La maldición de Freyr (III)

Segunda parte en este enlace.
Cuarta parte en este enlace.

Nota: esta es la tercera  parte del cuarto relato, que se incluirá junto a los tres anteriores, del libro “La Luz de Asynjur” (descarga gratuita). Este relato narra los hechos anteriores a “La insurrección de los Einherjar”, centrándose en la vida de Skadi, que ahora ya tiene veinticinco años, y es reina junto a su amado rey Njord.

Este cuarto relato de “La maldición de Freyr” tiene un tono algo más adulto, y conecta ya de lleno con el estilo del posterior “La insurrección de los Einherjar”.

Cada relato es independiente, y juntos conforman el origen de Skadi, y su destino como princesa y reina del Reino del Sur. Muchas gracias.

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Decisiones y caminos.

Tyr se dirigió a Glenr, y le dijo:

—Mi señora, ¿os importaría dejarnos a solas? Saldríamos fuera nosotros, pero a la luz del día no quiero exponer a la reina, ni a Freyr. —Glenr asintió:
—Por supuesto. Ni yo os iba a dejar salir a la luz del día. Estaré cerca, por si puedo ser de utilidad. Una vieja como yo no tiene mucho que ofrecer, pero haré lo que pueda. —Esta vez fue Skadi la que se acercó y tomó la mano de Glenr.
—No hables así de ti. Habéis hecho por nosotros ya mucho más de lo que podría soñar. Vuestro corazón es amor puro, y vuestra cortesía infinita. En nombre del rey, y del mío propio, quiero daros las gracias. Sabed que no lo olvidaré.

Glenr sonrió levemente, sintiéndose abrumada por primera vez. De pronto, comprendió que no tenía ante sí a una joven con un niño, sino a la reina. La Luz de Asynjur, como la llamaban las gentes del lugar.  Glenr tomó su sombrero, y salió a la luz de la mañana. Luego Tyr se dirigió a Skadi:

—Mi reina… —Skadi le interrumpió:
—Mi reina, mi reina… No me vengas con discursos ahora, Tyr. Tenemos un deber para con nuestro pueblo.
—Sí, mi reina. Los dos tenemos un deber. El de mi reina es sobrevivir con Freyr a esta crisis. El mío, procurar que eso no cambie, sea con mi vida si es necesario. Di mi palabra al rey, y obedezco una orden directa del rey Njord para protegeros. Y sois mi reina, pero las instrucciones del rey fueron claras y precisas, y yo debo obedecerlas. Por lo tanto, tendréis que acompañarme a Haast, y dejaros de jugar a los espías.

Skadi miró fijamente a Tyr antes de contestar:

—Ahora escúchame tú, mi buen y fiel Tyr: el rey dio unas órdenes, bajo unas premisas y unos supuestos. Esas premisas y esos supuestos han cambiado. Luego, las órdenes del rey ya no rigen. Yo soy la reina. En estas circunstancias, yo doy las órdenes. Y tú obedeces. ¿Ha quedado lo suficientemente claro?

Skadi miró con ojos entrecerrados y el ceño fruncido a Tyr. Este la miró seriamente durante unos segundos. De pronto, Skadi se puso a reír. Tyr comentó:

—Nos conocemos demasiado bien, mi reina. Yo sabía desde el primer instante que eso que intentabais aparentar como una amenaza era una actuación. Y mi reina sabía que no iba a creerme esa escena ni por un instante.

Skadi se sentó, mientras el pequeño Freyr saltaba y reía al lado sin saber muy bien por qué. Pero le encantaba ver a su madre así, y él mismo imitaba los gestos y las actuaciones de ella. Tyr continuó:
—De todas formas, yo sé que, diga lo que diga el rey, y mande lo que mande el rey, la reina va a hacer lo que crea conveniente y de su interés. Eso es algo que mi rey Njord ha asumido como inevitable. Así que…

De pronto, se escuchó un grito fuera. Era Glenr. Tyr y Skadi se miraron, y ambos comprendieron perfectamente lo que tenían que hacer. Skadi se quedó con Freyr, y Tyr salió fuera con la espada en la mano. Tres hombres trataban de subir a Glenr a un caballo. La habían asaltado por sorpresa y tapado la boca, pero ella había mordido a uno de ellos, y al soltarla consiguió gritar. Tyr se acercó al primero, que no tuvo tiempo ni de sacar la espada, antes de caer ante la hoja de Tyr. Los otros dos subieron a sus caballos y emprendieron la huida. Cuando habían recorrido unos metros, uno cayó del lado izquierdo. Al cabo de unos instantes, el otro cayó por el lado derecho.

Tyr se volvió. En la puerta Skadi contemplaba la escena. Había tomado su arco, y disparó dos veces seguidas, con una precisión que sorprendió al propio Tyr, mientras Freyr saltaba al lado sonriente. Para él todo era un juego. Un juego de la vida y la muerte.

