimientos en pos de nuestros miedos y prejuicios, y de nuestra idea de imponernos una disciplina propia de los dioses… Y los dos hemos perdido. Hemos perdido por anteponer nuestros miedos y nuestro orgullo a nuestros sentimientos. Y lo hemos pagado con soledad, tristeza, y amargura. Somos dos locos perdidos en un universo que está a punto de explotar. Y nada ni nadie podrá entender jamás cómo pudimos errar hasta este punto. Nadie, jamás, se lo podrá explicar.
—Pero… no es tarde… —sugirió Scott. Helen sonrió.
—Es muy tarde. Quizás hasta antes de mi absurdo viaje al manzano de Idún, o quizás antes de lo de ese San Francisco inventado por Freyr, quizás, solo quizás, podríamos haber tenido una oportunidad. Ahora ya hemos pasado una línea roja.  Que tu origen sea el que es no me habría importado, incluso de haberlo sabido antes. Ahora tengo una misión final con Freyr. Nuestro tiempo se ha agotado, Scott. El tuyo, y especialmente el mío.
—¿Qué quieres decir? —Helen suspiró.
—Tengo que enfrentarme a Freyr. Skadi planea atacar con la ayuda de una tecnología desarrollada por Karl. Creen que no lo sé. Pero ahora lo sé todo. O, al menos, todo lo que he de saber. Skadi está desesperada. Y lo entiendo, es su hijo quien está creando este caos. Pero yo he de tratar con Freyr a mi manera.

Scott asintió. Luego dijo:

—No podré ayudarte. No esta vez. No podré estar contigo como asesor y consejero. —Helen sonrió.
—Lo sé. Pero, además, no es necesario. Salgo de inmediato. Cuida de Leena, por favor.
—Por supuesto. Es una joven increíble.
—Lo es. Y con un futuro brillante.

Helen no dijo nada más. Se acercó a Scott, que meditaba de pie frente a los grandes ventanales. Lo abrazó, y él a ella, y Helen le dio un largo beso. Luego  se fue hacia la puerta, y la cruzó sin decir nada más.

Scott miró por la ventana. El drama de su vida se había consumado. Y él era culpable con Helen. Tendría que vivir con eso. El resto de su vida. O incluso más.


 

 

 

 

 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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