El mito del conocimiento absoluto

Uno de los objetivos básicos de la ciencia es el conocimiento. La ciencia básica es aquella parte de la misma que busca conocer el universo y su naturaleza, sin otra finalidad que obtener ese conocimiento. Luego otros, si cabe, ya aplicarán ese conocimiento en soluciones de todo tipo. Mucha gente dice “¿para qué sirve conocer esto, qué utilidad tiene?” La respuesta es simple: es mejor conocer algo aparentemente inútil que seguir en una ignorancia que nunca tendrá aplicación alguna.

La ciencia es mucho más que conocimiento por supuesto. Es una herramienta para mejorar la vida de todos los seres humanos de la Tierra y para comprendernos mejor a nosotros mismos. También se puede aplicar en todos los órdenes de magnitud de la vida, desde problemas cotidianos como si es mejor desayunar esto o aquello, hasta el diseño de naves interestelares. Como herramienta, se puede usar bien o mal. Pero bien usada su poder es enorme. Ahora bien, en esa búsqueda de conocimiento, ¿existen límites? Y si es así, ¿cuáles son esos límites?

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Atenea representaba la sabiduría en la Grecia clásica. Hoy se usa su nombre para muchos eventos de carácter científico y cultural

Vamos a imaginar a alguien que lo sabe todo. Lo sabe todo, excepto lo que no puede saberse. Podría pensarse en una paradoja. Porque, si lo sabe todo, ¿cómo hay cosas que no puede saber? Es una contradicción en sí misma, una paradoja de lógica muy común. Saber todo excepto lo que no puede saberse tiene dos soluciones: o bien no lo sabe todo, o bien lo sabe todo y no existe conocimiento que no pueda saberse. Ambas situaciones a la vez no son factibles. En física se suele trasladar un problema similar a los alumnos: ¿qué ocurre cuando una fuerza imparable colisiona contra un objeto inamovible? La solución es simple: por definición, dada la validez de uno de los argumentos, el otro no puede darse.

Este es un problema clásico en teoría de conjuntos conocido como Paradoja de Russell. Pero no es mi intención hablar de conjuntos en este momento, sino del conocimiento y sus límites.

Para intentar resolver esta situación, debemos fijarnos bien en los términos. “Lo que no puede saberse”. ¿Qué es lo que no puede saberse? ¿Lo que todavía no se ha conocido? ¿O aspectos del universo y la naturaleza que, por sus especiales características, no son comprensibles ni lo serán nunca? Y muy importante: no serán nunca comprensibles, no por las limitaciones del cerebro del ser humano. Ese conformaría un conjunto de conocimientos fuera del conocimiento ya adquirido, pero factible de ser comprendido.

Me refiero a conocimientos que no son comprensibles independientemente de cualquier capacidad de raciocinio. ¿Existe un conocimiento más allá de cualquier tipo de comprensión basada en la física? Algunos dirán que sí, que Dios es un ejemplo. Pero Dios no es una entidad de este universo, por lo que quedaría fuera del problema que planteo. Hoy por hoy solo es licito plantearse problemas que engloben al universo conocido, aunque trataré este tema luego. Hablamos de información dentro del espacio y el tiempo de este universo. Información que supuestamente no pueda ser comprendida. Si eso ocurre, nunca podremos conocer el universo en su totalidad.

Y, si hay cosas que nunca serán comprensibles dentro del marco del universo, entonces ¿es correcta la frase “yo lo sé todo”? Lo es, siempre y cuando el marco sea el conjunto de conocimientos que pueden ser sabidos y comprendidos. No lo es para aquel conjunto de conocimientos que nunca serán comprensibles. La frase es correcta en los límites en que se deben establecer: sé todo lo que puede saberse, pero solo lo que puede saberse es lo que conozco.

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Paradoja de Russell

Las teorías en ciencia funcionan de la misma manera. Son ciertas dentro de sus marcos de actuación, dentro su escala, y poseen límites, tras los cuales dejan de ser ciertas. Por eso mucha gente suele postular que las teorías científicas no son realmente ciertas, que tienen fallos. Sí son ciertas. Dentro de su ámbito. Pero tienen límites. Es misión de la ciencia crear nuevas teorías que engloben a las anteriores, y las expandan. La relatividad y la mecánica cuántica son correctas en sus ámbitos, pero fallan fuera de sus límites. La gravedad cuántica debe ser una nueva teoría que englobe a ambas.

