Extracto de “La luz de Asynjur”

Años antes de los sucesos de “La insurrección de los Einherjar”,  Skadi es una joven princesa de nueve años, que ha sufrido un accidente, el cual ha provocado la rotura de su brazo. Mientras convalece para recuperarse, su madre, la reina Eyra, le cuenta una historia, de cuando ella apenas empezaba a caminar. Una historia que puso en peligro la vida de ambas, e incluso el futuro de su pueblo…

Este libro tenía como destino ser publicado por una editorial para ser parte de una obra benéfica en una ONG de ayuda a niños enfermos. La editorial terminó rechazando la publicación de la obra, y entonces procedí a publicarla de forma gratuita en la red. Puede descargarse de Entreescritores, web donde actualmente es número uno en las categorías de relatos y fantasía. Solo es necesario el registro gratuito.

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Eyra llegó hasta la torre, y encontró a su hija mirando hacia el monte Aoraki. Su semblante era serio, pero pacífico. La reina se sentó junto a ella, y comentó.

—El Monte Sagrado es cada día más hermoso, y más puro.

—Mirarlo me da paz —observó Skadi.

—Claro, porque es un lugar de paz, descanso, y meditación. Por eso el templo está allá, y por eso podemos venerar a los dioses en armonía con la montaña, y con el cielo que la envuelve en un manto azul. —Skadi se volvió lentamente a su madre, y le dijo:

—Madre, lo que me contaste ayer es… Fue terrible.

—En cierto modo sí, fue terrible. Pero todo aquello fue también el inicio de tu cura.

—¿Vas a contarme el resto? Necesito saberlo, madre —rogó Skadi.

—Para eso he venido. Nos quedamos en que vi la esperanza hecha realidad.

—¿Cómo es eso posible?

—La esperanza puede ser cualquier cosa. Puede ser un sueño, puede ser un camino, y puede ser una persona. Pero siempre es una guía. Es el mástil donde apoyarnos cuando hay una tormenta, y la fuerza para no desfallecer cuando lo lógico sería desfallecer. Es la voz interior que nos anima a seguir luchando cuando todo está perdido. Pero, en mi caso, la esperanza tenía la mirada azul de una joven mujer, de algo más de veinte años.

—¿Una joven? —se sorprendió Skadi.

—Así es —respondió Eyra sonriente—. Sus ojos eran azules como el cielo, y su mirada dulce y llena de amor y de paz. Iba vestida de blanco, con unas sandalias de cintas atadas a sus tobillos.

—Madre, era Atenea, ¿verdad? —Eyra ignoró la pregunta, y siguió hablando.

—Ella me sonrió, y me hizo un gesto para que me acercara. Tomó mi cesta con todas las cosas mientras yo te llevaba a ti, y me indicó que la siguiera. Anduvimos unos minutos, hasta llegar a un pequeño descampado.

—¿Y qué había allí, madre?

—¿Has desayunado? ¿Te ha visto el médico esta mañana?

—¡Madre! ¡Deja eso ahora! ¡Cuéntame! ¿Qué había?

—Obedece y responde. –Skadi resopló, pero era evidente que cuando su madre le preguntaba algo, la respuesta tenía que ser directa e inmediata.

—El pesado del físico me revisó el brazo a primera hora. Hizo unos gestos con la cara, unos ruidos con la boca, y pronunció unas palabras raras. Luego me dijo que hiciera reposo absoluto. Fui a la cocina, desayuné algo, y vine para aquí.

—Ya veo —comentó Eyra entrecerrando los ojos—. Así que reposo absoluto. ¿Eh?

—Madre, ya he contestado. ¿Puedes continuar? ¿Qué había en ese descampado?

—Había algo increíble, no lo vas a creer: un carro volador sin caballos. —Skadi rió.

—Ahora sí que me estás tomando el pelo otra vez, madre.

—En absoluto, Skadi. Me acerqué contigo a aquel carro acompañada de esa dama, y, de pronto, se abrió un portón. Ella, la joven de la mirada azul, sonrió, y me señaló con la mano que pasara, y me sentara contigo.

—¿Era Atenea, madre? ¿Era Atenea? —Eyra de nuevo ignoró la pregunta, y continuó:

—Cuando me senté, ella lo hizo en un extraño lugar lleno de luces. Entonces, las ventanas se abrieron, y, de pronto, vi el mundo hacerse pequeño, y más pequeño, y más pequeño…

—¿Cómo es eso posible?

—Ella me lo dijo. Estábamos volando. Aquel carro volador tenía un nombre, ella lo llamaba aerodeslizador. En unos minutos, estábamos en la isla de Rakiura. En uno de los promontorios cercanos a la playa se abrió un portón gigantesco oculto. Entramos con aquel aerodeslizador dentro, y se posó como un pájaro en una sala enorme.

—Madre, no te burles de mí. Estabas soñando.

—Te aseguro que es cierto, Skadi. Pero no te lo he contado todo. Ella me pidió que te tomara en brazos, y que la acompañara. Fuimos caminando por un largo pasillo, hasta una sala muy grande, como la sala de audiencias de tu padre. Ella, la joven de los ojos azules, me dijo:

—Eyra, hija de Elynar, reina del Reino del Sur. He venido porque sé del peligro que corres, y de las amenazas que se ciernen sobre ti y tu hija. —Yo contesté:

—Las amenazas que yo sufra no importan. Las que se vierten sobre mi hija, esas deben ser eliminadas. ¿Podéis ayudarme, señora? —le rogué a esa joven dama.

—Madre, ¿puedes contestar ya de una vez? ¿Era Atenea? —La reina sonrió, y contestó.

—Sí, Skadi. Era nuestra señora, Atenea. La protectora de nuestro reino. —Skadi abrió sus brillantes ojos completamente, y se llevó la mano del brazo sano a la boca en un gesto de asombro absoluto.

—¿Y cómo te sentías al estar con ella? ¿Era como en el rito de la Iniciación? —Eyra dudó unos instantes antes de responder:

—Fue raro… Ella me dijo que no la viera como una diosa. Que era una amiga. Que no quería reverencias, porque no las merecía. Que, en realidad, su vida tenía un límite, como todo lo demás en el mundo, y que su ayuda al Reino del Sur era algo que ella nos debía. Yo le dije que eso es exactamente lo que diría una verdadera diosa. Ella sonrió, y se acercó a ti.

—¿A mí? —Preguntó Skadi asombrada.

—Claro, cariño. Te tomó en sus brazos, sonrió, y tú le sonreíste. Enseguida te estabas riendo con ella, y ella contigo. Entonces te quitó la ropita, y te colocó en una pequeña cama alta y larga, con tres luces en la parte superior. Esas luces no eran antorchas, ni desprendían calor.

—¿Cómo es eso posible?

—No lo sé, Skadi. Pero recuerda que todo es posible con los dioses. Luego ella te tocó suavemente, primero la cabeza, el cuello, los brazos, el torso, y finalmente las piernas y los pies. Su rostro era serio. Pero también determinado.

—¿Y qué pasó?

—Sacó un extraño objeto del cinto, y lo acercó. Tenía como una esfera de cristal, y dentro unas figuras que se movían. Ella asintió levemente, y se giró hacia mí. Me miró, y me dijo:

—Tu hija es hermosa, y es maravillosa. Pero ha nacido con una anomalía.

—¿Una maldición? —Pregunté preocupada. La divina Atenea contestó con una dulce voz:

—No, en absoluto. Nada de maldiciones. Nada de demonios, ni de monstruos en una niña tan pura y hermosa. Pero de eso hablaremos luego. Lo que tiene tu hija es una enfermedad…


 

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Autor: Fenrir

Escritor aficionado, me gusta la aviación, el cine, la cerveza, y una buena charla sobre cualquier cosa que ataña al ser humano.

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