La última carta de Julia

Ocho de la tarde. Salí de aquella maldita oficina, por fin. Era un viernes más, de un mes más, de aquel absurdo invierno. A mis treinta y pocos, y con un divorcio todavía caliente en mi mente y en mi cartera, no tenía motivos para pensar que aquella noche fuese a ser especial. Pero lo fue.

Esta es mi historia, para que conste en acta. Si es que alguien la lee algún día. Y cree que la vida es solo aquello que se ve. Que se siente. Y que se toca.

Llevaba setenta dólares en el bolsillo en aquel final de mes. Y me dije: “chico, tienes que quemarlos ya. En alcohol, y en una buena juerga, en compañía de mi soledad”.

No soy mucho de fiestas, así que aquella noche me fui con mi viejo Volkswagen a algún tugurio de alguna ciudad perdida. No quería compañía; tan solo jugar yo solo unas partidas a los dardos, o quizás discutir conmigo mismo qué diablos iba a hacer con mi vida. Si es que a aquello se le podía llamar vida.

Fue entonces cuando entré en aquel bar de carretera. Había puesto cinco dólares de combustible para no quedarme tirado otra vez. Por eso, y por una cerveza, para ir calentando mi alma del frío de aquella noche gélida.

Y, entonces, la vi. Estaba allá, sola, en la última mesa. Tendría unos treinta años. Ojos grises, mediana altura, y pelo castaño claro. Era perfecta. Quizás porque realmente lo era. O quizás porque, en aquellas circunstancias y situación, hasta la misma medusa de la mitología me habría parecido perfecta.

Pero yo soy ante todo un caballero, y no andaba buscando plan. Los planes los dejaba para cuando estuviese en las últimas. Y, en aquel momento, mi única idea era pasar una noche perdido en la nada, hasta quedarme dormido en el coche, soñando con una vida mejor. Aunque, en esas circunstancias, cualquiera vida era mejor que la mía.

En algún lugar de aquel viejo bar unos altavoces emitían uno de mis temas preferidos de los Eagles. Y aquella música parecía que me acompañaba con la noche, y me invitaba a lanzarme a la aventura. Total, ¿qué se puede perder, cuando lo has perdido todo?

Me acerqué a ella. Y entonces me sorprendió la imagen que vi: aquella chica estaba llorando. Disimuladamente, como se llora cuando se quiere avisar de que se está llorando, pero no cuando se quiere hacer entender que se está llorando.

Estaba claro que todo Un caballero como yo no podía dejar de intervenir ante tan desgraciada situación. Y ante aquellos ojos grises que pedían consuelo ya.

Así que me lancé. Y le dije:

—Disculpa que me entrometa. Pero te he visto llorando, y me he dicho: “tengo que decirle algo, no puedo dejarla así”. —Ella dibujó una media sonrisa, y contestó:
—Claro. No quieres entrometerte. Solo meterte donde no te importa. Y tratar de ligar esta noche, cuando todas tus posibilidades eran las de acabar borracho en algún tugurio de mala muerte, como este. Pero me has visto, y has dicho “voy a probar suerte”. Como si yo fuese un sorteo que quizás puedas ganar.

Yo alcé las cejas levemente. Eran sin duda dos patadas al hígado directas y sin contemplaciones. Así que le dije:

—Entiendo el mensaje. Y perdona, no quería molestar. Ya voy desapareciendo al instante.

Me di la vuelta, y empecé a alejarme. Y entonces, escuché su voz, que me sonó a música. Pero, por supuesto, no iba a demostrarlo de ninguna de las maneras. Lo primero que se aprende en el póker es, precisamente, a poner cara de póker.

—¡Espera, no te vayas! —Gritó ella. Me volví, y la miré con mi mejor cara de perro degollado. Ella sonrió de una forma más marcada, y dijo:

—Perdona. He sido maleducada, lo reconozco. Quieres ligar, es evidente. Pero ni siquiera tú te mereces un trato así. Anda, ven, y siéntate.

