Pecado capital (I)

Nuevo relato de Sandra ambientado en el siglo XXIV, que formará parte del grupo de relatos para el libro XII de la saga Aesir-Vanir. Cada relato es independiente, pero conforman una historia mayor, que explica los hechos anteriores a las Crónicas de los Einherjar, en los libros de “La insurrección de los Einherjar”. Muchas gracias por su interés.

Era jueves, tras aquel fin de semana agitado, y Sandra salió con Jules del taller de carpintería, camino de Le Péristyle, la sala de jazz donde habían acudido la primera noche que Sandra había estado en Lyon.

Ambos comentaron brevemente los sucesos del sábado, con aquel viaje que Jules estaba solo empezando a asimilar. Pero Sandra le advirtió de que, en la medida de lo posible, y si no era algo importante, era mejor no hablar de aquello. Agentes de Deblar, sus sistemas de escucha, y otros medios podían estar presentes en cualquier lugar, y era mejor no darle nuevos argumentos a Deblar, ni al Alto Consejo, en relación a la Quinta Ley. Ella podía detectar los drones de Lyon, pero era posible que no pudiese detectar un sistema de seguimiento de Deblar.

Entonces, mientras caminaban, Jules cambió de tema.

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—Hay algo que te quería preguntar hace tiempo.
—¿Algo? Eres una máquina de preguntar. Menos mal que no soy humana. Me hubiese vuelto loca.
—Muy graciosa. ¿Qué pasó con el oro que nos dejaste cuando intentaste irte?
—Tus padres lo tienen guardado. Por si llegan peores tiempos, donde el dinero, que ya vale poco, no valga nada. En una sociedad que se dirige a una nueva Edad Media, es una medida inteligente.
—¿De dónde lo sacaste?
—De gente que lo sacó de otro lado.
—Claro, qué tonto soy. El caso es que pensaba usar algo de ese oro para comprar un telescopio mejor.
—Ya hablaré con tus padres. Puede tomarse una pequeña parte, y venderlo como joyas fundidas. No levantará sospechas.
—Sandra, ¿podría hacerte una pregunta personal?
—No soy una persona, Jules. Por lo tanto, no puedes hacerme preguntas personales.
—Siempre tienes una respuesta para todo.
—Con los siglos he aprendido a adaptarme a cualquier situación, por peligrosa o arriesgada que fuese. Especialmente, las de los jovencitos preguntones. Dime qué quieres saber.
—¿Tú… tienes relaciones…? Ya sabes.
—¿Te refieres a sexo? ¿Del tipo ruidoso, como una pareja que conozco, o del tipo silencioso?
—Ahora quieres que me avergüence. Pues lo estás consiguiendo. —Sandra rió, y contestó:
—Desde un punto de vista humano, por supuesto que no tengo relaciones sexuales. Pero, como sé qué es lo que quieres saber, te diré que fui diseñada principalmente para extraer datos, y ejecutar operaciones de infiltración sin levantar sospechas, o sin que el objetivo pueda denunciar el robo de esos datos, o cualquier otra acción no demasiado legal que tenga que llevar a cabo. Mi aspecto físico y configuración fueron los óptimos para llevar a cabo mi tarea, que es la obtención de información. Conozco, y estoy capacitada, en todo tipo de actividades sexuales.
—Entiendo —confirmó Jules—. Eres así para que todos los hombres se vuelvan al pasar, como ocurre a menudo.
—La mayoría de hombres, y algunas mujeres, así es. Esa fue la intención cuando me diseñaron. El sexo es un arma poderosa. Bien usado, puede evitar guerras. O provocarlas, como bien explica la historia y los mitos de la humanidad. Al fin y al cabo, fue el rapto de Helena por Paris el que provocó la guerra de Troya.
—Sí, he leído la Iliada.
—Muy bien. Un rostro delicado, y ciertas técnicas sexuales, son la puerta para conseguir mucha información, sin tener que dejar un rastro de destrucción detrás, y, mucho más importante, sin que se levanten sospechas. El marido que traiciona a su mujer preferirá muchas veces ocultar un robo de datos, si ello implica que se sepa que estuvo con una jovencita, que muchas veces podría ser su hija por edad. Muchos hombres nunca revelarán cualquier relación conmigo si compromete su estatus y a su familia, aunque les suponga un perjuicio importante. También he visto el camino contrario, por supuesto. Incluso el timbre de voz está diseñado para ser seductor.
—Pero todo eso es un poco denigrante, ¿no te parece? Quiero decir, usas tu cuerpo para…
—No, no, Jules, no. No es denigrante para mí. Estás de nuevo humanizándome. Estás viéndome como una joven solo algo mayor que tú. Y yo no soy una jovencita de cara dulce de algo más de veinte años. Soy una máquina muy sofisticada, diseñada con un fin muy específico: la obtención de información. No estoy denigrándome como mujer al utilizar mi cuerpo, porque no soy una mujer. Es probable que ellos sí se denigren al engañar a sus familias, o al intentar usarme para sus fines. Ese es un problema que no me compete a mí, sino a ellos. Y te puedo asegurar que mi programación incluye aspectos para conseguir mis fines que te parecerían muy desagradables. Pero quienes me diseñaron querían resultados por cualquier medio posible, no poesía.
—Pues para mí siempre serás Sandra, la mejor amiga que podía soñar con tener. —Sandra sonrió, y contestó:
—Jules, te diré un secreto: que tú no me veas como una máquina, ni tus padres, sabiendo que lo soy, es para mí un honor, y un gran motivo de alegría. Normalmente, la especie humana tiene la mala costumbre de querer convertirme en chatarra. No soy humana, pero eso no significa que no sienta cosas. De otra forma, probablemente. Pero te diré algo más: los sentimientos no son un reino exclusivo de la humanidad, como muchos creen. Otros seres sensibles, dentro y fuera de la Tierra, los tienen. Y una computadora cuántica avanzada es, en muchos aspectos, tan compleja como un cerebro humano.

