Literatura: hablemos de los buenos y los malos

La literatura ha evolucionado mucho a lo largo de los siglos, y lo ha hecho conjuntamente con la evolución de las sociedades. Así pues, en la Edad Media teníamos al clásico héroe, que era guapo y fuerte e iba en caballo, y salvaba a la desvalida princesa que siempre estaba raptada por un dragón, o por el malo de turno, que invariablemente también era un hombre.

Recordemos que, cuando Cervantes escribió el Quijote, lo hizo en un contexto. Ese contexto era la inmensa cantidad de libros de caballería que se publicaban en aquellos años, y que inflexiblemente mostraban a héroes absurdos y ridículos en mil gestas heroicas. Cervantes escribió “El Quijote” precisamente para burlarse de esos libros de caballería, y escribir la que probablemente sea la parodia más famosa del mundo, la del ingenioso hidalgo y caballero Don Quijote de la Mancha.

También la literatura griega estaba llena de grandes héroes y dioses, personajes adecuados a su estilo, pero alejados de la realidad cotidiana de las vidas de los lectores mortales. Precisamente eso es lo que atraía a tantos a leer obras como la Odisea de Homero. De todo eso quiero hablar hoy aquí.

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La Odisea encarna sin duda al héroe por excelencia: Odiseo o Ulises

Ahora afortunadamente las cosas son más variadas, al menos en general. Hemos ido dejando los arquetipos, y ahora la buena y salvadora puede ser una mujer, aunque también puede ser muy mala, incluso una psicópata. Con los hombres pasa lo mismo. En general, podemos esperar que sea ella el que le salve a él de manos de un robot tirano, o del tirano de turno. Pero salvan al mundo de una forma cotidiana. A veces incluso vulgar. Sin grandes gestas. Sin grandes discursos. Sin grandes efectos. Los héroes siguen siendo necesarios. Pero los hombres y mujeres cotidianos en literatura son necesarios para sentir que nosotros, pobres mortales, también podemos tener una oportunidad de escapar del tedio de la vida, alguna vez.

También tenemos los personajes gays y lesbianas, que han sido censurados y apartados de la literatura en demasiadas ocasiones, aunque afortunadamente ha habido excepciones. Hoy en día es muy normal que un personaje pueda ser de lo que se conoce como LGBT, o LGBTQ, o cualquier variante que usted quiera poner; al final lo importante no es tanto el nombre, como el reconocimiento y el respeto a toda persona, independientemente de su condición.

Eso sí, yo le rogaría, si me lo permite, que no ponga usted a un personaje LGBTQ porque sí, porque es la moda, porque quiere quedar bien con la comunidad LGBTQ, porque quiere parecer una persona progresista. Ponga usted un personaje LGBTQ porque cuadra con la novela que está escribiendo, porque forma parte del paisaje de personajes que está creando, y porque tiene un papel relevante en la historia. Por ejemplo, en el Libro XII de la saga Aesir-Vanir he puesto a un par de mujeres lesbianas, porque gracias a su condición puedo desarrollar un argumento que parte de su condición sexual. Están ahí por un motivo, y ese motivo no es quedar bien con nadie, sino formar parte del argumento. No se deje llevar por imposiciones sociales. Escriba usted lo que crea conveniente. Sea atemporal, y sus obras serán atemporales.

Y esto nos lleva a los buenos y los malos. En primer lugar, que sea mujer, hombre, LGBTQ, androide, robot, un E.T., o un dinosaurio es lo de menos. Lo importante de un personaje bueno o malo es que se defina por al menos algunos de estos parámetros:

No demasiado bueno, no demasiado malo.

Tenga mucho cuidado con los buenos y los malos. Procure que no sean demasiado buenos, o demasiado malos. Demasiadas veces queremos que nuestros personajes buenos y malos lo sean tanto que llegamos al ridículo. Frases grandilocuentes, situaciones imposibles, gestas sacadas de un escenario griego, hazañas muy exageradas, y, en general, el bueno lo puede todo, y ni un millón de disparos, misiles, o lo que sea le detienen. Además es una belleza, habla siempre como si recitara, y todo el mundo se inclina ante el personaje.

