Trece almas (I)

Segunda parte aquí.

Este es un nuevo relato en tres partes, ambientado en el universo de la saga Aesir-Vanir, donde podemos ver a Sandra en su primera misión encubierta. La narración transcurre a finales del año 2049, y se desarrolla entre los hechos vistos en “Ángeles de Helheim” y “Operación Fólkvängr”.

Como todo relato o novela de la saga Aesir-Vanir es independiente, y no es necesario conocer otras obras, aunque lógicamente quienes hayan leído “Ángeles de Helheim” verán algunos elementos de esa novela reflejados aquí. Este relato se basa en una conversación entre Sandra y Vasyl Pavlov en “Operación Fólkvangr” cuando Pavlov se interesa por los inicios de las operaciones llevadas a cabo por Sandra. En cualquier caso, muchas gracias por su interés.

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San Francisco. 3 de noviembre de 2049.

—¿Scott? ¿Me recibes?
—Alto y claro. ¿Qué tienes?
—Estuve revisando los datos. El escáner mental que me indicaste.
—¿Y bien?
—Tenías razón. Había una banda de interferencia en su cerebro. Una banda que se entrelazaba con la señal original.
—De acuerdo. ¿Y qué más?
—He procedido tal y como me comentaste. La banda de interferencia ha desaparecido del registro. Completamente.
—Eso son buenas noticias.
—¿Buenas noticias? Scott, no me vengas con historias; no se puede anular la información de la actividad neuronal registrada de nadie.
—¿Por qué no?
—Primero, porque no es legal. En segundo lugar, porque estoy accediendo de forma fraudulenta a un sistema cuántico de la Global Security Agency sin permiso de mis superiores, y modificando datos también sin permiso. Y, en tercer lugar, porque no es físicamente posible un borrado así.
—Sin embargo, tú lo has hecho.
—¿Yo? Yo me he metido en un lío enorme por tu culpa. Otra vez. Eres tú quien me dio el algoritmo. Un algoritmo que no debería existir. ¿De dónde lo has sacado?
—De mi corazón, que solo late por ti.
—Scott, por favor. Hablo en serio.
—Te lo recompensaré, Marion. Sabes que te aprecio mucho.
—Deja de intentar halagarme, Scott, no funciona, te lo aseguro. Esto no lo hago por ti; lo hago por Irina, y por Vasyl. Y en memoria de Kathryn.
—Busca las excusas que quieras, Marion. Pero esto es importante. Estaremos en contacto.
—¿En contacto? ¿De verdad? Esperaba que desaparecieras de una vez de mi vida, y no me dieses nunca más este tipo de “trabajitos”.
—Vamos, Marion. Cuento contigo porque eres la mejor.
—Seguro que sí. Hazme un favor, y vete al infierno de una vez.
—Llevo muchos años allí, Marion. Muchos años.

 

Algún lugar de América. 16 de noviembre de 2049.

La vida no es una ruleta, que da la fortuna a unos pocos, y la miseria a la mayoría. La vida es un simple asunto de dónde se nace, cómo se nace, y con quién se nace. El arquitecto que nunca fue porque nació en el lugar equivocado. El físico que nunca logró el Nóbel porque era un inmigrante en el fondo del mar. O la mujer que nunca recibió un premio a su obra literaria, porque nadie le dio la oportunidad de aprender a leer y escribir…

 

El viaje.

El camión circulaba a gran velocidad, dando tumbos por las pronunciadas curvas y el mal estado del firme. Dentro, en la parte de atrás, y completamente hacinadas, trece mujeres trataban de sujetarse como podían a los vaivenes del vehículo. La lona impedía saber dónde estaban, y lo único que podían sentir es que, conforme pasaba el tiempo, el vehículo iba desplazándose más despacio, en un trayecto cuyo firme era claramente más irregular. Les habían quitado cualquier dispositivo electrónico, incluido el GPS y el comunicador intracelular. No tendrían ninguna posibilidad de contactar con el exterior. Ese era el plan. Parte del plan.