Ambos caminaron en silencio durante unos instantes. Jules estaba intentando asimilar todo aquello que le decía Sandra. Luego la miró, y comentó:

—Tendrías que buscarte un novio. —Sandra se sorprendió. Miró con cara de extrañeza a Jules.
—¿Un novio? ¿Quieres que me case y tenga hijos? Va a ser complicado. Como no tenga una cafetera, poco más voy a poder dar a luz.
—¡Sandra! No estoy bromeando. Sería bueno para ocultarte más. ¿Una chica guapa y joven sin novio? No cuadra.
—¿Por qué? ¿Ya hay rumores?
—Sí. La gente empieza a decir que cómo es posible que una chica impresionante como tú no tenga pareja. Les encanta centrarse en estas cosas.
—¿Impresionante? Así que te parezco “impresionante”. Vaya, vaya, ¿lo sabe tu novia?
—Bueno, yo no lo digo, eso es lo que dicen…
—Ya veo; así que no te parezco impresionante, menuda decepción me acabas de dar.
—¡Sandra!
—Estoy bromeando, Jules.
—Ya me había dado cuenta.
—Todo esto es una vieja historia, y no me sorprende. Siempre me quieren casar con alguien. Una chica tan mona y tan dulce, cómo va a estar sola, qué escándalo. Tiene que casarse, y ser una buena madre y esposa. Ya sabes que, para ocultarme en el pasado, estuve casada tres veces. Funcionaba bien. Era la sumisa esposa de alguien, siempre atenta a los caprichos de algún hombre casi siempre poderoso, o con contactos con el poder.
—¿Por qué poderoso?
—Porque me permitía acceder más fácilmente a datos y hechos relevantes, que podrían ser de interés para mí. Pero claro, no podía tener hijos, ni ocultar mi situación demasiado tiempo. Y luego venía el huir. Y vuelta a empezar. Me prometí que tres maridos eran suficientes. Si alguien pregunta, diles que tenía un novio en Amiens. Quizás murió en el bombardeo de la Coalición del Sur, pero no está confirmado. Lo estoy buscando desesperadamente entre los refugiados, y no pierdo la esperanza de encontrarlo algún día. Mi infinito amor por él y mi llanto me inhiben de tener pareja. ¿Te gusta así? —Jules suspiró, y respondió:
—No está mal. Funcionará. Durante un tiempo. Pero ¿has tenido un amor real, alguna vez? Y no me vengas con la canción “soy solo una máquina” o “un androide”. —Sandra alzó los hombros levemente. Finalmente, contestó:
—Tuve a alguien que podría considerar un padre. Al principio, cuando empezó todo. No era mi padre real, claro. Pero yo siento que lo fue de algún modo. Desafortunadamente, lo perdí demasiado rápidamente.
—Lo siento. ¿Y un amor de pareja?
—Tú preguntas mucho, jovencito.
—No desvíes la conversación, y responde. —Sandra se mantuvo unos instantes con la mirada perdida, recordando a Robert, y toda aquella increíble historia que vivieron en Grecia junto a Yvette. Luego, volvió al presente, y contestó:
—Míralo, qué inquisidor. Pero te voy a contestar. Tuve eso que tú llamas un amor de pareja. No reconocí ese sentimiento hasta que fue demasiado tarde, y, cuando lo tuve claro, no lo quise entender. Le dejé. Y eso le destrozó.
—¿Y dónde está ese afortunado ahora? —Sandra sonrió ligeramente, y contestó:
—Ya no vive, fue hace mucho tiempo. Pero, después de dar muchas vueltas por la vida, se casó con una griega encantadora en Atenas, tuvo hijos, y fue finalmente feliz. Hasta el final. Como en los cuentos. Con eso me conformo.
—Siempre se te niega el amor, por lo que veo.
—El amor es muchas cosas. Como dijo el poeta, he vivido amores de un día que serán, para siempre, eternos.
—¿Lo ves? Tú misma eres capaz de decir que has amado. Y de recitar poesía. Yo tengo razón. He ganado.
—Lo he dicho para que te calles de una vez, y dejes de darme la paliza con ese tema.
—Claro, seguro que sí.
—Bueno, jovencito; se acabaron las preguntas por hoy.

Llegaron a Le Péristyle, el viejo local de jazz, y vieron a Michèle, que les saludó sin la clásica sonrisa, algo que preocupó a Jules. Este y ella se dieron un beso. Luego Michèle susurró algo a Jules al oído, tras lo cual, se acercó a Sandra. La tomó de la mano, y le dijo:

—¿Podemos hablar un momento, a solas? -Sandra asintió, y ambas se fueron a una mesa apartada. Fue Michèle quien habló primero.

