La maldición de Freyr (V)

Cuarta parte en este enlace.
Tercera parte en este enlace.
Primera parte en este enlace.

Nota: esta es la quinta parte del cuarto relato (5/4), que se incluirá junto a los tres anteriores, del libro “La Luz de Asynjur” (descarga gratuita). Este relato narra los hechos anteriores a “La insurrección de los Einherjar”, centrándose en la vida de Skadi, que ahora ya tiene veinticinco años, y es reina junto a su amado rey Njord.

Este relato de “La maldición de Freyr” tiene un tono algo más adulto, es más extenso, y deja de lado el formato relato puro adentrándose en la novela corta.  El texto conecta ya de lleno con el estilo del posterior libro en dos partes de “La insurrección de los Einherjar”.

El texto final constará de seis partes, y narrará la historia de Skadi, que con veinticinco años se ve envuelta en una conspiración, con un rumor que implica una maldición a su hijo Freyr.

Cada relato del libro es independiente, y juntos conforman el origen de Skadi, y su destino como princesa y reina del Reino del Sur. Muchas gracias.

Atenea. La Luz de Asynjur.

Reencuentros.

Skadi y Tyr llegaron al valle de Dobson al atardecer. Ambos iban vestidos con ropas viejas que habían sacado del armario de Glenr y Skirnir. Desde allí se desplazaron un par de kilómetros, siguiendo el río del curso del mismo nombre que el valle, hasta que llegaron a una antigua casa en ruinas. Tyr miró el lugar y preguntó:

—Mi reina, ¿esta vieja casa es el lugar de reunión? No recuerdo que os citarais aquí cuando me obligabais a recorrer la isla de arriba abajo para vuestras citas. —Skadi respondió:
—Aquello es algo que te agradeceremos eternamente, Tyr. Pero este sitio era secreto incluso para ti. Ahora esperamos a alguien. Le dejé un mensaje en clave que solo él podría entender antes de salir del templo.

En ese momento, Tyr observó una sombra. Pero no se movió. Al contrario, bajó la cabeza, y dijo:

—Mi rey. Es un honor. Y un alivio ver que estáis bien. —Njord salió de entre las sombras. Se dirigió a Tyr sin mirar a Skadi, y dijo:
—¿Cuáles eran mis instrucciones, que te di con todo detalle?
—Proteger a Skadi.
—¿Y qué más? Algo que te remarqué especialmente.
—No dejar que hiciese… las acostumbradas locuras.
—¿Has cumplido mis órdenes?
—En cierto modo, mi rey… La reina ha hecho pocas tonterías. Las normales. Las habituales. —Njord miró fijamente a Tyr, y susurró:
—Ya hablaremos de esto. Cuando decida si te paso por debajo de la quilla de un barco, o directamente te dejo como pasto de los peces.

Njord se volvió, y se acercó a Skadi, que sonrió. Este dijo:

—¿Y tú por qué sonríes? ¿Qué broma graciosa es esta? ¿A qué se debe ese aspecto?
—¿No te gusta? Es mi nuevo estilo. Viene del norte.
—Del norte solo vienen calamidades.
—Nuestra Señora, la de los ojos claros, cambió mi cabello y mis ojos para protegerme.
—Entiendo. Y, ahora, vas a contarme cómo hemos llegado a esta situación absurda. Y luego voy a encerrarte en la torre, hasta que ese cabello negro sea blanco como la Luna.
—Y yo voy a darte una patada en el trasero tan grande que saldrás volando como uno de los cohetes de los magos, y quedarás enganchado a tu querida torre por la capa, para que todos puedan contemplar a su rey.

Tyr no pudo evitar sonreír. Njord le miró de reojo, pero no dijo nada. Luego preguntó a Skadi:

¿Dónde está Freyr?
—En un lugar seguro.
—¿Qué? ¿No está contigo?
—¿Quieres hacer el favor de callar la boca, dejar de hacerte el duro, y escucharme? ¿O vas a seguir diciendo incongruencias toda la noche?

