La obsesión por la inmortalidad en la literatura y escritores

Hoy vengo con un tema que surge una y otra vez cuando hablo con algunos familiares. Y es esa obsesión por “la posteridad” y por “el legado que todos dejamos”. Un legado que, al parecer, tenemos que ofrecer como símbolo de nuestra existencia. Como si nuestra existencia efímera y momentánea en este planeta fuese a ser algo más que una pequeña gota de lluvia en un mar inmenso, donde cada nueva gota se funde y desaparece para siempre.

Sí, es cierto que sigo la filosofía existencialista de la generación del 98. Y sí, es cierto que autores como Pío Baroja y Unamuno modelaron mi mente. ¿Es eso un pecado? ¿Es una falta por la que deba ser juzgado? No. Es un signo de que toda existencia tiene un solo fin: la extinción. Y mientras no comprendamos este principio absoluto, no podremos entender la importancia de vivir cada momento de la vida.

freyja

La diosa Freyja, señora de la guerra y la muerte

En esta ocasión la discusión familiar ha empezado porque he borrado unas tres mil entradas de imágenes, bocetos y recuerdos, textos y documentos de “La leyenda de Darwan” que tenía en Instagram. Por supuesto no he hecho copia de seguridad, ni la habrá jamás de ningún otro material.

“Se ha de conservar ese material” me dicen algunos familiares. “Son tus recuerdos” me recuerdan otros, valga la redundancia.

Y yo les digo: ¿de verdad tengo yo que vivir con el recuerdo de un pasado que ya ha pasado, y que aportó algo a mi vida en aquel momento, y que ahora forma parte de un pasado olvidado y enterrado?

Por otro lado, ¿a quién le importa todo ese material? En cinco años ese material ha estado ahí olvidado, perdido, sin ningún tipo de atención ni interés. Como toda red social, lo que importa es el momento. ¿Un texto filosófico de hace tres años? ¡Por favor! ¿A quién le importa eso?

Y ahí viene mi pregunta: ¿a qué viene esa obsesión por conservarlo todo? ¿Por almacenar material obsoleto y perdido en la nada? El universo es reciclaje constante. La vida es un continuo proceso de construcción y destrucción. La literatura, el arte, crecen y desaparecen con el paso de los años y los siglos.

No podemos, no debemos, de ninguna de las maneras, atarnos al pasado, ni obsesionarnos con este o aquel recuerdo. Sí, está bien conservar algunos retales que, por un motivo u otro, sean importantes para nosotros. Pero, ¿esas miles de imágenes y textos? ¿Qué aportaban a la humanidad? ¿Qué beneficio personal o de otro tipo podría obtener yo de esa ingente masa de imágenes y recuerdos?

Todo eso de “conservar el pasado” tiene que ver, una vez más, con nuestra frustración y nuestros miedos por nuestra condición de seres mortales. Tenemos una obsesión, a veces enfermiza, por conservar retales del pasado, como si eso nos fuese a hacer inmortales. Y ninguna imagen, ningún material, nada de lo que hagamos va a darnos la inmortalidad. En todo caso, si dentro de mil años alguien lee alguno de mis libros, el libro será inmortal. Yo no lo seré. Yo llevaré mil años muerto, enterrado y olvidado. ¿Alguien se va a preocupar, tras la lectura de ese libro, de buscar qué hice o qué pensaba en un almacén de fotos? Por supuesto que no. Ese alguien lanzará el libro al mar del olvido y pasará a otra cosa, que es además lo que debe hacer.

Si queremos ser inmortales, como escritores, como artistas, lo que tenemos que hacer es dejar un legado inmortal en forma de libros. Y acumular en esos libros nuestras experiencias, nuestras ideas, nuestros sueños. Con nuestros relatos y novelas transmitimos de este modo a la posteridad lo que somos, lo que hacemos, lo que decimos, cuando lo escribimos. El resto de nosotros es solo una cáscara vacía, que se termina pudriendo y olvidando.

Nos obsesionamos con el individuo. Pero la inmortalidad solo la dará la obra.

Por eso, cuando le digo a mi familia y amigos que tengo programado un pequeño proceso que, a los tres meses de no haber actualizado este blog, se borrará completamente, sin copias de seguridad ni nada parecido, se llevan las manos a la cabeza. Como si este material le fuese a importar a alguien en el futuro.

Seamos sinceros con nosotros mismos, y reflexionemos: ¿qué aportan estas entradas a lo que yo soy? ¿Que tuve una novia y me pasó no sé qué, que un día me decidí a irme de viaje a Grecia y casi me mato, o que un día me perdí en mis pensamientos y acabé en Toledo?

Todo eso es absoluta y completamente superfluo. Todo eso está bien como una anécdota, como una diversión, para contar en el bar con los amigos, o en un blog para explicar esto o aquello. Todo eso es material de consumo. El verdadero origen de lo que somos, la verdadera naturaleza de nuestra mente, está en nuestros libros. En nuestras novelas. En nuestro material literario. Eso es lo que merece la pena conservar. El resto es solo un aditamento, como el cordón umbilical que dio de alimentar al feto, y luego cae y se pierde para siempre. ¿A quién le importa el cordón, o la placenta? Es la obra la que recordamos. No quien hizo posible la obra.

Por eso, ya comenté una vez que los blogs se quedan sin dueño de vez en cuando, y tenemos que aceptarlo. Es duro, pero es la vida. Todos podemos tener un problema que nos lleve de este mundo, y el  blog quedará huérfano. ¿Merece la pena entonces que el blog siga existiendo?

Es una decisión muy personal, por supuesto. Pero yo lo tengo muy claro: cuando yo deje este mundo, todo el material que he escrito en este blog, y una parte de los libros menos importantes, desaparecerán para siempre. Solo quedará algún material que pudiera quizás interesar a alguien en el futuro.

Pero no somos inmortales. Inmortales son Quevedo, Lope de Vega, Isaac Asimov, J.R.R. Tolkien, Unamuno, o Machado. Nosotros, los demás, tenemos que entender que pasamos por el mundo, y que, cuando dejemos el mundo, seremos olvidados para siempre.

Pero no lo olvidemos: los autores antes mencionados no existen sino como los libros que nos legaron. Cuando hablo de Tolkien, no hablo del que era carne, sino del que fue papel. Ese es el Tolkien que recordamos. Y ese es el que nos dio su legado. El otro se ha perdido para siempre. Nunca sabremos quién fue.

Somos escritores. Pero somos mortales. No pretendamos creer que vamos a compartir el universo de los grandes solo por haber escrito algunos libros. Yo he escrito más de veinte libros, y les apuesto una cosa: a los diez años de mi muerte, ni uno de esos libros estará disponible. Por un lado, porque el blog, si no lo borro yo, lo borrará la empresa que mantiene el servicio del blog, por falta de pago o caducidad. Por otro lado, los libros de Amazon se borrarán porque la propia Amazon no puede vender libros que no tengan un destinatario, y cuando se venda un libro, y ese dinero se devuelva porque la cuenta asociada del banco no es operativa por fallecimiento, Amazón borrará el libro. Fin de la historia.

Suena duro. Suena fuerte. Suena cruel. Pero seamos sinceros: suena a realista. Porque es la cruda y dura realidad de la vida. Algunos libros pueden quedar en el disco duro de algunos lectores, libros que a su vez desaparecerán cuando esos discos duros fallen, sean discos clásicos o discos SSD de los nuevos, que también tienen un final, como todo.

¿Qué podemos hacer? Disfrutar el momento. Disfrutar de nuestros blogs. Hablar de la vida. De los sueños. De nuestras esperanzas, y de nuestros anhelos. Transmitir el amor por la vida. Porque es lo único que realmente importa. Y es lo único que perdemos al final de nuestras vidas.

Memento mori.

Vivamos el momento. Escribir, charlar, disfrutar, pasarlo bien con nuestros amigos y familiares. Viajar, cantar, bailar, lo que sea que nos haga felices. Y crear obras literarias. Estoy pensando en comprarme una guitarra eléctrica nueva. Sencilla claro, el dinero no da para una buena. Pero le tengo echado el ojo a una que suena muy bien por su precio.

¿Ven? Eso es la vida. Es bonito contarlo: “esta es mi guitarra”. Pero es temporal. Es terrenal. Y se lo llevará el viento pronto.

Algunos, muy pocos, serán llamados a la inmortalidad. El resto desaparecemos para siempre. Pero no habrá importado. Porque habremos vivido. Habremos creado. Y habremos disfrutado de nuestras creaciones.

No nos obsesionemos con la inmortalidad. Ni soñemos con ella. Soñemos mejor con vivir la vida intensamente cada día. Luego llegará el día de partir. Pero habremos sido felices. Sin preocuparnos de las consecuencias.

Y la vida habrá merecido la pena vivirse. Ese es el mejor legado que podemos dejar. Y, para muchos, el único legado que podremos dejar.

No deje que su obsesión por la inmortalidad mine su futuro. Sea inmortal ahora. Luego, los dioses dispondrán de nuestro destino. Pero, mientras tanto, habremos vivido nuestros sueños. Eso es lo que realmente importa: marchar de este mundo habiendo cumplido nuestros sueños. Su testimonio: déjelo en uno o varios libros. Alguien los recogerá, quizás. Pero usted, mientras tanto, habrá vivido sin preocuparse de la eternidad.

Muchas gracias.

alice_bossard


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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