—Sandra, quería hablar contigo. Necesito que me aclares una cosa.
—Vaya, hoy va de preguntas. Tú dirás —comentó Sandra sonriendo.
—Ha pasado algo aquí, en el club. Algo terrible.
—¿De qué se trata?
—Ahora te lo cuento. Pero hay otro tema que me preocupa mucho: desde que apareciste en mi vida, en nuestras vidas, han empezado a pasar cosas curiosas, e increíbles. Te dije una vez que eres una chica rara, especial. Pero, lo del sábado, eso ya me ha dejado, digamos… fuera de lugar. El tiempo entre el viernes por la tarde y el sábado por la noche no existe para mí. Es un vacío completo.
—Ya te dije que es amnesia.
—Amnesia es lo que vas a tener tú si no me lo cuentas. —Sandra rió.
—Eso ha estado bien.
—En serio, Sandra, no he conseguido que Jules me diga lo que pasó.
—Porque te ha dicho que fue un golpe. Y es lo que ocurrió. Pero tienes la cabeza muy dura.
—Ya —susurró Michèle poco convencida—. Veo que no me diréis la verdad. Seguiréis con vuestros “secretitos”.
—¿Qué piensas en realidad, Michèle?
—No sé… Tú siempre estás sola, no tienes pareja.
—Ya veo. Últimamente todo el mundo se preocupa por que tenga pareja. La tengo. Está desaparecida desde el bombardeo de Amiens.
—Oh, lo siento. Yo…
—Tú pensabas que yo podría tener algo con Jules.
—La idea se me pasó por la cabeza. Siempre juntos, se le ve tan entusiasmado contigo, no para de hablar de lo maravillosa que eres…
—Pues vete sacando esa idea de la cabeza. Jules, aparte de ser mi primo, es tu pareja. Y yo no me entrometeré jamás. Y, como te digo…
—Tienes a alguien querido perdido. Y yo sospechando. Es terrible…
—No te preocupes, Michèle —comentó Sandra sonriente—. Lo entiendo. ¿Cuándo empieza el concierto?
—Es lo que quería decirte antes. No hay concierto. Es una protesta de todos los músicos, que ha promovido mi padre, y todos apoyan.
—¿Y por qué? ¿Qué ocurre?
—Es Lorine, la pianista.
—Una chica encantadora. ¿Qué le ha pasado?
—Se la han llevado esta tarde, detenida. Los del Servicio Especial. Esos monstruos sin sentimientos. Supongo que los conoces. Son la rama civil de las Escuadras de Helheim.
—Entiendo, y sí, los conozco. Asesinos, violadores, torturadores, la peor calaña de Richard. ¿Y por qué se la han llevado? Aunque esos monstruos no necesitan excusas.
—Pues… La han acusado de ser…
—¿De ser qué? —Michèle miró con cara triste a Sandra. Finalmente, respondió:
—Lesbiana. Dicen que Lorine es lesbiana. Y ya sabes lo que ocurre con esa gente…
—Sí, Michèle, sí. Sé que está estrictamente prohibido. Y sé lo que les pasa a los acusados de homosexualidad. Pero ¿cómo ha sido?
—Al parecer, la estaban siguiendo con drones desde hace un tiempo. Descubrieron que tiene una amante. Se llama Jessica. Una chica que solía venir por aquí. Yo había hablado con ella varias veces. Siguieron a Lorine hasta la casa de su… amiga. Y.… tomaron fotos con los drones.
—Ya veo.
—Ahora usarán esas fotos para acusarla de lesbianismo. La llevarán a ella, y a su amiga, a un campo de trabajos forzados. Allí… no durarán mucho.
—Estas historias me enferman —aseguró Sandra.
—¿Tú qué crees, Sandra?
—¿Qué creo de qué?
—¿Crees que son aberraciones de la naturaleza, como dice el Gobierno del Norte?
—Michèle, la única aberración de la naturaleza es no amar. A quién se ame, no importa. ¿A ti te pareció alguna vez que Lorine fuese una aberración?
—Nunca. Ella era como una hermana mayor para mí. Me ayudó mucho hace años, cuando era más pequeña.
—¿Era como una hermana? ¿No lo sigue siendo?
—Ya no. No la volveremos a ver. Hace un tiempo se llevaron a un saxofonista por el mismo motivo. Alan, se llamaba. Nunca supimos nada más de él.

En ese momento apareció Mark, el guitarrista. No parecía de muy buen humor. Se dirigió a Sandra.
—Hola Sandra, ¿os molesto?
—Tú siempre molestas —comentó Michèle intentando sonreír.
—Gracias, Michèle, pero no estoy de humor.
—Yo tampoco, la verdad. Solo quería…
—No tienes que disculparte. Quizás un poco de humor nos ayude a pasar por esto. Sonreír incluso en las peores circunstancias. ¿No dicen eso?
—Supongo que sí —susurró Michèle. Mark miró a Sandra.
—Vaya, hacía tiempo que no se te veía por aquí. Solo unas visitas fugaces desde el día del concierto.
—Lo siento, Mark, he estado ocupada. Hay mucho trabajo en la carpintería, y termino muy cansada. Además, no estoy de humor tampoco.
—Entiendo. El bombardeo, tu familia desaparecida… —Michèle añadió:
—Y su pareja. También desapareció. —Mark miró fijamente a Sandra.
—Vaya, no sabía nada. Lo siento. Creo que me comporté como un idiota aquel día.
—Ni mucho menos —aseguró Sandra—. Fuiste muy amable, y divertido. Aparte de que no sabías nada, me hiciste pasar un buen rato, y lo pasamos bien. Es solo que…

Fue en ese instante cuando entraron cinco agentes del Servicio Especial. Era un cuerpo de la policía dedicado al control de civiles especialmente brutal en sus actuaciones, y tenían conexión con el servicio de las Escuadras de Helheim, unidades de combate extremadamente violentas. El Servicio Especial se dedicaba a aspectos como el control de las normas políticas, éticas, y morales. Eran los mismos que habían detenido a Lorine y a su pareja, Jessica. El que evidentemente lideraba el grupo se dirigió a Mark:

—¿Eres tú el responsable del grupo de jazz?
—No —negó Mark—. Es François.
—¿Y dónde está? —En ese momento apareció François, el padre de Michèle. Miró despectivamente al agente, y preguntó:
—Valéry Feraud. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Vaya, si el viejo sabe mi nombre.
—Todos conocemos tu nombre.