Eran mujeres de edades diversas, desde los doce años de una, hasta los treinta y algo de otra. Vestían la ropa que llevaban en el momento en el que había comenzado esa pesadilla. Para algunas, solo un día atrás. Para otras, hasta cuatro días. No se habían visto hasta entonces, en aquel camión, donde apenas se atrevían a mirarse, o incluso a llorar. La respuesta por parte del acompañante del conductor era inmediata. Y violenta.

Kilómetros. Más kilómetros. Con una humedad que se pegaba a la piel, y al miedo.

Luego el camión se detuvo. Tres hombres armados con pistolas las sacaron a empujones, y las hicieron subir en un aerodeslizador, el cual se elevó rápidamente en  aquella tarde plomiza. De nuevo, las ventanas estaban tapadas. Les permitieron por fin ir al lavabo de la aeronave, mientras volaba muy bajo y se acercaba a su destino.

Durante todo el trayecto habían tenido que mantenerse en silencio. En el camión, cada vez que alguna comenzaba a hablar una voz muy potente ordenaba silencio y lanzaba amenazas, con un cañón de un fusil apareciendo por un pequeño agujero. En el aerodeslizador, los tres hombres armados advertían continuamente que solo podían hablar para solicitar ir al servicio durante tres minutos como máximo cada una.

El aerodeslizador aterrizó en una zona selvática al anochecer, y varios hombres que esperaban las sacaron a empujones y golpes de armas automáticas de la nave, instándolas a seguirles. Anduvieron veinte minutos, tras los cuales llegaron a una vieja casa de piedra de dos niveles. Allá entraron, en un interior semioscuro, con varias camas con algunas sábanas y algo de ropa y zapatos. Al fondo se veían dos puertas, que correspondían a sendos lavabos con duchas. A un lado, una escalera llevaba a una zona superior, donde se podían ver varias puertas a través de un largo pasillo. Uno de los soldados habló:

—¡Escuchad todas! ¡Y estad atentas, porque no lo repetiré! ¡A partir de ahora, sois administrativas de Milán Rojas,  y tenéis la fortuna de trabajar para él! —Un murmullo surgió de los labios de algunas de esas mujeres. Algunas se encomendaron a Dios. Una lo hizo a Alá.

Milán Rojas era el jefe más importante del cártel más importante en el tráfico de armas y drogas de gran parte del continente americano. Había promovido una guerra contra grupos rivales, y había jugado sus cartas absorbiendo a esos grupos, en lugar de simplemente destruirlos, mediante juramentos de fidelidad a Rojas. Juramento,  y una importante compensación económica para reafirmar aquel juramento. Compensación que se repetiría si la fidelidad se demostraba y mantenía.

En eso había sido muy inteligente. Donde otros solo pensaron en acumular riquezas, Rojas la distribuyó con generosidad entre sus fieles. El castigo por la más mínima duda era, por supuesto, la muerte.

—¡Silencio! No volveré a repetirlo —gritó el guardia—. Ahora vais a ducharos y a sacaros los piojos, vais a comer algo, y vais a dormir. Mañana volveré al amanecer, y tan pronto como entre os quiero a todas en pie, vestidas y listas para acompañarme. Habrá guardias en la puerta. Podéis dar dos golpes en la madera para avisar si tenéis algún problema importante. Y rezad por que sea un problema importante, porque, si molestáis a la guardia sin algo importante, será lo último que hagáis en vuestras miserables vidas. ¿Habéis entendido?