Njord resopló como un caballo. Skadi le pidió que se sentara con ella. Y, con la ayuda de Tyr, ambos le explicaron los detalles de todo lo acontecido. La llegada al templo, la revelación de Atenea, la huida, la llegada a la casa de Greyr y Skirnir, los secuestros, la decisión de traer a las mujeres soldado de Sif, y la reunión con los líderes, donde les hizo creer que era la propia diosa Atenea.

Njord escuchaba atentamente, llevándose las manos a los ojos con la historia de la suplantación de personalidad, o la decisión de dejar al niño en manos de Gleyr. Finalmente, comentó:

—Esto es una locura. Lo que no entiendo es por qué no confiaste en mí. Puedo comprender que te preocuparas. Puedo comprender que pusieras en riesgo tu vida, y la de Freyr, por un problema que parece muy grave. Pero los riesgos son compartidos, Skadi. Lo bueno lo compartimos, pero lo malo aún lo compartimos más. Somos un equipo, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo perfectamente —asintió Skadi—. Dime una cosa, pero dime la verdad. Cuando te enteraste de que habíamos tenido que huir, y que estábamos desaparecidos, ¿qué pensaste hacer?
—Eso no importa. Lo importante era que no podía quedarme de brazos cruzados.
—Eso no es lo que te he preguntado. ¿Quieres hacer el favor de contestar, testarudo?

Njord suspiró mientras respondía:

—Iba a organizar al Tercer Ejército para ir a buscarte. —Skadi asintió, y sonrió lentamente.
—Exactamente lo que imaginé. ¿Por qué no lo hiciste?
—Porque Nuestra Señora se presentó en mi cámara para advertirme de que actuase en silencio… —Skadi aplaudió sonriente.
—¡Muy bien! ¡Los mismos dioses tienen que molestarse en decirte lo que ya deberías saber! ¡Ese es el hombre con el que me he casado, el alcornoque mayor del reino!
—¿Cómo se te ocurre hablarle así a tu rey?
—Si eres rey, actúa como tal.
—Tendría que haberme casado con Electra, cuando tuve la oportunidad.
—Claro, para que te manipulase, y pusiese un pie en el Reino del Sur sin requerir ni un solo soldado. Ya sé que andas loco por sus caderas, pero incluso así deberías saber que solo quería usarte.
—Lo sé. Pero no me hubiese importado. No en aquel tiempo.
—Al menos eres sincero.

Njord se levantó, y señaló a Skadi.

—Escucha: lo de tus chicas guerreras está genial. Pero esto es trabajo para hombres. No digo que ellas no puedan apoyarnos, pero es eso: un apoyo. Tyr y yo vamos a organizar nuestro propio grupo de control para vigilar la zona. Tus chicas guerreras pueden apoyarnos, pero sin molestar demasiado.

Skadi se levantó a su vez. Se acercó a Njord con cara seria, y dijo:

—Mis “chicas guerreras” pueden con tus hombres en una relación de tres a uno por lo menos. Y además… —En ese momento notaron que alguien se acercaba. Se mantuvieron en silencio mientras el portón se abría.

Allá apareció Sif. Njord se llevó una mano a la cabeza mientras decía:

—La que faltaba. Y viene con sus amigas. ¿Por qué no os dedicáis a tener niños por el bien del reino, para que aumente su población y sea más fructífero? —Skadi le dio una patada en el tobillo a Njord, que aguantó el dolor estoicamente.

Sif entró con tres de sus compañeras, que llevaban a un hombre maniatado. Lo llevaron hasta una silla, y le hicieron sentarse mientras Sif decía:

—Lo siento, mi rey. Me ocuparé de tener hijos cuando mi rey se ocupe del reino como debe. Este hombre intentó secuestrar a una mujer esta pasada noche cerca de Tekapo. Iba acompañado de otros tres, que intentaron huir y fueron eliminados. A este lo pudieron capturar vivo. Acaban de entregármelo. —Tyr se dirigió a Sif.
—Vaya, muy buen trabajo —aseguró—. Y ya me contarás cómo vienes y vas de ese modo.
—No tengo que explicar cosas que ya deberías saber —le espetó Sif. Njord preguntó:
—¿Os ha dicho algo? ¿Origen? ¿Motivo de los secuestros?
—Nada de momento. Solo lleva un escudo del Reino del Norte —contestó Sif.