Tyr se acercó a Glenr, que se encontraba sentada en el suelo, y respiraba pesadamente.

—¿Está bien, mi señora? —Tras unos instantes, y después de recuperar el aliento, Glenr respondió, mientras su mano se colocaba en el hombro de Tyr:
—Estoy bien, gracias a los dioses, y a tu habilidad y la de la reina. No he visto velocidad igual con la espada en mi vida, ni una precisión tan increíble con el arco.
—Sí, es cierto —confirmó Tyr—. La reina tiene una natural habilidad con el arco. Pero también tiene una gran habilidad para complicar la vida a sus defensores. —Glenr asintió. Skadi comentó:

—¿Llevan algo esos hombres que pueda darnos información sobre su procedencia y motivaciones para todo esto? —Tyr registró los tres cuerpos. Luego se volvió a Skadi.
—Solo llevan los escudos del Reino del Norte. Parecen auténticos. No portan nada más. Las armas parecen forjadas en los hornos de Mokau. Pero no puedo asegurarlo completamente. En todo caso, o son hombres del Reino del Norte, o esto es una conspiración muy bien preparada para que lo parezca. Ahora hay que deshacerse de los cuerpos.
—Yo te diré dónde —indicó Glenr. Ambos llevaron los cuerpos en un caballo a una zona pantanosa, donde serían pasto de animales y del tiempo. Luego volvieron a la casa, mientras Skadi había permanecido con el arco en su mano, atenta a cualquier movimiento.

Cuando Glenr y Tyr volvieron, Skadi se acercó a Glenr, y le dijo:

—Fuisteis muy valiente, Glenr.
—Gracias, mi señora. No es la primera vez que soy asaltada. Pero sé defenderme.
—¿Tienes humo azul?
—¿Humo azul? Sí, mi reina.
—Por favor, prepáralo. Tyr, ayuda a Glenr con lo necesario.
—¿Es realmente conveniente, mi reina? —Preguntó Tyr dubitativo.
—Sí. Y quiero que hagas algo más: cuando la hayas ayudado, toma el caballo, y vete al galope a Twizel. Allí pregunta por Dunkan, el herrero del pueblo. Dale esta carta que he redactado esta noche.

Skadi le dio una carta cerrada y sellada con ciertas instrucciones. Tyr la tomó en su mano con gesto contrariado, y sugirió:

—Mi reina, lo que tengo que hacer, en cualquier caso y circunstancia, es hablar con el rey, y solicitar instrucciones. Eso es lo que el rey querría que hiciese.
—¡No! —Negó Skadi—. No, por favor. No insistas. Deja ya ese tema de una vez. No avises al rey. El rey Njord es como tú: si sabe de esta situación, convocará a las tropas, y este bosque y este valle serán tomados por un ejército de cinco mil soldados, con jinetes y arqueros por todas partes, con trompetas sonando por todas partes, y haciendo que esta conspiración se esconda en lo más profundo. Al retirarse, la conspiración continuará, y habremos perdido el tiempo y el factor sorpresa. Eso es precisamente lo que se ha de evitar. Njord y tú sois iguales en eso; todo lo solucionáis con ejércitos victoriosos allanando el terreno allá por donde pasa. Esto requiere de sutileza, sigilo, y silencio. Ve, pues. Y haz como te digo.
—Mi señora, no puedo dejaros sola con Freyr. —Skadi suspiró pesadamente, mientras cruzaba los brazos.
—Qué pesado eres, Tyr. Ya sé defenderme yo sola, no te preocupes por eso. También sé manejar la espada. ¿Quieres probar?
—Nada me complacería más que jugar un rato con mi reina, y hacer ver que me ganáis en un duelo a espada, para que seáis feliz. Pero cuando todo esto haya acabado. No antes.
—Cobarde presuntuoso… Ya hablaremos de eso. Ahora tenemos mucho que hacer. Twizel está a solo medio día de aquí a caballo. Mientras el humo azul convoca a los líderes de la zona, te estaremos esperando. Y enseguida llegarán los primeros, con lo que estaré perfectamente a salvo. ¿A qué esperas? ¡Muévete!

Tyr iba a decir algo más. Pero sabía que Skadi era imposible cuando algo se le metía en la cabeza. Así que subió al caballo, miró a la reina, y luego a Glenr, que asintió ligeramente. Luego salió a toda velocidad.

Glenr, mientras tanto, preparó el humo azul. Era una señal que indicaba una llamada para convocar una asamblea de los líderes de la zona por asuntos urgentes relacionados con la ganadería, la pesca o el cultivo. El humo azul no llamaría la atención de aquellos que estaban tramando una operación encubierta en la zona, con fines aún desconocidos, y con la excusa de acusar a Freyr de hallarse maldito.

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Refugios.

