Todo muy humano

Nuevo relato de Sandra ambientado en el siglo XXIV, y que formará parte del grupo de relatos para el libro XII de la saga Aesir-Vanir. Cada relato es independiente, pero conforman una historia mayor, que explica los hechos anteriores a las Crónicas de los Einherjar, en los libros de “La insurrección de los Einherjar”.

Sandra consiguió salir de Texas, y llegar sin más incidentes a la costa este del antiguo Estados Unidos, a la altura del norte de Florida. Se embarcó en un viejo pesquero que buscaba tripulación. La guerra había sacado de los museos y de muchos agujeros viejas naves de todo tipo, y la supervivencia no entendía de nada excepto de sobrevivir. Sandra era la única mujer en el barco, destinada a la cocina.

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Y, una vez se encontró a bordo, junto a veinte marineros, Sandra ya sabía lo que iba a ocurrir, y el verdadero motivo por el que la habían contratado, cuando casi rogó que la llevaran, y que haría cualquier cosa si accedían, en una de sus típicas escenas de joven desesperada, dispuesta a cualquier cosa con tal de conseguir trabajo. Formaba parte del plan, como tantas y tantas veces había hecho en el pasado. Una sonrisa, o una cara de ruego, eran suficiente en muchos casos. Manipular el deseo sexual de hombres, y de algunas mujeres, era una herramienta tremendamente poderosa para conseguir todo tipo de fines, y sus diseñadores originales lo sabían.

La falta de escrúpulos y de respeto por las mujeres de muchos hombres se convertía con Sandra en su propia trampa, en la que caían una y otra vez, cuando descubrían, demasiado tarde, que aquella víctima, que creían fácil, era en realidad una impresionante máquina de combate. Algunos simplemente no reaccionaban. Otros preferían el suicidio, o una huida desesperada, al saber que habían sido engañados. Pero eran pocos, muy pocos, los que sobrevivían. Y más en esos tiempos. Sandra no podía dejar testigos que pudieran delatarla.

De hecho, que intentaran violarla aliviaba ligeramente su malestar, por tener que hacer aquello que iba a hacer. Era una excusa para justificar su comportamiento. Extrajo el phaser, y terminó con todos ellos, excepto con tres, que eran los necesarios para controlar el barco. Les prometió seguir con vida si acataban sus órdenes, y la ayudaban a navegar hasta Francia. Luego podrían marcharse, sanos y salvos. No habría comunicaciones, excepto las suministradas por ella. La radiobaliza del barco era legal y registrada, con lo cual esa vez no sería molestada.

Los tres supieron entonces que Sandra era un androide. Pero, cuando llegaron a la costa francesa, a la altura de Burdeos, ya no pudieron saber nada más. Alguien descubriría los cuerpos carbonizados de los tres marineros días más tarde, así como el barco a la deriva, y buscaría algo de valor que pudieran tener. Nunca habría una investigación, porque no había sistema de justicia capaz de gestionar la muerte de millones de muertos. Y al Gobierno del Norte no le importaba que aquellos que fuesen poderosos, y capaces de imponerse a otros, demostrasen ese poder. Formaba parte del credo de su presidente, Richard Tsakalidis. Su filosofía de darwinismo social era una de las bases de la nueva sociedad que crearía en la Tierra, una vez alcanzada la victoria.

Sandra no se sentía particularmente satisfecha con su actitud. Demasiadas vidas perdidas. Demasiada sangre derramada. Demasiado sufrimiento. Y ella no era Vasyl. Él no hubiese tenido remordimientos, siendo humano. Ella sí los tenía, siendo un androide. Él le habría dicho que terminar aquel trabajo de forma satisfactoria bien merecía sacrificar unas vidas, especialmente de ese tipo de vidas. Ella sentía que debería de existir otro modo de solucionar las cosas en el mundo.

Pero la guerra estaba en su cenit, no tardaría mucho en terminar, porque los recursos que ambas partes empleaban en lo que coloquialmente se conoce como el esfuerzo de guerra, era ya abrumador. Y las guerras suelen terminar más por el desgaste que por una victoria decisiva de algún decisivo general o almirante. Ocurría, pero no era lo habitual.

