Noche eterna

Aquella mañana de otoño me desperté, como cada día, antes de que amaneciera. Después de una ducha rápida, le dije adiós a la almohada, y al hueco que mi exmujer había dejado en mi vida y mi alma. Qué importa el amor, cuando la soledad puede destrozar la vida de un ser humano con más facilidad, y a un coste menor.

Salí a la calle, mientras un molesto viento soplaba del norte. Miré al cielo, todavía nocturno, que estaba tachonado de estrellas. De hecho, se veían con asombrosa claridad. Era evidente que el viento se había llevado toda esa capa grumosa de humo y contaminación, dejando una ventana para contemplar un cielo aparentemente perfecto.

Subí a mi viejo Volkswagen, que tras varias patadas y juramentos consiguió arrancar, y me proyecté casi a la velocidad de la luz a una autopista que empezaba a cargarse, en aquel maldito lunes, para ir a aquella maldita oficina.

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