Skadi entró de nuevo en la granja con Freyr y Glenr. Freyr se acercó a su madre, que descansaba en una silla mientras revisaba el arco, y le preguntó:

—Madre, ¿han muerto esos hombres por las flechas? —Skadi miró con preocupación a Freyr, y contestó:
—Sí, Freyr. Querían hacernos daño. Pero tú no deberías ver esas cosas.
—¿Por qué no?
—Porque eres muy pequeño.
—Pero madre, ¿ha sido bueno que no nos hicieran daño?
—Sí, Freyr. Ha sido bueno que no nos hicieran daño. Por eso tuve que usar el arco. No tuve más remedio.
—Entonces no importa que lo haya visto, madre.
—¿Por qué dices eso?
—Porque padre dice que debo ver cosas buenas. Si ver tus flechas acabar con esos hombres ha sido bueno para nosotros, entonces he cumplido con lo que me dijo padre.

Freyr se alejó a jugar con sus maderas. Skadi se mantuvo pensativa unos instantes. La lógica de Freyr era aplastante. Glenr se acercó:
—Mi reina, si me lo permitís, ese no es el razonamiento de un niño de tres años —advirtió.
No. No lo es —confirmó Skadi mientras veía jugar a Freyr—. Pero Freyr no es un niño normal. Fue bendecido por la propia divina Atenea. Y, dejando de lado esos augurios oscuros que le otorgan, la propia Atenea tiene planes para él. Planes de futuro, para un mundo mejor para todos. Me pregunto…
—¿El qué, mi reina?
—Me pregunto si habrá alguna conexión entre esos augurios de Nuestra Señora, y esos que anuncian la maldición de Freyr.
—Son habladurías, mi reina. El niño es un protegido de la diosa.
—Sí, pero el odio, la ira y la venganza ya han tratado de acabar con mi familia. Lo intentaron conmigo. Ahora una fuerza al parecer aún mayor lo intenta con Freyr. Hay algo muy siniestro en todo esto.
—Mi reina… —Skadi la interrumpió alzando levemente una mano.
—Escucha, Glenr. Escucha bien, porque es importante lo que te voy a decir. Tengo que pedirte algo.
—Decidme lo que sea, mi señora. Lo haré. —Skadi sonrió.
—Lo sé. Esto no es una orden, ni has de hacerlo contra tu voluntad. Ay de aquel que solo ordena, sin contemplar la voluntad de sus súbditos. Caerá en desgracia y su nombre será desterrado del tiempo y del recuerdo.
—Yo haré lo que sea por mi reina. —Skadi sonrió, y continuó:
—Este es un favor que te pido. La divina Atenea me dijo que solo confiase en Tyr, y en el rey. Ambos están lejos en este momento. Voy a confiar en ti. Puedo entrar en combate en cualquier momento. Y no puedo combatir con el niño al lado. Lo vas a llevar a algún lugar seguro. Si Freyr no está conmigo, y me descubren, lucharé. Y, si me matan, matarán a la reina. No al heredero.
—Señora, eso es una locura. Yo no…
—Tú protegerás la vida de Freyr. Porque conmigo no ha de estar seguro ni un minuto. Hace un rato podría haber caído en manos de esos hombres. Y otros podrían venir al ver que sus compañeros han desaparecido, aunque sabrán que esta vez estaremos esperándoles. Por todo ello, es arriesgado que Freyr continúe aquí, lo sé. Pero es mucho más arriesgado que permanezca a mi lado.

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Glenr se mantuvo pensativa. Luego dijo:

—Tenemos un refugio en Ohau, al lado del lago. Puedo montar un caballo, y llevarlo allí. Tenemos alimentos y agua para dos semanas.
—En menos de dos semanas se celebra la ceremonia de la Ascensión de Freyr en el Monte Sagrado Aoraki. Si para entonces no hemos resuelto esto, no importará nada ya.
—No digáis eso, mi señora. —Skadi suspiró.
—No. Tienes razón. Ahora, antes de partir, diles a los líderes de la zona convocados por el humo azul cuando lleguen que entren en la casa. Yo estaré en el cobertizo, con el niño. Cuando todos hayan entrado, pensando que van a hablar de algún asunto de ganado, o de cosechas, me harás una señal, y yo entraré. Debo hablar con ellos. Pero no deben reconocerme como reina. Me quedaré en la sombra.
—No la obedecerán si no la reconocen, mi señora. —Skadi asintió, y dijo:
—Sí, lo sé. Ya pensaré algo. Trataré de convencerles sin anunciar que soy la reina. De alguna manera. Es nuestra única oportunidad. Esto no puede hacerse al estilo del rey Njord o de Tyr, a base de batidas y tropas.
—En eso estoy de acuerdo, mi reina.
—Recuperamos a tu marido. Y a los otros. —Glenr tomó la mano de Skadi, y sonrió. Skadi hizo lo mismo. Fueran se escucharon unas voces a lo lejos. Eran los líderes de la zona, que venían convocados por el humo azul. Skadi dio un salto.
—¡Vamos Freyr, ven conmigo al cobertizo! ¡Y en silencio!