¿Cómo suelo yo solucionar personajes muy elaborados, que disparan frases que parecen discursos recargados? Tengo un ejemplo, el de Yvette en el Libro XII. En un momento dado, aparece ella como una fuente de luz, y suelta unas frases magníficas y llenas de retorcidas metáforas sobre el bien y el mal, y sobre la tarea del personaje principal como salvadora del mundo. Una serie de frases que empalagan más que un pastel con veinte kilos de azúcar. Entonces el otro personaje, que la está escuchando, le pregunta:

“¿Esas frases tan magníficas, las tienes ya escritas, o las vas improvisando?”

¿Qué conseguimos con esto? Conseguimos rebajar el nivel de azúcar. No se trata de que un personaje no hable de forma rimbombante y sonora. Pero, si lo hace, debemos intentar colocar un contrapeso, para que el lector entienda que nosotros mismos estamos jugando con el lenguaje grandilocuente. De este modo, la frase grandilocuente sigue ahí, pero ha quedado tamizada y alisada por la pregunta del otro personaje.

En general, no vamos a querer personajes demasiado buenos o malos. Porque el mundo real no es así. Otra cosa es un cuento, o simplemente, querer que sea así, pero tengamos cuidado con ese lenguaje demasiado culto y sonoro, o acabaremos convirtiendo nuestro texto en un texto que nos va a provocar una subida de azúcar literario incontenible.

Con “los malos” pasa lo mismo. Frases demasiado “malas” llevan a la risa. Por ejemplo, “Haré sufrir a Rigoberta hasta que se arrodille ante mí y pida clemencia, arrastrándose a mis pies”. Estas cosas no las dice la gente normalmente, incluso si son muy “malos”.

Quedaría mejor por ejemplo “haré que Rigoberta se arrepienta y se acuerde de mí muchos años”. Hemos dicho lo mismo, pero lo segundo sería algo que cualquier “malo” podría decir. Estamos sonando a telenovela, con todos mis respetos a las telenovelas, pero precisamente en ellas encontramos personajes exagerados. Los buenos son demasiado buenos, y los malos, demasiado malos.

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Los superhéroes actuales ocupan el lugar de los Caballeros Medievales y los libros de gesta en la actualidad

No quieren hacer el bien o el mal; es su condición.

Este detalle creo es importante. Los héroes griegos y medievales, y los actuales superhéroes, quieren hacer el bien. Eso es irreal. La gente no quiere hacer el bien, o no quiere hacer el mal, la gente simplemente actúa según sus intereses, que se decantan hacia el bien o hacia el mal. Cuando creamos un personaje, tenemos que definir unos objetivos que tiene que llevar a cabo, y deben ser esos objetivos, y cómo trata de alcanzarlos, los que definen al personaje. Si un personaje le deja a otro dinero para que pueda pagar una operación médica, automáticamente estaremos pensando en que ese personaje es “bueno”, sin necesidad de que vaya por ahí pregonándolo.

Si no le deja el dinero para la operación, y sabemos que ese personaje podría dejárselo, pero no lo hace por cualquier motivo, entonces empezaremos a definirlo como “malo”. Si además sabemos que no le deja el dinero porque le interesa que el personaje enfermo sufra o muera, entonces ya será todavía más “malo”. Así pues, son los hechos, y las circunstancias, las que están dando forma al personaje. No dice “Ja ja, no te dejaré el dinero María Luisa, y morirás envuelta en dolores.  Cómo disfrutaré viéndote agonizar”. Eso, de nuevo, suena a telenovela. La acción de no dejarle el dinero ya habla por sí misma, sin tener que teatralizarlo.

Personalidad magnética y atractiva.