Una vez en la costa francesa, tomó un vehículo terrestre prestado, y se dirigió hacia Amiens. A unos ciento veinte kilómetros de su destino, se encontró con una barrera en la carretera. Algunos soldados custodiaban la zona. Uno de ellos se acercó al vehículo, saludó, y se dirigió a Sandra.

—Lo siento, señorita, no puede continuar. La carretera está cortada.
—¿Qué ha pasado? Voy a Amiens. A ver a unos amigos. —El soldado hizo un gesto de contrariedad con la cara.
—Lo siento mucho, señorita. Amiens ya no existe. Hubo un bombardeo de la Coalición del Sur, y la mayor parte de la ciudad voló por los aires. El resto ardió por el combustible almacenado para los cazas dron. No queda nada. Si tenía amigos allá, no espere que hayan sobrevivido.
—Sí, me lo dicen mucho últimamente —susurró Sandra con la mirada baja. Allí vivían los descendientes de Alice y Robert Bossard, y concretamente, una familia emparentada con Robert, con la que había hablado no hacía demasiados años, y que no formaban parte de la sociedad secreta humanística que Robert había creado, ni tenían nada que ver con los tesoros de la Biblioteca de Alejandría, que ella custodiaba ahora en un lugar escondido de cualquier tipo de miradas o expolios. Aquellos familiares podrían haber sobrevivido al bombardeo quizás, de algún modo, pero habrían huido de la zona, y encontrarlos en aquel caos era una locura.

Tendría que llevar a cabo su segundo plan. Ir a Lyon, y buscar a descendientes de familiares de Yvette Fontenot. Era su otra baza. No tenía ni mucho menos la afinidad que tenía con los Bossard, pero también había hablado con algunos descendientes de Yvette. Y la propia Yvette había sido una compañera especial, muy especial, doscientos años atrás, cuando vivió con ella aquella experiencia increíble en Grecia. Saludó con la mano al soldado, y dio la vuelta, camino de Lyon. Había antes preguntado al soldado si Lyon continuaba en pie, pero el soldado no lo sabía. Las comunicaciones caían constantemente, y solían estar fuera de línea durante días. A veces semanas. Tendría que arriesgarse.

Llegó a Lyon, por carreteras y paisajes antes llenos de vida. Ahora el gris, la destrucción, y un cielo oscuro casi constantemente de polución lo contaminaban todo. La gente que no moría por acción directa de la guerra, lo hacía por el envenenamiento del agua, por la comida radioactiva, por los rayos del Sol abrasadores, por la falta de ozono, o por enfermedades y heridas cuyo tratamiento era imposible de gestionar, en hospitales desvencijados, sin recursos, sin médicos ni medicinas, y sin medios. Y una cosa estaba clara: el sur estaba en mal estado, pero, si todo el Gobierno del Norte se encontraba como aquel territorio de la antigua Francia, la propaganda de la Coalición del Sur, que proclamaba que la guerra estaba a su favor, no parecía tan irreal.

Llegó por fin a la ciudad. Lyon estaba casi intacta. Era, sin duda, una alegría ver que no todo eran ruinas. Se conectó al sistema local de comunicaciones de la zona. Estaba prácticamente inutilizado, y era más un sistema telefónico que otra cosa. Afortunadamente, el sistema de información de direcciones seguía intacto, pero el teléfono que tenía no coincidía con el de la familia Fontenot. Buscó por la red, y consiguió dar con un nuevo teléfono de los Fontenot de la zona, seguramente descendientes directos de Yvette.