Njord se acercó a aquel hombre. Intentó ver algo en su mirada. Pero era fría. Oscura. Distante.

—¿Quiénes sois? ¿Qué pretendéis con estos secuestros? ¿Tienen algo que ver con ese rumor de la maldición de Freyr?
—No diré nada —contestó el hombre—. Dentro de poco seréis historia en los libros. Eso es lo que importa. —Njord asintió, y realizó una nueva pregunta:
—¿Quiere eso decir que todo esto es alguna trama para una posterior invasión del Reino del Norte?
—Tú no eres más que un pobre ignorante perdido en tu reino absurdo. Un ser inferior que no merece ser tenido en cuenta. Las cosas fueron distintas antes. Y volverán a ser como fueron.
—Hablas con acertijos. ¿Como antes? ¿Qué antes? ¿Alguna de esas viejas reivindicaciones de los antiguos reyes del Reino del Norte?

El hombre no habló. Entonces Njord se acercó a Sif y a Skadi.

—Escuchad las dos. Ya sabéis que nunca he estado muy de acuerdo con eso de un ejército de mujeres camufladas.
—Eso es decirlo suave —sugirió Skadi. Njord ignoró el comentario, y continuó:
—Yo me voy ahora con Tyr. Ahora necesito a Tyr conmigo, y creo que, por una vez, puedo dejar de lado mis conflictos, y confiar en que tus mujeres soldado puedan proteger a la reina. Parece que pueden hacerlo. Quiero preparar al Tercer Ejército para cualquier eventualidad. Pero estaros tranquilas: no movilizaré al ejército. Solo a algunos hombres preparados para la infiltración. Sif, a ti te voy a confiar el cuidado de Skadi. Y te voy a confiar intentar obtener toda la información posible de este hombre. Cuando la tengáis, le diréis a una de vuestras mujeres guerreras que vaya a verme al cuartel general del Tercer Ejército con esa información. Estoy seguro de que serán capaces de hacerlo.
—De momento no lo han hecho tan mal —le espetó Skadi.
—Tienes razón. Por eso os doy este voto de confianza. Pero, por favor, a partir de ahora, vamos a coordinarnos. ¿De acuerdo? ¿Me harás caso por una vez, Skadi?
—Por una vez —repitió Skadi sonriente. Luego ambos se abrazaron y besaron.

Njord no dijo nada más. Tyr se preparó, cuando Skadi se acercó a este, y le abrazó fuertemente. Tyr miró con cara de sorpresa a Njord, que replicó:

—¿Y esto? ¿Ahora tengo que cortar alguna cabeza de forma inesperada, Tyr? —Skadi replicó:
—Tyr ha sido fuerte y valeroso, y se ha cuidado de protegerme, aunque no necesito protección.
—No, claro que no, me lo imagino —susurró Njord. Skadi continuó:
—Por eso he querido agradecerle todo lo que ha hecho por mí.
—Y ponerme celoso tampoco es algo que te importe. Es más, lo disfrutas. —Skadi sonrió, y contestó:
—Es cierto; no me importa. Y lo disfruto mucho.

Njord asintió. Le hizo un gesto a Tyr, que nervioso recogió sus cosas, y se apresuró a irse con el rey. Luego Sif dio instrucciones a sus tres compañeras para que esperasen fuera, patrullando la zona. Sif se quedó a solas con Skadi y con aquel extraño hombre.

—¿Cómo te llamas? —Preguntó Sif.
—Mi nombre no importa. Puedes llamarme Delta. Es mi denominación.
—Está bien, Delta. Dinos de dónde procedes. Y el por qué de los secuestros.
—Vete al infierno —le dijo Delta a Sif. Esta replicó.
—Tengo órdenes del rey de sacarte información. Y no ha puesto ninguna restricción. Eso quiere decir que tengo a mi alcance cualquier medio.
—Eso no me asusta. Estoy preparado para cualquier cosa. —Sif se dirigió a Skadi.
—Lo llevo fuera, al bosque. Trabajaré mejor a solas con él.
—¡Yo quiero ir, mi Señora! —Rogó Skadi.
—No, mi reina. Mis soldados están ahí fuera. Estáis mejor aquí.