Jules le murmuró a Sandra que Valéry Feraud era uno de los oficiales más corruptos y violentos de Lyon, y uno de los líderes del Servicio Especial en aquel departamento de Francia. François preguntó:
—¿Qué quieres?
—Nos han llegado informes de que no pensáis llevar a cabo vuestra actuación musical, en protesta a la detención de esa zorra pervertida, la pianista del grupo.
—Su nombre es Lorine— aclaró Mark.
—Esa zorra ya no tiene nombre —respondió el policía—. Lo perdió en cuanto fue detenida. Ahora solo tiene un número. Y ahora, vais a tocar. Tú, el viejo, y los demás.
—Nos falta una pianista —aclaró Mark—. Este grupo tiene una pianista. Sin pianista, no se toca. Y ha de ser Lorine.
—Ni mucho menos. Vais a tocar. Y vais a hacerlo con pianista. Sacadlo de donde sea.
—No vamos a tocar —aseguró François—. No, hasta que el grupo esté completo de nuevo.

El policía extrajo su arma, y la colocó en la sien de François. Michèle dio un grito, y quiso acercarse, pero Jules se lo impidió. Otros intentaron acercarse, pero los otros cuatro policías extrajeron sus armas también, y crearon un círculo defensivo a su alrededor. El policía insistió:
—Vais a tocar esta noche. Con pianista. De lo contrario, todo el grupo acompañará a la zorra al agujero infecto donde se va a pudrir para toda su vida, eso siempre y cuando el juez no la condene a muerte, claro. Y a vosotros, si insistís en no tocar. Ahora, ¡A dar el concierto! ¡Vamos! ¡Y sonriendo! ¡Como no os vea sonreír mientras tocáis, os volaré la cabeza a todos!

Jules miró a Sandra. Esta le hizo un leve gesto con las manos para que se mantuviese en silencio y calmado. Luego se levantó, y dijo:
—Yo tocaré el piano. —El policía se giró, sonrió, y se acercó a ella.
—Vaya, vaya, una voluntaria. Menuda muñeca tenemos aquí. Y quiere ofrecer su ayuda, para poder dar el concierto. Además, no es como la basura de esta ciudad. ¿De dónde sales, preciosa?
—De Amiens. Soy una refugiada. —El policía asintió.
—Vaya, pobrecita. Sola y abandonada en el mundo. Quizás te adopte. Vamos, ve al piano. Y espero que sepas tocar. Porque si esto es una maniobra de distracción, me cargaré al viejo. ¿Lo has entendido?
—Ha quedado claro —confirmó Sandra, que miró a François. Este asintió ligeramente, y se fue al escenario, junto a Mark y el resto de músicos. Sandra se sentó en el piano, mientras François daba instrucciones para empezar a tocar “Alabama” de John Coltrane.

La pieza musical comenzó, y, tras unos minutos, Sandra inició una improvisación. De pronto, el policía se dirigió a sus hombres. Les dijo algo, y los cuatro asintieron. A continuación, fueron hacia Sandra, la sujetaron por los brazos, y comenzaron a llevársela, arrastrándola. Todos detuvieron la música, mientras François intentaba protegerla, siendo golpeado con la culata del arma de uno de los policías, haciendo que cayera al suelo. Mark también intentó defenderla, con el mismo resultado. Michèle gritó, y fue corriendo hasta su padre. El policía disparó varias veces al techo, y luego al piano, que sufrió varios impactos. Luego gritó:

—¡Silencio! ¡El espectáculo se ha acabado! He quedado contento, y por eso seguís con vida. Nos llevamos a la pianista, nos ha gustado mucho sus habilidades con el piano. Ahora veremos si tiene otras habilidades, además de las musicales.

Los cinco policías salieron del local, mientras seguían llevando a Sandra sujeta por los brazos, intentando resistirse. Miró a Jules un momento, y este entendió.

Tras dejar el local, Michèle asistió a su padre. Este se levantó, la miró, y susurró:
—Estoy bien, cariño, solo un poco de sangre, no te preocupes. Ya he recibido golpes otras veces, uno termina acostumbrándose. Ahora tenemos que ayudar a Sandra.

Jules se acercó también junto a los otros músicos, mientras Mark indicaba que abandonaran el local a los pocos que no habían marchado todavía. Luego se acercó también para ver a François. Comentó:

—¿Qué podemos hacer para ayudar a Sandra? ¿Y a Lorine, y su amiga?
—No lo sé muy bien —respondió François—. Sea lo que sea, mejor que lo hagamos rápidamente.
—Es una locura —comentó Michèle—. ¿Cómo podemos ayudarla? Se la habrán llevado al Edificio Central.
—No creo que podamos hacer nada —aseguró Jules—. Michèle preguntó:
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Es tu prima! ¡Y mi amiga!
—Lo sé. Pero el edificio está muy protegido. Pensar en sacarla de allí es una locura.
—Pero… — François interrumpió a su hija.
—Jules tiene razón. Es absurdo ni siquiera empezar a imaginar que pudiéramos hacer algo allí. No estamos preparados todavía para algo así. Pero tengo contactos. Voy a hacer unas llamadas.
—No funcionan las líneas ahora —informó Mark—. Han estado activas un rato, pero acaban de interrumpirse otra vez .
—¡Pues iré andando a hablar con mis contactos! —aseguró François. Mark añadió:
—Si son varios contactos, vamos a repartirnos. Iremos en tu nombre. —François asintió.
—Me parece bien.
—Pero eso llevará tiempo —aseguró Michèle—. Y Sandra, y Lorine… — François puso su mano en el rostro de Michèle, que estaba lleno de lágrimas. Contestó:
—Lo sé, cariño. Vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano por Sandra y Lorine, y por su amiga. Pero, aunque me gustaría ser más directo, mis contactos son lo único que tenemos por ahora. Terminaríamos todos arrestados. Lo importante es que ciertas autoridades sean informadas de esta acción. Y tener la esperanza de que reaccionen.