Llamó. Era peligroso. Pero no tenía otra salida. Encriptaría la comunicación. Y esperaría a que no se diesen cuenta. A pesar de su tecnología avanzada, Richard Tsakalidis podría estar usando esa misma tecnología, y podría descubrirla. Era poco probable que Richard se arriesgase abiertamente, pero aquel loco siempre le deparaba nuevas y desagradables sorpresas. Se oyó una voz al otro lado de la línea:

—¿Sí? —Era la voz de un joven. Unos dieciocho años.
—¿Con Nadine, por favor?
—No está en casa. ¿Con quién hablo?
—Con Sandra. Una antigua amiga de la familia. —Se hizo un silencio. Se escuchó la voz del joven, y de un hombre de unos cuarenta años. Y luego, una voz femenina. Era Nadine, sin duda. Se puso al teléfono.
—Soy Nadine.
—Qué alegría ver que estáis bien. Soy Sandra. Sandra Kimmel.
—¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre decir tu nombre por la línea?
—No te preocupes. La comunicación está cifrada. Si me descubren, es mi amigo Richard, y con él ya sé a qué juego. Tengo que arriesgarme. Necesito vuestra ayuda, Nadine. Es muy urgente. Necesito hablar con vosotros.

La mujer suspiró. En esos momentos debía tener unos cuarenta  y ocho años, aunque la cifra exacta no podía saberla. Los registros de nacimientos se habían perdido, y ni ella sabía la fecha exacta. Había nacido en un campo de concentración, donde su familia estuvo varios años, prisioneros de la Coalición del Sur, junto a varios miles de personas, y habían perdido la noción del tiempo. Fue así hasta que los intercambiaron por alimentos, armas, y materias primas. Todas aquellas gentes nunca supieron el tiempo exacto que pasaron en el campo de concentración, o las muertes que se llevó aquel encierro. Lo que sí supieron es que el intercambio tenía un objetivo claro: fueron condenados por el Gobierno del Norte, la gran mayoría de ellos, a trabajar como esclavos, culpables de haber sido hechos prisioneros. La mayoría murieron fabricando armas, o en los campos de trabajo forzado, o en las minas, o cultivando alimentos. Algunos supervivientes fueron finalmente liberados. Nadine entre ellos.

Finalmente, Nadine replicó:
—Por favor, dejemos el teléfono. Ven a casa y hablamos.

Sandra no necesitó la dirección. Pudo triangular el punto de destino de la llamada. Llegó a la casa, una sencilla construcción de mediados del siglo XXII. Probablemente la propia Yvette estuvo quizás allí alguna vez. Llamó al viejo estilo. Una mujer apareció al instante. La tomó suavemente del brazo, y la introdujo en la casa, a una pequeña sala. La miró levemente con seriedad. Sandra intervino:

—Hola, Nadine. Hace casi veinte años. Siento llegar así, de improviso, pero… —La mujer negó con la cabeza.
—No te preocupes. Hace tres días que sabíamos que venías. —Sandra se sorprendió.
—¿Tres días? Entonces, esto puede ser una trampa. Debemos… —Nadine le hizo un gesto con el dedo en los labios.
—No digas nada. Fue un mensaje de un familiar.
—Eso no importa, Nadine. Puede ser una trampa. Puede… —Nadine le entregó un papel. Estaba escrito a mano. Decía:

Hola familia. Es importante que leáis esto, y que actuéis según indico. Os lo ruego.

Sandra llegará en tres días. Necesita ayuda. Por favor, haceos cargo de ella. Dadle cobijo. Informad, si preguntan, que es un familiar de otra región, que se ha refugiado en vuestra casa por haber perdido la suya, y a su familia. Nadie lo comprobará, el caos es demasiado grande. Dadle un hogar temporal hasta que pueda rehacer su camino. Ella es como una hermana. Más que una hermana. Mucho más que una amiga. Porque con ella descubrí una nueva forma de sentir amor. Me ayudó a encontrar mi camino. Y ahora os pido que la ayudéis. Es importante que viva. Para vosotros. Y para el futuro de la Tierra. Cuidaos mucho. Y mirad a las estrellas. Ellas os miran a vosotros. 

Con amor: Yvette.