Atlantis.

Sif hizo que Delta se levantara, y lo sacó fuera. Caminaron trescientos metros, hasta unos árboles cercanos. Sif miró extrañada al hombre. Era evidente que había algo más de lo que parecía. Este dijo al fin:

—¿Me vas a torturar? ¿Sandra? —Sif se mantuvo en silencio.
—¿Quién es Sandra? —Delta rió.
—Vamos, por favor. No te burles de mí. Estos payasos medievales puede que caigan ante tus mentiras y tus manipulaciones. Pero eso no ocurrirá conmigo.

Sif se transformó. Tomó de nuevo el aspecto de Atenea. Se acercó, y le dijo:

—Tú no eres del Reino del Norte. Y tú no eres un miembro de esta sociedad.
—¡Pues claro que no! —Exclamó Delta—. ¿Por quién me has tomado? ¿Por uno de esos ridículos pastores o pescadores? Y sé que tú eres un androide de infiltración y combate, modelo Quantum Computer System Model 60. La famosa Sandra. La genocida de especies. La alabada en la galaxia. La que luchó junto a Richard Tsakalidis, más conocido como Zeus.
—Vaya. Veo que sabes mucho de mí.
—Lo sabemos todo de ti. Durante generaciones hemos seguido tus pasos. Guardamos una copia de los archivos de la guerra estelar que mantuviste siglos atrás.
—¿Quiénes sois? —Delta ignoró la pregunta, y continuó:
—Escribiste las Crónicas de los Einherjar para dar un nuevo Corpus filosófico, místico y religioso a un grupo heterogéneo de población que se refugió en las islas de Nueva Zelanda. Organizaste todo este mundo para protegerlo de la radiación de la guerra nuclear, con el fin de darle una nueva oportunidad a la humanidad. Tomaste la forma de una diosa porque de ese modo pensaste que te obedecerían. Y lo hicieron, al principio. Pero, como todas las civilizaciones primitivas, siguen las instrucciones de sus dioses cuándo, cómo, y en el momento que les interesa.

Sandra se mantuvo en silencio. Aquel hombre sabía mucho de ella. Demasiado. Tenía que averiguar algo más.
—Quiero que me cuentes todo lo que tenga que ver con vuestras operaciones de secuestros.
—No te contaré nada. Vendrán a eliminarme pronto. De hecho, esos que habéis matado han muerto para haceros creer que somos del Norte. La realidad es mucho, mucho más compleja.

Sandra examinó a aquel hombre. Su modelo conductual y su estado mental eran compatibles con la verdad. O, al menos, su verdad. No estaba loco. No estaba soñando. Creía en lo que decía. Y sus datos eran muy exactos y precisos. Su análisis radiológico demostraba que había estado cerca de fuentes radioactivas desde pequeño, y que había sido sometido a alguna cirugía sofisticada, como demostraba una cicatriz interna solo posible con biotecnología de al menos el siglo XXIV.

Pero ese hombre, aunque sabía mucho de ella, no parecía comprender que ella había sido diseñada con un solo fin: obtener información. Del modo y manera que fuesen precisos. Sin importar otros aspectos. Y aquel hombre estaba a punto de averiguar esa capacidad de Sandra. Porque estaban en riesgo los dos Reinos. Y ella no iba a permitir que sucediese nada ajeno al desarrollo de esa sociedad de estilo medieval que había ayudado a forjar, y que era la única esperanza de un futuro para la especie humana.

—Delta, tendré que sacarte la información.
—Y tú tendrás que irte al infierno.

Delta activó algo en su cabeza. Era un neuroparalizante, que empezó a bloquear su sistema nervioso, impidiendo que las señales llegasen al corazón y pulmones. Sandra analizó el componente rápidamente. Con lo que no contaba Delta era que ese tipo de productos eran muy bien conocidos por ella, y había desarrollado estrategias para evitar su efecto. Introdujo un grupo de nanobots en su torrente sanguíneo, que restauraron la comunicación nerviosa entre el cerebro y el corazón y pulmones. No era perfecto, y solo tendría un efecto temporal. Pero era suficiente para ella.