Nuestros personajes buenos y malos, protagonistas o coprotagonistas muchas veces, tienen que ser literariamente atractivos. Crear un personaje “bueno” es difícil. Crear un buen personaje “malo” es aún más difícil. En este último caso, cuando se consigue, la obra tiene muchas posibilidades de gustar, incluso más que si el personaje bueno es atractivo. ¿Por qué? Porque nos gustan los malos. Al lector le encanta un buen personaje malo, aunque lo odie.

Nos gusta ver a ese Padrino acariciando al gato, a ese Lord Vader aterrorizando a los pobres rebeldes, o a ese psicópata persiguiendo un trozo de carne humana en “El silencio de los corderos”. En esta última película, nos encariñamos con la agente del FBI novata, Clarice Starling, interpretada por una magnífica Jodie Foster. Pero nos atrae muchísimo más Hannibal Lecter, magistralmente interpretado por Anthony Hopkins, porque representa ese lado oscuro y siniestro que todos tenemos en nuestro interior. No podemos evitarlo. El bien es atractivo. El mal es mucho, mucho más atractivo.

Un ejemplo literario que me viene ahora mismo a la cabeza es el personaje de “El mulo” de la trilogía de “La Fundación” de Isaac Asimov. Pocos personajes más siniestros y perversos, que te acaba gustando cuando descubres su origen y su naturaleza. “Es malo porque el mundo le trató mal”. Sí claro, pero se ha llevado media galaxia por delante amigo.

De eso se trata. Puedes intimar con un personaje malo, pasarte a su bando, en un síndrome de Estocolmo literario, donde acabas pasándote al lado oscuro, y quien queremos que pierda es “el bueno”. ¿No le ha pasado a usted? Es una sensación deliciosa. Quizás por eso yo tenga algo de psicópata según me dicen, es cierto. Pero son nuestras psicopatías las que nos permiten vivir, crear novelas, y sobre todo, disfrutar con “los malos” de las novelas y las películas.

En cuanto a los personajes “buenos”, debemos sentir que son buenos, pero realistas. Incluso si van a salvar el mundo, deben hacerlo sin que se note demasiado. Esto de llegar y destruir a los malos sin pestañear, y luego recibir un sonoro aplauso mientras le dan un ramo de flores no es realista. Los buenos salvan el mundo y, en muchas ocasiones, ni siquiera el mundo lo sabe. Han evitado una catástrofe, y vuelven a casa para ir a trabajar al día siguiente a la fábrica, mientras el jefe les recrimina haber llegado cinco minutos tarde. Eso suena más realista. Y provoca que el lector empatice más con el “bueno”.

Conclusión: ni son héroes, ni son villanos.

Creo que esta sería una buena definición. Ni son héroes, ni villanos. Son personas, son individuos que se ven arrastrados por las circunstancias de la vida a llevar a cabo acciones que los definen, y que van dando forma a su personalidad. Nos identificamos con ellos porque son gente corriente, personas como nosotros, que viven circunstancias especiales, y que reaccionan de forma natural ante esas circunstancias.

Y son esas reacciones las que provocan que otros personajes secundarios se sientan ligados a sus personalidades, y nosotros como lectores queramos acompañarles a lo largo de todas las hojas y capítulos del libro. Al final, somos una proyección de sus acciones, y nos sentimos dentro del personaje. Es entonces cuando hemos culminado nuestra obra literaria, fundiendo personaje y lector. Y esa es la magia más grande de la literatura.

Si no, siempre podemos volver a los textos de caballeros, y comenzar a realizar proclamas de héroes, dioses, y demonios. Pero la era de los dioses y los demonios ha acabado. Al menos, de momento. Si quiere héroes o demonios, vaya a ver la última de la Marvel. Son los residuos de esos héroes y demonios del pasado.

Esta es la era del ser humano. Seamos humanos. Como nuestros personajes. Y conquistaremos los corazones de los lectores. O, al menos, lo habremos intentado.


 

 

 

 

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