—Algunas susurraron un suave “sí”, otras hicieron un gesto. Alguna ni siquiera contestó. La más pequeña temblaba en una esquina, mientras otra trataba de consolarla. El guardia continuó:

—Está bien. Parece que vamos a entendernos. Si hacéis todo lo que diga, exactamente como lo diga, cuando yo lo diga, podréis vivir. Incluso podréis tener momentos de esparcimiento y para vuestras propias necesidades. Si no cumplís las órdenes, no habrá futuro. Hay cámaras y drones controlando cada uno de vuestros movimientos. Así que no intentéis escapar. Aunque lo consiguierais, estamos a cien kilómetros de selva de la civilización más cercana.

El guardia salió por la puerta, acompañado de otros dos hombres. Entraron al momento algunas mujeres, que portaban alimentos y agua, que depositaron en  una mesa de una esquina. Eran controladas en todo momento por guardias, que las conminaron a salir de inmediato tras dejar la comida. La puerta se cerró. Y, por un momento, se hizo un silencio completo en la sala. Luego, una de ellas empezó a llorar. Era la niña, la más joven. Otras se dedicaron un tiempo a mirarse, y mantenerse quietas, casi ocultas en sí mismas. Otras se acercaron a los alimentos. Probaron lo que había, y comenzaron a comer algo. Una de las que estaba en un lado, les espetó:

—Pero, ¿cómo podéis pensar en comer ahora? — Era una mujer algo mayor que las demás, de algo más de treinta años. Tenía un aspecto escuálido. Sus manos demostraban haber trabajado duro con herramientas manuales. En un mundo de robots avanzados, las manos semiesclavas seguían siendo la forma preferida de producción en muchas partes del mundo.

Una de las que estaba comiendo se volvió. Era algo más joven, unos veintitantos años. Tenía un aspecto algo más sosegado, y duro. La miró un instante, y contestó:
—Si tengo que escapar de aquí, prefiero que sea con el estómago lleno. Luego una ducha, y a dormir. Y mañana, a preparar el plan de fuga de este agujero. —La primera replicó:
—¿Cómo puedes hablar tan tranquila? Estamos secuestradas. Y tú sabes por qué. O mejor, para qué. Y ya han dicho que no hay escapatoria. Estamos en medio de una selva, vete a saber dónde: Venezuela, Colombia… —Aquella mujer replicó:
—Siempre hay escapatoria, solo se trata de analizar las opciones —afirmó, mientras daba otro bocado.
—¿Sabes mucho de escapar de sitios como este?
—Algo sé. En el centro de menores adquirí grandes conocimientos. Luego me escapé de mi marido y de sus palizas. Antes le reventé la cabeza, por supuesto. Estuve seis meses en prisión. Pero conseguí convencer a algunos para que me rebajaran la pena.
—Entiendo. Usaste métodos directos.
—Algo así. Hay que ser práctica en esta vida.
—Es monstruoso. —La mujer que comía rió:
—¿Monstruoso? No me vengas con historias morales. Yo sigo viva gracias a eso. Y gracias a eso seguiré viva aquí. Veremos qué puedes decir tú dentro de tres días.

Se hizo el silencio durante unos instantes. Luego otra intervino. Era de unos treinta años, de  piel negra, pelo castaño oscuro, y ojos negros. Dijo con voz seca, dirigiéndose a la que acababa de hablar:

—Tú sabes mucho de escaparte y de manipular a los hombres, por lo que veo. Yo no me creo nada de lo que dices. Eres de las que luego se lo hace encima al mínimo jaleo. Tendrían que haberte puesto pañales. —Otras no pudieron evitar reír. Las primeras risas suelen ser las más liberadoras, incluso en esas circunstancias. La que era objetivo del comentario respondió:
—No me importa si me crees o no. Yo sobreviviré. Vosotras, como si os pudrís en el infierno, no me importa. Quédate tú si quieres. A mí solo me verás correr a la menor oportunidad. Claro que tú con ese trasero enorme difícilmente podrás moverte. ¿Has buscado alguna cama reforzada para aguantar esa masa de carne?

