Cuando no quede un nido en los árboles

Cuando la voz del último ser vivo de la Tierra muera, y solo quede el silencio, será la sentencia, y la tumba eterna, para aquellos que alzaron su mano contra toda vida, fuese en los mares, o en las tierras, en los pantanos, o en los ríos, en las montañas más altas, en las praderas más verdes, en las oscuridades más eternas.

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Y cuando la ciega locura de una especie que está muerta en vida arrase con todo el planeta, no habrá dioses para juzgar la herejía, ni habrá juicios para castigar tal osadía, ni habrá sentencias de penas eternas. Solo se oirá el silencio de la noche eterna, de un mundo muerto flotando entre estrellas, y de una voz que reclama tener una nueva esperanza, en el último aliento, de la última alma, de la última casa, que se mantuvo con vida.

Y cuando no quede un nido en los árboles, ni un aliento de vida en los mares, podremos decir que fuimos la mano del fin del mundo, el ángel que hizo sonar la trompeta, la sombra negra, que extendió la muerte a lo largo de toda la Tierra.

Y cuando la Tierra se abra, y los mares inunden los últimos recuerdos de aquella amarga existencia, será el viento y el polvo quien barra la última semilla, y deje estéril y putrefacta la última forma de vida.

Entonces habrá sentenciado la humanidad su último día. Y el silencio se mantendrá de forma eterna, hasta que la noche de la última estrella caiga sobre la última lágrima de los sueños de aquellos que murieron por la desidia, el odio, la guerra, en una agonía eterna de destrucción y de ira.

Y entonces, comprenderemos que es demasiado tarde para honrar a la vida. Solo seremos polvo entre estrellas. Solo seremos una prueba de cómo el lugar más hermoso del universo fue convertido en un infierno de fuego que arderá noche y día.

Aún no es tarde para cantar la canción del fin de la vida. Pero el tiempo se agota. Y ya suenan los primeros gritos de angustia de la Tierra. Hora es de devolverle la vida a quien nunca se le debió arrancar del rostro más bello en forma de aliento de mares y tierras.

Hora es de que la Tierra sea, una vez más, el hogar de los sueños, el hogar del futuro. El hogar de aquellos que exigen justicia. De aquellos que reclaman que la vida sea la prioridad de un mundo que agoniza y muere; de un mundo que alza la voz en busca del derecho a la vida que le fue arrebatado.

Hora es de que este mundo sea, de nuevo, y para siempre, un inmenso vergel de vida. Se lo debemos a ellos. Se lo deberemos, ahora y siempre, a todos, y a cada uno, de los seres vivos de la Tierra.

sun


 

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