Yvette y Robert, el viaje de vuelta (fragmento)

“Las entrañas de Nidavellir” es un libro en dos partes que forma el punto central del desarrollo del personaje de Sandra, la cual se verá envuelta en un conflicto que la llevará a un extremo nunca antes vivido. Sandra y Helen son las dos protagonistas de la saga, y solo se encuentran una vez a lo largo de los quince libros, y solo durante unas horas, precisamente en este libro.

En esta escena, dos de los personajes clave del libro, Yvette y Robert, van a volver de Titán, la luna de Saturno, tras haber rechazado colaborar en una investigación que se les ha propuesto.

Cada uno de ellos tiene sus motivaciones, y cada uno de ellos solo espera volver lo antes posible a la Tierra. Robert es un prestigioso exobiólogo, mientras Yvette es una joven ingeniera experta en motores relativistas, que ha publicado un libro sobre la materia que está revolucionando el futuro de los viajes espaciales…

—Hola, Robert —saludó Yvette—. ¿No vas a irte en la nave de transporte de la Titán Deep Space Company? No te he visto en la lista de pasaje, pero sí veo que te vas.

—Vuelvo a la Tierra, efectivamente —contestó él sonriente—. Pero tengo mi propia nave de transporte personal. —Yvette se sorprendió claramente.

—¿Una nave preparada para el espacio profundo personal? Eso es muy difícil de creer.

—Créelo o no —contestó Robert—. Pero efectivamente dispongo de una nave. Es lo que tiene venir de una familia con una fortuna.

—Ah, sí, los Bossard, los magnates de la tecnología aeroespacial —recordó Yvette—. Tu padre fue un hombre muy poderoso. Y tú no seguiste su senda. Pero no hay casi información de ti en la Enciclopedia Global.

—¿Me has estado buscando en la Enciclopedia Global? Ahí sólo hay cuatro datos reales de mí. Y el resto es basura. Amarillismo en estado puro.

—Es cierto. Pero si lo de tu padre es interesante, lo de tu abuela, Alice, eso ya es alucinante… —Robert frunció el ceño.

—Mi abuela estaba loca. Fue una peligrosa ciberterrorista en su tiempo. Hasta que de pronto, desapareció sin dejar rastro. Algunos dicen que murió. Otros, que se escondió. La verdad, no la sabe nadie. Pero volviendo al mundo de los vivos, ¿por qué lo de buscarme en la lista del pasaje?

—He supuesto que un personaje como tú tendría una sala aparte en la nave o algo así… —Robert la miró con cara incrédula. Ella añadió:

—Está bien, está bien, lo confieso: sentía curiosidad.

—Pues ya ves que no. Además, no me gusta viajar en primera clase, ni me gusta que me adulen, ni que me intenten hacer creer que les preocupo en lo más mínimo. ¡Y me voy, que tengo prisa!

—¡Espera, espera! —rogó Yvette.

—¿Qué pasa ahora? ¿Vas a hacerme alguna entrevista, o algo así?

—No, Señor Importante. Me preguntaba…

—¿Sí?

—Si podría viajar contigo en tu fantástica nave a la Tierra. —Robert alzó las cejas. No esperaba esa pregunta.

—¿Conmigo? ¿Por qué? —Ella a su vez alzó levemente los hombros y ladeó la cabeza.

—No sé. No me gusta el ambiente, no me siento cómoda. Y siento que todo esto es muy raro. Aquí han pasado cosas increíbles.

—De eso puedes estar segura. Este es el evento más importante de la historia de la civilización humana desde que un monolito se presentó delante de unos simpáticos monos para convertirlos en los seres más estúpidos del universo.

—¿Puedo ir contigo? Por favor… No molestaré.

—Bueno, podremos divertirnos un poco. Tengo una cama mullida especial para gravedad cero. Es muy cómoda.

—Lo siento, pero… Estoy comprometida.

—¿Comprometida? ¿Entonces, qué saco yo con esto de llevarte? Si no voy a pasar un buen rato contigo en la cama, no me interesa. —Yvette se mostró claramente contrariada.

—Entonces, vete, y espero que lleves a algún androide de compañía sexual, y ojalá se te atasque… eso,  dentro de la máquina. —Robert rió.

—Llevo dos, por si falla una. O para divertirme con las dos, en ocasiones. Pero no lo decía en serio. Puedes venir, siempre que no molestes demasiado.

—¿De verdad? —preguntó Yvette con su mejor sonrisa.

—Sí, pero no me des mucho la paliza. ¿De acuerdo?

—Estaré callada. Incluso cuando estés con tus androides sexuales.

—En realidad no llevo androides de compañía tampoco. No me gustan, son muy frías, a pesar de que parezcan reales. Vamos, antes de que me arrepienta. Es un mal momento para un viaje directo a la Tierra. Saturno y la Tierra están precisamente ahora alejándose. Pasaremos cerca de Marte, allá podremos detenernos, cargar combustible, y dar una vuelta por el planeta.