Aquello era, desde cualquier punto de vista, no cualificable ni computable para Sandra. Yvette, la mismísima Yvette, mandaba un mensaje a su familia, a sus descendientes. Y era su letra. De eso no cabía ninguna duda. Había comparado los rasgos, la presión de la mano, la química del lápiz. La forma de escribir incluso. Elementos que en ese tiempo no podrían imitarse, porque de aquello hacía doscientos años. Entraron entonces en la pequeña sala el marido de Nadine, Pierre, y su hijo, Jules. Los tres miraron a Sandra. Nadine dijo:

—Tú lo sabes, ¿verdad, Sandra?
—¿Saber, qué?
—Que Yvette está viva. Debió de ser sometida a ese tratamiento del siglo XXII para alargar la vida. El mismo tratamiento que fue implantado en Richard Tsakalidis, y en Odín. Yvette sigue aquí, en la Tierra, o cerca de la Tierra. Quizás en alguna nave científica, si es que queda alguna. O en alguna nave de combate. ¿Es así?
—No… no es así, Nadine. —Pierre, el marido, intervino.
—Hola Sandra. Me alegro de conocerte.
—Hola, Pierre. Yo también me alegro.
—Dime una cosa entonces, ¿cómo explicas esta carta?
—No puedo explicar la carta. Será falsa. Aunque lo veo poco probable, es cierto.
—¿Poco probable? Tú sabes que no es falsa —aseguró Nadine—. Nuestra antepasada sigue viva. No murió, como creíamos. Su desaparición fue una cortina de humo. Su vida se incrementó en setecientos años. Y ahora, queremos saber dónde está. Dejó a su novio, con el que iba a casarse, después de los sucesos en la luna Titán de Saturno. Sabemos que anduvo contigo. Dicen que estabais muy unidas. Alguien os vio dándoos un beso apasionado en un bar, en San Francisco. Supusimos que se había ido contigo.
—Cuánto detalle. Pero no fue exactamente así, al menos, no todo —aseguró Sandra—. Sí lo es que pasamos momentos muy difíciles. Y, otros, maravillosos. —Nadine asintió:
—Veo que el amor era mutuo. Lo importante ahora es que Yvette, si está viva, sigue siendo parte de nuestra familia. Y nosotros siempre nos ocupamos de nuestra familia. Y parece enamorada de ti.
—Yo no lo llamaría amor, como se entiende normalmente. —Entonces intervino el hijo, Jules.
—¿Y cómo se entiende normalmente? —Sandra le miró, y sonrió. En esos ojos verdes había sin duda algo de Yvette. Contestó:
—No fuimos amantes, aunque sí llegamos a estar muy unidas, en un momento determinado. Pero ella…
—¿Ella qué? —Insistió Nadine—. ¿Dónde está?
—Os lo diría, si lo supiera. De verdad. Tenéis que creerme. Podría deciros que fue sometida al tratamiento para alargar la vida. Pero eso sería mentiros. Y no os merecéis que os mienta, mientras os estoy pidiendo ayuda. No puedo contaros la verdad.
—¿No puedes? —Preguntó Jules.
—No puedo. En la carta, ella dice que es importante que yo viva por el futuro de la Tierra. No me considero tan importante, y estoy segura de que de mí no depende el futuro de la Tierra. Sí es cierto que intento salvar de la humanidad lo poco que queda. Pero sí os puedo decir una cosa: Yvette está bien. De hecho, es ahora un ser maravilloso de luz y amor. Su vida es un reto que abarca la Tierra, el sistema solar, y el universo.
—¿Es un ángel? —Preguntó Jules—. Porque es la descripción que estás dando de ella.
—Sí. Es un ángel. En cierto modo, Jules. Al menos, lo suficientemente poderosa como para mandar una carta inesperada, de una amiga inesperada.
—Te habríamos ayudado de todas formas —aseguró Pierre—. Pero esta carta, sinceramente, nos ha confundido. Si Yvette está ahí fuera, aunque tenga doscientos años, es parte de nosotros. Desapareció. Y eso produjo un gran dolor en la familia, que se ha transmitido en estos dos siglos desde que ocurrió. No la hemos olvidado. Ni a ti. Cuidaremos de ti. Y confiaremos en tu palabra. Te daremos cobijo. Estarás a salvo con nosotros. Lo hacemos por Yvette. Y porque fuiste parte de su vida, aunque fuese brevemente.
—Gracias, Pierre. Gracias a los tres —agradeció Sandra sonriente.

Nadine le hizo un gesto para que la siguiera. Las dos caminaron por un estrecho pasillo oscuro. Entraron en una habitación, iluminada solo por unas velas.

—¿No tenéis luz? —Preguntó Sandra.
—Solo hay luz algunas horas al día, cuando es así —respondió Nadine—. Buscar comida, disponer de agua, esas cosas, se hace cada vez más difícil. Hemos aprendido a vivir con lo que podemos.
—Yo podría ayudaros con el tema de la energía.
—De ningún modo. Tienes que comportarte sin llamar la atención. Si tienes que aparentar ser de la familia, y viniendo recomendada por la mismísima Yvette, esta es tu casa. Ahora, y siempre. —Sandra se acercó a Nadine, y la abrazó suavemente. Ella se sorprendió, y la abrazó a su vez. Dijo:

—¿Tú eres de verdad un androide?
—Lo soy. Y solo saberlo os pone en peligro. —Nadine se separó ligeramente de Sandra, y comentó:
—Pero lo sabemos. Desde hace muchos años. Y te diré algo, en confianza, Sandra. No lo pareces.
—¿No parezco el qué?
—No te hagas la tonta, niña. No pareces un androide. Pareces humana.
—Solo sé que nunca podré agradeceros este favor.
—Seguro que podrás. Y ahora, a dormir. Es tarde. —Nadine le señaló la cama, y el armario.
—Esta es tu cama. Y ahí tienes tu armario. Tenemos ropa mía de cuando yo tenía tu edad, qué tiempos aquellos, más felices, cuando fui liberada por fin. También unos zapatos, y medias, y ropa interior. Por cierto, no creas que vas a hacer de vaga; nos ayudarás con el negocio.
—¿Qué negocio?
—Tenemos una fábrica de muebles hechos a mano. Ahora hay una gran demanda. Pierre y mi hijo están muy bien valorados. Yo me encargo de la parte comercial.
—Parece un buen negocio.
—Lo es. Cuando nos pagan. Aunque el trueque es cada vez mayor, y algunos no quieren dinero, las materias procesadas tienen muchas veces demasiado valor como para preferir dinero. Ya sabes: yo te doy una silla, tú me das unos kilos de fruta. Siempre que no esté envenenada con agua radioactiva, y acabes vomitando el estómago y los intestinos.
—Entiendo. Parece duro. —Nadine alzó los hombros levemente.
—Como todo lo demás. Es lo que hay. Bienvenida a tu nuevo hogar. Y ahora te dejo. Tienes un camisón ahí. Póntelo, y a dormir. Es tarde.
—Pero yo no necesito… —Nadine alzó un dedo.
—No. Tienes que pasar desapercibida. Hacer lo que haría una joven en su casa. Tú sabes lo que es eso, ¿verdad?
—Sí. Sé lo que es pasar desapercibida. Fui diseñada para pasar desapercibida. Pero nunca me imaginé en una situación así.
—La vida nos lleva por caminos extraños y complejos. Pero ahora debes dormir, o aparentar que duermes si quieres. Todo debe ser muy cotidiano. Todo, muy humano.
—Todo muy humano —repitió Sandra sonriente.
—Y, si te portas bien, quizás te puedas casar con mi hijo. Está muy cotizado. Es guapo, y tiene un buen negocio. Y contigo sin duda estará bien protegido, algo que interesa siempre a una madre.

Sandra rió. Ambas se dieron un beso, y la puerta se cerró, dejando a Sandra a solas. Se sentó sobre una repisa, y miró por la ventana. El cielo era oscuro, con ese gris constante. Pero había una luz. Una luz de esperanza. Por fin, un hogar, y una familia con la que departir unas palabras sin miedos. Sin temores. Sin dudas.

Puede que no durase mucho. Pero ya era más de lo que nunca pudiera imaginar. Y, solo por eso, ya merecía la pena aquel viaje. Pensó en Yvette. Había demostrado que sus capacidades eran realmente asombrosas. Ojalá su futuro fuera tan brillante como la luz que iluminaba aquella familia. Con ese deseo, y con esos pensamientos, conectó su rutina de sueño. Un nuevo día, lleno de promesas, estaba por llegar.

 

 

 

 

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