De nuevo hubo algunas risas. La mujer negra se acercó a la mesa. Era evidente que no era comida lo que buscaba. Levantó el brazo para golpear, cuando notó una mano que detenía su brazo. La mujer se giró impulsivamente.

—¿Qué haces? ¡Suéltame! ¡Suéltame o te rompo la cara! —Aquella mujer la soltó suavemente, y le hizo un gesto para que se calmara. Era bastante joven, de piel muy blanca, morena y de cabello largo, de ojos azules. Intervino por primera vez diciendo:
—Atacándonos unas a otras, o insultándonos, no vamos a arreglar nada.
—¡Pero ella!…
—Es mejor que no empecemos a perder los nervios —cortó aquella mujer de ojos azules, mientras miraba a todas intentando que captaran su mensaje—. Mejor será que intentemos buscar alguna solución, y en eso estoy de acuerdo con… ¿cómo te llamas?

La mujer que comía pronunció su nombre mientras se terminaba unas galletas.
—Cristina. Y espero que otras tengan el mismo sentido común que tú. Porque yo prefiero estar muerta que aquí. Y si esa negra hubiese llegado a golpearme, la habría matado de un solo golpe. Así que es su día de suerte. —Una mujer del fondo habló por primera vez:
—Valientes palabras. Pero yo no prefiero salir muerta de aquí. —La joven de ojos azules asintió, y confirmó el comentario.
—Tiene mucha razón. Todas queremos salir de aquí, pero vivas. ¿Cómo te llamas? —La mujer del fondo contestó:
—Deyanira. Pero todos me llaman Yani.
—Yani tiene razón. No vamos a salir muertas de aquí. Ese debe ser nuestro objetivo: salir vivas. —Luego se dirigió a la mujer negra.
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
—Babila.
—Babila, es bonito. —Otra de las mujeres intervino. Era de una edad cercana a los treinta. De pelo castaño claro, piel morena, y ojos rasgados marrones. Preguntó:
—¿Qué es esto, una fiesta social? ¿No os habéis enterado? ¡Estamos secuestradas! ¿Es que no lo veis? ¿No sois conscientes de para qué estamos aquí? —La mujer de ojos azules contestó con seriedad:
—Por supuesto que lo vemos. No nos quieren como administrativas, eso lo tenemos todas muy claro. Por eso tenemos que calmarnos. Conocer nuestros nombres será bueno si hay problemas. O si hay que preparar un plan de huida. Porque colaborando tendremos más oportunidades.
—Eso es verdad, y aceptaré ayuda incluso de esta negra si deja de decir estupideces y colabora—afirmó Cristina sin dejar de comer—. ¿Y tú, cómo te llamas?
—Sandra. Y ahora sugiero, si no os parece mal, que nos duchemos como nos han ordenado, y nos vayamos a dormir. Pensad que están escuchando esto. Y hay cámaras ocultas. Si no hacemos lo que dicen esos bestias, tendremos problemas.
—A mí me da igual —dijo Cristina mientras se limpiaba la boca con la manga—. Ya sé que nos oyen. Y quiero que sepan que estoy dispuesta a fugarme, es más, esperan que algunas lo intentemos. Pues yo pienso escaparme de aquí. Viva o muerta.
—¿Otra vez lo de viva o muerta? ¿Es que no has oído a Sandra? —Le espetó Babila.
—¿Esa cría? Claro que he oído lo que ha dicho la fina señorita Sandra. Por su aspecto es evidente que es de buena familia. Cabello perfecto, cutis perfecto, se nota que hace deporte, y la ropa que lleva es cara. Habrá vivido entre algodones toda su vida,  y se cree muy lista. Si hubiese pasado dos días en algunos agujeros donde he estado yo, sería ella la que se lo haría encima. Con pañales o sin pañales.
—No es bueno prejuzgar a la gente —Sugirió Sandra. Cristina repitió las palabras con tono burlón.
—No es bueno prejuzgar a la gente… Solo hay que verte. Una niña bien, que ha tenido un mal día y ha sido secuestrada. ¿Cómo se te llevaron? ¿Estabas en el salón de belleza, y llegaron esos guardias?
—Había ido a ver a mi madre. Vive en un barrio algo problemático. Le he pedido que lo deje y se vaya conmigo, pero es su casa de toda la vida, y no quiere irse. Se me hizo tarde. Se me echaron encima con una lona y una furgoneta. Fue en segundos.
—Claro —confirmó Cristina—. Eso nos ha pasado a todas. Ese es su método.
—Y, si sabes tanto, ¿por qué te han atrapado?
—Porque no sé tanto, estúpida.

Sandra no respondió al insulto. Vio, entre los rostros, uno que realmente temblaba de miedo. Se acercó, y se colocó al lado.

—Está bien, dejemos eso ahora. ¿Y qué tenemos aquí?

Sandra se aproximó a la más joven. Estaba sentada en la cama. Temblaba, e intentaba disimular que no lloraba. Alzó levemente los ojos al ver llega a Sandra. Esta se puso de cuclillas, le tomó la mano, y sonrió. La joven la miró a su vez. Sandra le preguntó:
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
—Ana —contestó la joven.
—¿Y cuántos años tienes?
—Doce. —Cristina intervino:
—A algunos les gustan tiernas y esponjosas, y sin estrenar. Sandra volvió el rostro hacia Cristina, con una mirada fría:
—¿Quieres hacer el favor? Es solo una niña. —Cristina hizo un gesto con la mano, como ignorando el comentario, y el asunto. Sandra se volvió a la niña.
—Vas  a estar bien, Ana. No te va a pasar nada. —Yani intervino:
—¿Cómo puedes decirle eso a la niña? Eso no es verdad. Sabes que no puedes decirle eso a la niña. Cuanto antes lo asuma, mejor. —Sandra elevó la vista, y respondió:
—Se lo digo porque yo no quiero que le pase nada. Y no lo permitiré. Por eso.
—Lo que tú quieras no va a sacarnos de esto, ni va a evitar todo esto —aseguró Yani—. Van a destrozarle la vida, como a las demás.
—Estoy de acuerdo con Yani —confirmó Cristina—. A mí ya me violaron varias veces con menos años que ella. Es como una vacuna. Cuando te acostumbras, al final ya no te importa, ni te duele. Incluso puedes usarlo en tu beneficio.
—Eso es… monstruoso —afirmó Yani.
—Eso es la verdad, y mejor que lo asumas, o tendrás la tentación de pegarte un tiro a la menor oportunidad y acabar con toda esta basura. Es mejor ser práctica. Y sobrevivir.

Hubo un corto silencio. Luego intervino Sandra:

—Ya veremos. Desde luego, tu filosofía no es algo que yo personalmente vaya a aceptar. Ni tampoco la aceptas tú, solo que no lo sabes. Por ahora, no adelantemos acontecimientos. Pero esta niña es desde ahora mi protegida. —Cristina rió.
—¿Tu protegida? Reza para que sigáis vivas las dos mañana a estas horas. Si te enfrentas  a esos guardias por la niña, te violarán veinte veces y te darán de comer a los perros en pedazos. Hazlo a su manera, y acabarás igual, pero sin la parte de los perros. —Sandra contestó:
—Esa es tu forma de verlo. No la mía. ¿Os parece que dejemos todo esto y nos duchemos de una vez? Luego vamos a dormir, porque si seguimos hablando, y no hacemos lo que nos han dicho, podríamos tener problemas.

Todas asintieron en silencio. Incluso Cristina. Se ducharon, se pusieron unos camisones que tenían sobre las camas, y cayeron rendidas. No hubo más palabras hasta el amanecer. Todas durmieron. O eso les pareció a los guardias.


Segunda parte en este enlace.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

6 comentarios en “Trece almas (I)”

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