Veintiocho puentes o veintiocho muros

La Unión Europea ha estado formada en los últimos tiempos por veintiocho países. Ahora son veintisiete por la salida de Reino Unido por el Brexit. Salida que yo personalmente doy por hecha, y además sin acuerdo alguno. Puede que me equivoque claro, pero ya dije, en su momento, que la salida sin acuerdo era lo mejor para el Reino Unido, porque así constará, de forma clara y precisa, lo que significa. También dejará constancia al resto de países lo que supone salir de la Unión Europea.

Alguien podría pensar que yo quiero eso para el Reino Unido. Ni mucho menos. Personalmente preferiría que se quedasen en la Unión Europea, porque la salida de la misma de un país tan importante causará efectos desastrosos a ambos lados del Canal de la Mancha. Pero los más afectados serán los británicos, eso es evidente.

FILE PHOTO: A barbed wire is seen in front of a European Union flag at an immigration reception centre in Bicske

Otros países apuestan por salir también de la Unión Europea. Con el auge del fascismo y los nacionalismos, se levantan nuevos muros en toda Europa. Esos mismos muros que conformaron el distanciamiento que fue el caldo de cultivo de dos guerras mundiales, ambas en el siglo XX, y ambas con un origen europeo. Ahora, queremos de nuevo convertir los veintiocho puentes en veintiocho muros. Puentes que no son perfectos. Puentes que tienen grietas. Puentes que necesitan urgentemente refuerzos, sobre todo en los aspectos sociopolíticos que permitan una Europa más justa, más abierta, más solidaria, más humana. Más Europa, en definitiva. Pero puentes, al fin y al cabo.

¿Cuál es la alternativa? ¿Derribar esos puentes, y construir muros? ¿Veintiocho muros? ¿De verdad cree alguien que volver a los años treinta del siglo XX es la solución? ¿Vamos a volver a la europa de las rencillas, de las disputas, de los nacionalismos, de las amenazas? ¿Vamos a permitir que el naciente fascismo en Europa sea la simiente para dividir Europa? Porque no debemos olvidar algo: existen importantes intereses, por parte de Estados Unidos, de China, y de Rusia, en convertir a Europa en una marioneta de sus intereses. Durante todo el siglo XX Europa fue el patio de recreo para celebrar guerras, unas guerras cuyo precio pagábamos los europeos principalmente. Los estadounidenses dirán que ellos también pagaron, y es cierto, pero la ruina se instaló en Europa, y Europa fue, por dos veces, responsable de esa locura.

Rusia perdió a veinte millones de hombres y mujeres. Muchos murieron por la guerra, pero no olvidemos algo muy importante: una cifra gigantesca de muertos rusos lo fue por acción del gobierno soviético, en manos de un genocida llamado Stalin. La única forma de parar a Stalin fue con una convicción de unión entre los países de Europa que en aquellos años trataban de recuperarse.

Solo la unión de Europa permitió que la locura que se vivió en Ucrania, con el hambre que mató a aproximadamente diez millones de seres humanos, no se repitiese por todo el territorio europeo. Una hambruna que fue causa directa de la política de Stalin, mucho antes de que comenzase la segunda guerra mundial, y que Europa ignoró, cobarde como siempre para afrontar situaciones difíciles, y escondiéndose en retórica para justificar sus actos, o su falta de actuación en este caso. Las memorias de Nikita Kruschev lo explican perfectamente, y recomiendo esa lectura.

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Hoy día existe un peligro incluso mayor, que responde al nombre de China. Este gigante dormido, como lo denominó Napoleón, ha despertado, y tiene hambre. China ni siquiera se esconde en sus acciones represivas y de control a la población. No lo necesita. Se siente fuerte como para poder demostrar cuál va a ser su estilo de gobierno: el control total del ser humano, y la nula capacidad de decisión, mucho menos de crítica, de la población.

Mientras tanto, Estados Unidos juega al aislacionismo, como ya hiciera en los años veinte y treinta del siglo XX, con el criterio “que Europa se arregle sola”, y, efectivamente, esa es la tesitura. Europa se queda sola. Otra vez. Y una europa rota, desunida, aislada, y enfrentada, es lo que quieren todos. Y es lo que se está ofreciendo. Un rico pastel a la puerta de un colegio que tiene un dragón rojo pintado en un lado, y una matrioshka en el otro.

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Es hora de decidir si queremos veintiocho puentes o veintiocho muros. Uno de los puentes está a punto de caer. ¿Vamos a permitir que el resto caigan? ¿Vamos a dejar en manos del fascismo y del nacionalismo el futuro de los pueblos de Europa? ¿O vamos a hacer las cosas bien, sentarnos alrededor de una mesa, y negociar, y negociar, hasta llegar a acuerdos, por pequeños y tímidos que sean?

No derribemos los puentes. No construyamos muros. No volvamos a un pasado que costó un precio demasiado alto. Se lo debemos a ellos. A quienes sacrificaron todo por una Europa unida. Y a los que vienen ahora, que nunca deberían volver a sufrir aquel monstruo que es la guerra en Europa. Enseñemos a los jóvenes que los muros separan, y lo hacen en ambas direcciones.

Los puentes unen. Y abren caminos y nuevas fronteras. Ese es el destino de Europa. Que nadie lo cambie. Porque el monstruo de la guerra fue derrotado, pero nunca muere; duerme esperando regresar. Y el día que lo haga, no habrá lugar para lamentaciones. Solo para revivir los horrores del pasado. Que nunca más vuelva a suceder eso es cosa de todos.


 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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