El lobo y la diosa

Nuevo fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafeld”, Libro XV y último de la saga Aesir-Vanir. Este libro tiene la curiosidad de que no está siendo escrito de forma lineal. Como suele ocurrir generalmente en el cine, en el que las escenas no se graban en orden, estoy escribiendo muchos fragmentos de distintos momentos del libro a la vez. La razón es obvia: conforme me hago viejo mi viejo cerebro se dedica a jugar conmigo y a mandarme de un lado al otro de la lógica y del sentido común, y hago cosas que nunca antes había hecho. Con tal de acabar el libro y la saga venderé mi alma si es preciso. Otra cosa es que haya alguien dispuesto a comprarla. Los restos de serie ya no se llevan.

Tras los hechos vistos en el texto anterior, Vasyl Pavlov y Yolande Le Brun se dirigen a la nave de Helen Parker, la líder de los supervivientes de la humanidad, a la que apodan Freyja. Esta desconoce que Pavlov está de nuevo presente, y, al tener constancia de ello, de forma inmediata tomará las medidas oportunas e inmediatas para su estrategia, en la creciente confrontación que vive con Freyr y su grupo de autodeclarados dioses del universo…

Al día siguiente, Yolande llevó a Vasyl desde su nave, la Charles de Gaulle, a la nueva nave de Helen, la Arinka, donde se encontraba todavía recuperándose de su sueño de tres años, y de la última conversación con Freyr. Helen ciertamente no sabía si se encontraba mareada por ese hipersueño en la que anduvo al filo de la muerte, o por la terquedad de aquel hombre que se creía un dios, en su obsesión por buscar en la humanidad caminos que ella no podía empezar ni a comprender, ni mucho menos a aceptar.

La puerta sonó con tres golpes de nudillos. Tanta tecnología, tanta sofisticación, pero los viejos remedios y las antiguas costumbres seguían, en muchos casos, imponiéndose a toda modernidad. Helen terminaba de vestirse, con la ayuda de un viejo androide modelo QCS-70 que habían recuperado de una de las últimas naves rescatadas. El androide, de aspecto masculino, había recibido el nombre de Mickey, por el famoso ratón. Al androide no pareció importarle demasiado aquel nombre.

—¡Pase, está abierto!

La puerta se abrió. Apareció detrás Yolande sonriente.

—Señora, si está ocupada…
—Nada ocupada, Yolande. Es este vestido elegante para recepciones que tengo que enfundarme… ¿Por qué tengo que ponerme esta tontería de vestido para hablar con ese descerebrado de Freyr? ¿Qué problema tienen mi blusa, mis tejanos y mis zapatillas deportivas?
—Señora, ya sabe que esta gente, Freyr, y los de ese palacio de luz, aparte de inmortales son… raros. —Helen rió.
—¿Raros? Eso es suavizar este asunto hasta el extremo, Yolande. Estás siendo muy amable con esa pandilla de lunáticos. Esos autodenominados dioses, vestidos con esos ridículos vestidos medievales, y sus espadas, parecen un circo que estuviese representando una tragedia de Shakespeare, o del rey Arturo.
—Era la forma que tenía la humanidad de vestirse en el siglo XXVII. La humanidad había vuelto a una especie de nueva Edad Media.
—Sí, lo sé, lo sé… Me alegro de no haber vivido ese tiempo.
—Mi señora… hay… algo más. —Helen frunció el ceño.
—¿Algo más? ¿Van a convertirnos en cerdos, como hizo Circe con los hombres de Odiseo?
—No, señora… Mejor será que lo vea por sí misma…

Vasyl Pavlov entró en la habitación. Helen tiró la prenda que tenía en una mano. Su cara fue de total sorpresa.

—Pero… esto…
—Me presento —dijo Pavlov—. Mi nombre es Vasyl Pavlov, y …
—¡Silencio! ¿Quieres cerrar esa maldita boca enorme que tienes? —Ordenó con fuerza Helen—. ¿Cómo se te ocurre regresar de entre los muertos a estas horas de la mañana?
—Pues yo…
—Te dirigirás a mí como “señora”, o “mi señora Freyja”, y harás una reverencia a la líder de la humanidad cuando te presentes ante mí. ¿Te ha quedado perfectamente claro?
—Eeeh… Sí, señora… Freyja…

Pavlov hizo una leve reverencia. Entonces, tras unos instantes, Helen miró de reojo a Yolande, para luego estallar en una risa completa y abierta. Yolande no pudo reprimir reír también, mientras Pavlov miraba embobado a ambas. Helen, con sus largas piernas, anduvo los escasos metros que les separaban, y abrazó efusivamente con aquellos brazos enormes y su altura de un metro ochenta y cuatro a Pavlov, mientras gritaba:

—¡Qué inmensa alegría volver a recuperarte, mi viejo y querido perrito! ¡Es grande tenerte de nuevo entre nosotros, maldito cerdo engreído, machista, misógino, y obtuso!
—Mi señora es… muy amable… Pero, lo de perrito…
—Ah, sí, sí, no te gusta que te llamen perrito, ya sabes que es por tu apellido, el perrito de Pavlov… Tú eres un viejo lobo, claro, claro, perdona la referencia a lo de perrito, mi estimado perrito…Lo importante es esto, perrito: ahora que estás aquí, sé que tenemos una oportunidad en sobrevivir a esta crisis. —Yolande intervino:

—Pavlov…
—No es Pavlov, dirígete a él como corresponde: el perrito —cortó Helen sonriendo, incidiendo en el mote de Pavlov. Yolande continuó:
—Este no es el Pavlov que combatió con nosotros contra los LauKlars —señaló Yolande—. Era parte del grupo de Freyr. Su… hija Sandra robó los datos del ADN y de la memoria de Vasyl, y creó un nuevo Vasyl Pavlov.
—Ya veo, me estaba imaginando algo así —respondió Helen, mientras observaba a Pavlov, que sonreía levemente sin saber muy bien qué hacer—. Pero tú eres Vasyl Pavlov. Y eres el hombre que necesito para meter en cintura a estos autodeclarados dioses. Al fin el infierno me manda a alguien perfectamente adecuado para tratar este asunto en condiciones.

Pavlov sonrió tímidamente. La presencia de aquella mujer apodada Freyja era realmente poderosa e intimidante. Esa era una de las características fundamentales de Helen. Su altura, su presencia, y su mirada tenían un poder de convicción y una fuerza irresistibles. Aún así, Pavlov intervino:

—Te he visto antes… —Helen asintió:
—En cierto modo, sí. En la guerra.
—No. En un complejo subterráneo, en Canadá… En 2053. —Helen alzó las cejas.
—Ah, sí. Me lo explicaste. O, mejor, tu otro yo. Durante la operación Fólkvangr. Viste mi cuerpo. Le habían extraído el ADN y los engramas de memoria de mi cerebro, para meterlos en aquellos cilindros, los tubos, que fueron enviados al espacio junto a miles de datos de seres humanos…
—Sí. Tu cilindro tenía un símbolo. Tres octógonos que rodeaban a un cubo.
—Exacto. El símbolo de la operación Folkvangr. Lo verás también en nuestras naves.
—Fue… impresionante. Tu visión fue… perturbadora. Verte fue algo… mágico. Sentí un impulso inmediato de seguirte. Eres una líder innata.
—Ya veo… ¿Estás sugiriéndome que quieres algo esta noche conmigo? Porque no sé lo que va a pensar Yolande de eso… —Pavlov alzó las cejas sorprendido.
—¿Yo? No, no, yo no me he explicado bien, yo… no me refería a eso, yo… —Helen levantó la mano con gesto aclarativo. Miró a Yolande, y le dijo:
—Lo siento Yolande, test no superado; este Pavlov es tan tonto como el otro para estas cosas.
—Es cierto, mi señora. No se entera de nada. Es tan terco, testarudo y obtuso como el anterior. Y lo prefiero así.
—Sí, yo también lo prefiero así. Es tonto para el amor, pero muy útil en el campo de batalla… —Helen miró a Pavlov, que miraba con cara de circunstancias.
—Que sí, hombre, que te estoy tomando el pelo. Las dos te tomábamos el pelo constantemente sin que te enterases. No vamos a perder la costumbre ahora. Pero lo importante es que estás aquí. Y detrás de esa cara bobalicona y sencilla de hombre rudo del medio oeste americano se encuentra un genio de la estrategia militar. Ese es el Pavlov que necesito. Contigo en el frente, y con Yolande como mi mano derecha, podemos superar cualquier cosa a la que tengamos que enfrentarnos. Cualquiera. ¿Te ha quedado claro?
—Perfectamente, Freyja —alcanzó a decir Pavlov.