El problema estriba en si esa nueva teoría penetra en los límites del conocimiento que está fuera de nuestra comprensión. Ya con la mecánica cuántica debemos trabajar con probabilidades, dentro de lo que se conoce como función de onda de una partícula probabilística, que colapsa en un resultado concreto cuando se mide, y dentro de los márgenes que establece el principio de incertidumbre de Heisenberg. Algunos físicos, como Einstein, insistían en que lo que sucede es, simple y llanamente, que nos enfrentamos a un límite del conocimiento, y que es misión de la ciencia traspasar ese límite. Pero si es no es realmente posible, nunca podremos saber con certeza absoluta valor y posición de una partícula. Hemos llegado al límite del conocimiento. Lo sé todo, siempre y cuando reconozca que ese conocimiento es, en todo caso, probabilístico. Dios sí juega a los dados, como bien le recordaba Niels Bohr a Einstein.

Desgraciadamente el asunto no acaba ahí. Si, como dicen algunas teorías físicas, existen otros universos, y de hecho la teoría de cuerdas postula 10 elevado a 500 universos existentes, un diez con quinientos ceros detrás, y si desconozco todo de esos universos, es evidente que la frase “yo lo sé todo” es un error enorme. Un error con 500 ceros detrás. Debería conocer todos esos universos con certeza absoluta para poder pronunciar la frase arrogante y presuntuosa “yo lo sé todo”.

Vamos a ponerlo peor todavía. Vamos a demostrar que en realidad el que ha dicho “yo lo sé todo” es un completo ignorante. ¿Qué mecanismos llevan a la existencia de este universo? ¿Y de esos otros potenciales universos, también llamados “metaversos”? Es decir: ¿por qué y de qué forma se crean los principios y las leyes básicas que conforman la generación de universos como el nuestro? ¿Por qué existen tantos valores arbitrarios de los que desconocemos el motivo de que sea precisamente ese? ¿Es porque tenía que tener algún valor en concreto frente a millones de posibilidades cuando se creó este universo?  El tamaño o masa de un electrón, la constante universal, la relación de masa entre electrón y protón, la velocidad de la luz en el vacío, y muchos otros valores. También podemos observar lo que se conoce en física como las constantes adimensionales, que no dependen de un sistema de medida, como la famosa constante de estructura fina. Tampoco lo sabemos, excepto en algunas hipótesis muy generales. Es decir, ahí también somos ignorantes.

Podríamos decir por lo tanto que existen tres círculos concéntricos en el conocimiento, que conforman tres conjuntos. El de nuestro conocimiento es el interior. Otro que lo rodea es el conjunto de conocimientos que podemos adquirir del total de conocimientos que se pueden adquirir. Un tercer círculo, fuera de nuestro alcance, es aquel de los conocimientos que nunca podremos adquirir. Información que está más allá de nuestra comprensión como especie limitada, o aún peor, como información inaccesible por cualquier medio físico. Dónde se encuentra la frontera entre el conocimiento adquirible y el que queda más allá de nuestras posibilidades es difícil de decir. E insisto, me estoy refiriendo a un conocimiento que no es físicamente posible obtener. Al menos sin salir de los límites de este universo.

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Estamos encerrados en una burbuja de espacio-tiempo. Fuera quedan hipotéticamente trillones de universos con sus propias características físicas

Somos seres limitados. Nuestro cerebro es capaz de comprender aspectos del universo, pero forma parte del universo. ¿Puede una fracción del universo, como es la mente humana, comprender el total y el conjunto del universo que lo ha creado? ¿Y las leyes que produjeron en primer lugar ese universo? Ya comenté en su momento, en el artículo de la Ecuación del universo, que la suma de componentes de esa ecuación que describa el universo tiene por necesidad que contenerse a sí misma, entrando en un bucle infinito en el que el universo explica la ecuación, que explica el universo, que explica la ecuación, y así de forma infinita.

Se requiere, por tanto, una entidad externa para explicar este universo de forma absoluta. Como esa entidad externa no existe, podemos deducir que el universo no es comprensible en su totalidad. Mucho menos la comprensión de universos externos al nuestro, que solo podemos intuir matemáticamente, pero que no podemos verificar experimentalmente, ni con los que no podemos ni mucho menos interactuar.

Naturalmente, algunos pensarán que ese tercer círculo de conocimiento más allá del conocimiento no existe. Pero aquí traigo malas noticias. No tenemos que especular. Ya he comentado antes que el principio de incertidumbre de Heisenberg nos dice que no podemos saberlo todo. Quizás ese tercer círculo no sea imaginario. Quizás esté ahí y su área se vaya expandiendo conforme adquirimos nuevos conocimientos sobre la imposibilidad de adquirir nuevos conocimientos. En ese caso, tendremos que trabajar con lo que tenemos, y esperar a algún modelo nuevo de hacer ciencia que nos permita superar eso, pero que inevitablemente irá más allá de nuestras capacidades actuales, y si algún día es posible. Hoy por hoy, ni siquiera sabemos si eso será posible. Otro agujero más en nuestro conocimiento.


Conocimiento en la Wikipedia.

Percepción del universo cuántico; realidad conceptual y real.

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