De dioses y confusiones.

Aquella tarde fueron llegando los líderes de la zona. Eran doce. Seis hombres, y seis mujeres, que gestionaban los asuntos de aquel valle y del bosque. Le preguntaron a Glenr qué ocurría, pero esta se limitó a decirles que era algo muy importante, y los invitó a pasar.

Al cabo de unas horas todos se encontraban dentro, iluminados solo por un tenue fuego. La noche había caído. Tyr debía estar llegando a Twizel. El herrero recibiría la carta. Solo entendería una parte de la misiva. Suficiente para lo que era necesario.

Glenr salió un momento, e hizo un gesto a Skadi. Esta se acercó desde el cobertizo, habiendo escondido al niño en una pequeña construcción al lado del pozo, a unos metros de la casa, un espacio que se usaba para guardar elementos diversos. No hizo falta cuidado, porque se quedó profundamente dormido, después de todo un día jugando. Y estaría vigilando la zona constantemente. Glenr también vigilaría el perímetro. Freyr se encontraba cerca, a solo unos metros de la casa. Y esa era, sin ninguna excusa, la última vez que el niño estaría en peligro con la reina. No podía exponerlo más.

Skadi llegó al umbral de la puerta. Golpeó con la acostumbrada señal de amistad. Glenr miró fuera, y asintió. Abrió la puerta, mientras todos observaban asombrados. ¿Quién venía de fuera? ¿A qué se debía tanto misterio? ¿Qué era todo aquello? ¿No era aquella una convocatoria por algún asunto del ganado, o de las cosechas?

El umbral dejó pasar la luz de la Luna. Skadi entró, con la cara tapada por un manto. Luego se lo retiró ante todos los presentes. Todos la observaron. Se quedaron mudos y asombrados ante aquella mirada azul y aquel cabello negro azabache. Entonces Skadi se preparó para comenzar a hablar. Era una desconocida. Alguien a la que nunca habían visto. Pero tenía que decirles algo importante. Y tendrían que confiar en ella. ¿Cómo lo haría? ¿Cómo convencer a un corazón encogido por el miedo con una voz que habla desde el desconocimiento y la desconfianza?

Skadi tenía el pulso totalmente acelerado. Su corazón temblaba en su interior. De pronto, una de las mujeres dijo algo a un hombre. El hombre respondió también. Todos empezaron a susurrar. Uno de ellos, una mujer, que era la líder de los líderes durante seis meses, se acercó a ella. Se arrodilló, y dijo:

—¡Seamos afortunados en esta noche especial y llena de luz! ¡Nuestra Señora, la Divina Atenea, la de los ojos claros, está aquí, esta noche, con nosotros! ¡Y para darnos con seguridad alguna buena nueva!

Todos comenzaron a arrodillarse. Glenr, que vio la escena asombrada, entendió lo que ocurría, y se arrodilló también. Pronto, los doce hombres y mujeres líderes, más la propia Glenr, se encontraron arrodillados frente a Skadi. Esta miró a Glenr, que la miró de reojo, y sonrió mientras asentía. La respuesta a sus plegarias había llegado en una forma que nunca podría haber imaginado.

El milagro que Skadi necesitaba, la inspiración que requería para que aquellos campesinos y ganaderos la escucharan y atendieran, y, sobre todo, siguieran sus instrucciones, había llegado de la mano de la divina Atenea. Al transformar su cabello en negro azabache, y el color de sus ojos en aquel azul marino tan brillante, los líderes la confundieron, y creyeron, realmente, que estaban ante la diosa Atenea.

¿Era una acción prevista por la diosa? ¿Algo deliberado? ¿O solo había cambiado el color de su cabello y ojos para pasar desapercibida? ¿Se atrevería a preguntárselo cuando volviese a verla? Si volvía a verla. Porque su vida estaba en peligro.

Skadi observó la escena, y recordó las palabras de Atenea, que pronunciara años atrás:

“No soy un ídolo de piedra o madera que deba ser adorado hincando las rodillas en el frío suelo. Levanta, pues no se han de arrodillar los hombres y mujeres frente a sus dioses, sino estos ante el sacrificio y el dolor de los mortales a los que atienden”.

Pero ella no era la diosa Atenea. Ella no tenía que hacer lo que hacía la diosa. Así que respiró hondo, tomó fuerzas, y dijo:

—Levantaos. No es vuestro sitio el suelo. Además, tengo que pediros algo. Algo importante. Y no vais a atender mientras os duelen las rodillas y os rompéis el lomo así doblados.