Obedecí como un corderito, y me senté frente a ella. Entonces ello alzó los ojos, y me confesó:

—Estaba llorando, es cierto. Y lloraba porque hoy, precisamente, perdí a mi novio, hace exactamente un año. He estado sola desde entonces.
—Vaya, lo siento —le comenté, sin que se notara demasiado mi alegría al saber que, en ese momento, no tenía novio.
—Gracias.
—Y, ¿cómo fue lo de tu novio?
—En un accidente. Estábamos en mi casa. Y, simplemente, ocurrió.
—Vaya, los accidentes caseros son más habituales de lo que mucha gente cree.
—Sí, es cierto —confirmó ella—. ¿Y tú? ¿Qué haces perdido en este tugurio?
—Eso podría preguntártelo yo a ti. Una chica tan guapa…
—No intentes ligar, no funcionará, te lo aseguro. Esta noche prefiero un… amigo.

Yo alcé los hombros levemente. Ser amigo de ella esa noche era mil veces mejor que ser yo mi mejor amigo de mí mismo. Esa noche, o cualquier noche. Además, la amistad es el paso previo a cualquier cosa posterior, y yo me sentía como el jugador de ajedrez que mueve las piezas estratégicamente para ganar la partida.

Ella continuó:

—La verdad es que hablar es siempre algo bueno, me lo dijo una amiga psicóloga. Dice que te libera de las penas. Del dolor. —Yo asentí. Aunque eso de los psicólogos no iba mucho conmigo.
—Pues tu amiga psicóloga tiene toda la razón —aseguré con firmeza—. No hay mejor terapia para el dolor que hablar. Así que habla conmigo todo lo que quieras. Soy todo orejas, como Dumbo. —Ella rio levemente.
—Qué tonto eres. Es oídos, no orejas.
—Sí, lo sé. Pero entonces no funcionaría el chiste. Y ahora te preguntaría si estudias o trabajas, pero entonces pensarías que sigo intentando ligar.
—Que sigues intentando ligar conmigo es algo que sé perfectamente, no nací ayer…
—Paul. Mi nombre es Paul.
—Es bonito. El mío es Julia. Y es evidente que sigues pensando en ligar. Pero no te lo reprocho. Todos los hombres sois iguales.
—No es cierto —repliqué—. Yo soy peor.

Julia asintió levemente. Luego dijo:

—Sí, claro. Ya se te ve la pinta de tipo duro. Cuando has entrado por la puerta, casi me muero de miedo. ¿Vas a invitarme a una cerveza?

Yo me volví de inmediato. Alcé la mano, y grité a la camarera:

—¡Por favor, dos cervezas! ¡De las buenas!

La camarera trajo dos cervezas. Las dejó en la mesa. Luego Julia dijo:

—Lo de que fuese buena la cerveza ha sido interesante. Aquí la mejor cerveza es solo algo mejor que la gasolina.
—Bueno, pues así despegaremos como dos cohetes. Y daremos un paseo por las estrellas. —Julia rio de nuevo. Su sonrisa era realmente cautivadora.
—Vaya, vaya, si vas a ser un poeta —confesó.
—Soy un poco de todo.
—Bueno, contestando a tu pregunta, me dedico a la compra de productos de gran interés para mi empresa. Sobre todo valores especiales.
—¿Valores especiales? ¿Qué es eso?
—Cualquier cosa que mi empresa considere un gran valor, es un valor especial. Yo lo obtengo, y me llevo una comisión.
—Vaya, así que eres comercial —observé. Ella respondió:
—Más o menos. ¿Y tú?
—Yo, bueno, soy informático. Programador, ya sabes…
—Ah, sí, los ordenadores. Los odio. No me gustan.
—A mí tampoco. Pero me gano la vida con ellos. Qué le vamos a hacer. También soy músico aficionado, y escribo algunas cosas. Relatos, cosas así…
—Ah, ¿sí? Me gustaría escuchar algo de tu música, y leer alguno de tus relatos.
—Oh, no son gran cosa —comenté con falsa modestia.
—Seguro que en tu coche tienes algo de esa música.
—Pues sí. Tengo unas cintas grabadas en casa con mis sintetizadores y la guitarra.
—Pues, si me llevas a mi casa, me comprometo a escuchar lo que me pongas por el camino. Tengo que volver ya. Se hace tarde.
—¿Llevarte a casa? ¡Por supuesto! Tengo mi limusina fuera.
—Seguro.