Delta se dio cuenta de que no moría. Entonces miró a Sandra, y exclamó:

—¿Qué me has hecho, máquina del demonio?
—Estoy capacitada para este tipo de situaciones, Delta, o como te llames en realidad. Mi diseño se basa en la obtención de información. A veces matando al sujeto objetivo. Otras veces, en cambio, salvándolo. Ese viejo truco del suicidio es muy difícil que funcione conmigo. Al menos, con este tipo de estrategias. Y ahora, vamos a hablar.

Delta entendió que no tenía salida. Podría intentar aguantar, pero sabía que un androide como Sandra terminaba obteniendo la información, porque estaba diseñada, no para hacer un daño enorme, sino solo el necesario para romper las defensas mentales y psicológicas del individuo. Así que habló:

—Está bien. Te diré lo básico: pertenezco a una ciudad submarina que fue construida en el siglo XXIII. Su nombre es Atlantis. —Sandra asintió.
—Atlantis —repitió Sandra—. Fue un desastre. Se desmoronó por un terremoto submarino, y murieron todos.
—No. No fue así. Se diseñó como un refugio en caso de desastre. Pero solo para quien pudiera pagarlo. Era un proyecto secreto. Ni siquiera Richard Tsakalidis sabía nada, tampoco aquel que se hacía llamar Odín. Cuando estalló la guerra nuclear, y durante mucho tiempo, creímos que estábamos solos, en el fondo marino de un lugar al este de Madagascar. Pero quisimos explorar. Así que fuimos enviando sondas. Y, de pronto, descubrimos el satélite que protege las islas de Nueva Zelanda. Podíamos entrar con nuestra potencia de fuego, matar a todos los habitantes, y quedarnos con las islas. Pero había un problema:
—Yo. —Delta asintió, confirmando la sospecha de Sandra.
—Exacto. Luego entendimos algo mucho más importante.
—¿Y qué era?
—Que podíamos arrasar con todo, y también contigo. Pero nos llevaría años, quizás décadas, entender la tecnología detrás de ese manto de energía que protege las islas. La idea era capturar a miembros de la población, disfrazados para que pareciésemos gente del Reino del Norte. Esto crearía caos, y terminaría por hacerte aparecer. Difundimos el rumor de Freyr, para que creara confusión, y la gente creyese que todo era fruto de una maldición.
—Podríais haberme llamado mediante una simple señal.
—Sí. Pero había algo más. Antes de quedarnos con las islas, necesitábamos a esas personas. Jóvenes, niños, viejos…  No nos interesan ellos, ni siquiera sus cuerpos. Excepto para actuar como esclavos en algunos casos.
—Entiendo. Algunos esclavos para la ciudad. Pero vuestro objetivo principal era el ADN de los habitantes de las islas. Eso lo que buscáis. De ahí los raptos. Hechos de tal forma que no levantasen sospechas, especialmente en mí. Tenía que parecer que era el Reino del Norte el responsable.
—Exacto. Necesitamos incluir el ADN de estos individuos en nuestras matrices de reproducción. Somos muy pocos en Atlantis. Incluso nuestros mejores técnicos en biología molecular tenían problemas con la variabilidad genética. Por otro lado, una demostración de nuestra determinación sería lo mejor para convencerte de que vamos en serio. Y que tendrás que ceder. Y ayudarnos.
—¿Ceder? ¿Ayudaros? ¿A qué?
—A entender cómo funciona el Manto de Odín, que es como lo bautizaste, y como llaman los lugareños. Es decir, cómo funciona el generador de energía del escudo que protege las islas. Una capacidad de generación de potencia de ese calibre nos permitirá crear nuevas naves estelares, para dejar el océano y este planeta casi muerto, y viajar a las estrellas.
—Entiendo. Os interesaba el ADN. Pero os interesa todavía más el Manto de Odín. El escudo de energía. O explico a tus líderes cómo funciona  el satélite que genera el manto, o matáis a toda la población de las islas, una vez tengáis las muestras de ADN que necesitáis.
—Veo que lo vas entendiendo.
—De todas formas, te diré algo que no vas a creer: yo tampoco entiendo cómo funciona el Manto de Odín. Solo sé que tiene que ver con una tecnología basada en un túnel cuántico que conecta un metaverso de una energía de vacío superior al nuestro. Eso produce una transferencia de energía, donde el otro universo pierde energía y este la gana, por lo que no se violan las leyes de la termodinámica. Si entiendes algo de lo que digo.
—Te entiendo perfectamente. Somos potenciados. Todos tenemos un conocimiento muy alto en física y otras ciencias.
—Potenciados, ya veo. Manipulados genéticamente para crear una especie superior. Sois el resultado de los experimentos genéticos de los siglos XXI y XXII, que comenzaron en China en los años treinta del siglo XXI, para crear una especie mejorada genéticamente.
—Exactamente.
—Lástima que vuestra ética y moral no se hayan potenciado en la misma escala.
—Puedes pensar lo que quieras, Sandra. Pero nos interesa el reactor cuántico que comunica con el metaverso. Su diseño y construcción. Y tú nos lo darás.
—No te lo daré. No puedo. Solo un hombre en la Tierra sabe cómo funciona. Un tal Scott. Y no sé dónde está, o si vive todavía.
—No me convence. Queremos la tecnología. O mataremos a todos. Tu querido circo medieval quedará convertido en fuego. Somos, efectivamente, una especie superior. Nueva, más poderosa.
—Esto de aquí no es un circo medieval; es la última esperanza de supervivencia de la humanidad.
—La última esperanza de la humanidad somos nosotros: Atlantis. Esos idiotas son seres inferiores. Un pasado de la humanidad que debe desaparecer, una vez hayamos conseguido su ADN.
—Esos idiotas de los que hablas son seres humanos. Vosotros sois producto de la ingeniería. Dejasteis de ser humanos cuando os transformasteis. Pero mucho más cuando decidisteis quién debe vivir, y quién debe morir.