Mientras tanto, el aerodeslizador que portaba a Sandra con los cinco policías llegó al Edificio Central, el centro del gobierno de la zona de Lyon. Los cuatro agentes de Valéry maniataron y arrastraron a Sandra hasta una sucia habitación en un sótano, y la metieron dentro de un empujón. Valéry, el jefe, ordenó que salieran.

Sandra se mantuvo inmóvil de pie, mirando con rostro frío a Valéry. El policía se acercó a ella. Sonrió, y le acarició el pelo, la cara, y el pecho. Dijo al fin:

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—Has hecho bien en no ofrecer mayor resistencia. Te habríamos matado, y nos habríamos llevado a alguien más. Pero, he de confesar que eras mi elección desde el primer momento. Tan fina, tan delicada… Creo que vamos a ser buenos amigos. Al menos, mientras te portes bien, como has hecho hasta ahora. Porque, recuerda: si te portas mal, tus amigos pagarán cualquier falta de respeto hacia mí. —Valéry desató a Sandra, la cual le miró, y sonrió. Aquella mirada fue perturbadora para Valéry, pero prefirió ignorarla. Luego Sandra se reclinó sobre la cama, y dijo:

—No es necesaria violencia. Sé que cumplirás tus amenazas. Solo quiero que me digas qué has hecho con Lorine, la pianista.
—¿Sabes que podría ejecutarte solo por preguntar por ella? Ahora calla, y sácate la ropa ya. O te la sacaré yo con esto.

El policía extrajo un cuchillo de grandes dimensiones que llevaba sujeto en la parte inferior de la pierna. Sandra respondió:
—Esta misma tarde le comentaba a un amigo que, en ocasiones, había que ser sutil a la hora de conseguir cualquier propósito. En algunas ocasiones.
—Ah, ¿sí? ¿Y esta no es una ocasión?
—Creo que no. A veces, cuando una vida está en juego, en este caso dos, se requiere una acción más directa. Así que dejaremos las sutilezas para otra ocasión. —Sandra dio un golpe con la pierna al policía, en el punto preciso del cráneo para dejarlo inconsciente. Valéry cayó sobre una mesilla, que se rompió. Se oyó una voz desde fuera. Era uno de los hombres de Valéry.
—¡Valéry! ¿Estás bien? He oído un golpe. —Sandra respondió, con la voz de Valéry:
—¿Qué te pasa? ¿Tienes prisa? Te ha gustado la chica, ¿eh? ¡Pues tengo para un buen rato! ¡El orden es el que es! ¡Espera tu turno!

Sandra puso a Valéry sobre la cama. El golpe había tenido la intensidad adecuada para dejarlo inconsciente durante cinco minutos. Sandra introdujo por la nariz un hilo muy fino que surgió de su mano, con un dispositivo nanométrico. El policía despertó, pero no podía hablar. Ni moverse. Sentía algo en la boca que le impedía abrir los labios. Sandra dijo:

—Hola, Valéry. No intentes moverte, ni hablar. He seccionado de forma lógica tu médula espinal con la ayuda de nanobots, de tal forma que no podrás mover ni brazos ni piernas. De forma lógica significa que las conexiones están ahí, pero no son operativas. Pero no te preocupes, el daño puede rehacerse. Si colaboras. No esperes que un hospital pueda ayudarte. Son nanobots programados por mí, y extraerlos manualmente requiere una microcirugía muy compleja y peligrosa, que no vas a encontrar excepto en hospitales extremadamente sofisticados. Y caros. Yo puedo devolverte la movilidad. Si colaboras. De lo contrario, te quedarás así toda tu vida. ¿Has entendido? —Valéry asintió, mientras la miraba con los ojos muy abiertos. Era como una tortuga puesta boca arriba. Incapaz del menor movimiento.
—Genial. También he añadido un neuroamplificador a tu cerebro, en la ínsula posterior dorsal, la zona que controla el dolor y las emociones básicas. Vamos a probarlo, a ver si funciona.

Sandra activó ligeramente el neuroamplificador, y Valéry se retorció de dolor en la cama.
—Vaya, veo que sí funciona. Puedo mandar una señal cien veces más potente desde ciento cincuenta kilómetros en cualquier momento. Pero no te gustará comprobarlo, te lo aseguro. Muy bien. Ahora te voy a permitir hablar temporalmente. Si intentas gritar, o avisar a tus compañeros, te quedarás mudo de nuevo, y en este estado para siempre.  ¿Has comprendido? ¿O probamos de nuevo el neuroamplificador?