Yo reaccioné como un reloj. Brindamos, y nos tomamos la cerveza de un trago. Aún recuerdo la espuma alrededor de sus labios mientras sonreía.

Pagué a la camarera, y le dejé una buena propina. Que no se notara que aquellos setenta pavos eran lo último que me quedaba hasta el día de cobro. Luego subimos a mi vieja lata, y salimos a la carretera, en dirección a su casa. Yo puse uno de mis cassettes con varias piezas. Empezó sonando algo melódico, romántico, que había grabado con la guitarra y los teclados aquella misma semana.

—Vaya, no está mal —comentó Julia sonriente. Yo quise restarle importancia.
—Está grabado en casa, con un magnetófono de cuatro pistas. Tengo una pequeña mesa de mezclas, y hago lo que puedo.
—Pues no está mal. No das ese aspecto de romántico que veo en la música.
—Soy uno en la calle, y otro en la vida —aseguré—. Ya sabes…
—Sí, no eres el típico tipo que va ligando en bares remotos a chicas que andan solas llorando en una mesa.
—No… pero te vi, y me dije…
—Te dijiste que soy una oportunidad, ya, lo sé. Pero he de confesar algo: eres distinto. No eres como todos esos mequetrefes de tres al cuarto de otras veces, que solo quieren verte, decir mil estupideces de lo duros, grandes y fuertes que son, llevarte a la cama, tener un rato de sexo, y largarse.
—Es… cierto… Yo me conformo con el sexo. —Julia rio una vez más, esta vez con intensidad.
—A eso me refiero. Tienes sentido del humor, y no necesitas ir haciéndote el héroe por ahí. Eso me gusta.
—Me alegro que te guste.
—Sí, pero eso no significa…
—Que vaya a pasar nada, sí, lo sé.
—Buen chico. Me gusta que aprendas bien la lección.

Llegamos a su casa, en una urbanización perdida a las afueras de la ciudad. Una casa bastante grande y antigua, pero de un diseño algo extravagante y curioso. Me despedí de ella.

—Bueno, ha sido un placer, Julia. Eres realmente encantadora. Y no lo digo por eso. —Ella asintió. Durante unos segundos, me miró intensamente. Una luz parecía surgir de aquellos ojos grises. Dijo finalmente.

—Venga, no seas idiota.
—¿Por qué dices eso?
—Me has traído a casa. Lo menos que puedo hacer es invitarte a un café. O a una copa.
—No quiero ser una molestia.
—Claro que quieres ser una molestia. Estabas pidiendo a gritos que te invitase. Vamos, calla y acompáñame.

Entramos en su casa. El interior concordaba perfectamente con el exterior. De un estilo entre victoriano, con toques de novela gótica.

—¿Qué quieres? —Me ofreció.
—Un whisky. ¿Tienes whisky?
—Por supuesto. ¿Hielo?
—Sí.

Julia me puso un vaso largo con whisky escocés de gran calidad. Asentí levemente.

—Esto sí es que es realmente bueno, y no esos brebajes que tomo normalmente. Por cierto, tu casa es increíble. Parece sacada de una novela.
—¿Te gusta? Era de los abuelos de mis bisabuelos. Luego pasó a mis abuelos maternos, mis padres, y luego a mí.
—Vaya, sí que tiene historia. Te debes sentir muy sola aquí.
—Sí. Pero es mi hogar. Nunca me iría de aquí. No sin una buena razón.

Me acerqué a una antigua mesa de madera. En su centro se encontraba un mazo de cartas del Tarot que parecían tener doscientos años. A los lados podían verse dos candiles. Sonreí mientras decía:

—¿El Tarot? ¿Es que eres bruja, o algo así? —Julia enarcó las cejas.
—¿No crees en el arte de la Cartomancia?
—Creo que tengo más posibilidades de que esta noche termine en tu cama que el que las cartas digan algo de mí que sea real.
—Ah, ¿sí? Vamos a verlo. Siéntate en la mesa.
—¿Yo? ¿Estás loca? ¿Vas a adivinar mi futuro?
—No lo sé. Quienes hablan son las cartas. Ellas dicen lo que quieren decir. No yo. Yo solo soy una intérprete.

Me pareció divertida aquella forma de verlo. Original. Así que me senté. Ella hizo lo mismo frente a mí. Encendió los dos candiles. Luego barajó las cartas con una velocidad y precisión que me asombraron. Dejó las cartas en un extraño formato que, según ella, se llamaba “la cruz simple”. Desplegó la primera carta, la del centro.

—Vaya, la Torre. Empezamos fuerte.
—Esto quiere decir que me debo comprar un piso nuevo —reí.

Julia no dijo nada. Levantó la carta que atravesaba la Torre.

—La Fuerza. Interesante.
—¿Qué significa?
—Significa que tienes el control. De tu vida. Y de tu alma. —Yo no pude por menos que reírme.
—Eso es lo último que tengo en mi vida: control.

Julia fue desplegando las cartas. Con cada una murmuraba algunas palabras. La Justicia. La Muerte. El Emperador. Y el Mago.

Julia me miró, como si fuese la primera vez que me veía. Yo pregunté:

—Parece que has visto un demonio.
—He visto muchos. Pero tú eres un ser de luz. Sin duda.
—¿Eso lo dicen las cartas?
—No. Eso lo digo yo.

Se estableció un silencio tenso. Yo opté por levantarme. Me acerqué a la librería que tenía en una de las paredes. La cantidad de clásicos que tenía acumulados en sus estanterías era increíble.

—¿Has leído todo esto?
—Esto, y muchísimo más.
—Vaya. Una lectora consumada.
—Por eso querría leer algo de ti. —Yo alcé los hombros levemente.
—Es ciencia ficción en general. Cosas de política y así. Mucho rollo filosófico y social.
—Me gusta el rollo filosófico y social. La ciencia ficción abre fronteras. —Yo asentí levemente.
—Eso digo yo. Pero, cuando le digo a una mujer que escribo ciencia ficción, ella me toma por un fanático de Star Wars con una espada láser de plástico.
—Son tontas. No saben lo que se pierden.
—Vaya, gracias. Eso es muy amable de tu parte.

Julia sonrió. Yo me hallaba de pie con el vaso de whisky en la mano. Se acercó a mí. Me quitó el vaso de la mano, y lo dejó en una mesa. Luego me pasó los brazos por el cuello.
—Que sepas que esto es solo por un tema de amistad —me advirtió, mientras me miraba intensamente con aquellos ojos que ahora eran de fuego.
—Por supuesto. Y yo voy a rodear tu cintura porque la amistad es lo más grande que puede haber entre un hombre y una mujer.

Ella no dijo nada. Me dio un primer beso corto. Luego, otro más largo.

—Los besos de amistad son los mejores —comenté.

Ella me miró de nuevo con una fuerza que casi me hace caer. Me arrastró hasta el dormitorio. Allí la amistad entre ambos alcanzó una temperatura bastante alta para lo que se supone son dos simples amigos.

Luego Julia se levantó de la cama. Se puso la ropa interior y una bata corta. Yo la miré un instante confuso, y dije:

—Quede claro que todo esto que ha pasado es solo amistad.
—Por supuesto —rio ella —mientras se peinaba frente a un enorme espejo.
—Eres muy extraña, Julia. Pero lo soportaré.
—Claro, es un esfuerzo terrible para ti.
—Lo es. Nunca pensé que una amistad fuese a llenarme tanto. Eres, desde ahora, mi brujita preferida.
—No soy una brujita.
—¿No? Con todo eso del Tarot…
—El Tarot no es brujería. Es un canal de comunicación.
—Yo prefiero el teléfono.
—Tú ignoras muchas cosas porque vives en ese mundo perfecto de leyes ideales que modelan el universo. Pero hay mucho más de lo que puedes llegar a imaginar.

Ella se acercó a la cama. Se sentó a mi lado.

—El caso es que me siento atraída por ti. Y no puedo evitarlo. Me ocurrió desde el primer instante en que te vi. —Yo alcé las cejas levemente.
—Vaya. No lo parecía. Pero no voy a negar que me siento muy halagado. En mi defensa diré que me pasó lo mismo contigo.
—Sí. Pero no lo entiendes. Estoy… estoy enamorada de ti. —Yo casi di un salto en la cama.
—Espera, espera… Acabamos de conocernos, y ya me veo con un niño en brazos, y las gemelas en el cochecito, pagando una hipoteca y trabajando doce horas. ¿Te han dicho eso las cartas?
—No. Las cartas solo me han dicho que tu alma es pura. Y fresca. Y está lista. Y yo… no he podido evitarlo.
—¿Evitar? ¿El qué?

Julia se dio media vuelta. Miró a la ventana unos instantes. Luego se volvió.

—Enamorarme. Es algo que…
—Julia, cielo, eres una chica increíble, misteriosa y maravillosa, de verdad. Pero esto que estás diciendo es cualquier cosa menos normal. Es absurdo. Hace solo unas horas que nos conocemos…

No pude decir nada más. De pronto, noté que todo me daba vueltas. Mi cuerpo no era mío. No podía mover brazos ni piernas. Tuve que sentarme en la cama. ¿Me habría drogado Julia? ¿Era una especie de loca? ¿Querría robarme, quizás?

Yo no entendía nada. Finalmente, sentí que recuperaba parcialmente el control de mi cuerpo. Julia se acercó. Asustado, le pregunté:

—¿Qué me has hecho, Julia?
—¡Lo siento, Paul, de verdad! ¡Lo siento!
—¿Qué sientes? ¿Que esté atrapado aquí, parcialmente drogado? ¿Vas a montar algún juego mortal conmigo? ¿A robarme? ¿Eres una especie de psicópata?
—No… —Julia pareció descomponerse. Su rostro se llenó de lágrimas. Finalmente, confesó:

—Te dije que mi familia ha vivido aquí desde hace dos siglos… No es cierto.
—¿No?
—No, no lo es. Soy yo la que vive aquí… desde hace doscientos veinte años. —Yo comprendí que estaba ante una perturbada. O algo peor.
—¿Qué? ¡Eso es absurdo! ¡Absurdo! ¡Estás loca, Julia!
—No, por favor, espera, deja que me explique… —Suplicó ella.
—Pues explícame algo coherente.
—Lo que te voy a contar no es coherente. Pero es la verdad. Me enamoré… Hace doscientos veinte años, me volví loca de amor por un hombre. Y pacté con ciertas fuerzas… Pacté para obtener el amor de aquel hombre… A cambio, para toda la eternidad, tendría que traer un hombre a esta casa. Cada año. En esta fecha. Esta noche. Tendría que decirle a ese hombre que me había enamorado de él. Y me acostaría con ese hombre… Todo falso, por supuesto. De este modo podría vivir un año en paz. De no hacerlo, viviría un año de dolor y tormentos… Y yo no podía soportarlo. Viví un primer año de dolor infinito. Tenía que traer un alma a esta casa. Un alma de un hombre para liberarme del dolor. Un alma para ser entregada a esas fuerzas. De este modo, cambiaba la condena de mi alma por el alma de un hombre. Una vez al año. Y podría vivir en paz. En esta casa. Para toda la eternidad.

Yo no podía creer lo que oía. Acerté a decir:

—El alma, si no recuerdo mal, solo se entrega voluntariamente.
—No es cierto —contestó Julia—. Tu alma ha sido vendida. Pero no por ti. Sino por mí. Y créeme que lo siento… —Yo me mantuve pensativo unos instantes.

—Dejando aparte que creo que estás completamente loca, Julia, ¿has hecho esto antes? —Pregunté. Ella contestó:
—Doscientas diecinueve veces… Doscientas diecinueve almas han sido robadas del mundo…

Yo no sabía ya qué creer. Me acerqué a Julia, y le dije:

—¿Y ahora, qué? ¿Se llevarán mi alma al infierno, y me quemaré en una hoguera? —Julia contestó agitada:
—Eso del fuego y de arder es solo un cuento para asustar a los niños, Paul. La realidad es mucho, mucho más monstruosa…
—Pues qué bien. Yo lo único que espero es despertarme de esta pesadilla de una maldita vez. Me largo, Julia. Eres encantadora. Pero estás completamente loca. A ver si puedo tener algo de suerte en lo que queda de noche…

Me puse las zapatillas, y fui a marcharme, cuando una fuerza increíble me golpeó contra la pared del fondo, y la puerta se cerró violentamente. Julia alzó las manos. Y gritó:

—¡Esperad! ¡Esperad! ¡Me dijisteis que tenía que engañar a un hombre! ¡Traerle aquí, meterlo en la cama, y decirle que estaba enamorada de él! ¡Pero yo estoy realmente enamorada de Paul! ¡Mi amor por él es real! ¡No podéis llevároslo! ¡No le he engañado! ¡Le amo! ¡Le amo de verdad!

Yo iba a hablar cuando, de pronto, noté un frío gélido y brutal, como nunca antes había sentido. Era un frío que helaba el cuerpo, el alma, y, especialmente, la mente y el corazón. Una fuerza increíble tiró de mí. Noté que de mi mano una fuerza se me llevaba.

Y, de pronto, sentí que abandonaba mi cuerpo. Era extraño. Una sensación extraña. Increíble. Era como si me desdoblase en dos. Sentí que un enorme agujero negro se abría frente a mí. Y me sentí arrastrado a aquel agujero. Vi cómo entraba, y cómo la habitación se iba quedando atrás…

De pronto, mientras caía por aquel agujero infinito, oí una voz. Era un grito. Miré atrás. Se veía una forma de luz, que era la entrada del túnel. Y, tras esa luz, vi a Julia. Vi su mano, y su brazo, que se estiraba más y más. Y me tomó de la otra mano.

Algo pasó. Dos fuerzas increíbles. Poderosas. Infinitas. Tiraban de mí, una hacia cada lado. Aquella fuerza que me empujaba hacia el interior de aquel oscuro túnel. De aquel agujero sin fin. La otra era la fuerza de Julia, desde la entrada de luz.

Sentí un dolor infinito. Inhumano. Desgarrador. Sentía que mi alma se partía en dos. Que todo estallaba a mi alrededor. Que todo se tornaba negro como la noche más oscura.

Finalmente, Julia gritó. Su otra mano agarró también la mía. Y tiró. Tiró con una fuerza increíble. Asombrosa. Infinita…

Desperté. Estaba en un jardín, echado en el suelo. El Sol iluminaba todo con un calor placentero y de paz. Me levanté, y miré alrededor.

Allí, bajo un árbol, apoyada, se encontraba Julia. Caminé hacia ella. Sus ojos, cerrados. Su respiración, muy lenta. Me arrodillé, y le aparté el cabello del rostro.

De pronto, ella abrió los ojos. Y me miró. Sonrió levemente. Parecía dolida.

—¿Qué ha pasado, Julia? —Ella se quejó levemente. Me hizo una señal para que la ayudase a levantarse. Luego me miró. Sonrió, y dijo:

—Lo has conseguido. Por fin. —Yo seguía sin entender nada.
—¿Qué he conseguido?
—Romper la maldición. Mi maldición.
—¿Maldición? ¿Qué maldición?
—Ya lo sabes. Vendí mi alma. Por un hombre. Cada año tenía que llevar a un nuevo hombre a aquella casa. Pero me enamoré de ti. Puede parecerte increíble. Y lo es. Pero fue así. Y ese amor… me liberó.
—¿Te liberó? ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que mi amor por ti rompió la maldición. Pude por fin terminar con ese sinfín de almas condenadas por mi culpa… Ahora todas esas almas son libres otra vez. Y mi pesadilla ha acabado.
—¿Entonces? ¿Se ha acabado esta locura, realmente? —Julia puso su mano en mi rostro. Sonrió, y contestó:
—Sí. Se ha acabado. —Yo sonreí también.
—Bueno. Esto es realmente increíble. No puedo acabar de comprenderlo. O de aceptarlo. O de asimilarlo.
—Es normal que no puedas, Paul. Pero es la verdad. Se ha acabado.

Yo dudé unos instantes. Pero, al fin y al cabo, ¿qué podía hacer, ante una mujer así, que había roto una maldición de más de dos siglos, enamorándose de mí? Finalmente, le dije:

—Está bien. Esto es una locura. Pero no puedo, ni quiero, echarme atrás. Si se ha acabado, y, si estás enamorada de mí, yo puedo enamorarme de ti. En serio, no me cuesta nada. Es como un buen vino. Lo pruebas, y ya no puedes dejarlo.

Julia rio. Yo continué.

—Muy bien. Fin de esta extraña historia. Siempre me gustó la idea de salir con una brujita.
—Yo no soy una bruja, Paul.
—Bueno, un poco sí. Pero, por favor, no me des más sorpresas como la de esta noche, ¿eh? Dejemos mi alma en su sitio por ahora.
—Por supuesto, Paul. Por supuesto.
—¿Vamos? Antes de que me arrepienta, y decida que es mejor poner diez mil kilómetros entre los dos. Podemos empezar a vivir en esa casa tan rara tuya. Aunque, sinceramente, prefiero un apartamento cerca de la playa.

Julia asintió. De pronto, noté algo en sus ojos. Me acerqué a ella. Le di un beso. Luego, le dije:

—¿Pasa alguna cosa más? Ha acabado todo, ¿no es así?
—Sí. Es así. Ha acabado todo.
—¿Entonces? ¿No te parece bien que acepte toda esta locura, y, sin embargo, decida seguir contigo? —Ella no pudo evitar una muesca de dolor. Pero era un dolor espiritual. Muy personal.
—No puedo irme contigo a ese apartamento cerca de la playa, Paul. Ojalá pudiera.
—¿Por qué? ¿No hemos acabado con la maldición?
—Sí —susurró Julia con tristeza—. Pero no conmigo.
—¿Qué quieres decir, Julia?
—Quiero decir que no puedo acompañarte, Paul. No puedo ir contigo. Sería lo que más querría ahora. Pero no puedo porque… estoy muerta.

En aquel momento, sentí un fuerte mareo. Repliqué:

—¿Qué? ¿Estás más loca todavía de lo que creía? ¿Qué estás diciendo?
—Tienes toda una vida por delante, Paul. Pero yo no. Yo morí hace doscientos veinte años. No puedo acompañarte. Debo partir. Y no volver.
—Pero, pero… —Mi voz temblaba sin saber qué decir. Finalmente, pude añadir:
—Pero, estás enamorada de mí. Lo has dicho. Te has salvado por ello.
—Es mi alma la que está enamorada de ti. Y es cierto. Pero debo partir. Tienes toda una vida por delante, Paul. Encuentra una mujer. Una mujer que te quiera, y a la que tú quieras. Y sé feliz. Porque te lo mereces. Te mereces lo mejor. Y yo velaré por ti cada día, y cada noche, para que así sea.

Yo iba a contestar. De pronto, todo se hizo negro. Me encontré, de nuevo, entrando en aquel bar de carretera. Fui corriendo al fondo. Allí estaba la mesa. Y la silla.

Pero estaba vacía. Fui a la camarera. Le pregunté:

—Disculpe: ¿ha visto a una señorita sentada ahí, al fondo? Cabello castaño claro. Mediana estatura. Con ojos grises. Estaba… llorando. —La camarera contestó:

—Lo siento, señor. No recuerdo a nadie así, con esa descripción, por aquí en estos últimos días. Quizás se equivoca de local…

Yo asentí levemente con la cabeza baja. Susurré:

—Sí… quizás.

Salí del bar. Y subí a mi viejo Volkswagen. Mi vida siguió siendo la misma de siempre. Aquel año. Y el siguiente. Y el siguiente…

Pero, todos los años, cada noche, en aquella fecha, volví a aquel bar. Durante unas horas me sentaba en aquella mesa. Esperando que Julia volviera por fin. Y que pudiéramos tener una vida llena de amor y dicha.

Nunca volvió. Finalmente, un par de décadas después, el bar fue derruido. Construyeron en su lugar un edificio de oficinas.

Ahora solo me queda esperar. Esperar a la noche eterna. La noche en que, por fin, deje este mundo. La noche en que aquel bar vuelva a su existencia. Y pueda entrar, y encontrarme con ella. Por fin.

Es un tiempo eterno. Un tiempo duro, doloroso, infinito… Pero, ¿qué importa la eternidad, cuando es el amor lo que te espera?

Texto también disponible en Lektu.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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