En ese momento Sandra detectó a Skadi. Había estado oculta detrás de un árbol. Casi al mismo tiempo, aparecieron tres hombres portando trajes militares de una antigua unidad de combate militar del siglo XXIV. Aquellos hombres dispararon a Delta con avanzadas armas phaser. Delta murió al instante. De forma inmediata Sandra extrajo su phaser, y en un instante acabó con aquellos tres hombres.

Luego detectó que se acercaban más. Sandra le indicó a Skadi que la siguiera. Salieron corriendo hacia un claro, de donde apareció un transporte. Era el aerodeslizador de Sandra, que había estado oculto a unos metros de altura, mediante un metamaterial reflectante que impedía que se viese desde el suelo. El portón trasero se abrió, y Sandra indicó a Skadi que se metiese inmediatamente. El aerodeslizador se elevó rápidamente, recibiendo algunos impactos de phaser.

Todo ello no llevó más de treinta segundos. A Skadi le parecieron interminables. Cuando pudo recuperar la respiración, más por los nervios que por la carrera, exclamó:

—¡Este es el carro volador del que me habló mi madre! ¡Es maravilloso! —Sandra observó a Skadi con admiración. En mitad de un fuego cruzado el primer pensamiento de la reina era el aerodeslizador. Respondió:
—Sí, y la reina no debería estar aquí, ahora.
—¿Por qué? En este carro fui transportada de niña para ser salvada.
—Sí. Y este carro podría set atacado en cualquier momento, y destruido por esos mismos que nos han perseguido. Pero no quieren matarme. No de momento. Quieren que les ayude con el Manto de Odín. Temía por ti.

sandra_primera_mision

Skadi asintió. Luego preguntó:

—¿Quiénes eran esos hombres, con esos extraños uniformes, y esa especie de armas que lanzan rayos propios de los dioses? ¿Son ciertamente dioses? ¿Dioses de nuestros antepasados? —Sandra suspiró. ¿Cómo podía explicárselo?
—Oíste algo de la conversación, espiando tras ese árbol. ¿No es así?
—Sí, y… os ruego me perdonéis, mi Señora. Pero…
—No pasa nada. Estos hombres son hombres, no dioses. Pero disponen de tecnología de los dioses. Con esa tecnología han cometido los mismos errores que tus antepasados. Y ahora quieren esclavizar a los Reinos del Norte y del Sur. —Skadi asintió.
—Entiendo. Y viven en una antigua ciudad de los dioses, ¿no es así?
—Así es, Skadi. Allí es donde tienen a todos los secuestrados. Que deben ser bastantes. Creo que llevan tiempo actuando. Pero ahora han querido ir más allá. Y, por cierto, la reina no debería estar aquí.
—Mi Señora, yo…
—La reina, siempre llena de curiosidad. No voy a censurarlo ni a criticarlo, Skadi. Porque, aunque la curiosidad lleva a situaciones difíciles, también es la causa del conocimiento y del progreso. Y un líder sin curiosidad es como un árbol sin hojas. Pero ahora tengo que ir a esa ciudad submarina de tus antepasados, que recibe el nombre de Atlantis. Y liberar a los secuestrados. También deberé conseguir que dejen sus planes de lado.
—¿Y cómo lo haréis, mi Señora? ¿Usando vuestro poder divino?
—Los dioses también somos limitados, Skadi. Tendré que valerme del ingenio.
—Ese hombre os llamó “Sandra”. ¿Qué quiso decir?
—Es el nombre que usaba cuando estaba en los reinos de los dioses, en el pasado, antes de la llegada de los Dos Reinos. Pero eso no importa. Estamos llegando a Atlantis.
—¿Ya? ¿Tan rápido? ¿Y qué quiso decir ese tal Delta con lo de la especie superior?
—Quiso decir que hay seres humanos que, por los motivos y las razones que sean, se otorgan a sí mismos el considerarse superiores a otros, y, por lo tanto, capaces de disponer de las propiedades, y de la propia vida, de otros. Es una vieja historia de la humanidad, Skadi.
—¿Y son realmente superiores a nosotros?
—En cuanto a conocimientos y a constitución física y mental, sí lo son. Han sido modificados por técnicas que mejoran la mente y el cuerpo. En cuanto a valores morales y éticos, jurídicos y sociales, no son en absoluto superiores, antes al contrario. Y una sociedad poderosa física y mentalmente se deviene débil y quebradiza cuando decide que está por encima de otros pueblos, de otras naciones, de otras culturas o lenguas. Entonces deviene el orgullo, la sinrazón, el odio, el racismo y la xenofobia. Y ese pueblo se construye sobre mentiras y manipulaciones. Por eso debemos actuar. Porque esas cualidades envenenan a los pueblos. Y, mientras sea así, los dos Reinos estarán en peligro.

Skadi no dijo nada más. Solo asintió, pensativa, asombrada por todo lo que estaba viendo, y, aún más, por todo lo que estaba sintiendo. El aerodeslizador, que se había movido en la frontera con el espacio exterior, bajó rápidamente, y se hundió en el mar. Sandra había captado la señal que provenía de la ciudad submarina de Atlantis. Ahora investigaría la ciudad. Estaba sola. Con la única ayuda de Skadi, que era valiente y fuerte, pero que no entendía lo que sucedía.

Pero Skadi era especial. No era una mujer cualquiera. Era La Luz de Asynjur. Un alma medieval frente a una ciudad con la más moderna tecnología, y seres avanzados genéticamente. Parecía una locura. Pero algo le decía que Skadi era un ser especial. Y que había mucho más en ella de lo que podría parecer. Y eso era, sin duda, su única esperanza.

Porque, si no conseguían eliminar el peligro de Atlantis, ambos reinos caerían. Y, con ellos, la última esperanza de la humanidad. Atlantis era el pasado; un pueblo sometido a modificaciones tremendas del ADN y de la mente, llevadas a cabo para crear una especie que se creía superior. Y, ¿qué futuro tiene un pueblo que se considera a sí mismo el elegido para un destino supremo y único, y moralmente capaz de destruir otros pueblos por esa causa?

Tenía que intentar conseguir que Atlantis dejase en paz a los Dos Reinos. Si no lo conseguía, quizás, en última instancia, tendría que destruir Atlantis. Y lo haría. De algún modo. Por el bien de la humanidad. Por el bien de Skadi y el futuro de Freyr. Y por los Dos Reinos.


 

Nota: los sucesos explicados por Delta se pueden leer en “Las entrañas de Nidavellir” y en “Sandra. Relatos perdidos”.

 

 

 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .