Trece almas (y III)

Para leer la primera parte, pulse en este enlace.
Para la segunda parte, pulse en este enlace.

Nota especial: este relato en tres partes está dedicado a todas las mujeres, en cualquier parte del mundo, que sufren por su condición de mujeres. Una sociedad que mantiene al cincuenta por ciento de su población sometida y controlada por cuestión de sexo nunca será libre, ni moderna, ni con futuro. Va por ellas.

Ya está publicada la tercera y última parte de este relato, ambientado en el universo de la saga Aesir-Vanir, donde podemos ver a Sandra en su primera misión encubierta. Esta tercera parte tenía una primera versión muy distinta a la actual, que fue descartada por esta, que es la definitiva.

La narración transcurre a finales del año 2049, y se desarrolla entre los hechos vistos en “Ángeles de Helheim” y “Operación Fólkvängr”.

Este relato, como otros relatos de la saga Aesir-Vanir, tales como las aventuras de Sandra y Alice, no tendrán forma en un libro, ni constarán como elementos de la saga, pero sí la complementarán y darán más amplitud a la hora de entender algunos elementos explicados en los libros.

Este relato será transformado en pdf y epub para descarga gratuita por el lector, y de libre distribución, siempre que no se altere el texto y se indique claramente el autor.

Como todo relato o novela de la saga Aesir-Vanir es independiente, y no es necesario conocer otras obras, aunque lógicamente quienes hayan leído “Ángeles de Helheim” verán algunos elementos de esa novela reflejados aquí. Este relato se basa en una conversación entre Sandra y Vasyl Pavlov en “Operación Fólkvangr” cuando Pavlov se interesa por los inicios de las operaciones llevadas a cabo por Sandra. En cualquier caso, muchas gracias por su interés.

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Tercera parte

Algún lugar de Sudamérica. Medianoche.

—Sandra… ¡Sandra! ¿Me oyes?
—No grites. Te oigo perfectamente, Cristina.
—Pues qué bien. Hace cinco horas que íbamos a empezar una nueva guerra mundial aquí. ¿Lo has olvidado? ¡Y yo quiero mi arma!
—Sí, lo sé, pero ha habido novedades. Y no te obsesiones con las armas. No es bueno.
—Ah, ¿no? Yo creo que sí. En este mundo el respeto se consigue con un arma y un cargador lleno de balas; lo demás es perder el tiempo.
—Lo que se consigue es atemorizar a quienes tienes delante.
—¿Y no es lo mismo?
—No exactamente. Escucha atentamente Cristina: van a atacar y destruir este lugar.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Ellos creen que no puedo escuchar sus mensajes. Intentan ocultarlos. Pero tengo acceso a todo lo que dicen.
—¿Y cómo lo haces? ¿Y ellos? ¿Quienes son “ellos”?
—”Ellos” son una unidad especial de búsqueda y eliminación, pagada por un grupo de gobiernos, que negocian quiénes ganan, y quiénes pierden, sean empresas, instituciones, u otros gobiernos.
—Entiendo. Yo siempre estoy en la parte perdedora.
—Lo sé, Cristina, y créeme que lo siento. Pero no voy a permitir que os pase nada.
—Ah, ¿no? Mira, si resulta que tenemos un ángel.
—No, Cristina, no soy un ángel. Pero no permitiré que os arruinen la vida del todo. Esa unidad de combate la controla un experto que normalmente trabaja solo. Al parecer, un criminal sin escrúpulos.
—Todos lo son.
—Este es especialmente cruel, por lo que he podido averiguar. Es una especie de vengador. En esta ocasión, va a dirigir un ataque para destruir todas las infraestructuras y personal de estas instalaciones. Pero sus datos están extremadamente ocultos y enterrados.
—¿Y nosotras? ¿Somos parte de la cacería?
—Respetarán esta área. No porque les interese que sobrevivamos. Sus razones son otras. En todo caso, saben que estamos aquí. Si salimos ahora a otras zonas de este complejo estaremos en peligro.
—Y si permanecemos aquí estaremos en peligro. Estas mafias, la gente de ese Octavio y de Rojas, suelen terminar con el personal a tiros cuando notan que todo se puede ir al diablo.
—Lo sé. Pero esta unidad que se acerca es de intervención rápida. Y nosotras estamos apartadas de las zonas principales. No tendrán tiempo de actuar. Espero.
—¿Esperas? ¡Pues qué bien!
—Tranquilízate. Si intentan entrar y acabar con nosotras, estaré a punto.
—¿Tú? ¿Y qué les vas a lanzar para que no nos maten? ¿Un guiño de tus preciosos ojos azules? ¿Un besito?
—A veces un beso puede ser más poderoso que el mayor cañón que puedas construir, Cristina. Pero no, no es un beso. Calla ahora. Ya vienen…

Se escucharon unas explosiones lejanas. Luego, esas explosiones se fueron acercando. Algunos gritos. Algunas órdenes nerviosas. Un par de guardias llegaron al pasillo de las habitaciones donde habían encerrado a las doce mujeres, todas excepto Sandra. Iban armados con fusiles de asalto AK-12. Al momento, ambos guardias cayeron al suelo. Su corazón había recibido un disparo de un potente láser lanzado por un dron que se hallaba haciendo guardia frente a las puertas. Sandra comentó:

—Han venido dos guardias a matarnos. Pero están muertos. —Cristina replicó, nerviosa:
—Ah, ¿sí? ¿Y qué los ha matado? Lo que ha acabado con ellos podría acabar con nosotras. Pueden ser hombres del operativo de asalto que está atacando estas instalaciones.
—No, no te preocupes. He sido yo. —Cristina quedó completamente confundida.
—¿Tú? ¿La niña de la alta sociedad? ¿Y cómo…?
—No hay tiempo, Cristina. Abre la puerta.
—¿La puerta? Está cerrada magnéticamente. Es imposible abrirla.
—Ya no. Ábrela. Y sal de ahí.

Cristina empujó la puerta. Cedió fácilmente. Al momento vio los dos hombres caídos. Instintivamente fue a uno de ellos. Le extrajo la pistola, los cargadores, y el fusil de asalto. Luego gritó:

—¡Salid todas! ¡Las puertas ya no están bloqueadas! —Las mujeres fueron saliendo con temor, mirando en todas direcciones. Babila se acercó a Cristina.

—¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Esto es cosa de Sandra. Ha acabado con estos dos de algún modo, y ha abierto la puerta.
—¿Sandra? ¿Ella sola? ¿Y cómo es posible?
—La única explicación es que ella no es lo que es. No es la niña de la alta sociedad que aparenta. O es eso, pero también algo más. Por eso la apartaron.
—Yo creo que la apartaron por otro motivo —aseguró Yani, que estaba cerca.
—Eso también. Pero Sandra no es lo que parece. Te lo aseguro. Me metió una radio en el oído. —Babila creyó saber de qué hablaba.
—¿Un transmisor nanométrico?
—Vaya, veo que los conoces. Eso es lo que dijo exactamente.
—He trabajado en el diseño de modelos de circuitos y motores sobre ingeniería molecular —aclaró Babila—. Fue antes de que cerraran la empresa y nos despidieran. Me gustaría ver ese diseño de Sandra, debe ser muy interesante. —Yani comentó:
—Esa no es tecnología que maneje una niña de la alta sociedad.

Babila fue corriendo al otro guardia caído, sacó su pistola, y se la dio a Yani, que se la reclamó. Babila se quedó con el fusil de asalto.

Fuera, uno de los aerodeslizadores de transporte del grupo de asalto se acercaba a la zona. En su interior viajaba Vasyl Pavlov y el piloto, con una escuadra de seis hombres detrás.

—No me gusta esto; yo trabajo solo —reclamó Pavlov—. Esto no va conmigo. Yo no me dedico a rescatar a mujercitas indefensas. Luego se ponen a chillar al mínimo problema, y a hablar de vestidos y de moda, y lo complican todo.
—Siempre hay excepciones, Pavlov —comentó el piloto. Y añadió:
— Estoy detectando a alguien en la zona superior del complejo, donde se encuentran las mujeres que hemos de rescatar, para que mañana sean entrevistadas, y que esto parezca una operación de rescate.
—Si esta mujeres salen por televisión o en la red estarán condenadas —aseguró Pavlov—. El cártel no perdona los rescates. Siempre acaban con ellas y sus familias.
—Lo sé —respondió el piloto—. Pero nosotros quedaremos como héroes, y la verdadera razón de esta operación, el robo de datos, quedará oculta a la opinión pública, y sobre todo, al cártel… Añado que ese alguien en la zona superior del complejo es una mujer. Pero no debe ser del grupo. Lleva un fusil de asalto AK-12.
—¿Es alguna a la que se le ha ocurrido hacerse la heroína? Activa el megáfono, y avísale de que somos los buenos. Si dispara, ordena al artillero que acabe con ella con la minigun. El AK-12 no representa un peligro para el blindaje del aerodeslizador.

De pronto, vieron un fuerte fogonazo de luz, que partía de la posición donde estaba esa mujer. Era una luz azul, que impactó contra el aerodeslizador. Saltó una alarma. Luego otra. El aerodeslizador empezó a temblar. El piloto gritó:

—¡Nos ha dado! ¡Esa mujer nos ha disparado y nos ha dado!
—¿Con qué diablos nos ha dado? ¡Eso no han sido disparos de un fusil de asalto! —Gritó Pavlov.
—¡No lo sé! ¡Algún tipo de arma de energía muy potente! ¡El reactor de estribor falla! Debemos volver, Pavlov. Otro impacto y volaremos por los aires.
—Está bien, da la vuelta. Pero antes déjame en tierra. Quiero investigar esto yo solo. Y localizar a esa mujer, para preguntarle amablemente por qué nos ha disparado.
—Ni hablar, Pavlov. No voy a arriesgar ni un segundo más el aerodeslizador y nuestras vidas…

El aerodeslizador dio la vuelta. Sandra lo observó unos segundos. Luego bajó del tejado, desde el que había disparado con su phaser portátil, que llevaba oculto en el brazo. Luego fue a buscar a Ana, que la esperaba cerca, y la tomó de la mano. Llegó con ella donde estaban las mujeres. Todas la saludaron sorprendidas. Sabían que era positivamente la responsable de que ya no estuviesen encerradas.

—Escuchad todas. Venían a rescatarnos en un transporte. Pero he tenido que dañar el aerodeslizador. No me preguntéis cómo. No hay tiempo. Su intención es que esta misión parezca un rescate. Quieren entrevistaros. Y haceros famosas. Si vuestra imagen se hace pública, estaréis condenadas. Vosotras, y vuestras familias. Ahora lo importante es despejar la zona, y salir de aquí.
—¿De qué va todo esto, Sandra? —Preguntó una de ellas, llamada Lydia. Era una mujer de unos veintiocho años, morena de ojos negros, y rasgos amerindios. Fue Cristina la que respondió:
—Ya os lo he dicho: Sandra no es lo que parece. Eso es evidente. Ha dañado ese aerodeslizador de alguna forma, porque nuestros rostros no deben ser conocidos. Si nos rescatan, y sobre todo si nuestros rostros aparecen por televisión y por la red, estaremos acabadas. Rojas y su gente no dejarán de perseguirnos hasta acabar con todas nosotras, y con nuestras familias.
—Pero ellos tienen nuestros datos —aseguró Lydia. —Entonces fue Yani la que habló:
—Sí, pero supongo que pueden imaginar que morimos en el ataque.
—Eso es —confirmó Sandra—. El cártel no quiere publicidad de mujeres liberadas, eso daña su imagen. Pero, si podemos salir de aquí sin publicidad, y volver a nuestras casas sin hacer ruido, no vendrán a perserguirnos. No gastan recursos si no es necesario, y perseguir a trece mujeres que se han dado por muertas, o que no pueden demostrar que fueron secuestradas, no es de su incumbencia. Tendremos, por lo tanto, que salir de aquí. Pero tendremos que hacerlo por nuestros medios. Por eso ataqué a ese transporte que se acercaba. Ellos pretendían usarnos como publicidad para limpiar su imagen. —Cristina preguntó:
—¿Y qué has usado para dañar a un transporte militar, probablemente blindado? —Sandra sonrió, y respondió:
—Les he guiñado el ojo, como me aconsejaste.
—Qué graciosa es la niña —comentó Cristina.
—Mucho. Y ahora, vamos a concentrarnos en lo que importa.

Sandra evitó explicar que la otra idea del rescate era ocultar el robo de información. No tenían por qué saberlo. Les pidió a todas que recordaran su nombre a las demás. Luego continuó:

A structure is seen engulfed in flames during the Camp Fire in Paradise

Ahora escuchad: puede que queden supervivientes en la zona. Hombres del cártel que se hayan refugiado en algún lugar. Quienes han venido a “liberarnos” han hecho un barrido y han destruido todas las instalaciones menos estas, pero siempre puede quedar alguien. Voy a salir ahí fuera, y voy a encargarme de ellos, para evitar que puedan reorganizarse.
—¿Tú te vas a encargar? —Preguntó Lydia—. Es evidente que eres algo más que una joven de clase alta, y no intentes engañarnos, porque no nos lo vamos a tragar. ¿Todo esto tiene algo que ver contigo? —Sandra las observó a todas, y contestó:
—Entiendo vuestras sospechas. Y no os voy a negar la realidad que tenéis delante. Pero cuanto menos sepáis, mejor. —Lydia iba a hablar, y otras comenzaron también a intercambiar palabras, cuando intervino Cristina alzando los brazos, y cortándolas:
—¡Silencio! ¿Queréis callaros de una vez? ¡Escuchadme, todas! lo que dice Sandra es cierto: cuanto menos sepamos de todo esto y de ella, mejor. Queremos salir de aquí, y sospechamos que Sandra no es en absoluto lo que parece. Para mí ya es demasiado saber eso. Yo prefiero no saber nada más. No queremos saber nada más. Pensad en nuestras familias. El cártel irá a por ellas a la mínima sospecha. Ahora mismo ya están en peligro.
—Eso es inteligente —aseguró Sandra—. Y ahora…
—No he terminado —cortó Cristina—. Si vas a salir fuera a cargarte a unos cuantos de esos cerdos, quiero ir contigo.
—Y yo —añadió Babila—. Nunca he matado a nadie. Hasta ahora.
—Matar no es fácil, ni es sencillo —aclaró Sandra. Babila contestó:
—Odiar sí es fácil. —Cristina asintió, y añadió:
—Es cierto. Y el odio hace al gatillo más ligero.
—Está bien, venid conmigo —concluyó Sandra.
—Estáis locas —intervino Yani—. Estarán bien armados y preparados. Son profesionales.
—Yo no soy manca —aclaró Cristina.
—Es cierto que son profesionales —contestó Sandra—. Pero si no vamos a por ellos, ellos vendrán a por nosotras. Y no harán preguntas. Dispararán sin mediar palabra, tenedlo todas por seguro. ¿Alguna de las que se queda sabe manejar armas?
—Yo —intervino otra mujer, llamada Delfina, de unos treinta años y pelo castaño, de media altura y piel morena, que se había mantenido al margen hasta ese momento. —Sandra asintió, y le dijo:
—Fuera debe de haber más armas. Ven con nosotras, busca un arma y munición, y vuelve. Protege el área. —Delfina asintió. Otra intervino. Se llamaba Lina, y era de piel algo más clara, con ojos marrones, cabello negro, y algo más joven.
—Yo voy a por otra arma con Delfina.
—De acuerdo. ¿Alguien más? —Una de ellas habló. Se llamaba Sara. Era bastante rubia, de unos veinticinco años.
—Yo no sé manejar armas. Pero puedo aprender rápido.
—No es necesario —negó Sandra—. Un arma no es algo que se controle fácilmente. De hecho, no se llega a dominar del todo nunca. Pero puedes vigilar la zona. ¿Quieres encargarte de la radio, y de Ana, por favor? Solo toca el botón y habla, podré escucharte de inmediato. —Sandra le ofreció un pequeño terminal de comunicaciones a Sara. Era del tamaño y forma de un dedo medio. Esta lo tomó en su mano, asintió, y dijo:
—¿De dónde has sacado esta emisora? Parece muy moderna, y sofisticada.
—No te preocupes. La llevaba conmigo, bien escondida. —Cristina intervino:
—¿Y dónde llevabas escondida esa cosa, Sandra? Yo también quiero divertirme, que estoy muy tensa. —Se escuchó alguna risa. Sara, dirigiéndose a Sandra, comentó:
—Efectivamente, eres muy rara. Ten por seguro que cuidaré de la niña. Tengo una hija. Más pequeña claro.

Sandra asintió, se dirigió a Ana, y le dijo:
—Quédate con Sara. Ella cuidará de ti.
—¿Cuánto tiempo? —Preguntó Ana asustada.
—Poco tiempo. Pero es importante. Hay hombres armados ahí fuera. Vendrán a hacernos daño. Debemos evitarlo. ¿Lo entiendes? —Ana asintió con mirada seria. Sandra sonrió, y rozó su rostro con la mano. La niña, que estaba temblando, se tranquilizó casi al instante.

—Vamos —indicó Sandra—. Id detrás de mí, y protegeos bien. Puede haber francotiradores. O pueden emboscarnos. Aunque no lo tendrán fácil.

Sandra, Cristina, Delfina, Lina y Babila salieron del edificio. El fuego de las estructuras cercanas iluminaba la zona. Sandra se volvió, y les preguntó:

—¿Alguna de vosotras tiene experiencia policial o militar de algún tipo? —Cristina contestó:
—Yo tengo experiencia en correr delante de la policía. —Babila y Lina negaron con la cabeza. Delfina no hizo ningún gesto. Sandra se acercó a un guardia, con un arma en el suelo. El guardia aún estaba vivo, malherido. Quiso hablar, pero no pudo. Su cara estaba parcialmente quemada. Sandra le puso un dedo en el cuello. Al cabo de unos segundos, el guardia dejó de moverse.
—¿Lo has matado? —Preguntó Lina.
—Estaba ya muerto en realidad —aclaró Sandra—. En su estado probablemente ni el mejor hospital le hubiese salvado. —Cristina intervino:
—¿Qué dices? ¿Hospital? No sé cómo lo has hecho, pero mejor muerto que vivo. —Sandra tomó el fusil del guardia y la munición, y se la dio a Delfina. Luego tomó la pistola, y se la dio a Lina.
—Por favor, proteged a las demás. ¿Os aclararéis con esto? —Lina asintió, y guardó la pistola. Delfina tomó el arma con las manos. Sacó el cargador y lo verificó. Lo colocó de nuevo, revisó la mira, montó el arma, y respondió:
—Creo que sí me aclararé. Volvemos con las demás. No te preocupes. Le volaré la cabeza a cualquiera que no seáis vosotras.

Sandra asintió con la cabeza sin decir nada más. Delfina y Lina se alejaron. Cristina susurró:
—¿Habéis visto cómo manejaba el arma Delfina? Qué frialdad. Qué templanza. Me han entrado ganas de comérmela entera.
—Ya tendrás tiempo para eso —comentó Sandra—. Ahora hay trabajo. Seguidme, a tres metros detrás de mí, una a cada lado, cabeza agachada, y silencio total. Ni un ruido. Solo actuaréis si os lo digo yo.
—¿Y perdernos toda la diversión? —Preguntó Cristina.
—Harás lo que te digo. Eso es lo que pactamos, ¿recuerdas?
—Sí, mamita —concedió Cristina levemente.

Orin-Julie
Delfina – Trece almas – Saga Aesir-Vanir

Las tres caminaron unos metros. De pronto, Babila susurró:

—Algo se mueve en el aire, más adelante. Es un dron.
—Yo también lo veo —confirmó Cristina— . ¿Lo machacamos a tiros? —Sandra, sin volverse, respondió:
—No. Ese dron es mío, no os preocupéis. Lo controlo yo. —Babila y Cristina se miraron un momento. Fue Babila la que habló:
—Sandra, ¿qué nos ocultas? ¿De dónde ha salido ese dron? —Sandra esta vez sí se volvió. Contestó:
—Podría decirse que me lo he sacado de debajo de la manga. —Cristina intervino:
—Sigues siendo muy graciosa. ¿Alguna otra sorpresa más?
—Sí. Es posible que no sea lo único que me salga de la manga esta noche. Estad tranquilas.