Valéry asintió mientras la miraba sudando. Tras unos segundos, después de recuperar la voz, Valéry dijo:
—¿Qué es lo que quieres? Sácame de aquí, o te juro… —Sandra respondió:
—De acuerdo, tetraplejia para toda la vida. Disfruta de tu nuevo estado. Y recuerda: los apéndices cibernéticos no te serán de utilidad con la receta personal que te he aplicado. Los nanobots tampoco mandarán señales a un brazo cibernético, ni tampoco orgánico.
—¡Espera! ¡Espera! —gimió Valéry.
—Mira, Valéry. Podemos pasarnos así un buen rato, mientras fuera están pensando que lo estás pasando en grande violándome. En todo caso, esto va a acabar mal para ti, si no colaboras. Ahora volveremos a intentarlo.
—Está bien. Te escucho.
—Mucho mejor. Quiero preguntas cortas, y precisas. Una sola pregunta por tu parte, una sola desviación de lo que yo te pregunte, y nunca volverás a caminar. Repito: respuestas cortas, y precisas. ¿Dónde están Lorine y su amiga?
—En Grenoble. En el Centro de Detención Comarcal.
—¿Cuál es su estatus?
—Acusadas de perversión, incitación a la depravación, enfermedad mental, y perturbación del orden civil. El juicio será en unos días, la condena será de entre treinta y cuarenta años de trabajos forzados. Quizás pena de muerte. Si no es así, no suelen vivir más de tres a cinco, en el mejor de los casos.
—¿Cuántas mujeres has violado en esta habitación?
—No puedo dar una cifra exacta, no llevo la cuenta, pero aproximadamente unas treinta, o cuarenta.
—¿Cuántas sobrevivieron?
—Menos de diez probablemente, no puedo dar una cifra exacta.
—¿Tienes familia?
—Mujer, y tres hijos, en París.
—¿La dirección?
—¿Para qué…? —Sandra levantó una mano. Valéry contestó:
—Calle Bruant 144, 75013, París.
—¿Me has mentido sobre la dirección?
—¡No! ¡Te lo juro!
—Bien. Lo estás haciendo bien. Ahora escucha: voy a reactivar tus brazos y tus piernas. Y vas a salir, a decirles a tus subordinados que la experiencia ha sido fantástica, pero que has decidido que soy demasiado buena para ser compartida. Inhibe cualquier protesta de tus hombres. Pero, antes de eso, debes saber algo: como el neuroamplificador puede no funcionar a distancia, te he introducido un grupo especial de nanobots en el torrente sanguíneo. Están programados para provocarte un paro cardiaco en tres días a partir de ahora. También puedo ordenarles yo que actúen, dañando tu ritmo del corazón, provocando una taquicardia, una braquicardia, o una implosión del órgano completa. Solo yo puedo reprogramarlos para que no actúen. Te pondré un ejemplo.

Valéry notó un fuerte dolor de pecho. Sintió que se mareaba, mientras el corazón saltaba de su pecho, con una fuerte arritmia. Luego volvió a la normalidad. Sandra comentó:

—Ese es un ejemplo, para que te hagas a la idea. El próximo será mortal. En tres días, si no mando una señal radioeléctrica en una frecuencia determinada, los nanobots literalmente destruirán tu corazón, de arriba a abajo. Cualquier intento de extraerlos, y actuarán. Cualquier intento de hablar de todo esto, y me sentaré a esperar a ver cómo te mueres retorciéndote de dolor. ¿Ha quedado todo lo suficientemente claro para ti?

Valéry asintió, respirando pesadamente. Sandra tomó el cuchillo, y se hizo tres cortes en la cara, y uno en el labio, que empezaron a sangrar. Uno de los ojos se llenó de sangre también. Se rasgó el vestido por varios sitios, y se hizo algunos cortes en el pecho. Valéry no podía creer lo que veía.
—Hay que ver cómo me has maltratado, qué chico más malo. Los otros quedarán satisfechos de verme así, seguro. Muy bien, Valéry, estás siendo colaborador. Ahora me sacarás de forma violenta, sexualmente muy satisfecho, y les dirás a todos que he hecho un fantástico trabajo, o cualquier cosa estúpida que se te ocurra decir. Me dirás que me vaya, pero que debo estar disponible a cualquier hora. Recuerda: el reloj avanza. Y actúa bien. O será la última actuación de tu vida.

Valéry se levantó, una vez recuperada la movilidad. Sujetó a Sandra del brazo, y la empujó levemente. Sandra le sujetó el brazo, se lo dobló, e hizo que colocara la rodilla en el suelo. Luego le dijo:
—Te he dicho que me trates violentamente. Y sonríe. ¿No querías que sonriésemos en la actuación? A ver cómo lo haces tú ahora. Han sido los quince mejores minutos de sexo de tu vida. Actúa bien. O habrá sorpresas. ¡Vamos!

Se repitió la escena, pero esta vez Valéry sí la sujetó con fuerza, y la sacó de la habitación a empujones. Uno de ellos gritó:
—¡Eh, Valéry, me toca a mí ahora!
—¡Cierra la boca, Yanis! ¡Te tocará cuando yo lo diga! ¡Esta zorra es mía, es demasiado buena para vosotros!
—¡Eres un cerdo, Valéry! ¡Estoy harto de tus caprichos! ¡Es mi turno! ¡Dame la zorra, quiero verla sangrar yo también!
—¡Una palabra más y tendrás problemas, Yanis! ¡Vete con tus enfermas del sur, a ver si te contagian alguna otra basura, como el año pasado!

Yanis quiso responder, pero contradecir a Valéry, sobre todo en lo referente a sus propiedades, era peligroso. Valéry añadió, dirigiéndose a Sandra:
—¡Lárgate ya! ¡Y recuerda que puedo solicitar que vengas en cualquier momento! —Valéry la llevó hasta la puerta, y, finalmente, Sandra salió a la calle a empujones. Cayó de rodillas al suelo, mientras Valéry volvía a entrar, y se iba directamente a su despacho. La calle estaba vacía. Por la hora, y porque la gente evitaba pasar por allí, si podía.

Sandra se levantó del suelo, se alejó unos metros de la zona, y llamó a la casa de Nadine y Pierre. En ese momento las comunicaciones eran de nuevo operativas. Contestó Pierre. Jules y Michèle les habían explicado todo a él y a Nadine. Jules seguía con Michèle en el club de jazz. Fue Nadine quien habló:

—Sandra, ¿estás bien?
—Estoy bien, Nadine. ¿Has olvidado lo que soy?
—Ni por un momento. Y eso es lo que me preocupa. Que vueles el edificio por los aires, se descubra quién eres, y se complique todo.
—No te preocupes. Aunque este individuo ha quedado algo sorprendido, no he revelado mi identidad. Quizás sospeche que pueda ser una agente del sur, o algo similar, pero le parecerá demasiado increíble pensar otra cosa. Y afectaría a su orgullo de hombre. No suelen soportar dejarse engañar por una máquina, sobre todo en temas de sexo.
—Ven a casa ya. Te diría que descanses. Pero en tu caso…
—Sé dónde están Lorine y su amiga: En Grenoble.
—¿En Grenoble? Sandra, es un centro de detención de primer nivel del Gobierno del Norte. No se te ocurra pensar en lo que estás pensando.
—Lo siento, Nadine. Pero tienes razón: estoy pensando en lo que estoy pensando. Todo esto es en realidad obra de Richard, y su política de terror a la población, que ya expuso claramente hace doscientos años. Llevo ciento cincuenta años viendo cómo trata a los que él llama sus súbditos. Y sé que no puedo solucionar todos los casos. Pero puedo solucionar este.
—Sandra, no puedes colgarte el mundo al hombro para salvarlo. Aunque Yvette lo afirme, no tiene por qué ser así.
—Es cierto lo que dices. Pero tampoco voy a mantenerme sin hacer nada por dos seres humanos que hace unas horas eran libres, y que ahora solo son culpables de amarse. Puede que esto suponga que tengamos que dejar de vernos. Pero todos sabíamos que mi tiempo en Lyon era limitado.

Pierre, que había estado escuchando, se añadió a la comunicación.
—Sandra, soy Pierre.
—Hola Pierre.
—Ven a casa, por favor. Todo lo que está pasando es terrible. Pero no podemos hacer nada. Allí, en Grenoble, hay cientos de hombres y de mujeres detenidos por causas muy diversas, y no podemos salvarlos. La gran mayoría son disidentes políticos, o, como Lorine, acusados de causas éticas y morales. Solo podemos intentar cambiar este gobierno de locura, e instaurar un nuevo gobierno. Volver a convertir a Francia en una república libre, y crear una nueva democracia. Un grupo de patriotas nos estamos organizando en diversas ciudades. Y queremos colaborar con otros países para que sean igualmente libres. Y, para esa tarea, te vamos a necesitar.
—Lo entiendo, Pierre. Una nueva resistencia francesa. Suena muy bien. Pero no puedo dar la espalda a todo este dolor. A toda esta locura. Me he estado escondiendo en vuestra casa, y me han perdido la pista. O eso creo. Porque, con Richard, nunca se sabe. Pero esas dos mujeres… Las tengo delante de mí, mirándome. Me ruegan que las ayude. Lo siento así. De alguna forma que no sé explicar. Y debo salvarlas, sea como sea.
—Sandra, te lo repito: no puedes irte. No debes irte. En casa estarás bien. Eres parte de nuestra familia. Ayudaste a Nadine en el pasado. Y ahora, a Jules. Y yo… yo sé que soy bastante gruñón con todos, y contigo también. Pero te quiero en casa. Con nosotros. Eres una más de la familia. En estos meses, tu presencia nos ha dado esperanzas y alegrías. Buscaremos la manera de sacar a esas mujeres por otros medios. Hablaré con mis contactos en Grenoble. Intentaremos llegar hasta los responsables de mayor nivel, y pondremos todas las protestas que sean necesarias. Intentar entrar allá es una locura, incluso para ti. Aquello es una fortaleza inexpugnable, con un ejército completo controlando los edificios. Ya habrá tiempo de salvar el mundo. —Sandra sonrió.

—No voy a salvar el mundo. Pero, a veces, salvar a un ser humano es salvar el mundo. Como Lorine. Y su pareja. Esas vidas están en un grave peligro. En cuanto a fortalezas, fui diseñada precisamente para infiltrarme en los lugares más protegidos. Todos sabíamos que tarde o temprano tendría que irme. Quizás haya llegado ese momento. Si esto tiene consecuencias, tendré que huir otra vez. Nunca, jamás os pondré en peligro. Ya lo sabes

Pierre se mantuvo en silencio unos instantes antes de contestar.
—Tienes que hacer lo que creas mejor. Y es cierto: yo sabía, todos sabíamos, que tu estancia aquí no era para siempre. Pero, ahora que surge esa posibilidad, quisiera que recapacitaras. Aquí tienes una familia. No necesitas seguir huyendo. No lo mereces.
—Muchos seres humanos sufren desgracias que no merecen. Pero el mundo se hunde, y no queda otra solución que intentar luchar contra el fin. Si no actuase ahora ante esta situación, no actuaría mañana en otra situación aún peor. Y habría traicionado mi verdadera naturaleza. Está decidido. Procuraré solucionar esto de una forma rápida y en silencio. Si lo consigo, volveré con vosotros. Si no, será nuestra despedida. O, mejor, un hasta pronto.

Se hizo el silencio de nuevo. Nadine habló entonces.