Helen se mantuvo pensativa. Luego se acercó a Pavlov. Miró a ambos, y preguntó:

—Ahora escuchadme los dos: sois dos piezas fundamentales en este nuevo circo que se acerca, con ese payaso de Freyr con el que tenemos que tratar. Lo sabéis, ¿verdad? Puedo contar con Scott para todo lo que sea tecnología, y con Karl para todo lo que sea acción pura y dura directa. Pero vosotros dos sois mis dos mejores estrategas. Y os voy a necesitar de nuevo.
—Estaremos encantados —confirmó Yolande.
—Lo sé, Yolande. Hemos de trabajar desde esta noche en la estrategia para sacar adelante este embrollo con Freyr, al que iremos a ver ahora de nuevo… Y, hablando de noches, vosotros dos… ¿Ya habéis aclarado… lo vuestro? —Yolande asintió.
—Sí, mi señora. Digamos que hemos retomado una relación sentimental que ha regresado de un punto aparente de no retorno. No todas las parejas pueden rehacerse después de la muerte de uno de los miembros.

Helen asintió. Se acercó a Yolande, y le dijo:

—Una relación que renace, y me parece que ya la habéis puesto en marcha a todos los niveles, ¿eh, tortolitos? —comentó, mientras le daba un pequeño codazo a Yolande. Esta abrió los ojos como platos, mientras su rostro se tornaba rojo.
—Señora, yo… —Helen rió.
—Vamos, no te cortes, Yolande Le Brun, me parece genial que aprovechéis el tiempo. Hay que recuperar el tiempo perdido, claro que sí. Pero es hora de trabajar. Tenemos que hablar con ese loco de Freyr. Eso sí: antes tengo una pregunta para Pavlov.
—Me imagino que quieres saber de qué va todo esto de la inmortalidad de Freyr y su gente, así como esos extraños poderes que parecen tener, y qué hago yo con ellos —aclaró Pavlov.
—Exactamente. El mismo Freyr me dijo que tú fuiste responsable de que toda esa gente se transformara en esas… cosas que son ahora.
—Más o menos. La responsable primera fue Sandra, si sabes quién es…
—La gran Sandra, por supuesto, la androide perfecta, que es adorada por la gente de Freyr como si fuese una diosa. Tienen hasta una estatua de ella. Sigue.
—Sandra entró en contacto con unos seres especiales muy avanzados, por circunstancias que ella misma explicó. Los llamó “Isvaali”. Esos seres modificaron mi cuerpo, y el de esta gente. También el de Yvette, aunque Yvette fue por un asunto anterior.
—Entiendo. Por eso ven a Yvette como a una extraña. A pesar de que es, digamos, consanguínea a ellos.
—Exacto.
—¿Y esa tal Idún?
—Idún es un ser especial. Ella… es lo más cercano que podremos encontrar a una diosa. En todo caso, Idún está más allá de este universo. Tiene además capacidades… —Helen miró con interés a Pavlov.
—¿Capacidades especiales?
—Sí. Puede conseguir cosas… increíbles. Casi se diría que místicas… Pero… prefiero no hablar de ello ahora.
—Está bien, se acabó —sentenció Helen—. Basta de cháchara. Iremos a ver a Freyr, si consigo que este absurdo vestido de etiqueta medieval pase por debajo de mis caderas. Tú vendrás conmigo, Pavlov. Contaré contigo como conté contigo durante la guerra. Y tú desobedecerás mis órdenes y harás lo que te dé la gana, y yo te patearé el culo y te mandaré al infierno por no obedecerme, todo tal y como lo hacíamos siempre durante la guerra, aunque fuese tu otro yo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Me parece un buen plan.
—Genial. Yolande es perfecta para hacer de poli bueno. Pero tú encajarás perfectamente en el poli malo.
—Necesitaremos algo más que escenas policiacas para gestionar este asunto con Freyr —advirtió Pavlov.
—Tú deja eso de mi parte. Yo no soy la poli buena ni la mala; yo soy la que se enfada con niños crecidos como Freyr. Y eso es lo que vamos a hacer.
—Es un niño con inmensos poderes —advirtió de nuevo Pavlov.
—Lo sé —susurró Helen—. Pero ya he derrotado dos veces a un imperio de seres casi perfectos, obsesionados con la humanidad. Encontraré la manera de sacar adelante esta nueva crisis. Con la ayuda de vosotros dos, por supuesto. Y sigo teniendo mi mente modificada por los LauKlars.