Las tres mujeres siguieron moviéndose. Sandra les hizo un gesto de que se mantuviesen en silencio y quietas. Ella fue luego hacia lo que parecía una estructura pequeña, algún tipo de almacén. Indicó a cada una que se colocara a un lado del edificio. Luego les indicó con el dedo que había ocho hombres dentro. Ellas asintieron. Cinco de esos hombres se encontraban en la parte superior.  Tres en la parte inferior, en lo que parecía un sótano.

De pronto, algo ocurrió. El dron se acercó, provocando el estallido de una microgranada de antimateria. Los hombres de la zona superior cayeron muertos al instante, excepto uno, que quedó herido. Sandra derribó la puerta de acero de una patada, y entró, disparando al hombre herido, uno de los guardias, que cayó al instante. Los otros tres se mantuvieron en la parte inferior.

La acción en sí duró unos pocos segundos. Sandra entró en la estructura, decorada solo con algunos muebles muy sencillos. Abrió una trampilla, e hizo subir a los tres hombres mientras les apuntaba con su fusil y les ordenaba tirar las armas. Uno era un guardia. Otro era Janos. Y el tercero era Octavio. Fue este el que habló, tras subir a la zona superior.

—Vaya, Sandra, me alegro de verte sana y salva. Sigues siendo una caja de sorpresas. Me encanta. Eres realmente increíble.
—Hola, Octavio. No te muevas por favor. Ni tú, Janos. Ni vuestro amigo.
—¿Cómo has derribado la puerta? —Preguntó Octavio—. Es blindada, de acero.
—Tomo muchas vitaminas.
—Sandra, por favor.
—Estáis en el objetivo de mi arma, y de un dron —informó Sandra a los tres hombres—. Sugiero que no intentéis ningún movimiento sospechoso. El dron disparará inmediatamente. Y yo también.
—Sé que lo harás. Con cualquier otra sospecharía, no es fácil disparar. Contigo, las cosas son distintas. Lo que me alegra es ver que yo tenía razón. No estabas aquí por casualidad.
—Muy bien deducido. Pero demasiado tarde.
—La culpa es mía. Me dejé llevar. Caí como un adolescente.
—Eso forma parte de mi trabajo, Octavio, no te culpes. El sexo es el arma más poderosa que ha creado la naturaleza. Una cara joven y bonita, una sonrisa, un escote, y todo el control y frialdad desaparecen, y solo quedan las hormonas y la fiebre.
—Sigo sin saber qué haces aquí.
—Y así estás muy bien, Octavio. Y ahora, estaros quietos los tres. Las dos mujeres que me acompañan os aseguro que no dudarán en dispararos a la mínima oportunidad. Ellas no disponen de los controles y mecanismos de autocontrol que poseo yo. —En ese momento se oyó una voz desde fuera.

—¡Sandra! —Gritó Cristina—. ¿Qué ocurre?
—Ya podéis entrar —informó Sandra a Babila y Cristina. Estas entraron inmediatamente con sus armas. Cristina comentó:
—Vaya, nos hemos perdido la diversión.
—Por supuesto —confirmó Sandra—. Ese era el plan: no poneros en peligro real en ningún momento. Pero sabía que ibais a venir de todas formas. —Babila comentó:
—Así que nos has invitado a venir porque, de todas formas, íbamos a venir contigo, y has hecho lo posible para no exponernos.
—Exactamente. —Cristina observó la puerta. Los goznes estaban destrozados. Comentó, dirigiéndose a Sandra:
—Esa puerta era de acero reforzado. Y la has derribado de una patada.
—Es la vida sana que llevo —aseguró Sandra.
—Claro, yo también derribo puertas de acero todos los días gracias a las zanahorias. Vamos Sandra, cuéntanos de qué va todo esto. Aunque empiezo a sospecharlo.
—Va de que tenemos que salir de aquí, si es que esto está despejado ya y sin peligro. La pregunta es: ¿qué hacemos con estos tres?

Babila se acercó con el arma a Octavio. Le puso la bocacha del cañón en el estómago.

—Vaya, el cerdo ha sobrevivido. Siempre sois la peor calaña la que sobrevive. Sois como ratas; os metéis en los agujeros en cuanto hay el más mínimo problema.
—Babila, apártate, por favor. No te acerques tanto. Es peligroso.
—¿Por qué? Es solo un cerdo cobarde.
—Aléjate, por favor, y mantén una distancia mínima.
—Hazle caso, tiene razón —sugirió Cristina—. Además, si disparas desde esa distancia le vas a estropear ese precioso vestido a Sandra con la sangre y las vísceras de ese imbécil.
—Te voy a hacer otro agujero en el culo, cerdo —susurró Babila a Octavio. Sandra insistió:
—¡Babila, por favor, sal de ahí! ¡No tengo un buen ángulo! ¡Y lleva un microláser oculto!

El final de esa frase se enlazó con un disparo de un pequeñísimo láser oculto en la piel de Octavio a Babila, que cayó al suelo al instante. Sandra mientras tanto había disparado su arma contra Octavio, que cayó también. Cristina por su parte descargó un cargador completo sobre Janos y el guardia. Aquella acción también se desarrolló en unos segundos.

Las dos se mantuvieron inmóviles durante unos instantes. Luego Sandra se acercó a Babila. El láser de Octavio había entrado por la zona del plexo solar, y había impactado en la caja torácica. Babila yacía en el suelo, con una potente hemorragia interna. Por su parte, Janos y el guardia estaban completamente destrozados. Fue Cristina la que gritó:

—¡Pero qué has hecho, Babila! —Sandra negó levemente, y comentó:
—Me temo que no te puede oír. Octavio tenía un microláser de alta potencia oculto. No puedo detectarlo si está escondido bajo la piel orgánica. —Cristina asintió con seriedad.
—Se dejó llevar. Lo he visto muchas veces. Ese odio irracional arrastra a muchos. Eso es lo primero que aprendes en la calle, si quieres sobrevivir: a soportar el dolor. O lo haces, o acabas así.
—Por una vez voy a estar de acuerdo contigo, Cristina. No se puede ser instintivo con esta gente. Ni moverse con un espíritu de venganza, por mucho dolor que hayan provocado. Entonces estás perdido. Babila lo olvidó. O no quiso recordarlo. Es lamentable que esto tenga que acabar así. —Cristina alzó los hombros ligeramente, y contestó:
—Cuando la vi tan nerviosa y dispuesta a meterse con ese imbécil supe que iba a pasar esto.
—Tenía que haberlo atado primero. Y tenía que haberme interpuesto entre Babila y Octavio.
—No pudiste hacer nada —excusó Cristina—. Se echó literalmente sobre él con el arma, antes de que pudieras actuar. Quería cargárselo. No pensaba en otra cosa que en meterle una bala. Y ahora está muerta. Es un error básico de novata.
—No lo sé. No puedo precisar si hice lo suficiente o no. —Cristina miró un momento a Sandra con ojos entrecerrados. Luego dijo:
—Y ahora que este lugar está asegurado, ¿queda alguno más?
—No. El resto están muertos, o huidos.
—Ya. Claro. ¿Y cómo lo sabes? ¿Y cómo viniste aquí directamente a buscar a estos bestias? No dimos un rodeo. Sabías que estos cerdos estaban aquí.
—Así es. El dron me informó.
—Claro. El dron. ¿De dónde ha salido ese dron, Sandra?
—No importa. ¿No dijiste que cuanto menos supierais mejor?
—Lo dije. Pero aquí hay algo más. ¿Y esa puerta blindada? ¿Y tus capacidades de comunicaciones? Y esa habilidad con las armas?
—Entrenamiento. Duro entrenamiento.
—Vete al infierno, Sandra. Tú no eres una niña de la alta sociedad. Tú eres un androide, y un modelo avanzado, además. —Sandra rió ligeramente.
—¿Un androide? ¿Había whisky en tu habitación? Parece que has tomado un buen trago.
—No me tomes por estúpida. Eres un androide. Pero tienes que ser un modelo extremadamente avanzado. —Sandra la miró un momento. Finalmente, dijo:
—Está bien, tú ganas. Puedes llegar a ser muy persuasiva.
—¿Verdad que sí? —Dijo Cristina con orgullo.
—Quantum Computer System 60 avanzado de sexta generación, o, simplemente, QCS-60.
—¡Vaya, un modelo 60! Dicen que sois de lo más alucinante. Nunca había visto ninguno.
—Yo tampoco.
—Y hasta tienes sarcasmo. Increíble. Pareces totalmente real. A la mayoría de gente los androides les asustan. Pero a mí me gustan. No maltratan a la gente. No someten a las personas. Son víctimas de los seres humanos. En eso nos parecemos. En general, prefiero a los androides.
—Espero que no les digas nada a las demás.
—¿Decirles? ¿Yo? Yo no facilito información de interés a nadie a cambio de nada, Sandra. Ahora lo que me interesa es saber por qué estos bestias estaban aquí, en este agujero.
—Estaban controlando la mercancía, la droga, y las armas con las que trafican. Especialmente esos fusiles nuevos con computadoras cuánticas. Habrá que averiguar quién se las suministra. Tienen droga y armas abajo. Si la hubiesen protegido, Rojas les hubiese dado un premio. Si la hubiesen perdido, Rojas les habría cortado en pedazos. Ahora ya no hará nada de eso, claro.
—Es cierto, no pueden perder la mercancía. Pero estos ya no tendrán que preocuparse. ¿sabes cuánta droga hay ahí debajo?
—Suficiente CZ4 como para venderlo en el mercado por más de treinta millones. —Cristina abrió los ojos como platos.
—¿Qué? ¿Treinta millones? ¿Tú sabes lo que es eso?
—Sí, es una cifra de dinero muy grande.
—¿Grande? ¡Con eso podemos convertirnos en reinas del barrio, de la ciudad, y del país, sin pestañear!
—Claro. Hasta que Rojas descubra que te has llevado la droga, te siga hasta el fin del mundo, y te corte en filetes a ti también.
—Unos cuantos kilos no los notarán. Y con eso puedo vivir como una princesa. Tú no lo necesitas, Sandra. Pero yo tengo que pagar mis facturas. Y salir del agujero donde he vivido toda mi vida. Hasta podría comprarme algo de ropa. Y unos zapatos donde no sienta el tipo de suelo que piso con la piel.
—Olvídalo. Esto no es el cuento de la Cenicienta. Esto es la realidad. Lo tienen todo contabilizado. Si tocas algo, sospecharán de todas. E irán a por todas, y os matarán a todas, sin importar quién fue la responsable. Serán sistemáticos. Se acaba con todas, y con sus familias, y así seguro que han acabado con la que se llevó la mercancía. Las escuadras de Helheim se dedican a eso. No debes hacer nada que afecte a las demás.
—Pues ellas que se preocupen de sus vidas, y si quieren mercancía que vengan a buscarla. Hay suficiente para que todas vivamos sin preocupaciones toda la vida. Y si alguna no quiere, es su problema. Yo lo tengo claro.