Se escuchó alguna risa suave de alguna mujer y de un par de hombres. Se levantaron. La líder del grupo habló. Era una mujer de aspecto fuerte, recia, de piel negra, y de unos cuarenta y tantos años. Su rostro estaba marcado por las largas jornadas al Sol del Monte Sagrado Aoraki. Sus palabras fueron:

—Mi señora, la de los ojos claros, soy Dahlia, hija de Erika y de Jorgen. Soy actualmente la representante de los líderes de la zona. Estoy a vuestro servicio. Qué puede desear Nuestra Señora de nosotros, simples mortales.
—La mortalidad es lo que caracteriza al ser humano —contestó Skadi—. Y es la vida lo que debemos proteger. Sabéis que han desaparecido misteriosamente varios miembros de la comunidad.
—Lo sabemos, mi señora. De camino, estábamos decididos a avisar al rey Njord.
—Algo muy coherente. Pero lo haremos de otro modo, Dahlia. Resolveremos este asunto con gran cautela. Sin ejércitos. Y sin batallas.
—La palabra de Nuestra Señora es ley divina.
—Es una estrategia sobre todo, mi estimada Dahlia. Sabes que el último en desaparecer ha sido Skirnir, el marido de Glenr. —Se oyeron varios murmullos. Algunos miraron a Glenr de reojo, que continuaba cabizbaja en una esquina, observando por una ventanilla el lugar donde se guardaba Freyr.
—Veo que os agitáis al escuchar el nombre. Escuchad. Escuchadme bien todos. Os he convocado, con la ayuda de Glenr, para que quienes estén detrás de esto no descubran que vamos a iniciar un plan.
—¿Un plan, mi señora?
—Un plan para encontrar los motivos y las fuerzas detrás de todas estas desapariciones, y de ese misterioso rumor que dice que el heredero del Reino del Sur, Freyr, está maldito. ¿Habéis oído esos rumores?
—Sí, mi señora.
—¿Y qué opináis?
—La mayoría no creemos en esas historias, divina Atenea. Pero algunos empiezan a temer que todo esto sea consecuencia de la maldición. Y que solo terminando con el heredero terminarán las desapariciones.

Skadi asintió. Era evidente que ese era el plan. Crear una excusa para dar argumentos a los rumores. Y, quien quisiera que estaba detrás, estaba teniendo éxito. Dijo al fin:
—Sabed que todas esas palabras son insidiosas, y solo quieren dañar al reino y al heredero.
—Lo sabemos, mi señora.
—Bien. Y ahora escuchad: iréis de vuelta a vuestros hogares. Tendréis que atrapar a uno de esos que están secuestrando a vuestros hermanos y amigos. —Alguien del fondo dijo:
—Pero son espíritus, mi señora. —Skadi negó, y respondió:
—Son humanos mortales, te doy mi palabra de ello. Y necesitamos interrogar a alguno con vida, para poder encontrar sus motivos. También deben tener a los prisioneros secuestrados en algún lado. Deberemos averiguar dónde. Y trazar un plan de rescate.
—¿Deberemos, mi señora? —Preguntó con curiosidad Dahlia—. ¿Vais a intervenir directamente en esto? —Skadi tragó saliva, y contestó:
—No. Hablo de nosotros, porque mi voluntad de victoria estará con vosotros.
—¿Y cómo lo haremos para aprehenderlos, mi señora? Somos agricultores, ganaderos, pescadores. La mayoría no sabemos de armas, ni de luchas, excepto el entrenamiento de las milicias. No somos soldados.
—No sois soldados. Ni queremos que intervengan soldados. Y tendréis ayuda. Tres seres de negro con el rostro tapado se repartirán en vuestras granjas. Tres figuras ocultas que escudriñarán la zona, esperando el momento de atrapar a esos individuos, y de encontrar a vuestros prisioneros.
—¿Quiénes son, mi señora?
—Solo deberéis saber que son tres figuras negras. Protegen el reino desde la oscuridad de la noche. Son como sombras. Pero son fieles al reino. Nada más habréis de saber ahora. Confiad en esas figuras. Porque estarán ahí para protegeros.

Hubo una serie de rumores. El líder mandó silencio. Se volvió a Skadi, y afirmó:

—Se hará exactamente como diga, mi señora, la de los ojos claros. Os doy mi palabra.
—Lo sé, Dahlia. Y tendréis fe en la victoria. Porque ha de ser nuestra. Ahora marchad, y si esas figuras negras os dan instrucciones, tomadlas como si fuesen mis instrucciones. Recordad que el sigilo y la prudencia son fundamentales para el éxito. Cualquier movimiento sospechoso hará que perdamos el factor sorpresa.
—Su palabra será la vuestra, mi señora —afirmó Dahlia inclinándose ligeramente. Luego se volvió, miró a todos unos instantes para asegurarse de que la miraban, y dijo:

—Ya habéis oído perfectamente a Nuestra Señora, la divina Atenea. Su palabra es ley. Volved a vuestros hogares, y recordad bien las palabras de la de los ojos claros.