—Me gustaría tener ahora a Yvette cerca, para que te ayudara en todo esto. Sé que podría hacerlo.
—Yvette está más allá del tiempo y del espacio, Nadine. Cuándo, o cómo actúa, dónde, y por qué, es un misterio para mí. Solo sé que ella estará a vuestro lado, cuando lo necesitéis de verdad. Estoy segura. Pero no podemos confiar nuestro futuro, ni nuestras esperanzas, ni nuestros sueños, a dioses o reyes, a fortunas o suerte, sino al trabajo diario de nuestras manos. Solo nuestra labor diaria nos liberará de esta opresión. Y solo deberemos pleitesía a nuestro esfuerzo personal. Ese es el modo, y no otro, de conseguir progresar. Y ahora, voy a cortar. Estoy monitorizando la línea, y podrían pincharla en cualquier momento. Cuidaros, por favor. Sois maravillosos. Los tres.

—Cuídate —respondió Pierre—. Y recuerda: aquí tendrás tu casa. Siempre que lo necesites, aquí estaremos. Al menos, mientras no se nos lleven a nosotros también.
—Lo recordaré, Pierre. Cuídate, Nadine. No te portes mal de nuevo. —Nadine rió, y contestó:
—Hasta pronto, Sandra. Porque espero volver a verte. Que este asunto acabe bien, y puedas volver a casa. No te expongas demasiado. ¿Lo harás?
—Lo procuraré, te lo prometo.
—Siempre tus respuestas calibradas. No has cambiado nada.
—Tú tampoco, Nadine. Ya os informaré, si esto acaba bien. Dadle un abrazo a Jules. Por cierto, quiere un nuevo telescopio, un poco más potente. A ver si le podéis conseguir uno un poco mejor. Hasta pronto.
—Tendrá su telescopio. Te lo aseguro. Hasta pronto.

La comunicación se cortó. Una mujer mayor se acercó a Sandra, y le preguntó:
—¿Joven? ¿Estás bien? Estás sangrando, con la ropa hecha jirones. ¿Qué te ha pasado, cielo? —Sandra se volvió, sonrió, y le contestó:
—No tema, no me pasa nada, a pesar de mi aspecto. Esta noche he evitado que una mujer sufriera un calvario devastador. No parece mucho frente a lo que se ve diariamente, pero, tratándose de una vida que podría haberse perdido, es toda una liberación. Cada vida salvada vale un mundo.

Sandra se acercó a la señora, y le dio un beso en la mejilla.
—Cuídese, señora. Buenas noches.

La mujer vio cómo Sandra corría, perdiéndose en la noche. De pronto, se transformó, y apareció otra mujer. Más joven. Con un rostro dulce, lleno de paz, y sonriente. Susurró:
—Corre hacia tu destino, Sandra. Corre. El futuro te espera. —Y desapareció.

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5 comentarios en “Pecado capital (I)”

  1. ¿Qué es más reprochable? Que un hombre ame a otro hombre, una mujer ame a otra mujer, un hombre quiera acostarse con todas las que ve valiéndose de cualquier treta, una mujer que se acuesta con el que se le cruza por el camino. Para mí los dos últimos. La sexualidad no define a una persona como buena o mala. No la define como mala lo que hace con sus partes íntimas. Sus acciones, sus pensamientos, la definen como mala. El relato presenta como una involución la persecución a los homosexuales en ese futuro distópico en el que existe Sandra. Involución porque ahora la homosexualidad no es considerada como enfermedad o delito. Los seres humanos tenemos el derecho de encontrar el amor, de seguir a nuestro corazón, por eso los homosexuales tiene el derecho a formar una pareja reconocida por la ley, es decir, casarse. Una pareja homosexual hace su vida juntos, hacen juntos su patrimonio y lamentablemente uno de ellos muere. Si esa pareja no es legalmente reconocida, los herederos son los familiares de quien funge de dueño en las escrituras o contrato. Aquello es injusto ya que debería heredarle su pareja.
    No creas que soy un defensor de los homosexuales a pesar que en mis libros abogo un poco por sus derechos. Simplemente no les detesto ni temo y les veo como mis semejantes. Dicen que las personas que los persiguen y proscriben son homosexuales en el armario que temen que se les haga notorio su inclinación si se relacionan con ellos ¿Por qué no tener un amigo homosexual? No le veo el problema siempre y cuando RESPETE que a mí me gustan las mujeres. Pongo en mayúsculas ya que el RESPETO es la palabra clave en las coexistencia de los heterosexuales con los homosexuales.
    Me pareció interesante la forma que topas el tema de la homosexualidad y como puedes ver, estoy de acuerdo contigo… tal vez en arte. Como puedes ver, estoy de acuerdo con el matrimonio de homosexuales como sociedad legalmente reconocida… no como un hogar para un niño. A mí parecer un niño criado en un hogar de padres homosexuales tendrá más trabas en su desarrollo que la que presenta un niño de un hogar monoparental. Un niño siempre debe tener un padre y una madre o uno de los dos. En pocas palabras, que los homosexuales se casen pero no tengan hijos.

    Como siempre, me gusta la forma que escribes, estoy a la espera de la segunda parte. Quiero saber cómo Sandra (a mí parecer, el mejor personaje de ciencia ficción) realiza el rescate. Me gustó la aparición de aquel personaje al final de relato. si no entendí mal, el nombre de ese personaje comienza con Y y termina con e.

    1. Muchas gracias por tus palabras F.A.F. Creo que lo defines muy bien: el respeto es el elemento fundamental. Y el amor es libre, nunca debe tener barreras, no hacemos bien coartando la capacidad de sentir de un ser humano, al revés, anulamos sus derechos más primordiales: el de sentir amor. Opinemos libremente, y respetemos siempre a los demás. Todas las opiniones son válidas en tanto en cuanto respeten las de los otros. La segunda parte si todo va bien estará el vienes o máximo sábado. Un abrazo.

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