Sandra vio cómo Cristina bajaba, y subía cargada con varios paquetes de CZ4, sonriente y feliz. Miró a Sandra, y dijo:

—Con esto me voy a pegar la gran vida, Sandra. Si quieres un día te invitaré a mi pequeño yate. Ya me veo tomando el Sol en cubierta.
—Deja eso en donde estaba, Cristina. Y vámonos. No pondremos en riesgo las vidas de las demás. Bastante ha sido perder a Babila. Buscaremos un transporte que haya quedado operativo. Creo que hay un par de vehículos que pueden todavía servir para salir de aquí. Iremos encima unas de otras, pero saldremos de esta. Probablemente la gente de Rojas está en camino. Si encuentran toda la droga no tomarán medidas. Les interesa la droga. Y las armas. Lo demás es secundario.
—Lo siento, Sandra. Ya te he dicho que las demás pueden hacer lo que quieran. Yo me llevo esto.

Sandra alzó el fusil levemente. Apuntó a Cristina.

—Suelta la droga, Cristina. Y el arma. Ya. —Cristina la miró con sorpresa.
—¿Me vas a disparar? ¿Por unos paquetes de CZ4?
—Por uno solo. Pones en peligro a todo el grupo.
—Al infierno el grupo. Eres un androide. No puedes dispararme fríamente.
—Sí puedo, si el peligro de dejarte con vida son más vidas en juego que la tuya propia. No solo te perseguirá el cártel. Lo hará la ley también. —Cristina rió.
—La ley. Claro. Mira, Sandra: las leyes que se obedecen son las que tienen el cañón de un arma como garantía. Y resulta que soy yo quien tiene el arma.
—La ley te protegerá. Si actúas correctamente.
—Sandra, por favor, no seas tan ingenua. La ley solo ha servido y sirve a quienes están al otro lado; el lado de los poderosos, de los influyentes, de los corruptos que lo controlan todo. Ahora soy yo quien puede pasar a ese lado. No he pasado todo esto para tener la oportunidad de mi vida y dejarla escapar. Me he arrastrado por el fango desde que era una cría. Me han maltratado, me han pegado, me han violado, he tenido que comer con las ratas, he tenido que robar por desesperación. He pasado por todos los agujeros de mi país. Ahora me raptan, y tengo una oportunidad de mandar esa vida al infierno. No volveré a las cloacas de donde vengo, Sandra. Y tú no dispararás.
—Cristina. Por favor…

Cristina se volvió. Apuntó el arma hacia Sandra. Pero, antes de disparar, recibió una ráfaga. Cristina cayó al suelo, con varios impactos de bala en su cuerpo. Sandra la observó. Luego observó a Delfina, que se encontraba en el umbral de la puerta. Había llegado en ese momento. Y había visto la escena. Enseguida comprendió lo que pasaba. Y descargó varios disparos de su arma.

Luego entró, miró a Sandra, y dijo:

—Siento haber tenido que actuar. Pero era necesario.
—Lo sé. Y eso es lo que me preocupa.
—Veo que habéis acabado con Octavio y su pequeño grupo. ¿Estás bien?
—Yo, sí. O eso creo. Babila… se dejó llevar. Y Octavio acabó con ella. En cuanto a Cristina…
—Entiendo. Babila quiso vengarse. Y no pudiste pararla. Lo de Cristina, es otra pérdida absurda. Como lo son tantas en este tipo de operaciones.
—No pude ayudar a Babila. Ni disparar a Cristina. He fracasado en ambos casos.
—Es muy difícil detener a quien está atrapado en el deseo de venganza, Sandra. O a quien vive en la desesperación, como Cristina. No debes culparte.
—No lo sé. Realmente, no lo sé.
—Ya lo averiguarás. Te lo aseguro. Cuando comprendas que muchas cosas no dependen de ti.

Delfina se acercó a Cristina, que yacía en el suelo,  y vio los paquetes caídos en las manos de Cristina. Comentó:

—Entiendo que supo que los paquetes del CZ4 estaban aquí, y quiso aprovechar la ocasión de sacar algo de todo esto. ¿No es así? —Sandra asintió levemente.
—Yo misma se lo dije. Ella perdió el control con el sueño de ganar dinero fácil, como Babila lo perdió con el deseo de venganza.
—Son reacciones muy habituales, en ambos casos. He tenido que disparar. Creo que tú no ibas a hacerlo. —Sandra miró el cadáver de Cristina. Luego miró a Delfina, y respondió:
—No lo sé. No sé si hubiese disparado. No podía permitir que ella se fuese. Pondría en peligro a las demás.
—Exactamente —confirmó Delfina. Sandra añadió:
—La vida de Cristina fue un infierno desde que nació. Solo había aprendido a sobrevivir. No entendía nada más de la vida. Porque nadie le explicó nada más. Solo sabía luchar por ver pasar cada día, y ver nacer el siguiente. No había un interés negativo en su acción. Solo un puro deseo de supervivencia. Solo aprendió a sobrevivir. Nadie le enseñó jamás qué es la justicia. Qué es la amistad. Qué es la solidaridad. Solo le enseñaron a defenderse con uñas y dientes. En esas condiciones, ¿quién soy yo para juzgarla? ¿Quién puede juzgar a alguien que nunca tuvo una sola oportunidad? ¿Cómo juzgar a quien solo recibió ira y dolor toda su vida?
—Entiendo lo que quieres decir. Es un problema de ética interesante. Pero vivimos en un mundo sin ética, Sandra. Y tendrás que aprender a vivir con ello. Yo no puedo ayudarte. Tendrás que solucionar ese conflicto tú sola. Y deberás hacerlo rápido. Si quieres sobrevivir a este mundo.

Delfina tomó los paquetes de droga. Los dejó con el resto de la droga. Finalmente, dijo:
—Has hecho un buen trabajo. Mejor de lo esperado.
—Tú eres una agente infiltrada en esta operación. —Aseguró Sandra.
—Correcto, Sandra. Y tú eres un androide modelo QCS-60 avanzado. Pero con características muy especiales, de eso no cabe ninguna duda. Esas dudas éticas lo demuestran.
—No eres de la G.S.A., ¿verdad?
—No. Trabajo para Héctor directamente. Quería monitorizar tu primera misión real. Pasará su informe a su inmediato superior, la mujer que gestiona todo el operativo, y un proyecto a escala mundial.
—¿Y el resultado de la misión?
—Mejor de lo esperado.
—Está también el tema de Babila. No he podido salvarla. Eso no indica un buen resultado.
—Los parámetros principales de la misión se han cumplido. Todos. Y no podrás salvar a mucha gente, Sandra. Eres una androide. No una diosa.
—Eso no es aceptable.
—Lo entiendo. Ha habido lío contigo, sin duda. Clark está muy disgustado. Dice que eres un fraude, que has puesto la operación en peligro. Pero tienes los datos. Ellos no sospechan del robo de información. Y, en el proceso, casi matas a uno de los agentes más importantes del gobierno, o quizás el más importante. Un tipo algo siniestro al que solo llaman cuando la situación es muy desesperada. Esa aeronave que se acercaba, y que atacaste con el phaser, tenía a ese hombre dentro.
—No quise derribar su nave. No era necesario matarlos.
—Pero podrías haberlo hecho.
—Sí. Pero opté por ahuyentarlos. No merecía la pena que perdiesen a ese gran agente que tienen, sea quien sea ese hombre, y a los demás que viajaban con él. No es necesario que se pierdan vidas.
—Supongo que no. Pero lo importante es que has pasado la prueba con éxito.
—¿Todo esto era una prueba?
—Todas las misiones son una prueba, Sandra. Todas. Sin excepción. Y lo has hecho muy bien.
—¿Incluso con mis problemas de ética?
—Especialmente, por tus problemas de ética. Y ahora vamos, saquemos a esas mujeres de aquí. Hay un vehículo cerca. Ya lo he revisado.
—La niña viene conmigo. —Delfina asintió.
—Por supuesto. La niña va contigo. ¿Sabes quién es?
—Ana. No he podido averiguar nada más.
—Su nombre completo es Ana Velasco. Es la hija de uno de los líderes del petróleo, y hombre más influyente de esta zona: Juan Velasco. Ellos no lo sabían.
—No tienen toda la información.
—Tienen la información que nosotros queramos que tengan. Por eso les llevamos cierta ventaja. Al menos, de momento. Vamos. Nos esperan.

salida

Sandra, Delfina, y el resto marcharon en un vehículo, por un camino de tierra. Sandra conducía, con Ana pegada a ella. Atrás quedó el fuego, la destrucción, y la muerte.

Pero Sandra sabía que esa sensación de dejar todo aquello atrás era solo algo pasajero. Pronto llegarían más misiones. Más operaciones. Y más misterios.

Y, en todos, la ética de la vida, y de la muerte, estarían presentes. Sandra debería luchar contra sus dudas. Contra su programa. Contra su naturaleza.

Y Héctor contaba con ello.


 

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Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

Un comentario en “Trece almas (y III)”

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