Fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafel”

Las naves que partieron con Helen y su gente han llegado a su destino. Allá han encontrado algo sorprendente y totalmente inesperado: otros humanos, también originarios de la Tierra. Pero no son, ni tienen, nada que ver con ellos y sus orígenes; son humanos que migraron directamente de la Tierra, y se han asentado en Idafel, que es el nombre con el que estos humanos han bautizado a la nueva galaxia. Su líder, un extraño hombre llamado Freyr, les ha dado la bienvenida, y les ha hecho una extraña y perturbadora propuesta. Helen, ya recuperada gracias a Scott, encuentra a Vasyl Pavlov, con el que desea hablar a solas de toda esa situación tan extraña y desconcertante. Pero este Vasyl no es el mismo que ella conoció…

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Yvette Fontenot. Ya apareció en “Las entrañas de Nidavellir” y volverá a hacerlo en esta obra

La sala era gigantesca, como el resto de aquel palacio o castillo, Helen no sabía muy bien cómo definirlo. Todas las paredes parecían desprender algún tipo de luz blancoazulada, y se podía sentir casi como si la estructura vibrase ligeramente. En una esquina, en una mesa, Vasyl Pavlov miraba en pie expectante a Helen. Esta se acercó lentamente. Sonrió, y comentó:

—Muy bonita esta choza. Y esta sala. Aquí se podrían montar conciertos alucinantes.
—Es la biblioteca —advirtió Pavlov—. Creí que sería un buen lugar para hablar a solas.
—Ya me he dado cuenta de que es la biblioteca —aclaró Helen—. Por los libros ¿sabes? Cuando estoy en una sala llena de miles de libros, tengo la manía de pensar que debe ser una biblioteca.

Pavlov no dijo nada. La sola presencia de Helen le intimidaba, como le ocurría a la mayoría de seres humanos. Helen miró detenidamente a Vasyl. No era el Vasyl que ella había conocido. Pero era Vasyl. Era otro de esos misterios producidos por la Operación Fólkvangr, y aquel proyecto de salvaguardar la vida humana de la Tierra. Se acercó, y su mirada se clavó en él. Vasyl, como tantos otros, nunca había podido resistir la mirada de Helen. Tampoco pudo en esa ocasión. Ella lo sabía. Finalmente, preguntó:

—¿Cómo estás, Vasyl? La verdad, no sé si alegrarme de verte, o aterrorizarme por ver un fantasma. —Pavlov se encogió levemente de hombros.
—Estoy bien. No me puedo quejar. Después de todo lo que ha pasado… —Helen negó.
—¿De lo que ha pasado dices? Vasyl, por favor. Llegamos aquí, a esta enorme galaxia que se supone será nuestro nuevo hogar. Nos encontramos con seres humanos, que son supervivientes de la Tierra original. Pero no son los mismos. Han cambiado. Se han… transformado. Y luego aparece ese rey absurdo disfrazado de algo parecido a un caballero medieval estelar, ese tal Freyr, que tiene un complejo muy grande de megalomanía y falta de modestia, y nos dice que él es el futuro de la especie humana. Luego vemos este gigantesco palacio, o este castillo, o este lo que sea, en medio de las estrellas, y vemos una estatua de doce metros de Sandra que decora la entrada principal. Una estatua a la que adoran, y veneran, como a una diosa.
—Es una diosa. Lo es, para ellos. Y tienen sus razones.
—¿Es esa realmente la misma Sandra que estuve buscando contigo tiempo atrás? ¿La que consideras es tu hija?
—Sí —acertó a decir Pavlov—. Es ella. Qué hace esa estatua ahí, y por qué la adoran, eso… será algo difícil de explicar.
—Ya me imagino que será algo difícil de explicar. Como todo lo demás.
—En todo caso, a pesar de lo que ha ocurrido, todo sigue igual, Helen. No ha cambiado nada. —Ella rió.
—¿Que todo sigue igual? No me digas que no ha cambiado nada, Vasyl. La primera vez que nos vimos, yo estaba muerta, y tú estabas vivo. Ahora yo estoy viva, y tú estás muerto. Y te aseguro que soy muy mala espiritista.
—No estoy muerto. Ni lo están los demás. Es… otro estado.
—Ya, claro. Es un estado etílico. Porque hay que estar borracho para comportarse como ese tal Freyr.
—Te lo repito: es difícil de explicar.
—De acuerdo. Pues me vas a perdonar, Vasyl, pero no lo entiendo. ¿Y esa tal Yvette?
—Ella llegó luego. Es una mensajera. Una intermediaria.
—Ya he visto que quiere intermediar. Qué mona, esa tal Yvette. Tan delicada y tan dulce. Solo espero que no intente darme más consejos de nuevo, o tendrá que comprarse otra crema para el cutis, y otra cara también.
—Ella tiene buena intención. De hecho, es mi esperanza de crear un puente de entendimiento.
—No lo niego. Se la ve con buenas intenciones, de eso no hay duda. Pero eso no basta. Y es bastante insoportable. Este asunto no lo van a arreglar las buenas intenciones, ni las palabras, ni las caras bonitas y sonrientes, sino los hechos y la acción. Y ese tal Freyr tendrá que entender una cosa: nuestra naturaleza humana es la que es. Llevamos cuatro mil millones de años siendo humanos. Humanos auténticos, no esa… cosa que sois vosotros ahora. Ese estado de semidioses inmortales que habéis obtenido de algún modo que no acabo de comprender, ni me importa comprender. Y seguirá siendo así. Por mucho que él nos quiera convertir también en dioses. Ya fui diosa una vez. Ahora quiero ser humana. Y quiero ser mujer. Y te juro por todo el universo que nada, ni nadie, me podrá impedir que viva, y muera, como lo que soy: un ser humano.

En ese momento apareció Yvette. Su rostro era serio. Helen se volvió, y comentó:

—Mira quién está aquí. Esta es una conversación privada, bonita, y te rogaría que no te entrometieras. ¿No tienes alguna muñeca para ir a jugar, y dejar a los mayores las cosas de mayores? —Yvette miró con rostro serio a Helen, y respondió:
—Vas a tener que atender mis palabras, Helen. Sé que no te gusto. Que crees que soy una niña jugando a salvar la galaxia. Pero aquí se está decidiendo el futuro de la humanidad. Y del universo. Y tendréis que dejar de actuar de forma infantil, tú, y Freyr. O me veré obligada a actuar. Y no os va a gustar. A ninguno de los dos. Te lo aseguro. —Pavlov intervino en ese momento:

—Señoritas, por favor, vamos a intentar…
—Cierra el pico ahora —cortó Helen—. Estoy hablando con la estrella de cine. —Y continuó:
—¿Pretendes asustarme, bonita? Otros lo intentaron en el pasado. Todo un imperio. Ahora no ríen, te lo aseguro.
—No pretendo asustarte. Pretendo hacerte ver la realidad.
—¿Qué realidad?
—Qué tú, en cierto modo, eres ya parte de nosotros. Y que ya has recibido nuestra ayuda.
—Eso es falso. Completamente.
—¿Estás segura? Alguien de tu grupo es de los nuestros. Uno de los que ha venido contigo. Uno de esos que llamas “humanos puros”.
—¿Quién?
—Examina tu mente. Y encontrarás la respuesta. Si eres tan inteligente y tan intuitiva como dicen, lo verás enseguida. Sino, tendrás que averiguarlo por ti misma…


Más información sobre Idafel en este enlace.

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