—¡Perfecto! Siempre he querido visitar Marte —exclamó Yvette sonriente.

—Claro. La moda marciana, más influyente que la francesa, incluso que la de París. Seguro que encuentras algún modelito para presumir delante de tus amigas en la Tierra —comentó Robert. Yvette no pareció muy satisfecha con la observación.

Ambos pasaron por el pasillo de abordaje a la nave de Robert. Era pequeña, pero no tanto como Yvette se hubiese imaginado. Tenía treinta y tres metros de longitud, y tres cubiertas. Yvette notó algo raro.

—Soy ingeniera, Robert.

—Lo sé.

—Esta nave no es normal. No es una nave de transporte personal estándar. Incluso aunque sea algo parecido a un yate espacial, su diseño es…

—¿Es qué?

—Inusual. No me encaja.

—¿Ah, no? ¿Y por qué dices eso?

—Porque me he criado entre naves y motores.  He escrito un libro sobre el tema que está causando buena impresión entre mis colegas. Tengo algunos conocimientos sobre naves espaciales, y este diseño no es lo que parece.

—Vaya, tú sí que eres Doña Importante. —Yvette ignoró el comentario, y prosiguió:

—Conozco bien los diseños de cada nave que he visto. Y esto es totalmente distinto. Y nuevo.

—Vaya, así que también eres escritora —comentó Robert con voz socarrona mientras llegaban a la cubierta principal, en la zona de proa de la nave. Dos asientos les esperaban delante de las consolas de control—. ¿Y cómo se llama tu gran libro?

—Tiene un título muy vulgar, pero efectista: “Principios y arquitectura de motores relativistas”. Y se ha impreso en papel.

—¿En papel? ¡Qué vintage!

—Algún día la humanidad se va a encontrar sin tecnología, y solo sobrevivirán los libros en papel. Yo de ti iría imprimiendo aquello que te interese tener a mano.

—¿Eso es un augurio? ¿Eres adivina también? —preguntó Robert divertido.

—No. Me temo que, si seguimos así, tarde o temprano será una realidad.

—¿Y cómo sabes tanto de motores, y de estas cosas?

—Aprendí mucho en la universidad. Pero fue mi padre quien me enseñó el secreto de los motores de alta energía para navíos estelares. Puse en órbita mi primera carga útil personal a los doce años.

—Vaya, una niña prodigio —comentó Robert con una sonrisa pícara.

—No voy a negarlo. Pero no me gusta ese papel. Tú también lo fuiste. Y me parece que tú sí gustas de ello.

—Sí, pero es que yo soy mejor, y más inteligente. Además, soy un hombre, lo cual ya marca una clara diferencia.

—Eres muy gracioso.  ¿Vas a estar así todo el viaje?

—Peor incluso.

—Creo que voy a arrepentirme de haberme metido en esta lata —se quejó Yvette.

—Bueno, mira Yvette, ahora en serio: si vienes conmigo, no te voy a permitir que seas una carga o un equipaje más; vas a tener que trabajar y mover el culo un poco, esto no va a ser un paseo ni unas vacaciones. ¿Sabes pilotar esta nave?

—La disposición del equipamiento es peculiar. Pero conozco todos los instrumentos. Y no voy a ser una carga. De hecho, esperaba hacer algo durante el trayecto. Soy mujer, pero sé pensar.

—Una mujer que piensa, estoy perdido. Pero estoy de acuerdo: vas a dirigir la maniobra de despegue.

—¿Yo? —preguntó Yvette asombrada.

—Claro. ¿No eres la niña prodigio? Pues haz un prodigio, y sácanos de este agujero. Ahora yo soy el capitán, y tú, bueno, tú cualquier cosa por debajo de capitán. Grumete te queda bien.

—¿Quieres que te haga un masaje también? —preguntó con sorna Yvette.  Rápidamente, comenzó a manipular los instrumentos. Realizó la puesta en marcha de la nave con total perfección, y programó la computadora para un vuelo de alta velocidad con destino a la Tierra, que estaba colocándose en oposición a Saturno, por lo que el viaje iba a ser especialmente largo. Robert exclamó:

—¡Genial!—. ¿Cómo has podido trazar un plan de vuelo tan eficiente?

—Soy una niña prodigio. ¿Lo has olvidado? No me contrataron para venir aquí por mi cara bonita.

—¡Ya veo! ¡Al final voy a tener que contratarte! —Ella sonrió. La computadora trazó el plan de vuelo en el mapa tridimensional del sistema solar. La Tierra estaba lejos. Pero algo le decía a Yvette que alejarse de Titán era sin duda lo mejor. Y hacerlo en aquella nave, con Robert, lo más acertado. Pronto comprobaría si sus presentimientos eran realmente acertados…

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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