Helen dio dos pasos, y cayó de bruces debido al vestido. Dijo algunas palabras no demasiado poéticas mientras se levantaba, y se quitó el vestido en dos movimientos rápidos. Luego, ya en ropa interior, tomó el vestido por las manos, se lo entregó al androide, y le ordenó que lo quemara. Fue a su armario, y se puso rápidamente unos tejanos, unas zapatillas deportivas, y una blusa. Se dio la vuelta, miró a ambos, y dijo:

—Genial. Ya estoy vestida para la ocasión. Al infierno con el protocolo. Yo soy el protocolo. Y estos tejanos son mi firma.
—Por supuesto —confirmó Yolande sonriendo. Pavlov preguntó:
—Solo una pregunta más: ¿Y Scott?
—¿Scott? Mira Pavlov, vamos paso a paso. Y loco por loco. Primero un loco, luego el siguiente. Ya tendremos tiempo de entender, de una maldita vez, qué pretensiones tiene Scott en todo esto…


helen_idafeld3

9 Comments on “El lobo y la diosa

  1. Buen relato general historia me duele un poquillo de cosillas los circos pero no así ha estado bien, un saludito ^^

    .KATTY.

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  2. Me declaro fans de Helen “autodeclarados dioses” “vamos paso a paso. Y loco por loco”
    y la me robo para la vida real: como dice la gran Helen: “Yo soy el protocolo. Y estos tejanos son mi firma” jajajaja me encanta, y más si el protocolo es medieval vaya forma de entrar!
    La historia en sí está genial y algo complicada con tantos nombres. Iremos también a la reunión con Freyr? (di que sí, di que sí) …

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    • Si no rompemos las normas de vez en cuando no podremos sentir qué es estar fuera de las reglas sociales. Así que rompe el protocolo siempre que quieras. El tema nombres sí es cierto, como es el colofón de la saga se unen varias historias y personajes. Pero no quiero que se convierta en una ristra de nombres, procuraré mantener el control centrado en los elementos principales, además el libro no será largo. Y me alegro que te guste Helen, ciertos aspectos de su personalidad están basados en una vieja amiga que en un momento del pasado me ayudó con un problema. Siempre la llevo en mi recuerdo. Y lo de patear culos no lo decía solamente ja ja, un abrazo y gracias por estar ahí.

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  3. Pingback: Hermanos de sangre – La leyenda de Darwan

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