Todos asintieron. Estaban asustados. Pero, si la propia diosa estaba con ellos, no habría nada que temer. ¿Terminaría por fin la pesadilla de las desapariciones? ¿Acabarían con los rumores de maldiciones del reino? Con la diosa de su lado, parecía posible.

Una vez se hubieron marchado, Glenr preparó un caballo. Tomó al niño en sus brazos, lo puso detrás de ella, asintió a la reina, y, sin decir nada, salió presta camino de Ohau. Freyr parecía encontrarse a gusto con Glenr, y Glenr parecía saber manejar al niño perfectamente.

Allí, en Ohau, el niño y Glenr estarían a salvo. Porque era un lugar secreto de su marido y ella, oculto en la misma ensenada, y cubierto como la noche más negra.

Skadi se quedó dormida en el altillo. Estaría relativamente segura. La casa se suponía que estaba ahora vacía. Bloqueó antes el altillo con una madera. La espada dejó sobre su mano, preparada para dar un golpe certero a la primera ocasión. Dos flechas listas para ser lanzadas en caso de que fuese necesario.

Se durmió al instante. Y soñó con Idún, que desde el vacío de la noche le decía:

El mundo nos pone a prueba constantemente. Sé digna del futuro que te espera. Como mujer, como madre, y como reina…

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Llegadas inesperadas.

Por la mañana, Skadi se levantó en cuanto salió el Sol. Miró desde el altillo un rato, con el arco en la mano, la espada en el cinto, y un pequeño cuchillo a su lado. Al fin vio una figura acercarse. Era Tyr, que venía al galope. Llegó hasta el umbral de la puerta, pero antes de llamar, Skadi ya había abierto. Ella se abrazó a él, con lágrimas en los ojos.

—Has sido muy rápido, incluso para ti.
—Este caballo es portentoso. Parece criado por los dioses. Pero, ¿por qué lloráis, mi reina?
—Porque verte llegar es un mensaje de esperanza para mí. Siempre has estado presente en mis derrotas, pero especialmente en mis victorias, que son tuyas.
—La que lo complica siempre todo es mi reina; yo me limito a proteger el reino, y a los reyes.

Ambos pasaron dentro, y Skadi le explicó lo que había sucedido con el niño, Glenr, y los doce líderes. También le explicó la confusión con la diosa Atenea, y cómo había aprovechado esa ocasión. Tyr se mantuvo pensativo antes de hablar.

—Lo de la diosa no me sorprende. Realmente se os puede llegar a confundir, en la oscuridad, con ese cabello y esos ojos. Me preocupa más que el niño esté lejos de nuestro alcance, y sin protección. Pero reconozco que, oculto en las sombras con Glenr, estará más seguro que en esta vorágine de acontecimientos. Y una guardia sería un reclamo para cualquier asesino que lo esté buscando. Lo que no sé todavía es a qué se debe exactamente mi viaje a Twizel. Y yo, la verdad…

De pronto, Tyr sintió algo. Hizo un gesto con el dedo a Skadi para que se mantuviera en silencio. Sacó la espada del cinto, y se dirigió a la puerta. Luego fue hacia el otro lado. Cuando pasó por debajo del altillo, una figura de negro cayó sobre él. Le hizo trastabillar y caerse, pero Tyr fue mucho más rápido y ágil de lo que podría parecer para un hombre de su altura. Reaccionó rápidamente, y se deshizo de la presa que alguien le había provocado. Una figura negra, con la cara semicubierta, y ojos fijos de color gris que le miraban inquisitivamente. Tyr se preparó para usar la espada, cuando Skadi gritó:

—¡Alto, Tyr! ¡Es amiga! —Tyr miró extrañado a Skadi. Luego miró a aquella figura negra, que se quitó la negra tela que cubría la parte inferior de su rostro. Sonrió, y dijo:

—Tyr, es un placer volver a verte. Incluso con esa espada apuntándome directamente al corazón. Ya lo rompiste una vez. ¿Qué importa otra? —Luego se volvió a Skadi, y añadió:
—Mi reina, se presenta Sif, a vuestro servicio. Espero vuestras instrucciones.

Tyr no podía creer lo que veía. Allí, frente a él, estaba esa figura de mujer envuelta en negras telas. Era Sif, de ojos grises y cabello castaño, la guardiana del reino, y segunda al mando tras el propio Tyr, aunque fuese una figura no reconocida ni conocida en el reino de forma oficial. Su misión: vivir oculta en las sombras. Su deseo: proteger al reino con un grupo de mujeres altamente entrenadas en el combate cuerpo a cuerpo, en armas cortas, en la infiltración, y en el sigilo. Tyr asintió, comprendiendo de qué iba todo aquello.

