Noche eterna

Aquella mañana de otoño me desperté, como cada día, antes de que amaneciera. Después de una ducha rápida, le dije adiós a la almohada, y al hueco que mi exmujer había dejado en mi vida y mi alma. Qué importa el amor, cuando la soledad puede destrozar la vida de un ser humano con más facilidad, y a un coste menor.

Salí a la calle, mientras un molesto viento soplaba del norte. Miré al cielo, todavía nocturno, que estaba tachonado de estrellas. De hecho, se veían con asombrosa claridad. Era evidente que el viento se había llevado toda esa capa grumosa de humo y contaminación, dejando una ventana para contemplar un cielo aparentemente perfecto.

Subí a mi viejo Volkswagen, que tras varias patadas y juramentos consiguió arrancar, y me proyecté casi a la velocidad de la luz a una autopista que empezaba a cargarse, en aquel maldito lunes, para ir a aquella maldita oficina.

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Ad Astra y la triple soledad del ser humano

Nota: hay algunos spoilers.

Por fin he podido ver la película «Ad Astra«, con Brad Pitt como papel principal en una extraña misión para buscar a su padre. Como ocurre con este tipo de películas, con un alto contenido de búsqueda interior de respuestas a preguntas que ni siquiera podemos llegar a plantearnos abiertamente, las críticas se han dividido en dos: o es muy buena, o es muy mala.

Vamos a ver. Si lo que se quiere es una nueva película de la Marvel o de Star Wars es evidente que va a defraudar. «Ad Astra» es pura ciencia ficción, y busca plantear cuestiones filosóficas profundas y de diverso calado. Que lo consiga o no, eso dependerá de cada uno y de los gustos personales. Pero es evidente que la película quiere transmitir un mensaje, y ese mensaje tiene un medio: ciencia ficción profunda y meditada.

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