Fragmento de “Las entrañas de Nidavellir I: la nave”

Año 2153. Yvette es una brillante ingeniera de motores relativistas, que fue contratada por la Titan Deep Space Company para un proyecto ultrasecreto en la luna Titán de Saturno. Allí se le presentará un descubrimiento que contempla una tecnología asombrosa jamás vista.

Las cosas se complicarán cuando Yvette y Robert estén a punto de morir, y sean salvados por una gigantesca nave estelar que, sin duda, no procede de la Tierra. Un ser llamado Deblar conminará a Yvette a que hable en nombre de la humanidad a toda la galaxia, a miles y miles de mundos, en una conferencia basada en una conexión mental directa con todos los habitantes de la galaxia.

Deberá estar en una cámara oscura, completamente desnuda, ya que debe mostrarse al universo tal y como es, sin ropas ni elementos artificiales que serían incomprensibles para miles de especies. Esa experiencia la deja agotada, exhausta, y mentalmente destrozada. Más tarde, tras acabar la conferencia, llegará Robert, que la encuentra en la cama, completamente desorientada…

—Yvette, ¿estás bien? Me tenías preocupado.  —Ella no contestó. Robert añadió:

—Te escuché durante tu discurso. Fue impresionante. Está generando una enorme conmoción en toda la galaxia.

Yvette se levantó lentamente de la cama. Temblaba, y sus ojos se encontraban algo hinchados y húmedos. La pequeña bata se le había caído de los hombros. ¿O lo había tirado ella? Robert la observó, y preguntó:

—¿Qué haces desnuda todavía? —Yvette alzó las cejas con cara de sorpresa antes de contestar.

—¿Qué hago, dices? ¿Es que no te has enterado? Es la nueva moda en la galaxia. Al parecer, ir desnudo por el universo es un signo de evolución y propio de especies superiores. ¿Te das cuenta? No más tiendas de moda, no más elegir qué ponerse para vestir… Hay que evolucionar, Robert. Tenemos que ser más avanzados. —Yvette casi perdió el equilibrio, y se sentó en la cama.

—¿Has estado bebiendo ese vino de Deblar? —preguntó Robert, mientras podía ver un par de botellas de aquel vino francés en una pequeña mesa cercana. Una de las botellas estaba vacía, la otra aún contenía un cuarto. Robert se dio cuenta de que Yvette tenía una copa en la mano derecha. La habría levantado del suelo al salir de la cama. Ella finalmente miró la copa y dijo:

—¿Yo? Yo no bebo, Robert. Solo… Un trago… Es bueno este vino. Qué bien entra…

—Sí, demasiado bien —contestó él, acercándose e intentando sacarle la copa. Ella apartó la mano.

—Vamos Yvette, ponte algo de ropa, y cálmate. Tienes que ser fuerte. —Yvette rompió la copa contra el suelo. Los cristales estallaron, pero desaparecieron al instante.

—¡Al infierno! —gritó ella—. ¡Todos me decís lo mismo! Deblar, y tú… Que me calme, que sea fuerte, que resista, que soy la voz de la galaxia… ¡Estoy harta! ¡Harta! —Robert se acercó a ella y la miró con fuerza, pero también con una mirada comprensiva.

—No hagas caso a ese loco de Deblar. Te está utilizando, y a mí también. Pero tenemos que seguirle el juego, al menos, de momento, mientras buscamos una salida a esta situación absurda.

—¿Sabes que he averiguado más cosas de esa nave enterrada en Titán?

—¿Qué has averiguado? —Yvette alzó las manos, como en una plegaria.

—He averiguado que es la nave en la que viaja el mismo Dios. O mejor todavía: es la nave de Dios.

—Yvette, estás desvariando de nuevo. Céntrate, por favor. De acuerdo, has averiguado más detalles sobre esa nave, eso es genial. Pero Dios no tiene nada que ver con su desarrollo. Es producto de la tecnología, nada más.

—Puedo estar borracha. Pero mi investigación está en ese cristal, almacenada. Mis datos están verificados, y son concluyentes.

— ¿Qué tontería es esa? Estás desvariando, Yvette.

—¿Ah, sí? Mira Robert, te diré lo que es esa nave.  Esa nave de Titán es capaz de hacer algo que Dios solo fue capaz de hacer una vez. Es una fuente de poder tan grande, tan magnífica, que contiene todo el conocimiento y la sabiduría de Dios en su interior. Es la nave que usó Dios para crear el universo… Es, en esencia, el carro de Dios… —Yvette trastabilló, y Robert se acercó rápidamente y la sujetó por las axilas. Ella le miró, y sonrió.

—Vamos, Robert… Seguro que disfrutaste viéndome desnuda ahí, en esa proyección de esa maldita sala, mientras daba ese maldito discurso desnuda, con miles de millones de ojos observándome detenidamente… —Ella acercó su rostro al de Robert y añadió:

—¿No te apetece hacerlo ahora, Robert? Estoy aquí, aburrida, y un poco de diversión me vendría bien. Además, sé que me miras disimuladamente cuando crees que no te veo. Vamos, no seas tímido… ¿No somos, en cierto modo, Adán y Eva? ¿Vamos a poblar la galaxia, tú y yo? Podemos empezar ahora… —Yvette intentó besar a Robert, pero este le puso la mano en la boca.

—Yvette, basta ya. Tengo por costumbre no conquistar a mujeres que hayan sido conquistadas previamente por el alcohol. Venga, vas a dormir la borrachera, y en unas horas, una ducha fría, y estarás como nueva.

Robert tomó en brazos a Yvette, y la echó en la cama. Ella se quedó quieta, con los ojos entrecerrados. Luego dio una orden de transformación a la sala, y convirtió la reproducción del antiguo castillo en una habitación moderna del siglo XXII. Abrió uno de los armarios, y sacó algo de ropa y unas zapatillas que dejó debajo de la cama.

Poco a poco la vistió con un pijama, abrió la cama, y la metió dentro de las sábanas lentamente. Ella se puso de lado, y se quedó dormida al momento. Robert la miró unos instantes con seriedad, y murmuró:

—No voy a permitir que te hagan esto, Yvette. No lo voy a permitir.

Luego apagó la luz, y salió de la habitación. Las cosas, sin duda, estaban siendo duras para él. Pero él estaba preparado para algo así. Yvette no. Ella no estaba preparada, y aquel no era su lugar…

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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