—Ahora entiendo. El padre de Sif es herrero. Solo sabía eso, pero es evidente que el herrero al que he llevado la carta es el padre de Sif.
—Exacto —admitió Skadi—. Y en esa carta convocaba a Sif y a su grupo de mujeres soldado para esta causa. Ellas serán las figuras negras que protejan las granjas, y que buscarán a los secuestrados. Con mi supervisión por supuesto.
—Por supuesto —repitió Tyr—. ¿Y tenéis alguna misión para mí? ¿O he de seguir de recadero nuevamente, y hasta que esto acabe? —Fue Sif la que habló:
—Ya lo ha dicho la reina: se requiere sigilo y silencio para solventar esta crisis. Y los hombres soléis conseguir vuestros logros con vuestras pesadas botas, vuestros gritos de locos, y vuestras gigantescas batallas. Muchas guerras se ganan cuando se ha vencido sin haberlas comenzado. Pero, de todas formas, algo hallaremos para que puedas ser de ayuda.

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Tyr sonrió ligeramente, y contestó:

—Es muy amable de tu parte. Lo que no entiendo es cómo has podido llegar tan rápido. ¿Tienes ayuda de los dioses?
—Tengo ayuda de mi entrenamiento, y de mi preocupación por que la reina esté a salvo. Tu labor será protegerla. Esa es la misión que te dio el rey. —Tyr negó con la cabeza, y respondió:
—Esa es la misión que la reina me ha estado pidiendo que ignore constantemente. Y es evidente que se sabe proteger sola. Y enredar este asunto hasta el infinito.
—¿Qué habrías hecho tú? —Le inquirió Sif—. ¿Llamar al Tercer Ejército, que se encuentra al este del castillo, para arrasar el área? —Tyr alzó las cejas, sorprendido. Preguntó:
—¿Y tú cómo sabes que el Tercer Ejército está situado al este del castillo de Helgi? Están ocultos y escondidos. —Sif alzó las manos negando con la cabeza, y respondió:
—Por favor, Tyr. Son como una manada de elefantes. Se les ve, y se les oye, desde cientos de kilómetros.
—Sí, pero esa era una operación oculta. ¿Y eso de los elefantes? Son animales míticos. Ni siquiera se cree que existieran una vez.
—Bueno, pero eran muy grandes según cuentan, y ruidosos. En todo caso, es mi deber saber lo que no sabe nadie, estar donde nadie está, y actuar donde nadie lo espera. Y ahora, si quieres escuchar las órdenes de la reina…
—No he hecho otra cosa desde que salimos del templo. Y te aseguro que ya siento la hoja del rey sobre mi cuello…

Tyr no pudo terminar de hablar. Tres mujeres de negro se abalanzaron sobre él. Una le hizo una llave que le hizo caer al suelo mientras intentaba tomar su espada, que le fue arrebatada por una segunda. Le tercera le colocó una espada al cuello mientras la primera le ataba las manos y la segunda los pies.

Quedó así tendido en el suelo, cuando Sif se acercó. Le puso un pie en el pecho, y dijo:

—Muy bien. Has caído como un puente viejo, Tyr. Mañana es día de mercado. Podremos venderte como ganado a buen precio. —Skadi no pudo evitar reír mientras decía:

—Soltadlo ya, chicas. Tyr, estas tres amigas son tres de las compañeras de Sif. Entrenadas para moverse en lo oculto, para ser sombras en la noche, e invisibles en el día. Ellas se ocuparán de proteger esta granja, mientras tú me proteges a mí, y yo procuro salir viva de todo esto. Claro que yo también sé defenderme.
—Ya lo he notado —susurró Tyr aún con el pie de Sif en el pecho. Skadi continuó:
—Grupos de tres como ellas se están repartiendo ya por la zona, por diferentes granjas, pero también en zonas aledañas. Son las instrucciones que le mandé a Sif, y ella transcribió a su equipo. Por la noche estarán preparadas para cualquier cosa. Si intentan un nuevo rapto, estaremos listos. O mejor dicho, listas.

Tyr se levantó. Tomó su espada, e hizo un gesto sorpresivo de ataque a Sif. Al segundo se encontró tres espadas cortando el paso de su hoja, y la de Sif sobre su corazón. Al cabo de unos segundos, Tyr guardó su espada, y comentó:

—Confieso que estáis bien entrenadas. Para ser mujeres. Claro que tres contra uno no es justo. En esta situación estaba en clara desventaja. —Sif sonrió, y respondió:
—Las mujeres no nos aprovechamos de las situaciones; sois los hombres los que no sabéis aprovechar esas situaciones. Y tú estás bien entrenado para ser torpe, sobre todo siendo un hombre. Pero creo que es mejor dejar esta discusión que ya hemos tenido muchas veces, y empezar a prepararnos.
—Estoy de acuerdo —confirmó Skadi—. Vamos a llegar al fondo de este asunto. Haremos guardia, y yo pido hacer el primer turno. —Tyr negó con la cabeza.
—La reina no puede hacer guardia. —Skadi negó con la cabeza. Sugirió:
—¿Sabes decir algo que no sea “no”?
—No, mi reina.
—Repito: yo haré la primera guardia, con Sif. Vosotras tres id arriba, a dormir con Tyr. En dos horas nos turnaremos. —Tyr se rascó la cabeza.
—¿Yo… dormir con estas tres mujeres? ¿En la misma cama? —Sif replicó:
—¿Qué te ocurre, Tyr? ¿Te dan miedo? De todas formas, no te hagas ilusiones. Una dormirá contigo. Las otras dos, en una manta. Te aseguro que no abusarán de ti. No demasiado.
—Yo tengo mi amor, no demasiado lejos de aquí. —Sif asintió, y respondió:
—Romántico hasta el final. Siempre me gustó eso de ti. No te preocupes, te tratarán bien las tres. Al menos esta noche.
—¿Y… sus nombres?
—Los nombres de mis mujeres soldado no importan. Ni sus orígenes. Ni sus palabras. Nadie debe saber nada de ellas. Nadie. Ni siquiera los reyes, ni mucho menos el jefe de la guardia.
—¿Te das cuenta de que soy tu superior, y podría negarme?
—Pero no lo harás. Porque la reina me apoya. ¿No es así? —Sif miró a Skadi, que asintió levemente sonriente. Tyr puso cara de circunstancias, y accedió.

tyr

Recuerdos y memorias.

Luego Tyr subió a la parte superior con las tres mujeres soldado. Pronto quedaron dormidos. Skadi se acercó a Sif. Le tomó la mano, y susurró:

—Gracias por venir tan rápido. —Sif sonrió.
—Era mi deber. Y, por cierto, estáis muy bella con esos ojos y ese cabello. —Skadi sonrió, y se meció el negro cabello sonriente.
—Sí. Y tiene efectos mágicos además. Esto habría sido divertido cuando éramos niñas. —Sif asintió:
—Cierto. Cuando éramos pequeñas jugamos y lo pasamos bien. Ahora mi deber es mi reina. Ya os lo dije hace cuatro años, cuando murió vuestra madre. Mi deber es entregar mi vida por la reina, si fuese necesario.
—Espero que no sea así. Yo también daré mi vida por ti, si es necesario. —Sif negó categóricamente.
—Ahí es donde se equivoca mi reina. Lo haremos nosotras. Aunque denostadas muchas veces por los hombres y el Reino del Norte, escondidas, criticadas, nunca hemos dejado de entrenarnos, y de proteger el reino.
—Tyr solo bromeaba. Él os admira. A ti, y a tu grupo. —Sif suspiró.
—Sí, lo sé. Eso es lo que me dolió de él. Que me admiraba. Pero no iba más allá.
—Le amabas mucho.
—Demasiado. Pero eso fue hace tiempo. Ahora nos debemos al Reino del Sur. Incluso con las críticas. En estas circunstancias, esperamos haber sido casi olvidadas. Aunque temo que esta crisis haga recordar de nuevo al pueblo que todavía existimos. Que comprendan que servimos al pueblo de la misma forma que los soldados masculinos. Esa misión será mucho más dura de ganar.

Skadi asintió. Miró hacia la pequeña ventana, y observó el exterior a la luz de una Luna decreciente. Luego se volvió, y dijo:

—Recuerdo mucho nuestros juegos, nuestra amistad. Y nuestros sueños. Ahora estamos separadas por nuestros rangos, pero espero, de verdad espero, que estemos unidas en nuestros corazones. —Sif asintió.

—No podremos comportarnos como niñas, mi reina. Pero podremos ser niñas para siempre en nuestros corazones. Y ahora, recordad: vuestra vida no debe perderse. Ante la menor señal de peligro, os pondréis detrás de mí. Si hay que parar un golpe, mi espada deberá ser quien lo pare. O mi cuerpo.
—Tú harás ese trabajo, Sif. Pero recuerda que la espada no es mi fuerte. Mi arco está listo. Y ten por seguro una cosa: antes de que una hoja siquiera se acerque a ti, dos flechas habrán encontrado su camino. Eso te lo aseguro.—Sif sonrió.
—Sí. Ya una vez me salvasteis la vida con el arco.
—Y fue el mejor acto que pude llevar a cabo.

Skadi y Sif terminaron la conversación. Fuera, el silencio de la noche se hizo patente. Seis compañeras más de Sif guardaban la parte exterior del recinto. Pero eso solo lo sabía Sif. Skadi podía confiar en su fuerza, y en su arco. Pero Sif no iba a permitir que la reina sufriera daño alguno. Aquellas mujeres serían sombras para encontrar la conspiración que amenazaba el reino. Pero también serían la luz que aseguraría la continuidad del reino. Y del heredero al Reino del Sur.

Pronto amanecería. Y quizás habría noticias. O quizás no. Las piezas estaban situadas en el tablero. La cacería había comenzado. Y ya no se detendría. Hasta el final.


 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

4 comentarios en “La maldición de Freyr (III)”

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